TITULO
- ISAGOGE-(ADMISION)
Autor:
"Frederick Dumas"
CONSTANCIA ESCRITA
DE TU RECUERDO PARA LA ETERNIDAD
SIRVA ESTA OBRA COMO PEQUEÑO HOMENAJE A MI GRAN AMIGO
FEDERICO GONZÁLEZ MORENO
FALLECIDO EN TRÁGICO ACCIDENTE AÑO 2000
(Siempre estarás en nuestro recuerdo)
-Exordio-
( Preámbulo de una obra)
Alfonso Sánchez Madruga
Impreso de cubierta
Alfonso Sánchez Madruga
Registro de la propiedad intelectual número.......................
Pamplona-año-2000-
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Exordio
(Preámbulo de una obra)
Nos encontramos, ante una obra donde el autor ha querido relatar, y retratar varias caras del convivir diario. Por un lado; la dureza de un mundo turbulento y cruel, como es el de las drogas en toda su amplitud. Por otro lado, la cruda realidad de unos errores que llegan a cometerse unos(no tan errores), intencionados, y otros fortuitos, igualmente malignos.
Aquí, recrea el autor al personaje central, no en uno, o uno y una, como suele suceder, aquí el autor provoca que no uno sino muchos sean los protagonistas de la historia.
Por otro lado, el narrador no es el autor es un personaje de la obra que al igual que el resto de los nombres y situaciones, no tienen nada que ver con la realidad. (Como se suele decir... cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.)
Ya que el autor considera que cualquier hecho semejante en la realidad, es más cruel que el salido de la pluma de un escritor. Por otro lado, el autor aconseja, que si busca vocablos extravagantes, ininteligibles, o incomprensibles para algún ser humano no comience a leer el relato que le ofrece, pues aquí la técnica no puede ser más simple y sencilla.
Un lenguaje al alcance de cualquier oído donde se respetan las opiniones, pero el autor quiere enseñar y recrear la historia como la ve. (Puesto que es ficticia)
La idea es conseguir algún impacto beneficioso en algún sector de la humanidad. (Que sería nuestro deseo)
O, como dice el autor en su obra: "Solamente a una persona, y se vería satisfecho."
Con ello da el autor por bien empleado su tiempo, sus estudios, y su dinero al emprender esta obra.
"ISAGOGE"
(Admisión)
Capitulo I IMPACTO
Nuestra historia da lugar, en una ciudad cualquiera, y en algún lugar del mundo.
Serían... las tres de la madrugada, en una noche clara, estrellada, esas noches de verano, donde esos cielos agujereados por millones de estrellitas, te invitan a pensar, en toda la hermosura del planeta. En esa paz y esa quietud de la noche, tan silenciosa, tan calladas sus calles dormidas, aparentemente...
Sólo alguna sirena de policía, o ambulancia, rompía la poesía de la noche, esa sugestión, y esa sensación que nos da de no ser nada.
Sí, de no ser nada comparado con la inmensidad del universo.
Si bajabas la cabeza, se presentaba el bosque de cemento y hormigón, con apariencia navideña; toda llena de luces multicolores que te cegaba, que inducía lo mismo a juegos perniciosos, que amorosos o, incluso se podía palpar lo fácil que la sociedad pone al alcance de mayores y adolescentes, e incluso de niños, el submundo de las drogas, el alcohol, el tabaco y el sexo. O todo aquello que aparentemente era prohibido por las leyes.
Sin embargo; levantabas la vista, y te llenabas de paz con aquel cielo marinero, con millones de faros indicando cada uno un rumbo diferente en el saber, el tesoro del saber, cómo el pensar que no pudiéramos estar solos en este universo, o incluso quizá también pudiera saber que efectivamente nuestro mundo sería el único planeta habitado por seres vivos, e "inteligentes", y nosotros los "humanos" el poco mérito que le dábamos, lo mismo a ese cielo tan bello, que a aquellas montañas tan hermosas, que dibujaban el horizonte en la lejanía que yo conocía tan bién, aquellos robledales, aquellos alcornoques, aquellas encinas, pinos, aquellos bosques eran una bendición de Dios, aquellos campos tan verdes con aquella explosión de colores en sus flores, miles de flores, lo mismo en sus campos que a la orilla de sus ríos, riberas y fuentes.
Sí... si cerrabas los ojos podías oír sus aguas podías oler sus flores, podías respirar aquel manantial de aire puro, y aquella brisa acariciante en el rostro. ¡Un sueño!
Así iba yo, con las cábalas de mi sueño por la calle, sin dirección fija cuando me sacó poco menos que el corazón del pecho aquel automóvil deportivo rojo, que a poco me pasa por encima.
Hasta pude sentir el ruido de mis sueños hacerse añicos sobre el suelo en el momento que el susto me devolvió a la realidad.
Era un deportivo rojo pilotado por un chico joven, al que acompañaban otros dos chicos, y una chica, iba demasiado rápido, como alma que lleva el diablo, y además; daban claras muestras de no estar en buen estado.
Lo que pensaba... no todo es vello en este mundo.
( Me dije a mí mismo)
Lo vi desaparecer en la oscuridad de la noche, ya me encontraba más tranquilo aunque, no del todo, sin darme cuenta paseando sin rumbo me había metido de lleno en las zonas de discotecas, bares y paf nocturnos, donde el ambiente era muy distinto a mis pensamientos anteriores, a mis razonamientos poéticos, allí la poesía si estaba, yo no la veía por ningún lado.
Algún grupo de tres o cuatro personas en alguna esquina, alguien que se les acercaba, intercambiaban algo, y el recién llegado se iba de nuevo con viento fresco. ¡Nada bueno se cuece por aquí! (Me dije) Y siguiendo mi paseo me alejé de aquellos " garitos."
¡De nuevo volvió! A lo lejos en la calle, y frente a mí, apareció de nuevo el deportivo rojo con los mismos chavales, en peor estado de lo que los había visto antes, venían riendo, cantando, uno de ellos iba subido en el techo del vehículo.
Se veía claramente que no estaban bien, me dio la sensación que no era sólo alcohol lo que les hacía comportarse así. Estaban poniendo sus vidas y la de los demás en peligro,(pensé yo) pero cuál no sería mi sorpresa, cuando vi aparecer otros tres coches más, todos ellos hacían las mismas locuras, se ponía en paralelo hacia un trompo, conducían a gran velocidad con las luces apagadas, incluso trataban de poner el coche sobre dos ruedas.
Lo que había sido (o al menos a mí me lo había parecido), una noche bellísima para disfrutarla, se convirtió en un infierno, chirriar de frenos, bocinazos, motores acelerados, escándalo, voces, botellas vacías que se estrellaban en el pavimento...
Pero parece que todo obedecía al primer coche, al deportivo rojo.
Fue el primero que se dirigió al paf de la esquina a la velocidad que traían, y justamente en la puerta dio un gran volantazo al frenar en seco, y el coche se desplazó en un semicírculo chirriante, donde los neumáticos se fundían con la calzada, los demás lo siguieron, y para no ser menos, unos que otros, hicieron lo mismo para aparcar.
Uno de ellos dentro de tal desorden y caos que traían, pude ver que golpeaba lateralmente con otro coche estacionado a la puerta de paf.
Todos parecían locos, ciegos de todo. Algunos se llamaban por su nombre, al chófer del deportivo rojo lo llamaba por lo que les entendí, Alberto.
Todos con el mismo ansia de diversión entraron en el bar-musical de donde pude apreciar la música estruendosa que salía de allí cuando abrieron la puerta para entrar.
Yo me perdí por aquellas calles cara a mi casa cabizbajo ya, y pensativo. Era tarde, ya tenía sueño, pero aún me fui reflexionando sobre todo lo que había visto y lo que imaginaba que podía ocurrir en el seno de la noche cuando la ciudad duerme y el sol descansa
en la noche de ese jueves y todas las noches del año. Pero era mejor no pensar en eso, pues si ya había estado desvelado sin poder dormir, no quería amargarme pensando en desgracias, sólo rogar a Dios por ellos y que en mi familia no entre el mal. Pero aún así, como digo, no pude pegar ojo en el resto de la noche.
El viernes lo pasé enfrascado en mis libros, en mi escritura en soledad deseada, pues gozaba con la paz y la calma por eso era tan amante (y sigo siendo), de la naturaleza y todos sus tesoros, incluyendo al ser creado por Dios que es capaz de crear también tantas obras de arte y tanta belleza, la poesía a la que soy aficionado, los relatos, la pintura, el dibujo, el teatro, el cine, la escultura, la arquitectura, y tantas y tantas otras que me dejo dentro de esta pluma.
Aquella noche dormí bien, dormí como un bendito lo recuerdo muy bien, era sábado.
Aquella mañana mientras desayunaba y hojeaba el periódico, no se me podía ir de la cabeza la noche anterior, todo lo que vi que hacían aquel tal Alberto y su cuadrilla de "piraos" a esas horas de la noche, y a saber cuándo y cómo llegaría a casa cada uno.
¡Dios mío! Y sus padres, que era de los padres de aquellos críos. ¿Sabrían la vida que llevaban de noche? Me supongo que no, claro, cuando ellos salen de casa se desligan de las obligaciones, las responsabilidades, el civismo, la convivencia y, en definitiva, el respeto mutuo entre personas de orden.
Y si lo sabían... ¿Cómo podrían estar sufriendo esos padres viendo que sus hijos se matan día a día un poquito más (De lo que ya en sí nos da la polución y la vida moderna), con ese veneno de las drogas?
De pronto me distrajo de mis pensamientos una foto, un titular que me llamó poderosamente la atención en la sección de sucesos.
"Niño atropellado y muerto cuando iban de acampada"
En la foto se veía un niño de unos nueve, o diez años tendido en la acera ante un paso de peatones.
No pude resistir la tentación de leer aquella noticia, la vista se iba sola hacia los renglones medio borrosos del periódico.
"El suceso tuvo lugar a las 8,30 de la mañana de ayer viernes, cuando un grupo de escolares dirigidos por sus monitores que se dirigían hacia la montaña a pasar el fin de semana de acampada, fueron arrollados por un deportivo rojo, conducido por un grupo de jóvenes en claro estado de dopaje, que circulaban por la avenida del Progreso.
Tras el suceso, en el que no hicieron ni mención de parar dejaron atrás el cadáver del niño P.N.C. de once años de edad y se dieron a la fuga.
La policía aún no tiene datos del deportivo rojo."
¡Cristo! ¡Un deportivo rojo! ¡El deportivo rojo que vi. el jueves en la madrugada de ayer! Ese debe ser. ¡Qué bárbaro, hasta donde se puede llegar!
¿Será posible que haya personas tan irresponsables? ¡Dios mío! ¡Qué crueldad!
Estoy convencido que estos malvados encuentran siempre su castigo, si no el humano (que tantos fallos y atrocidades comete), el divino seguro. Del divino no se escapa nadie. (Pensé)
Fue entonces; cuando se me ocurrió intentar investigar por mi cuenta aquel deportivo rojo, tratar de localizar a su dueño y, comprobar si efectivamente el chófer era aquel Alberto que ya me machacaba la cabeza. Me estaba obsesionado con ese tal Alberto y su cuadrilla.
No con ellos precisamente, sino con ese submundo tan oculto, tan rastrero y mortífero para los que lo viven, y casi peor para los que conviven con ellos en sus casas: sus familias, pues ellas eran otras víctimas.
Todos los familiares y amigos de los drogadictos eran víctimas de esa infernal oscuridad de las drogas y sus consecuencias.
Si; tenía que hacer algo al respecto.
De vuelta a mi estudio, después de desayunar y rodeado de mis libros, de mis pinturas, de mis recuerdos y caprichos, ya me sentía más sereno. (Pues me había afectado la noticia del crío, la foto era espantosa, el alma de Dios, yacía sobre un gran charco de sangre que me había impactado especialmente)
Y los padres de la criatura. ¿Quién podría consolar a aquellos padres? Después de lo ocurrido, seguro que nadie, ni nada podría consolarle.
Me cogí mi bolígrafo, una libreta vulgar y corriente, y aquel sábado lo dediqué exclusivamente a escribir lo que sabía del caso.
Lo hice como digo por el impacto cívico-social que había tenido con la experiencia, y por si el hecho pudiera tener relación con mis posteriores investigaciones.
Dejé de leer alguna obra que tenía entre manos en aquellos días, para dedicarme al deportivo rojo, lo que sigue, fueron ya resultados de mis pesquisas al respecto, mis andanzas, venturas (que fueron pocas, y desventuras. (que como comprobará el lector, "HABERLAS HAYLAS")
Aquella misma tarde decidí visitar a un viejo amigo mío (no era más que ayudante de farmacia mi buen amigo Jesús), lo hice con la intención de que me asesorarse un poco sobre ese mundillo de las drogas, o bien él, o los distintos tipos de drogas más comunes en la juventud.
Me presenté en su casa sin avisar y tuve la suerte de pillarlo , pero se alegró de verme por el tiempo que decía que no nos veíamos.
¡Alfonso! Qué alegría me da verte.
(Gritó entusiasmado)
¡Hola Jesús) ¿Qué tal estás? Igual te digo, es un placer volver a verte, cuanto tiempo hacía... ¿Un año? ¿Catorce meses? ¡Bueno es igual, me alegro de volver a verte. De verdad.
Pero pasa, ¿Qué haces en la puerta? Pareces un vendedor de enciclopedias. ¡Pasa, Alfonso! Pasa, y ponte cómodo.
Así lo hice.
Bueno, Alfonso... ¿Qué te trae por aquí? Porque... algo será, no creo que sea una visita de cortesía ésta. Tú dirás si puedo ayudarte en algo.
Pues bien, Jesús, tienes razón, necesito que me eches una mano, necesito unos conocimientos que no tengo, y creo que tú podrías ayudarme, si fueras tan amable.
Pues claro. (Contestó de inmediato Jesús) Ya sabes que aquí me tienes para lo que me necesites. ¡Tú dirás!
Me costaba empezar, no sabía por dónde hacerlo. ¿Cómo se lo podía enfocar para explicarle lo que quería, y me comprendiera mejor?
Mira Jesús, el jueves, madrugada del viernes hacía una noche tan bonita que me puse a pasear por pasear, y disfrutar de la belleza que nos rodea y a veces no apreciamos, quizá porque incluso no la vemos, pues bien; serían las 3,30 o cuatro de la madrugada, y fui testigo de dos alborotos callejeros, practicado por un grupo de jóvenes en varios coches haciendo locuras por las calles, entre ellos, un deportivo rojo conducido por un joven de veinte años o, poco más, haciendo las mayores burradas que se pueden hacer al volante de un coche. Al conductor del deportivo oí que le llamaban Alberto, me preocupó en el momento, pero habría pasado sin más, si no hubiese sido por la noticia que leí ayer en el periódico del mismo atropello, y por un deportivo rojo precisamente, como el que estuve observando la otra noche.
Te cuento todo esto amigo Jesús, porque he decidido investigar la relación que puede tener ese deportivo y ese tal Alberto, con la muerte del niño, y quiero que me hables un poco de las drogas, como las fabrican, quienes, por qué... ¡Algo, que me pueda servir para mis estudios o pesquisas.
Jesús le había escuchado muy atentamente por dos razones, primera; por que era un buen amigo de Alfonso, y segundo, porque el tema tenía su "estringulis"
Querido amigo (respondió Jesús, dando un profundo suspiro), es un poco peliagudo, pero trataré de disolverte algunas dudas o por lo menos, hablarte de lo que conozco por sí te puede valer de algo.
¡Pues bien! Alfonso, como sabes, o te puedes imaginar, el contrabando está ahí, el mercado negro también, la adulteración de los productos con el fin de conseguir mayores beneficios también, todas esas mafias, que no son pocas, pues tratan todas de ir "mejorando" nuestra sociedad porque... como dijo un gran escritor "Los hombres de hoy usan y abusan de la naturaleza como si fuéramos a ser nosotros los últimos inquilinos de ella, de este desgraciado planeta (como fueron sus palabras), como si detrás de él no se anunciara un futuro”
Pues bien; cada cual, aporta su grano de arena para la destrucción del planeta y de nuestra propia humanidad.
Te digo esto, porque no sólo las mafias promueven distribuyen y divulgan ciertos hábitos, también a la sombra de las leyes dentro de una sanidad pública se encuentra un mercado quizá más peligroso que el negro, pues entre nosotros podríamos llamarlo "mercado negro oscuro" y te voy a explicar por qué.
Hay innumerables medicamentos, que son elaborados a partir de sustancias muy conocidas, y que únicamente se comercializan con el nombre del producto químico que lo integre siempre con un nombre universal, o sea; que todos los países donde se comercializa le llamarían igual, tendrían las siglas E.F.G. (Especialidad farmacéutica genérica)
Con la misma denominación se pueden encontrar en cualquier país, cosa que no pasa con el medicamento de marca. Sólo el ministerio de sanidad puede autorizar a los laboratorios, la utilización de estas siglas E.F.G., para identificar los medicamentos genéricos.
Alfonso lo escuchaba atentamente aunque no comprendía muy bien... ¿ Cómo era posible que circulase medicamentos sin más siglas que E.F.G.? ¿Cómo podía el ministerio de sanidad abarcar o controlar todo lo que hubiera en el mercado?
Los gastos de investigación y promoción comercial son inferiores. (continuaba explicando mi amigo Jesús)
Además; la competencia entre los laboratorios, es casi nula, y todo ello repercute en los costes de fabricación, y en la oferta de precios competitivos.
Los medicamentos genéricos tienen los mismos costes de fabricación que los originales, así como la farmacia también tendrá libertad para sustituir un medicamento de marca por genérico, pero en el caso que el médico le recete un E.F.G. sólo podrá cambiarlo por otro igual, o sea, otro genérico.
Todo eso está muy bien Jesús, pero no veo la relación que tiene todo esto con lo que yo intento conocer. (Repliqué)
Tranquilo amigo mío, lo comprenderás enseguida, estos fármacos tienen un coste igual o superior al 25% de ahorro sobre los originales, aunque un genérico sólo se autoriza si cumple las normas correctas de fabricación.
¿Con esa etiqueta tan burda, tan poco fiable, quien controla lo que va dentro? ¿Y a un joven que le dan uno de estos fármacos que puede ser cualquier cosa...? (Cocaína, o CLEMBUTEROL para el engorde de animales, cosa que rigurosamente también está prohibido)
¿Cómo puede estar seguro de que está pagando lo que quiere comprar?
Luego... y no digo éstas, me refiero a cualquier otro veneno inyectado, esnifado, fumado, o como se administre, esas bombas que vuelven locos a los jóvenes y están en la calle tan ricamente.
Yo no salía de mi asombro, todo eso podría ser verdad. ¿Pero qué estamos haciendo con la tierra?
Estaba convencido de lo que decía el poeta y escritor, o filósofo ese que decía Jesús, el hombre se comporta en la tierra como si no fuéramos a dejársela a nuestros hijos, o nos importase un pimiento si este paraíso llamado tierra se fuera a pique.
Capítulo II ACCIDENTE
Aquélla noche, me tuvo intrigado toda la conversación con mi amigo Jesús, aquella misma tarde tan sólo unas horas antes, me dejé caer sobre la cama absorto en mis pensamientos tratando de comprender algo de todo aquello.
La radio en la mesilla de noche me hacía más dulce, más serena la noche, con aquella melodía que rebotaba sobre todos los rincones de mi habitación, no era el RITZ, pero me gustaba, me insuflaba una dosis de paz aquel cuarto, aunque pensándolo bien, no estaría tan tranquilo y sereno como creía, hablaba de dosis, de insuflar. ¿Qué acabaría diciendo a solas y con mis pensamientos?
Me estaba dejando llevar por la corriente de la obsesión, creo que estaba obsesionado con el deportivo rojo y el tal Alberto, la chispa que prendió mi preocupación por el mundo oculto de las aberraciones en general, pues ya comprendí que toda la vida esa, a la que yo me refería abarcaba quizá, más de lo que yo creía pues, eso es una cadena donde cabe todo tipo de delitos, violaciones, asesinatos, todo tipo de vejaciones y humillaciones hacia el ser humano, el poder por el poder, la jungla de cemento.
No dejaba de divagar cosas que hasta entonces no había reparado en ellas, quizá, siempre las tuve delante, pero en realidad he sido una persona que ha vivido con su gente, su trabajo, sumergido en libros, filosofando sobre algún que otro tema, escribiendo, en fin; encerrado en mí vida, viendo sólo aquello que quería ver. (Posiblemente) Y sin embargo, la muerte de aquel niño en la Avenida del progreso me sacó de un empujón de mi concha para ponerme otro tipo de gafas, las de ver no sólo las virtudes, sino los defectos también, o viceversa.
En todo esto estaba, sintiendo ya un dulce sopor con esa relajación que te coge el cuerpo cuando lo abandonas, (Pues en realidad sólo mi mente se movía por las callejuelas, las avenidas, los suburbios) cuando se cayó la melodía de la radio, para dar un boletín de última hora que me obligó a bajar de la nube y poner "cuerpo en cama", o los pies en la tierra, que se suele decir.
El boletín que siguió fue lo siguiente:
"Interrumpimos nuestra programación habitual, para ofrecerles un suceso ocurrido apenas 30 minutos, según nuestra primera información, un grupo de vehículos al parecer se encontraba practicando una carrera entre ellos, en plena avenida del progreso, cuando el autobús con línea de circunvalación en la ciudad, se encontraba realizando su ruta habitual, fue embestido en el cruce con la quinta, primero, por un deportivo rojo, seguido de otros tres coches más que impactaron con el, y contra el autobús.
En estos momentos se encuentra ardiendo, además del autobús, varios de estos vehículos, se espera por la magnitud del accidente que los muertos supere la treintena.
Los bomberos trabajan exhaustivamente para liderar los cuerpos de los retorcidos hierros, y evitar que las llamas alcancen a las víctimas atrapadas en el amasijo de chapas en el que ha quedado convertido el autobús.
Les rogamos sigan a la escucha les iremos informando puntualmente de como se vayan desarrollando los hechos.
También procuraremos dar a ustedes..." la radio seguía dando la noticia, pero yo no pude por menos que dar un bote de la cama, los ojos se me quedaron desencajados. ¡Dios mío! Me quedé rígido como una viga de hierro, sólo me salía una frase. ¡Dios mío!
Con la mirada perdida en un rincón de mi alcoba, y los ojos fuera de órbita, sólo sabía decir. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Dios mío!
¿Pero qué ha hecho ese desgraciado?
¡Porque seguro que es él! ¡No me cabe la menor duda! El deportivo rojo, la cuadrilla loca, la bestialidad en el, o con el coche y... (Silencié mi boca unos instantes como pude con idea de reflexionar para ver qué hacía, pero no podía pensar, la radio se me seguía metiendo en el cráneo con aquella horrible noticia.
... y se supone, según los primeros indicios e investigación de rutina, se supone como decimos que los jóvenes habían consumido alta cantidad de sustancia tóxica, a parte de la cantidad de alcohol, nos referimos a alguna fuerte dosis de algún tipo de droga."
No pude resistirlo más, de un salto cogí mi americana donde suelo llevar siempre mi pequeño bloc de notas y mi, boli, y a continuación, de otro salto alcancé la puerta que cerré de un golpe, y sin mirar atrás bajé las escaleras de tres en tres, y en un " santiamén" me encontré en la calle, pensé si cogía el coche, pero deseché la idea, allí no se podría acceder con vehículo posiblemente, iría a pié, dudaba llegar a tiempo para mis propósitos, pero tenía que intentarlo.
Así que me adentré por ciertas callejuelas sombrías, terroríficas y frías a aquellas horas de la noche a pesar de la revolución que se respiraba en la calle, pues el accidente no fue lejos de allí y, ya todo el mundo estaba enterado, además; no hacía falta nada más que mirar el cielo al final de la Avenida, se vislumbraba un resplandor infernal a juzgar por el humo negro que se elevaba con pesadez hacia las nubes.
Cogí casi a la carrera el paseo de Los Rosales, el camino que me conduciría con más rapidez al lugar de los hechos, era un paseo exquisito, una alameda en fila a los lados del camino, que unían por sus troncos unos setos de "manzananicas de pastor", entre el camino y la Alameda infinidad de Rosales de todos los colores, rosas de milhojas cada una superior en hermosura a la anterior, y circunvalando Los Rosales, un arco iris de infinidad de flores, azaleas, margaritas, gladiolos, pensamientos, primaveras. Etc. Cada 50 m los viejos bancos de hierro fundido, adornados con una aureola de siemprevivas. Y los centinelas del parque, como yo los llamaba. (Estatuas de piedra)
Todo esto lo recuerdo, porque había pasado mil veces por aquel lugar. Sin embargo aquella noche sólo veía el cráter humeante que había detrás de los edificios, no veía nada de mí alrededor, el corazón me palpitaba como una locomotora de vapor de aquellas que usaron nuestros abuelos.
La sangre me hervía en las venas. ¿Qué estaría sucediendo? ¿Qué habría pasado? ¿Sería cierta mi suposición?
No tardé mucho en llegar, con el corazón casi fuera del pecho. (Recuerdo que me tuve que poner la mano para que no lo hiciera.)
Al final de los rosales se encontraba la iglesia Santa María, recuerdo que me metí por el callejón que la circunda para atrochar, y alcanzar mi objetivo sin pérdida de tiempo, cosa que logre en unos segundos.
Allí fue donde se me heló la sangre, bajó de cien a cero, donde me quede petrificado, donde se me cayó el alma al suelo, y donde creo que se rompieron muchos sueños del poeta que llevaba dentro.
La imagen era dantesca, había ambulancias a decenas, más de veinte coches de bomberos, la policía había hecho un cordón para evitar el entorpecimiento de las gentes en las labores de rescate.
Desde donde yo me encontraba aún lejos del desastre, podía oír el crujir de las llamas aún por debajo de los ayes de las personas, de los gritos de auxilio de los profesionales, que trataban de salvar el máximo de vidas posibles.
Unas ambulancias entraron, otras salían con alguna otra víctima.
Podía apreciar las fuentes de chispas de las muelas de los bomberos, cortando los hierros que aprisionaba a las personas.
Era aterrador, el panorama que se me ofrecía ante mis ojos, me espantaba el hecho de ver algo más fuerte, algo de lo que aún no había visto, pero aún a riesgo de obligarme a mí mismo, de ver la crudeza de unas imágenes tan tétricas, tan terribles y sangrientas, tuve que acercarme más, necesitaba ver los vehículos, de allí no apreciaba nada, ni colores, ni modelos, ni nada, con los flash de las ambulancias, bomberos y policías, y tuve que hacerlo, aun a riesgo de que me detuvieran y me echaban fuera, pero tenía que asegurarme que eran aquellos coches. Me costó obligar a mis piernas a dar el primer paso, pero lo logré, y pude acercarme.
No hizo falta andar mucho, las luces de un camión de bomberos que salía a repostar agua supongo, junto con la salida segundos antes de una ambulancia, me permitieron ver en unos segundos que efectivamente, allí estaba el deportivo rojo, ya no era un coche, era un amasijo de plásticos, chapas vigas y cables, sólo se le apreciaba (y es por lo que pude conocerlos), la trasera con su alerón deportivo, que fue lo que mejor recuerdo de aquella noche, pues pasaba a tal velocidad que siempre le veía la trasera al coche cuando pasaban, sólo los veía de espaldas.
Estaba seguro, y los otros coches que tenía al lado también, ésos eran sus amigos, los de aquella noche.
¡Maldición! Que espectáculo. Cuántos inocentes habrán muerto por los irresponsables, unos miserables e irresponsables. Se han matado ellos, a sus familias... y ahora... ¿A cuántos aquí?
No pude soportar la escena, aquellos lamentos se me clavaban en el alma, era superior a mis fuerzas... tanta sangre por unos miserables.
Mañana me enteraré en realidad de la magnitud de este desastre, de esta catástrofe, o de esta locura porque ya no sé ni cómo calificarlo.
Volví a mi casa por el mismo sitio por donde me había venido, entonces sí; iba apreciando la belleza del paseo de Los Rosales, a la luz de las farolas aun les daba a aquellos jardines una sensación más misteriosa y cautivadora, cosa que te hacía pensar. ¡Dios mío! Con lo hermosa que es la vida, como, con todas las cosas buenas que tenemos a nuestro alcance, con todo aquello que Dios creó, sólo y exclusivamente para que pudiera el hombre disfrutarlo por qué... bien mirado, si es cierto que hay un infierno y un cielo bien pudiera ser que el cielo, no nos hiciera falta buscarlo porque ya estaríamos en el, aunque algunas personas lo intenten convertir en todo lo contrario.
En estos pensamientos iba cuando me sobresaltó un grito a mis espaldas.
¡Alfonso! ¡Eh Alfonso!
Me llamaba mi amigo Jesús que venía del mismo sitio que yo.
¡Hola Jesús! ¿Qué tal estás? ¿Bienes de ver el accidente?
No podía hablar, tenía aun un nudo en la garganta, ya, tras unos jadeos y alguna respiración profunda, pudo articular palabra.
¡Qué desastre chico! ¡Que accidente!
¡Es horrible!
Ya lo creo Jesús, ahora vengo yo de allí también, y no puedo creerme lo que he visto, aún pienso que es una pesadilla, que estoy viviendo.
¡Pues no, Alfonso! (Me replicó Jesús)
¡No es una pesadilla, no! Te lo aseguro, es tan real como que estamos los dos en este momento hablando.
¡Sí! Ya lo sé querido amigo, ya lo sé.
Pero me niego a creer lo que acabo de contemplar.
¿Recuerdas que estuve ha verte por el asunto aquel de los fármacos?
¿Te acuerdas que me estaba interesando por el mundo de las drogas?
¡Sí! Me acuerdo. (Afirmó Jesús)
¿Y te acordarás, que te comente el alboroto de aquellos chicos con sus coches, haciendo el bestia, borrachos como cubas, que me daba la impresión de que llevaban algo más que alcohol en el cuerpo por las atrocidades que hacían al volante?
Sí, sí, ya me acuerdo si. ¿Y qué? ¿No me digas que son esos chicos?
Supones bien, amigo Jesús, y pondría la mano en el fuego sin miedo a quemarme que el tal Alberto, el chófer del deportivo rojo, fue también el que mató al niño en la misma Avenida del progreso, el jueves pasado.
Sólo le vi levantar la vista al cielo a Jesús, como diciendo: ¡Dios mío, qué barbaridad! O tal vez murmuraba alguna plegaria por el perdón de su alma, ya que por el estado del coche, todos daban por muerto al chófer de ese automóvil, posiblemente Alberto.
Ya llegábamos a la altura de mi calle, nos dimos las buenas noches y me dirigí a mi casa.
Cuando entré en mi habitación, aún estaba puesta la radio, pues el automático que le había puesto suele durar 59", y luego es cuando se para.
Sonaba otra dulce melodía, a esas horas de la noche ya, que invitaba a pasar al mundo de los sueños, pero de los bellos sueños, no de aquella pesadilla de esa noche.
En ese instante, volvió a cesar la música para radiar otro boletín informativo con el siguiente mensaje:
"Señoras, señores... lamentamos tener que informarle del balance de víctimas en el accidente del autobús siniestrado, donde se vieron involucrados otros cuatro vehículos.
El balance de los fallecidos alcanza los 38 muertos, y los heridos superan la docena, entre ellos, alguno muy grave, como el conductor de uno de los coches del primero en colisionar un deportivo rojo vivo que, como decimos, se encuentra en estado muy grave, y responde al nombre de... "Alberto Irigaray Baygorri"
Sólo se me escapó un... ¡Santo Dios!
"Seguiremos informando"
(finalizó la radio)
Capítulo III SUEÑO
Aquella noche me sería imposible dormir había sido súper fuerte, para mí fue demasiado para una noche sólo y un hombre como yo que no estaba acostumbrado a tales cosas, tanta sangre, tanta violencia, tanta hostilidad a consecuencia de ese veneno llamado droga, fuera la que fuera, ya que todas son malas.
Para mí que aquel joven lo mismo le daba unas que otras, debía darle, o haberle dado a todas y todas las formas de malvivir, de esclavizarse él y a su entorno.
Eso me traía a la mente lo que había pensado el día anterior, y el hecho me lo venía a confirmar, todos pagábamos nuestras culpas antes o después de un modo u otro. Pero... ¿Seguro que ese tal Alberto había ya pagado lo que había hecho?
Seguro que no. Sólo lo que yo sabía de él, y lo que podía imaginarse en sus consecuencias, había hecho mucho mal en su vida, sólo en ese accidente había muerto de momento 38 personas y, de las otras catorce restantes ya se vería si se salvaban todas.
Dios pone cada cosa en su sitio y en su momento. (Pensé mientras encendía un pitillo tratando inútilmente de pasar la página)
Como cuento en mi historia, no soy aún un hombre que se pueda acostumbrar a la violencia, pero entonces menos. Pero... como estaba resuelto a seguir con mis pesquisas pensé en el hospital para tener la oportunidad de seguir investigando sobre el mundo de las drogas, y como lo pensé lo hice.
En el respaldo del sofá aún se encontraba mi camiseta justo en el momento en que me decidí a ponérmela para salir a la calle, sonó el timbre de mi puerta y, con la misma inercia que llevaba aún sin terminar de colocármela abrí decididamente.
¡Hola! Jesús. ¿Cómo tú por aquí?
Fueron mis primeras palabras, me extrañó mucho él verlo aparecer de repente, pues me había parecido decidido a irse a dormir antes sin más, cuando nos despedimos en la esquina.
No tardé en salir de dudas, enseguida me contó lo que le traía.
¿Qué tal, Alfonso? Perdona que te moleste a estas horas de la noche, amigo mío.
No es ninguna molestia. ¡Por Dios! ¡Faltaría más! Pasa, pasa Jesús, aunque me has cogido de chiripa, pues me vestía para salir.
Si te interrumpo algo, ya volver otro día, Alfonso.
¡Que no, que no! Tranquilo Jesús, que no era nada del otro mundo, ya sabes, en este tema de las drogas, estas personas jóvenes y no tan jóvenes que se dedican a malgastar su vida, que no se me va de la cabeza.
Pretendía ir al hospital para ver que averiguo y escribir algo sobre el tema. Nada más.
Así que no te preocupes, tú dirás.
Pues... (Siguió diciendo Jesús con cara más bien de preocupación)
El caso es que... me ocurre lo que a ti, has conseguido despertar algo en mi que tenía dormido. Quizás por el habitual... no del consumo, sino del manejo en mi profesión de farmacéutico, en estar todos los días manejando estupefacientes de toda índole.
Como te digo, Alfonso, tenía dormida la responsabilidad cívica que todos deberíamos tener y de hecho la tenemos, aunque unos lo demostremos, y otros posiblemente con mucho, tarden más en darse cuenta de lo que nos rodea.
Por este motivo amigo mío, cuando nos hemos despedido antes, después de presenciar ese desastre humano, yo también podía decir que he visto la luz, (como dicen los visionarios) y me gustaría echarte una mano quizá saquemos algo en claro de todo esto, o quizá se lo podamos dejar más claro a alguien. ¿Quién sabe?
¡Fantástico! Así podremos abarcar más el tema. ¡Gracias Jesús!
Me das mucho ánimo para seguir, quisiera escribir algo sobre este tema y sus consecuencias perniciosas. Yo también he dejado cosas pendientes, el tema creo que merece mucha atención.
Pues yo me dirigía como te digo al hospital. ¿Si me quieres acompañar, Jesús?
Le faltó tiempo para contestarme
¡¡Pues claro!! ¡Adelante!
Los dos nos dirigimos echando un paseo hasta el hospital pues no estaba lejos de allí.
De vez en cuando aún se oía alguna ambulancia que suponíamos se dirigían hacia urgencias.
La mayor parte del desastre estaba ya bajo control, pero a medida que nos acercábamos, mayor era el trajín que circundaba al hospital.
Era mucho el movimiento de vehículos, unos oficiales y otros privados.
Los dos caminábamos en silencio, extasiados o, "alucinados," (como diría algún otro joven) viendo el caos que reinaba aquella noche en aquel lugar.
Familiares, amigos, heridos menos graves más los clásicos enfermos de urgencias que nunca faltan y, también estarían unas quince personas.
Cuando pudimos alcanzar la estancia la megafonía no cesaba.
¡Doctor tal! ¡Quirófano cual! ¡Don fulano preséntese en el quirófano equis!
Increíble el bullicio de aquella noche.
Yo recordaba ese lugar de otras veces por fuerza mayor pero era evidente el nerviosismo del personal después de haber visto un par de horas antes lo que habíamos visto, lo mismo Jesús, que yo.
Y tantas otras personas....
¿Por dónde empezamos? (Le comenté a Jesús)
Pues, no tengo la menor idea de por dónde empezar. ¿Qué esperas encontrar aquí tu, Alfonso?
Pues la verdad no te podría decir exactamente lo que busco, pero algo me dice desde el principio que debo seguir adelante con esto.
Algo me dice que hay algo en esta historia que puede aprovecharse como ejemplo y rechazo para las temidas drogas.
¿Crees que podríamos averiguar dónde está ese tal Alberto y seguir su evolución (si es que evoluciona), y nos pueda contar algo, o aprender algo de él?
Tienes razón amigo Jesús.
Como en tantas otras cosas, tienes más razón que un santo. ¡Claro! Ahí está la clave, en ese chaval. ¡O sus amigos, un amigo, si es que se ha salvado alguno más.
¡Miremos en admisión!
Los pasillos estaban abarrotados aún a esas horas de la noche, el tránsito de gentes en ires y venires era delirante. Yo me mareaba con tanta gente alrededor.
Por supuesto admisión estaba llena de público que pretendían averiguar dónde se encontraban sus familiares y amigos.
Como norma obligada, nos pusimos a la cola detrás de un matrimonio de mediana edad, visiblemente nerviosos, lo mismo el, que a ella, se le escapaban sendas perlas por los ojos, que resbalaban por sus mejillas dejando atrás a unos ojos tristes, muy tristes y hundidos, con unas ojeras color violeta que no dejaban lugar a dudas, era una persona que se le presuponía mucho sufrimiento, porque además, el marco de su cara para su edad relativamente joven, su rostro como digo, era delgado en exceso, con los pómulos prominentes y los labios de un rosa pero, muy pálido, muy pálido...
Mi amigo Jesús se había fijado también y me hacía señas con la cabeza indicándome a aquella mujer.
A lo que yo sin decir palabra asentí con mi cabeza sin más, casi sin darme cuenta porque, ya la vista se me había ido al que parecía su marido.
Un hombre que aparentaba los 70 años aunque no creo que superase los 50 pero, su pelo totalmente cano, su entrecejo fruncido, su mirada humillada y triste y su espalda un poco encorvada, amén de tristeza en su boca, con las comisuras arrugadas de llevar años sin reír (o esa era la impresión que a mí me produjo), me erizó el bello, y estoy seguro que a mi amigo también.
Abstraídos por el ambiente y sin decir una palabra, nos encontrábamos, cuando llegaba el matrimonio al mostrador de admisión.
¿Por favor me podría decir en qué habitación o dónde está mi hijo?
Soy la madre de Alberto Irigaray.
Nos quedamos Jesús y yo de bocas abiertas.
Estábamos ante los padres del joven que intentábamos localizar.
Nos quedamos de piedra intentando oír la respuesta de la auxiliar de admisión.
Perdone, señora... ¿Cómo dice que se llama su hijo...?
Alberto Irigaray Baygorri.
¡Un momento, por favor!
(Se oyó decir a la enfermera que parecía escondida detrás de aquel enorme ordenador.
Al poco, la auxiliar sacó la cabeza para decir: lo siento señora, a su hijo aún no puede verle, se encuentra en quirófano.
Por favor... ¿En qué quirófano si es usted tan amable señorita? (Respondía aquella señora con educación de dama, que quién sabe si lo sería, no la conocíamos)
En el quirófano número cinco, en el segundo piso, al fondo del pasillo, a la izquierda.
Gracias, muy amable. Muchas gracias.
Ellos dos, se dieron media vuelta para dirigirse hacia donde le habían indicado, y nosotros como ya los pudimos oír y sabíamos dónde se encontraba, pues también nos fuimos siguiendo sus pasos.
Para alcanzar los ascensores tuvimos que pasar de nuevo por urgencias y por la puerta de la UVI, el espectáculo seguía siendo lamentable, estaba siendo aquella noche una de las noches más larga de la historia de aquel hospital, en donde... ya a las ocho de la mañana se habían juntado los tres turnos trabajando, el de la tarde anterior, el de la noche y el nuevo de la mañana, aún nadie se decidía a marcharse puesto que, todo el mundo era necesario allí, si no para una cosa para otra; como decía mi sargento "en la mili, el que no vale para matar, vale para morir". (por supuesto que lo decía para crear ambiente disciplinario)
El sol ya estaba desperezándose por encima del horizonte, nos encontrábamos rendidos pero, el amor propio no nos dejaba abandonar la empresa que nos habíamos propuesto.
Estábamos en la sala de espera sentados frente por frente a los padres de Alberto, no habían pronunciado una sola palabra en casi...seis horas, que llevábamos esperando. Tuvo que ser una operación importantísima, a juzgar por el tiempo transcurrido.
Que por cierto; yo había aprovechado, me había dado tiempo a descabezar un sueñecito. (Con "sueños" incluido)
Soñé que vivía en un lugar donde no había penas, todo era felicidad, toda la ciudad era una gran familia, aunque quedaran algunos que se resistían, o bien se le escapaban detalles... al que mentía le crecía la nariz, al que odiaba a alguien no odiaba a aquella persona, se odiaba a sí mismo, el que trataba de engañar, robar, violar como cualquier cosa mala, él, era siempre el perjudicado de sus actos, incluso si pretendía matar, él era el que se quedaba en estado de no vida, era un poco... bueno, no un poco, era un mucho raro todo aquello, pero aquella ciudad, funcionaba feliz y se le veía un futuro brillante, todo era vello, nadie sabía lo que era una lágrima.
Me volví a dormir solo pensando en mi sueño, pero reaccioné sacudiendo varias veces la cabeza para despejarme.
Allí seguían los padres de Alberto, pensé que lo mejor sería presentarnos y darlos a conocer, quizá la historia era más real, más cercana, más familiar, la podríamos conocer toda con más detalle y juzgar mejor los acontecimientos.
Se lo comente a mi amigo Jesús.
¡Jesús! ¿Qué te parece si nos presentamos a los padres de Alberto, y le contamos lo que pretendemos?
Creo que no es buen momento amigo mío, piensa que aún no han visto a su hijo y están afligidos, aún no conocen el alcance de sus lesiones.
Aún no sabe si saldrá de esta, creo que lo mejor sería esperar ya que los conocemos y los veremos más a menudo por aquí para ver a su hijo, supongo.
Tienes razón, Jesús, es mejor esperar, de momento no podemos hacer nadie nada, sólo Dios y los médicos.
¡Es su turno! ¡Que sea lo que Dios quiera!
En ese momento se abrió la puerta; mejor dicho, la contrapuerta; y a continuación la puerta, empujada por la fuerza de la cama, que arrastraba el enfermero.
Era Alberto, llevaba cables por todo su cuerpo y, por todos sus orificios, goteros, bolsas de drenajes, etc.
En cuanto asomó, saltaron sus padres como si tuviesen un resorte en la silla, y en una fracción de segundo estaban a su lado.
Sí, era Alberto, seguía "vivo" ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! (Se le oía decir a su madre inmersa en un mar de lágrimas)
¡Gracias, Dios mío! Repetía una y mil veces a la vez que alzaba los ojos al techo de la sala donde, estábamos tratando de encontrar ese cielo que, supuestamente permitió seguir "viviendo" a su hijo.
Al padre, sólo pudimos verle dos lágrimas rodando por su rostro, con gesto compungido y tratando de ser fuerte, pero no podía esconder el sentimiento de un padre en ninguna parte.
Aunque fuera a costa de hacer sufrir más a su mujer, no podía evitarlo era humano, y a pesar de todo amaba a su hijo sobre todas las cosas.
Jesús y yo, fue tanto el impacto que volvimos a recibir que, nos quedamos nuevamente mudos.
También seguimos la camilla, pero, nuestros pasos casi no rozaban el suelo para no molestar, casi parecía que íbamos volando más que andando, solo nos atrevíamos a observar.
Después de pasillos y un ascensor hasta la planta décima, otro largo pasillo y otro ascensor hasta la planta décimo – cuarta, llegamos a la habitación que le habían destinado la H. 1470 allí dejamos a Alberto y a sus padres, a los señores Irigaray.
Jesús y yo miramos con ojos de lagarto, con más sueño que otra cosa, y decidimos irnos a descansar un rato, cosa que hicimos en la misma sala de espera para estar cerca de nuestra obsesión.
¡Qué consecuencias trae las drogas!
¿Porque se empieza a depender de ellas y por qué esos comportamientos que produce en el ser humano.?
Capítulo IV ANSIEDAD
Para media mañana (y sin haber podido conciliar el sueño ni cinco minutos por el ir y venir de las gentes), empezaba la visita de los médicos, pero aún así, y a riesgo de que algo se nos fuera, decidimos irnos a nuestras casas a descansar, pues posiblemente con el grado de cansancio físico y mental no sabríamos ni qué hacer, y además; no nos enteraríamos de nada.
No podríamos reaccionar con la cordura que la delicadeza del caso requería, y así lo hicimos, prometiendo llamarnos después de mediodía para ver qué hacíamos.
Para las cuatro de la tarde fue el teléfono el que me arrancó de los brazos de Morfeo de un bote pues, se ve que estaba el subconsciente aun con los nervios de la noche anterior.
Lo cogí sin saber aún muy bien lo que hacía, pues seguía en el séptimo cielo.
¡Aló!... (Balbuceé entre dientes)
La voz más bien nerviosa de mi amigo Jesús me trajo a la tierra firme.
Alfonso, amigo mío, temo que no podremos quedar para después. (Me dijo su voz desde la otra parte del hilo)
¿Qué te pasa Jesús? ¿Te encuentras mal? ¿Ocurre algo en casa?
Pues sí, en realidad a mi no, a mi hermano Alfredo le ha vuelto a dar una de esas crisis de ansiedad, ya sabes...
Lo siento mucho Jesús, de verdad que lo siento, si puedo hacer algo por vosotros.
¡No! Gracias Alfonso, ya sabes que esas cosas tienen sus procesos y luego pasan, ya nos arreglaremos.
Ya le cuidaremos entre su mujer y yo.
Eva ya ha vivido esta experiencia otras veces, sólo que cada vez suele ser más grave, es la impresión que tengo yo.
Pero bueno, tranquilo Alfonso, ya sabes que de esto de las crisis de ansiedad no se muere nadie.
De acuerdo amigo Jesús, pero si es que me necesitas llámame. ¿De acuerdo?
Muchas gracias Alfonso, lo haré.
Te volveré a llamar en cuanto pueda y ya me contarás cosas.
¡ O.K.! (Afirmé)
Jesús se despidió con un: "suerte"
Me puse a comer algo, estaba desfallecido y mientras lo hacía, ponía en orden mi cabeza con los hechos ocurridos, que a su vez, iba transcribiendo a mi libreta de apuntes con mi bolígrafo que me acompañaba a todas partes. Ya los pasaría a limpio en otro momento, ahora lo principal era hacerse conocer por los padres de Alberto, ofrecerles mi ayuda y mi amistad, si como me imaginaba por la primera impresión, eran tan buenas personas como aparentaban.
Esta vez arranqué el coche no tenía ganas de andar, aunque no quedaba lejos el hospital prefería hacerlo así.
Abajo en admisión, pregunté por Alberto Irigaray por si lo hubiese cambiado de ubicación, pero no, efectivamente, seguía en la planta catorce habitación 1470 hacía dónde me dirigía.
Me quedé de piedra delante de la puerta mirando en número, dudando si entrar y afrontar la situación ahora que podrían estar los ánimos más tranquilos, o me daba la vuelta y dejaba todo seguir su curso.
Si me presentaba ante sus padres... ¿Cómo lo hacía? ¿Con qué fin los conocía? Les gustaría recibirme o me echarían a patadas.
Y si no lo hacía, nunca podría realizar la tesis que intentaba estudiar.
Yo me hablaba, yo me respondía, y yo me quedé inmóvil como una estatua cuando de golpe y porrazo se abrió la puerta, y me encontré cara a cara con el padre de Alberto.
Buenas tardes señor... (Le pude decir a duras penas)
Buenas. ¿Qué desea usted?
Pues vera Sr... (Ya más calmado después del primer impacto imprevisto) Quisiera hablar con usted un momento, si fuera usted tan amable, por favor.
No me importaría si a usted no le importa acompañarme a tomar un café, que es a lo que iba.
Pues claro que no, encantado, le acompaño con mucho gusto.
Aquel hombre de aspecto tranquilo, de mirada triste y serena rebosaba humildad, enseguida lo pude comprobar cuando me ofreció su ayuda.
¡Bien! Usted dirá Caballero, en que le puedo ayudar.
Pues mire usted, me llamo Alfonso y soy escritor a medias entre otras aficiones que tengo, todas ellas a medias, aunque intento ser bueno en algo, soy como dice el refrán peón de todo y maestro de nada, pero no quisiera aburrirlo, el caso es que necesitaría su ayuda.
¿Mi ayuda? (Me replicó sorprendido)
Pues sí, mire usted, una noche y por casualidad me encontraba paseando disfrutando de las estrellas y tuve la oportunidad de conocer a su hijo.
Bueno, a su hijo... no exactamente. Perdóneme usted, pero tengo que decirlo con toda la crudeza.
Las burradas que hacía su hijo al volante de su coche.
Aquel hombre no salía de su asombro ¿Qué querría yo de él?
Proseguía: después, fui testigo de la visión tan dantesca que ofrecía el accidente del autobús y los coches, cosa que me ha hecho reflexionar mucho sobre las drogas y quisiera estudiar un poco el caso, hacer una tesis tan negativa de ellas, que toda aquella persona que tuviera intención de probarlas, solo con oír su nombre ya las odie.
Sin pronunciar una palabra, bajó la cabeza con una humildad que me dejó frío.
Mire usted, Alfonso, perdone que no me haya presentado me llamo Iñaki Irigaray, creo que su intención es muy loable, y creo también que es un trabajo que debe hacer, pero por favor en estos días lo estamos pasando muy mal y no me encuentro con ánimos para poder ayudarle.
Ahora mi mujer Maite, y yo, creo que lo que debemos hacer es cuidar de nuestro hijo, pues aún no sabemos en el estado que se encuentra y mi mujer tampoco se encuentra bien, temo que la pueda perder a ella también.
Así que usted perdone, Alfonso, quizás dentro de unos meses...
De todas formas le ofrezco mi amistad y mi ayuda por si le fuera necesaria en algo, por favor no se olvide de que tiene aquí un amigo para lo que se le ofrezca.
Tenga mi tarjeta y llámeme si me necesita a cualquier hora del día o de la noche.
(Me tuve que ofrecer, parecía tan sincero, tan buena persona, y lo veía tan abatido que no pude por menos que tenderle mi mano)
Él me lo agradeció con una afirmación con la cabeza.
Al despedirse nos dimos las manos y, en aquel apretón de manos, noté la desazón que aquel hombre sentía, el abatimiento que le inundaba el alma, temía por su mujer, la debía de querer mucho cuando se preocupaba tanto por ella y no se veía su propio estado, tan penoso y lamentable que tenía.
Lo vi alejarse con paso cansado y desaparecer en la habitación 1470 donde permanecía su hijo.
(Con apuntes a posteriori que confeccione, pude saber que aquel mismo día conocieron al doctor de su hijo Alberto) Cuando Iñaki entraba en la habitación 1470 encontróse con algún doctor y otras personas dentro de ella, por fin veía al médico, hasta entonces no había tenido oportunidad y era razón que le dieran algún parte médico, estaban en vilo viendo a su hijo entubado por todos los sitios, amén de las vendas, apósitos y demás, de las operaciones que le habían practicado.
Pues bien; como les decía, soy el doctor Ugarte, doctor Francisco Javier Ugarte... usted debe de ser el padre de Alberto. ¿No?
Sí, doctor. (Contestó tímidamente el padre de Alberto)
Encantado, mucho gusto.
Lo mismo le digo doctor.
Como les decía, soy el doctor Ugarte y soy el que llevará a su hijo mientras figure en esta planta, y éste es el equipo que estará a su disposición en todo momento, y para lo que necesiten. ¿Está claro? Repito, para lo que necesiten.
Iñaki afirmaba con la cabeza mientras que Maite permanecía con la cabeza gacha.
Prosigue el doctor diciendo... Bien, creo que les debo dar un parte médico del alcance de las heridas y del estado de su hijo después de la primera evaluación insito, y a la espera de los análisis realizados, podemos decir lo siguiente: el estado de Alberto, es grave, pero por favor no se asusten. No se alarmen...
Yo soy neurocirujano, soy el médico que le ha operado y les aseguro que las heridas que sufre Alberto tienen cura para mí (prosigue el doctor Ugarte), es positiva la operación, para el grado de impacto que había sufrido y las heridas que había recibido, es más; me atrevería a decir que con su edad, con veinte años que tiene y su fortaleza física, seguro que superar esto, no deben preocuparse.
El médico trataba de calmarlos ya que, claramente se les veía muy deprimidos y el médico podía observar que no eran aquellas caras sólo del accidente, pero no dijo nada, se cayó y siguió con Alberto.
Deberían descansar un poco y esperar a las pruebas definitivas que son las que nos concluirán la situación y el estado de su hijo.
Por el momento no deben preocuparse, las heridas a consecuencia del accidente se curarán estoy convencido de ello.
Y ahora si tienen alguna pregunta que yo les pueda contestar... ¡Adelante!
Hubo un silencio de tumba, donde se miraban los unos a los otros sin saber qué decir. (Ya lo había dicho el doctor Ugarte lo más principal: se le curarían las heridas)
Por fin el jefe de planta, El doctor Ugarte, se decide a dar por terminada la visita.
Bien señores, ha sido un placer conocerles, estaremos en contacto, y no se preocupen por nada, mi equipo les ayudará en todo lo que pueda.
Siento no tener más tiempo para ustedes, pues me esperan en una importante reunión que no puedo eludir.
Les saludo a los dos Maite ... Iñaki.
Queden con Dios, buenas tardes.
A lo que Iñaki respondió: Vayan ustedes con El. Y muchas gracias por todo doctor, estamos muy agradecidos.
No tiene por qué darlas, es mi obligación, ya sabe... ¡Que pasen buena noche!
El equipo médico salió todo en fila cerrando con sumo cuidado la puerta, dejando la habitación en el más ruidoso de los silencios.
No articulaban palabras, pero sus pensamientos se agolpaban en sus cabezas y, así quedaron profundamente dormidos, rendidos por el cansancio y la fatiga después de haber oído algo agradable por boca del doctor.
Capítulo V INVESTIGACION
No lejos de la 1470 y en la misma planta catorce, se encontraba la sala de científicos de distintas plantas, donde se reunían cuando debían deliberar sobre algún problema grave, o se tenían que aconsejar sobre algún tema específico.
Aquella reunión la había convocado el doctor Ugarte con una finalidad secreta.
Tenía en mente un proyecto que debía discutir con sus colegas en distintas ramas, por ello, no comentó el tema hasta no estar todos reunidos para no distorsionar, o sacar del contexto las opiniones, que quería que fuera espontánea, aunque luego se hubieran que estudiar con profundidad algunas cosas.
¡Escépticos! Sí, esa creo que era la palabra, así los veía yo a aquellos doctores que iban acudiendo con cara de intriga y curiosidad por enterarse de la misteriosa reunión que había convocado el doctor Ugarte.
Yo que me había convertido en un ratón de hospital, quería recopilar todo lo que pudiera para mi tesis, ya seleccionaría lo válido y desecharía lo que no tuviera mayor importancia si hubiera, y en un descuido entre uno que entra, otro que también, que se quedan unos segundos de cháchara tratando de averiguar cada uno algo por su cuenta, yo me introduje en la sala y me busqué el lugar más idóneo para ocultarme.
Eché un vistazo rápido, la sala ya estaba preparada, sus sillas alineadas y una gran mesa al fondo.
En un rincón de la sala pude distinguir algunos biombos arrinconados tras unas cortinas, ¡Bingo! (Me dije) Ese puede ser el lugar perfecto, desde ahí no me verán y sin embargo, yo podré oír lo que se hable en esta sala.
Sin dudarlo, y en unos segundos, ya me encontraba acurrucado detrás de aquellos biombos.
Seguían acudiendo médicos, unos vestidos de calle, otros posiblemente de servicio, aún llevaban sus batas y estetoscopio colocados al cuello.
Por fin entró el único doctor que yo conocía, el doctor Ugarte, y precisamente en ese instante pude apreciar el interés que podía tener la reunión por los cuchicheos y murmuraciones que se llegaron a levantar.
El doctor Ugarte, se dirigió sin más dilación a la mesa del fondo mientras ponía un poco de orden.
Por favor señores, tomen asiento.
(Tuvo que repetir el ruego ya que apenas le pudieron oír con aquel murmullo)
¡Señores por favor! Sean tan amables de tomar asiento.
Enseguida les explico el motivo de la reunión.
Por favor siéntense.
Poco a poco, cada uno se fue sentando al lado de su colega más conocido o tuvieran más confianza, para intercambiar opiniones del tema a debatir.
No tardó el doctor Ugarte en emprender su propósito, una vez que la sala tomó el carácter de seriedad que el tema requería, mientras él ponía en orden algunos papeles que había sacado de su carpeta.
Bien señores, creo que podemos empezar.
Se preguntarán ustedes el por qué nos encontramos aquí hoy, pues bien; les diré que me he embarcado en un proyecto, en el que necesito la especial colaboración de alguno de ustedes.
(Los allí reunidos habían quedado mudos, había un silencio expectante.)
Hace años (siguió el orador), me vengo preocupando por el tema de los ciegos. ¡Sí! Han oído bien, el problema de los ciegos, y ustedes se preguntarán... poco se puede hacer, es imposible devolverle la vista a un invidente.
Pues creo que podríamos mejorar mucho la convivencia de un invidente en un mundo moderno como el nuestro.
En ese momento el oftalmólogo doctor Olabe, se puso en pie tratando de dar alguna versión u opinión del tema y, el doctor Ugarte lo cayó.
Por favor, doctor Olabe, si me permite continuar, después tendremos el correspondiente turno de preguntas y opiniones... ¡Gracias! Muy amable. Como les decía, la idea mía es la siguiente: Basándome en la captación de sonidos por ecolocación utilizado por los murciélagos, y así viven unas 200 especies que llevan siglos yéndoles bien...
Pues, pretendo construir un emisor de ondas capaz de captarlas en su retroceso después de chocar con el objeto en cuestión que se tuviera delante en el momento de la captación, lo que había producido una especie de sonido o vibración que, dependerían si fuese implantado en los ojos, o en cualquier parte del cuerpo, o sencillamente podría fabricarse para llevarlo independientemente.
Sería como si el invidente pudiera ver con su bastón, con su reloj, o mucho más sofisticado, implantado en sus propios ojos.
Lógicamente, se podría apreciar en esta técnica la distancia del objeto y la dirección del mismo, lo que daría al invidente una aproximación bastante exacta de la realidad.
Yo estaba perplejo, era increíble aquel hombre era un genio. ¿Hasta dónde podría llegar la exactitud del invento?
Sería fantástico que algo así se pudiera hacer. (Dejé hasta de pensar para no perder palabra)
En definitiva, sería un emisor receptor sin más. Emitiría ultrasonidos que vibrarían en el momento de recibirlos, o vibraría en una onda muy baja también para que fuera fácilmente recibida por la persona.
Doctor Olabe, ¿Usted como oftalmólogo, cree que se pudiese integrar un implante como éste sin alterar para nada la apariencia exterior del ojo?
Dígame por favor.
Doctor Ugarte, creo que su teoría merece la pena estudiarla, aunque, así a primera vista, si se pudiese hacer el emisor de un tamaño tal, digamos como... el iris del ojo, pienso que no habría problema. Que se podría hacer.
Usted qué opina doctor García... (Se apresuró a volver a preguntar Ugarte)
Como cardiólogo tendría que decir que el material exterior debe ser de titanio totalmente estanco y siendo así, es totalmente compatible con la sangre y, como usted sabe doctor Ugarte, también sería bien aceptado por los nervios, células y demás, al ser un producto virulento, hace que sea un metal infusible.
Tiene razón doctor García, tiene usted toda la razón.
Está usted muy pensativo doctor Morales... (Apunta Ugarte)
Tiene algo que decir. ¿Quiere dar su opinión doctor?
Por supuesto, señor Ugarte, estoy totalmente de acuerdo con usted. La lástima es que no se me haya ocurrido a mi.
(Sonreía bromeando dirigiéndose a sus colegas)
Por supuesto tengo que darle un diez doctor, es una idea brillante, le ayudaremos en lo que podamos, estamos a su servicio, pero creo que le deberíamos de preguntar a nuestro ingeniero técnico, que es quien tiene la última incógnita. ¿No cree doctor Ugarte?
¡Cierto, cierto! Amigo Morales.
¿Qué cree usted señor Mendoza?
(Le preguntó Ugarte)
Tras unos segundos de reflexión se atrevió a decir: A pesar de estar de acuerdo con el proyecto, doctor Ugarte, creo que me deberían dar tiempo para poder decirles si efectivamente podría lograrlo o no.
Creo que puede ser complicado. Aunque tengo fe en conseguirlo, necesito unos días para darle una respuesta.
Por supuesto señor Mendoza, aún nos quedan varias investigaciones definitivas del proyecto pero, la fundamental y básica para poder continuar es la suya, que pueda construir ese aparato, y tenga la medida más pequeña que se pueda.
Ya me contará usted sus resultados para seguir con las investigaciones. Pues estoy seguro que lo conseguirá.
Gracias, doctor Mendoza.
Haré todo lo que esté en mi mano, se lo prometo doctor Ugarte .
Estoy convencido de ello.
Dispongo del mejor equipo médico del hospital, de eso no cabe la menor duda.
Bueno... si ustedes quieren deliberar un poco sobre el tema o alguien quiere hacer alguna pregunta...
Hubo un momento de silencio pues, los presentes a pesar de ser el equipo del doctor Ugarte, les había cogido de sorpresa todo aquello y debían meditarlo.
Momento que aprovechó el doctor Ugarte para decir: Siento que el doctor Unay Salvatierra, se encuentre de vacaciones y no pueda acompañarnos en esta primera reunión, ya le pondremos al corriente a su vuelta, de nuestro proyecto.
Él, bastantes problemas tendrá ahora con estar soportando a todas esas chicas en bikini, medio desnudas en la playa tomando el sol y, buenos refrescos.
Eso debe de ser matador, pobre doctor Salvatierra, le compadezco.
(Se oyeron unas carcajadas en la sala)
Bueno, señores, ahora en serio.
Por supuesto, que ni decir tiene que se trate este asunto con el mayor sigilo, debe seguir siendo un secreto, ahora del equipo, hasta que podamos certificar el triunfo de la operación que nos ocupa.
Les dejo que estudien los pormenores que crean convenientes, nos veremos más tarde.
Gracias por su colaboración, señores.
Devolviendo sus apuntes a la carpeta el doctor Ugarte salió con paso firme despacio, pero seguro, como había entrado.
Allí me quedé yo, aún media hora más mientras discutían unos y otros del procedimiento a seguir, de aquellos animales que tenían los dedos de las extremidades anteriores tan alargados. Unidos además entre sí a las extremidades posteriores y a la cola por un "Palagio", yo diría que hablaban de la membrana de sus alas.
Cuando me quedé solo, me decidí a salir sin saber muy bien qué hacer.
Me acordé de mi amigo Jesús y decidí llamarlo para interesarme por la salud de su hermano, luego iría a ver cómo evolucionaba Alberto.
Al final del pasillo, en una zona de descanso y ocupando una zona muerta en un rincón, se encontraba el teléfono.
Después de unos instantes de espera empezó a sonar, pero, no me cogía nadie. (Habría salido pensé)
Me dirigí entonces hasta la habitación 1470, en ese momento me di cuenta de un gran movimiento de médicos y enfermeras por el pasillo, ya acercándome a la habitación de Alberto, pude comprobar que era allí.
Allí era donde había pasado algo.
¡Dios mío! (Me preguntaba) ¿Habría muerto?
Capítulo VI INCURSION
No tardé en alcanzar la puerta, allí se encontraban sus padres, yo me limité a dar los buenos días y nada más, apartándome para ser un simple espectador. (Como en realidad era)
En todo el tiempo que pude estar allí, a los padres se les veía afligidos, nerviosos...
No cesaba el entrar y salir del personal sanitario en la habitación 1470, cada vez que salía alguien o bien el padre el señor Iñaki, o bien la señora Maite, salían a su encuentro, pero cada enfermero le respondía con una evasiva, "un momento por favor, enseguida le digo" y seguían a una velocidad de vértigo.
Señorita por favor. (Rogaba doña Maite)
"Enseguida la atiendo, no se preocupe"
Todos igual, todos iban con tanta prisa, y a ello se les veía verdaderamente preocupados, se temían lo peor. No sé si serían creyentes, pero temían lo peor.
Yo seguía pensando igual, queramos creerlo o no, lo hayamos visto o no, exista o no, estoy seguro que hay un ser superior a nosotros que, más tarde o más temprano, de una forma u otra, nos hacía ver lo malo o lo bueno que habíamos hecho en la vida, y Alberto (pensaba para mi,), no creo que salde su deuda con el mundo simplemente con su vida, eso me parecía demasiado fácil.
Aunque yo... ¿Quién era para pensar así?
En ese momento sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo a cuento no sé de qué, pues hacía buena temperatura allí dentro, quizá algo de calor, cosa que me hizo recordar un bello sueño de mi hija.
Una buena mañana se despertó contándome el sueño que había tenido.
Soñó haber estado en el colegio con todos sus amiguitos, cuando de pronto empezó a descolgarse del cielo una hermosa cortina de nieve tan espesa, que cubrió los campos en cuestión de segundos, cosa que por lo que recordaba, aprovecharon para salir al recreo, a un bonito patio amplio y luminoso que tenían, con la idea propuesta por su profesor, de hacer esculturas de animales utilizando la nieve caída.
Hicieron muchos y de varias especies, al terminar, aparecía de nuevo un sol resplandeciente que a su vez, iba deshaciendo la nieve, pero cuál no sería su sorpresa que, tras las primeras aguas disueltas las estatuillas de peces formada por los niños, saltaron alegres y llenos de vida al lago que se formaba tras de ellos, las focas y pingüinos hechos por otros niños a continuación, las aves de hielo levantaron el vuelo subiendo hasta las nubes, y seguidamente los mamíferos de la tierra leones, elefantes, ovejas etc..
Según me contaba fueron testigos de la creación de los seres vivos, ellos los crearon en el patio del colegio, y la luz del cielo les dio la vida.
¿Sería mi escalofrío un presagio de algo que había sucedido, o quizá algo que estaba por venir y en lo que había dado en el clavo?. (Como se suele decir vulgarmente)
De todos modos no debería preocuparme de todas estas historias, ya saldrá lo que Dios quiera.
Y por otra parte (me dije), Dios no ayuda a los que no se ayudan.
¡Claro! Tenía que averiguar qué estaba ocurriendo en esa habitación, no podía quedarme con los brazos cruzados. Tenía que hacer algo.
Por mis hobby tenía agilidad mental y un acto reflejo me llevó a buscar un disfraz que me permitiera andar entre las batas blancas sin levantar sospechas, algo parecido a hacerme invisible ante sus ojos, y sin embargo, saber que ocurrió.
No tardé en encontrar un vestuario de auxiliares y enfermeros, donde me equipe de la indumentaria correcta para pasar desapercibido, ahora sólo era cuestión de sangre fría, que era de lo que dudaba. No sé si yo seria capaz de llevar a cabo aquella empresa, pero en fin; peor que la incertidumbre que me embargaba no sería.
Como aquel que no va con él las cosas, pero que se interesa por ellas (Vamos; como el clásico camillero que lleva a un accidentado, y tiene cara de ni fu, ni fa, y perdonen la expresión, pero... se les ve que parece que ponen interés por el herido), pues así intenté comportarme yo.
Con paso más o menos decidido, me fui acercando a la puerta, a la par que mi corazón cogía velocidad de vértigo, pero como el ir y venir era continuo y algo alocado, pues no me fue difícil penetrar en la habitación.
Después de contemplar la escena unos segundos me vino un profundo suspiro que no pude reprimir.
Se veía claramente que tenían problemas con Alberto, por lo que podía oír, se les iba de las manos.
Por lo que pude entender, estaba en una semi-inconsciencia peligrosa, lo mismo podía recuperarse, que caer en estado de coma, o algo mucho peor, quedar consciente, pero no ser dueño de un solo músculo de su cuerpo.
Era horrible, aquel chico posiblemente pagase muy cara la vida pasada en su próxima "no-vida" que es peor que estar muerto.
En realidad era un guiñapo, había quedado muy mal, dicen que "quien mal anda, mal acaba" pues, mirando a Alberto, muy mala vida había llevado al parecer, porque lo que se le avecinaba según los doctores, no era nada halagüeño.
La vida que había llevado en lo que yo conocía, fue bastante alocada, con el alcohol, el tabaco, la heroína, la morfina, etc.. Amén de su vida sexual, agresiva y masoquista hacía las mujeres, con las que se rodeaba en los círculos en donde se movía.
¿Se curaría aquel joven algún día?
¿Seguiría el ritmo de vida que había llevado hasta ahora?
Si lo hacía, era capaz de matar de algún disgusto a sus pobres padres.
¿Sería aquel un último castigo para que dejase de hacer mal, y a la vez tuviera tiempo en la vida para recapacitar y arrepentirse de sus actos pasados?
¿O, simplemente moriría?
La verdad es que desde las cuatro paredes de mi estudio el mundo parece infinitamente más pequeño, y mi imaginación increíblemente más grande.
Ahora empezaba a darme cuenta de una pequeña parte de las cosas que ocurren al amparo de las tinieblas.
¡Sí, ya sé! Ya sé que durante el día todos somos exquisitos, solo nos engañamos nos difamamos nos envidiamos, y no sé cuántos "amos" más, pero lo de la noche era sencillamente humillante para los que vivían vergonzosamente, y para los que tuvieran que soportar esa vergüenza, cómo era el caso de Iñaki y Maite, los padres de Alberto, que no tenía nombre lo que estaban pasando.
No pude por menos que salir del cuarto, ya no por miedo o vergüenza que me descubriesen, sino por la pena tan profunda que me estaba dando aquella imagen tan tétrica.
Sin haber empezado a vivir ya lo daban por muerto, y no se equivocarían mucho aquellos profesionales de la medicina.
Salí cabizbajo, casi sin mirar a ningún lado. ¿Qué pensamientos llevaría en mi cabeza, que no recuerdo haber visto a los padres de Alberto a la puerta de la habitación?
Los pies me llevaron a la sala de estar, al área de recreo donde encendí un pitillo para tratar de ponerme en orden en algún lado, y recordé a Jesús debería llamarlo, y así lo hice.
¡Alo! ¿Jesús?
¿Sí? (Se escuchó con aire resuelto y decidido)
¿Jesús, eres tú?
Sí, soy yo, dime Alfonso. ¿Qué tal estás?
¿Cómo llevas la historia? ¿Dónde te encuentras?
Estoy... se podría decir que aún bien, la historia no puede ir peor y estoy en el hospital.
¿Te has hecho socio del club de las batas blancas, o qué? (Respondió Jesús con aire de reproche). Tienes que descansar Alfonso, o terminarás por caer tu también, tómatelo con más calma amigo mío.
Con un suspiro profundo de resignación propia, le pregunté: ¿Qué tal tu hermano, Jesús, se repuso de la crisis de ansiedad? ¿Está bien ya? Dime.
Mi interlocutor me calmaba un poco, pues me veía nervioso, y era cierto que entre unas cosas y otras me estaba afectando demasiado todo aquello, yo estaba acostumbrado a llevar una vida más tranquila.
Tranquilo, Alfonso, tranquilo. Te agradezco la llamada y el interés que pones en Alfredo, pero sí; ya se encuentra mejor, gracias.
¿Me quieres explicar qué es eso en realidad?
Me interesé en el tema pues no lo conocía.-
Pues mira Alfonso, amigo mío, eso por lo que puedo ver yo, y él me haya contado, tiene su origen en las preocupaciones que soportamos, unas veces sabiendo que nos preocupamos, y otras porque nuestro subconsciente se preocupa por libre, por alguna grabación que tengas, que te afectase cuando niño o incluso cuando bebé. En el caso de mi hermano es otra cosa, bueno; es una preocupación como otra cualquiera que ya te contaré otro día.
Pero bueno, dime tú. ¿Me necesitas para algo? ¿Quieres que te ayude en algo?.¿O has llamado sólo para interesarte por la salud de Alfredo, cosa que te agradezco de todo corazón amigo mío?
Pues no, no es que te necesite, te llamaba por lo de tu hermano y comentarte un poco como van las investigaciones.
¿Y qué tal? ¿Que has averiguado?
(Se le notaba su verdadero interés en la cuestión, a Jesús)
Pues mira, Jesús, he tenido que hacer mis pinitos como investigador.
Me he tenido que disfrazar para acceder a la sala de Alberto, pues no dejan entrar ni a sus padres y con razón, pues están tratando de robárselo a la muerte y quizás un equipo tan bueno como ese lo haga, pero por lo que he podido ver y oír, posiblemente le sea más fácil morir vivo, que vivir muerto.
¿Qué?. Que me quieres decir Alfonso, explícate por favor no me filosofées.
(Replicó intrigado y sin comprender una palabra mi amigo)
Lo que te quiero contar, y que entiendas amigo Jesús, es que para ese chico casi es mejor que muriera, no creo que se recupere jamás, lo veo muy mal.
¿Pero cómo puedes decir eso Alfonso?
Ya me cuesta hablar así, amigo Jesús, pero, según escuché a los médicos en la habitación, lo mismo puede caer en coma, que quedar consciente y no ser dueño de un solo músculo de su cuerpo. ¿Te imaginas que supone eso Jesús?
Jesús guardó unos segundos silencio, seguro que le había impactado también a él...
¿Jesús? (Pregunté)
Sí. Sí, sí, estoy aquí, Alfonso, sólo que no se qué decir, eso sería terrible, que conociera su entorno, que recordase su pasado, que pudiera imaginarse el futuro, y lo terrible de verdad, que viviese el día a día sin valerse por él mismo. ¡Dios mío! ¡Espantoso!
¿Lo saben sus padres? (Inquirió Jesús)
En tono desolador pude decir: ¡No! No saben nada, como te digo aún no dejan entrar a nadie.
Lo que me extraña mucho es que el doctor Ugarte, aseguró que las heridas a consecuencia del accidente, a pesar de su gravedad, tenían buena cura. ¿Qué habrá pasado?
En fin, ya te contaré cosas Jesús.
¿Quieres que haga algo por ti Alfonso?
Mi hermano ya se encuentra bien y puedo dedicarte algún tiempo.
Recordé, que no sólo Alberto tenía padres, supuse que los padres de los amigos estarían padeciendo alguna historia parecida a las de Iñaki y Maite. (Y me apresuré a decirle...)
Pues ahora que pienso, si puedes hacer algo, querido amigo, si fueras tan amable te podrías encargar tu de localizar a los padres o familiares de los amigos de Alberto, y recabar algún dato que nos pueda ser útil...
¡No faltaría más Alfonso!. Deja eso de mi cuenta y así tú te podrás dedicar en exclusiva al hospital y a la evolución de Alberto.
Tienes razón Jesús, eres muy amable, muchas gracias, te agradezco en el alma la valiosísima ayuda que me proporcionas, no sé si podría conseguir esto sin ti.
¡Pues claro que lo harías! (Me animaba Jesús)
Yo creo que en algún momento podría tirar la toalla... de todas formas te agradezco tu ayuda de todo corazón.
Deja eso en mis manos y cuídate.
Y con "un abrazo" se despidió.
Lo mismo digo cuídate.
Me quedé pensativo, no sé en qué, pero tardé unos minutos en reaccionar, al fin lo hice y vi que estaba en el hospital, no me costó mucho centrarme en todo lo que sucedía a mí alrededor.
No se por qué, me parecía que pasaría el resto de la noche también por aquellas salas, pues los padres de Alberto seguía sin poder verlo, y con la humildad que les caracterizaba, se dirigieron hacia la sala de espera, o de "estar", con la idea de hacer tiempo hasta ver al médico al día siguiente y, de paso, poder descansar un poco pues, yo personalmente cada vez les veía peor cara, más agotados, la fatiga era evidente, yo no me quise separar de su lado aunque no se cruzó ni tan siquiera un "Hola" entre Iñaki y yo, iba demasiado pendiente de su mujer y la incertidumbre era grande, yo me hice cargo y me mantuve al margen.
Capítulo VII LAS CONSECUENCIAS
La madrugada fue exhausta, más larga las horas de lo que yo recordaba cuando me metía en mis libros o cogía mi bic.
Aquella madrugada fue realmente larga, muy larga y cansada, muy cansada, pero por fin el sol se desperezaba tras las sierras que desde la planta catorce se podían divisar a lo lejos, se auguraba un día hermoso, un día limpio y claro, de esos de principio de verano no muy caluroso, ya que los campos y praderas, guardaban aun la humedad de la primavera, y aun mantenía buena parte de flores la campiña, aunque hasta allí no llegase ningún aroma yo casi los percibía sólo de pensarlo.
Por fin me decidí a romper de nuevo el hielo. (Por segunda vez con Iñaki)
Señor Irigaray, me gustaría invitarles a desayunar ¿Les apetece algo caliente?
Tras un pequeño silencio de indecisión insistí.
Por favor, tienen que comer algo.
Se lo agradezco Sr .... perdone ¿Cómo me dijo que se llama?
Alfonso, y por favor no me llame de ustedes, tutéeme haga el favor.
Ya más tranquilo, Iñaki se animó.
Está bien, Alfonso, vamos a desayunar. Maite, te presento a Alfonso, la persona de la que te he hablado, que pretende escribir una tesis, libro, crítica o algo así, en contra de las drogas.
Por fin ella levantó la cabeza que tan humillada la tenía siempre, y me saludó.
Mucho gusto en conocerle, Alfonso.
Lo mismo digo, señora.
Alfonso... esta es mi señora Maite.
Lo que siento es tener que haberles conocido en estas circunstancias. (Traté de disculparme ya que claramente no eran los mejores momentos para nada, esa familia según los recuerdo en aquellos días, si les habría pillado el tren les hace menos cachitos, estaban destrozados con todo aquello)
Pero yo me había prometido hacer algo por denunciar ese mundillo y aportar mi grano de arena a erradicarlo y lo intentaría, por lo menos lo intentaría)
No se preocupe... perdón no te preocupes Alfonso, son los avatares del destino.
(Se adelantó a decir Iñaki) A los que nadie se acostumbra, pues cada palo que te da la vida es uno distinto y nuevo, lo vuelves a sentir como el primero, sólo que hasta el hierro en frío a base de golpes se moldea, o se rompe... (Dando un suspiro mientras su mujer escondía el rostro entre las manos, continuó diciendo:)
Bien, Alfonso. ¿Te parece que tomemos ese café?
Cuando le dirigí la mirada, sus ojos me parecieron de cristal, no cayó una lágrima por que era una lágrima cada uno de ellos y no quise continuar el tema callé , y esperé que él sacase de nuevo la conversación.
Poca fue la conversación que mantuvimos durante el café, comentamos un poco el tiempo, el estado de los campos, la belleza que reinaba en esos días en los arroyos, en los ríos, todo se veía que florecía la tierra como ser vivo daba su latido estacional.
Yo trataba por evadir el tema de su hijo, pero sin darnos cuenta, lo mismo Iñaki que yo, al hablar de la fertilidad de la tierra, y el cambio con nuevos seres, nos quedamos profundamente callados, los dos pensamos lo mismo, a los dos se nos fue la mente precisamente a lo que queríamos eludir.
Todo florece... (Dijo con pena humillando la frente) menos mi hijo, que se muere.
No pude por menos que abrazarlo tratando de infundirle ánimo por si le valía de algo, cosa que yo dudaba, pero sentía yo tanto como él lo que estaba ocurriendo aunque no me tocase nada, y sobre todo, lo que más me remordió, fué ver a un hombre como él en aquel estado. ¡Era lamentable!
Aquella mañana ya parecía que el hospital se había levantado más sereno, más tranquilo aunque el silencio era sepulcral, los pasillos y corredores estaban desiertos, las pocas personas que los transitaban auto sugestionadas por el silencio, y con miedo a romperlo, andaban casi de puntillas para no molestar a los enfermos, alguno de ellos muy graves a consecuencia del impacto, y las llamas del accidente del autobús.
A primera hora de la mañana, ya empezó el cambio de turno, empezó el movimiento en el hospital volvía a latir de nuevo. (Pensaba yo)
Iñaki una vez echo el cambio, le vi que se dirigió a admisión.
¿Té importa que te acompañe Iñaki?
¡No, por favor!
(La mujer seguía en la misma posición, como masticando la tragedia y no pudiera tragarla, y no pudiera comprender)
A esa hora admisión estaba vacía, aún tuvimos que esperar un rato a que vendría la auxiliar del turno de día.
¡Buenos días! ¿En qué les puedo ayudar? (Se mostró solicita y amable la chica)
Por favor, señorita, me podría informar del estado de mi hijo, no sabemos nada de él ni nos dejan verlo.
Si fuera usted tan amable de decirme algo al respecto, se lo agradecería.
¿Cómo se llama su hijo señor?
Alberto Irigaray Baygorri habitación 1470
¡Un momento por favor!
(Los dedos de la empleada buscaban las teclas a una velocidad y limpieza impecable, hasta que por fin el ordenador le dio la información que había solicitado)
Lo siento señor Irigaray, no me consta ninguna información aún, debe de tenerla el jefe de planta... doctor Ugarte.
A la hora de la visita le podrá informar.
Gracias señorita, es usted muy amable.
(Fue lo que pudo murmura Iñaki)
Habría que esperar a la hora de visita para que supiéramos el estado de Alberto.
En una hora posiblemente saldríamos de dudas.
En esos momentos la tensión que se respiraba era clara, se podía masticar como vulgarmente se dice, yo trataba de evadirse de no pensar en eso, pero a la cabeza me venía otro tema.
¿Que le ocurriría a Alfredo? Si él siempre ha sido una persona sana y trabajadora, Jesús dice que de eso no se muere nadie, puede que no, pero a mí me habían contado que los que lo sufren pasan unos ratos terribles, muy malos, y que además esa enfermedad no sería fácil de curan por lo que me habían dicho, ya estaría con Alfredo a ver que me contaba él.
Todo esto meditando yo para mis adentro, con la cabeza agachada, de pronto me sacó de mis cosas mi nombre.
¡Alfonso!
¿Eh? ¡Ah!. Hola Jesús.
Respondí con un sobresalto, pues no me lo esperaba. (Ni eso, ni nada, vaya; estaba tan metido en mis pensamientos)
¿Podría hablar contigo un momento, por favor? (Inquirido mi amigo)
Trataba de averiguar, qué tal estaba.
¡Pues claro, Jesús!. Tú dirás.
Poniéndome en pie lo seguí en un paseo por el pasillo.
Me miraba como temiendo decirme algo, por fin se decidió.
Alfonso, ¿Recuerdas el trabajo que me habías encargado? ¿Averiguar lo que pudiese de los ocupantes de los otros vehículos?
Sí, claro. (Como no me iba a acordar, además estaba deseando saberlo)
Pues, después de mis investigaciones en hospitales, policías, bomberos y particulares, etc. Te puedo asegurar que han... que han...
Que han qué. ¡Dime! Que me tienes en ascuas.
Que han muerto todos.
¡Dios santo! ¡Válgame el cielo!
Si, Alfonso, todos han perecido en el suceso, sólo Alberto vive aún.
Jesús, amigo mío. ¡Qué tragedia! Esto más parece un castigo divino. Mueren todos, menos el jefe de la banda, el que incitaba y provocaba a los demás, ellos mueren después de un horrible accidente, que provocan ellos mismos y Alberto, no sabemos qué pasará con él ahora de que venga el médico lo sabremos, sus padres están destrozados.
La visita doctoral había pasado y no tuvo por menos que venir el doctor Ugarte a darle la mala noticia a los señores Irigaray.
Se mostró muy cordial, como era su costumbre, y su educación le obligaba.
Buenos días. ¿Qué tal? ¿Cómo están ustedes?
Se levantaron los dos, Iñaki y Maite. ¡Bien doctor! ¿Qué nos puede decir de nuestro hijo?
La voz de Iñaki era temerosa después de lo que había visto en toda la noche, y la poca información que tenía de su hijo, no esperaba nada bueno.
Quiero que entiendan ustedes (Con voz tranquila y serena como profesional), que mi deber es darle las noticias, bien sean buenas o malas, y en su caso tengo que decirles que lo siento mucho, el estado de su hijo se ha complicando, no me explico a consecuencia de que, pero se ha complicado mucho, estoy a la espera de los análisis que mandé a realizarle, para ver si me dicen algo nuevo.
Maite rompió en llanto, esa fue la chispa que les faltaba, no podía más, lo estaba aguardando todo dentro hasta que estalló en un mar de lágrimas, era demasiado para su sistema nervioso. Iñaki, sin embargo, aparentemente pudo aguantar el tirón más firme que su mujer.
El doctor Ugarte trató de consolar a Maite.
No se preocupen, que todo se arreglará.
Con la ayuda de Dios todo se arreglará, se lo prometo.
(Estaba claro que no podía prometer nada, pensé yo, ya que no tenía las pruebas pertinentes que pudieran sacarles de la duda, o sumergirlos en ella)
Estén tranquilos, que en cuanto tenga los análisis les prometo que les haré saber cualquier anomalía, sea buena, o mala, que se presente.
¿De acuerdo?. Y ahora creo que pueden visitar a su hijo, no le veo mayor problema pueden hacerlo.
Gracias, doctor. (Se apresuró a responder Iñaki)
¡Muchas gracias!. Si nos necesita estaremos en la habitación con Alberto.
¡Bien!. Vayan y descansen. Luego les veo.
Y dando media vuelta, se perdió en aquel angosto pasillo frío y tenebroso. (Que era como yo lo veía entonces)
El panorama seguía siendo el mismo, seguía siendo un crío inerte sobre una camilla-cama, todo lleno de tubos y máquinas digitales a las que iba conectado Alberto, por medio de unos cables y ventosas, una mascarilla aplicada a la parte de donde se supone tendrían la toma del oxígeno que le administraron.
Pero seguía inconsciente, no daba señales de vida.
A pesar de atrevernos a entrar en la habitación, Jesús y yo, con los padres de Alberto, aún a riesgo de que nos llamasen la atención, aunque no fue así, el matrimonio se mostró prudente y aún en su disgusto no dijeron nada.
Fuimos nosotros los que nos dimos cuenta que estábamos de más allí, aquellos padres tan apenados por los hechos ocurridos, la madre desconsolada se sentó a los pies de la cama de su hijo y el padre a la cabecera.
Nosotros pensamos que sobrábamos, dimos los buenos días y salimos.
Yo fui el que hablé.
Sentimos mucho lo que está ocurriendo, tengan valor se recuperará es joven y fuerte. Quedad con Dios amigos.
Iñaki, hizo un gesto de reverencia con la cabeza y cayó con ella entre las manos.
Nosotros salimos con idea de estirar las piernas y dimos un paseo por los alrededores del hospital. Hacía un día precioso, una temperatura agradable. los aspersores de los verdes y jardines, chispeantes y giratorios en donde se podía apreciar en todos, y cada uno de ellos un arco iris pequeñito que invitaba al relax, te daba todo esto una sensación de paz, y un deseo de vivir que(Como diría la gente joven), mirando a mí alrededor, y viendo las cosas de nuestro planeta, aquello sí que eran "alucinantes," teníamos toda la hermosura del universo en nuestras manos, a nuestro alcance, y no veíamos más allá de nuestras propias narices. ¿Pero qué nos pasaba a los humanos?
Me estaba obsesionado con todo aquello que estaba viviendo esos últimos días y no me gustaba, pero no podía evitarlo, era mi naturaleza ecologista.
Opté por salir de mis pensamientos y volver con mi amigo Jesús, que no se atrevía a decirme nada viendo que tenía cara de preocupación, que iba taciturno.
¿Qué me cuentas de tu hermano Alfredo, Jesús?
Ya que me vio más animado me siguió.
Pues bien, muy bien, después del arrechucho que le da se queda mal, pero al día siguiente ya está mucho mejor, aunque los dolores de cabeza no le dejan en paz.
¿Es que tiene algún problema Alfredo?
Pues según él no, no tiene ninguno, pero más bien creo que no quiere reconocerlo para no herir a nadie.
Pues, creo que es muy joven para que empiece a preocuparse por algo en la vida, cuando la vida está ahí, sólo hay que vivirla. pues sólo se vive una vez, es una experiencia que no nos dejan repetir. ¡Dios sabe porque! Él tendrá sus motivos.
Pues si; tienes razón, Alfonso, pero ya sabes; cada uno es diferente, tenemos diferentes formas de ver las cosas, eso es lo que nos diferencia a unos de otros.
Así charlando se nos fue la mañana recorriendo aquellos jardines tan bien cuidados en los que se podía ver a algún artista juvenil trazando su boceto paisajístico de la zona, alguna pareja de enamorados, incluso algún poeta con su libreta componiendo algún verso para alguien amado.
¡Por supuesto toda la juventud no era mala!. Sólo una parte que se dejaba llevar por un camino equivocado, y, cuando querían retroceder, a muchos les era totalmente imposible regresar al mundo real, al azul, al nuestro.
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Capítulo VIII DEPRESION
Después de comer me había echado un rato sobre el sofá, pues me encontraba bastante agotado.
Sólo recordaba, haberme echado, me tuve que dormir profundamente aunque poco tiempo, pues me sobresalté con las campanadas de una iglesia cercana a mi casa. Estaban dando las tres de la tarde.
Me tomaba un café cuando sonó el teléfono.
¡Hola! (Me apresuré a decir, suponiendo que era mi amigo Jesús)
¡Papá! ¿Eres tú? (Era una voz dulce y joven)
¡Hija! Qué alegría me da oírte. ¿Qué tal estás?
Muy bien papá. ¿Y tú cómo te encuentras?
Ya sabes cariño, aquí en España y en esta época pues un poco de calor, pero se puede aguantar. ¿Y en Nueva York, que tal va todo?
Un poco aburrido todo papá, ya sabes; esto de trabajar e irme sacando la carrera a la vez... un poco durillo pero lo llevo bien.
¿Es que necesitas dinero? ¡Dime María!. ¿No me digas que andas mal y no me has dicho nada?
Que no, que no papá; que no te preocupes por nada, en serio, me va todo muy bien, sólo llamaba para saber cómo estabas.
¿Seguro que no me engañas? (Inquirí como padre preocupado aunque tenía confianza en ella, sabía que era una chica responsable.)
De todas formas te mandaré un regalito que quiero que aceptes. ¿De acuerdo?
Bueeeeno papá, si insistes tanto te lo acepto, no me vendría mal. ¡Muchas gracias papaíto!
¡Venga zalamera! Ya sabes que te quiero.
Y yo a ti también papito, un beso muy fuerte, ya te volveré a llamar. (A lo que me adelanté solicito) ¡No! Deja que ya lo haré yo, las conferencias son caras. ¿Vale?
¡Como quieras papá, te mando muchos besos.! ¡Adiós, hasta siempre!
Adiós hija, te quiero mucho, cuidarte y no me olvides.
Sólo volví a oír un: mmmmmuá.
Necesitaba aquella llamada, hacía días que no oía su voz y estaba demasiado preocupado. Con todo el caso donde me había metido, que por cierto; tendría que ir al hospital a ver si había ocurrido alguna anomalía.
Me coloqué una camiseta fresca haciendo juego con unos pantalones de sport, y me enfundé en mis zapatos de piel para dirigirme al hospital. Esta vez tomé la avenida comercial allí, el ir y venir de la gente hacía que la ciudad diese sus latidos más fuertes, si aquello no era el corazón de la ciudad sería una arteria importante. ¡Madre de Dios! (No pude por menos que exclamar) ¡Ya hablaba en términos médicos! ¡Qué barbaridad! Lo que puede sugestionar el entorno donde convivas, y lo que puede influir lo que te rodea, cosas, acciones y formas de vivir de otras gentes, o acciones concretas en una persona, quizá ese mismo influjo lo sufriese colectivos completos, porque en realidad a mí me estaba cambiando el ambiente del hospital y la obsesión por buscar alguna solución, o granito de arena al problema.
Las dos aceras, e incluso el centro que era peatonal, lo colmaba la gente que hacían sus compras, las habían hecho ya, o solo paseaban disfrutando con ver los escaparates que bombardeaban con todo tipo de productos al consumidor.
Yo, como pude, seguí mi camino la avenida arriba intentando alcanzar mi objetivo, cosa que no tardé en hacer, pero decidí hojear el periódico mientras tomaba un café (Igual me esperaba otra noche en vela), y así lo hice; me dirigí a la cafetería del centro donde me senté en un rincón diáfano y apropiado para leer.
Mientras sorbía un trago de cafeína sólo, me llamó poderosamente la atención un anuncio en sucesos.
“Tribuna de sucesos”.
Que hacía referencia a los médicos de ese mismo hospital, a uno lo conocía era el doctor Ugarte, pero al otro no, aunque era también del mismo centro hospitalario.
Dejé la taza con cuidado y me dediqué a la columna que me interesaba, y decía lo siguiente:
"Después de varios meses la audiencia provincial ha absuelto a dos médicos del centro hospitalario de esta ciudad que fueron condenados por un juzgado de instrucción a pagar una multa de tres millones de pesetas después de haber impedido a un padre a presenciar el parto de su hija, la sentencia según publicó la agencia A.R.T., ayer en el matutino, establece como hechos probados que, R.C. entró en la sala de parto de este centro visiblemente bebido, donde el ginecólogo doctor Morales, le impidió el paso indicándole que no podía acceder en ese estado.
Según el fallo, el padre insistió en entrar, en tal estado de nervios que el neurocirujano doctor Ugarte tuvo que intervenir también, señalándole que no podía entrar en ese estado.
A lo que él insistió en entrar por las buenas, o por las malas, lo que hizo que la guardia de seguridad del hospital lo tuviera que sacar del centro.
El tribunal de la audiencia provincial entiende y sostiene, que la decisión de los doctores Ugarte y Morales, fue la correcta".
¡Caray, con el señor de marras!
Lo que no entiendo es, si era el padre de la que iba a dar a luz, o el padre de la que iba a nacer. De todas formas tiene razón la audiencia, no se puede ir a un paritorio con un "pedo de albañil"
En ese momento entraban los padres de Alberto en la cafetería, no pude por menos que dirigirme a ellos tenía que saludarlos, era mi deber ya interesarme por la salud del joven.
¡Hola, buenas tardes! Que tal están. ¿Han podido descansar?
Iñaki fue el que volvió a hablar el primero. Buenas tardes Alfonso. Pues no crea, seguimos igual.
Aún no nos dicen nada de Alberto.
Le oí decir a la mujer, a Maite, pero con un tono lastimero y siguió con lágrimas en los ojos:
No nos dan un parte médico de nuestro hijo. Como puede ser tan complicado lo que le estén haciendo, cuando el doctor Ugarte nos dijo que sobre las heridas que había sufrido no había ningún problema, se curaría si no se presentaba alguna complicación, pero nos aseguró que todo iría bien... no lo entiendo.
Con el amor de madre que hablaba, y el sentimiento que realmente se le veía a aquella mujer, daba verdadera pena verla, cada vez sus ojeras eran más pronunciadas, y en los dos días que llevaba allí yo la veía más delgada, seguro que incluso no habría probado nada su boca desde que llegó al hospital.
Pero yo poco podía hacer, sólo quizá tratar de evadirlos del problema, y me decidí a solicitarle lo que fueron a tomar
¿Qué desea tomar señora?
Respondió su marido.
Un café con leche, pero le pediré algo de comer quiera o no quiera.
Por supuesto, Maite, tiene usted que comer, no se puede abandonar tanto, va a caer enferma.
¿Y usted Iñaki? ¿Qué le apetece?
Yo tomaré otro, gracias.
Solicité la consumición al camarero y nos acomodamos en una mesita de cristal, Maite se le veía siempre con el pañuelo en la mano limpiándose los ojos y la nariz, Iñaki, silencioso, cabizbajo. (Cristo en la Cruz tenía más alegre su rostro)
Casi nunca hablaba, yo tenía que arrancarle las palabras poco a poco, y ellos por la educación que tenían, me respondían aunque fuera lo justo, pero podía estar contento, no me habían mandado "lejos", muy "lejos", y me toleraron.
Y dice usted Iñaki, que aún no tienen respuestas de su hijo. ¿Ya han pasado dos días, no cree que deberían de saber algo?
Aún sin ganas de hablar aquel hombre de pelo cano, rostro humilde y triste, me respondía: verás Alfonso, tienen posiblemente ya una explicación, pero aún faltan algunas pruebas que mantienen en cultivo que pueda verificar lo que ello supone, y eso lleva su tiempo.
Y como tú sabes los médicos no dicen nada sin estar seguro y aun así, si pueden evitar dar un diagnóstico lo hacen se limitan a curar si pueden y punto.
O quizá por si hay imprevistos no pillarse los dedos, quizá por no hacer sufrir al enfermo, por psicología. ¿Quién sabe?
Siguió Iñaki: En nuestro caso hay que esperar, nos ha prometido el doctor Ugarte que hoy mismo nos aclaraba o para bien, o para mal, todo.
Dios quiera que para bien. (Se apresuró a replicarse el mismo)
Me había quedado sin parpadear, me estaba impactando y haciendo pensar las palabras de aquel padre, esta vez que parece hablaba con esperanzas de que todo saliera bien. A lo que yo no tuve por más que animarle.
¡Claro que sí, Iñaki!. Seguro que Dios hará lo mejor para tu hijo.
Asentaba con la cabeza con esperanza de que así fuera.
En ese momento se acercó a nuestra mesa un enfermero o camillero, no pude saberlo, y se dirigió al matrimonio Irigaray.
¿Señores Irigaray?
¡Sí. ¿Qué ocurre?
Los dos se levantaron como si la silla les habría dado un latigazo de electricidad.
El doctor Ugarte les espera en su despacho, desea hablar con ustedes si son tan amables.
Yo mismo les acompañaré.
¿Es que ocurre algo malo con mi hijo?
(Repuso Maite)
No creo, señora, le acabo de dejar bien, aún no han dado en sí, pero sigue igual que ayer.
¿Me permite que les acompañe por favor Iñaki?
Le ofrecí mi ayuda de amistad y fue sincera la oferta.
Desde luego, Alfonso, discúlpeme no pensaba en usted.
Cruzamos los pasillos aquellos que cada vez odiaba más, y tras unos golpes de aviso en la puerta accedimos al despacho del doctor que se levantó solicitó ofreciendo su mano.
Pasen, pasen por favor, y siéntense.
Yo le noté que el tono de voz no presagiaba nada bueno, y esperamos saber qué ocurría, que decía el médico, enseguida lo supimos.
Señores de Irigaray... siento haberles dado unas esperanzas que no son ciertas totalmente.
Azorada visiblemente, doña Maite se erguía inquisidora. ¿Qué le pasa a mi hijo? ¿Se pondrá bien?
Pues, siento tener que decirles que a pesar de las heridas y el impacto de los golpes su hijo se curaría. En los análisis realizados se ha detectado gran cantidad de heroína, su hijo era toxicómano y cierta parte del cerebro estaba dañado por las drogas.
Siento tener que ser tan duro, pero es la cruda realidad.
(El doctor Ugarte se le veía que quería infundir resignación con sus palabras, y continuó en el mismo tono tranquilizador)
No se si ustedes conocían la vida de su hijo, pero el accidente sólo ha sido a pesar de lo trágico, que podía haber muerto como los demás, el accidente sólo ha sido la chispa como digo, que ha dado lugar a que la bomba que llevaba en su cabeza haya hecho explosión.
Le digo esto en estos términos, para que me entiendan bien. A su hijo le habría pasado esto más tarde o más temprano, su sangre era muy licuada, y las drogas han ido destrozándole una buena parte de su cerebro, cosa que hará, a pesar de que curen todas sus heridas, él no podrá valerse por sí solo para nada, probablemente no pueda escasamente pestañear, no será dueño de su cuerpo, y ni tan siquiera podría decirles si será dueño de su mente en parte. Quiero decir, que no puedo verificarle si se da cuenta de lo que le rodea, si tendrá conciencia de lo que ha pasado, si les reconocerá, son cosas que no puedo decirles.
Maite era un puro grito, respiraba profundo, jadeando, parecía que le podía dar algo. Iñaki la cogía y la trataba de calmar soplándole con una revista trataba de que reaccionara, aunque a él le faltaba poco para romper el llanto también.
Los ojos los tenía ensangrentados, la cara roja, los labios apretados, se veía que pretendía ser un hombre y aguantar lo que le venía en esos momentos encima.
El doctor Ugarte con la cabeza gacha, no podía ver el espectáculo que se le ofrecía ante sus ojos y más, cuando tenía que decirlo crudamente, porque no tenía otro nombre.
¡Su hijo se ha quedado en estado vegetativo prácticamente muerto y en estado irreversible, no puede tener cura. ¡Lo siento!
Si me necesitan ya saben dónde me tienen. Les ruego tengan fe en Dios. ¡Buenas tardes!
El doctor salió también con paso abatido como si le hubiera afectado también y mucho, el caso de Alberto.
Yo no me atrevía a decir nada, era tal el desconsuelo de aquel matrimonio, que estaba seguro que no les aliviaría su pena nada de lo que yo pudiera decirle sólo me atreví a decir y en voz muy baja...
Iñaki estaré con tu hijo en la habitación, si me necesitas.
Aunque no sé si me oyeron, por el estado en que estaban creo que no.
Yo me fui con Alberto con idea de acompañarlo, de observarlo un rato.
Al salir de la habitación, pude ver al doctor Ugarte saludarse con otro doctor en el pasillo.
¡Doctor Salvatierra Sr. Unay Salvatierra, me alegro de volver a verle de nuevo a la boca del cañón .
¿Cómo está usted doctor Ugarte?
No también con usted supongo, con lo moreno que viene y las pilas cargadas de energía. ¿Qué tal la playa?
Tuvimos muy buen tiempo, lo hemos pasado maravillosamente.
Sentí mucho no poder estar aquí cuando el accidente de autobús, y poder haber ayudado...
No se preocupe amigo Salvatierra, que eso ya, gracias a Dios, lo pudimos solucionar.
Ahora tiene la oportunidad de seguir con el trabajo, pues hay mucho que hacer todavía, ya sabe que aquí el trabajo es lo único que nos sobra.
Sí, ya sé doctor Ugarte. Volveré a la carga y se hará lo que se pueda.
¡Claro que sí! Se merecía esas vacaciones.
Me alegro que le haya ido tan bien, amigo Salvatierra.
Gracia doctor Ugarte, yo también me alegro de verles a ustedes.
Bueno Unay... ¡Bienvenido!
Gracias doctor, vaya usted con Dios.
Capítulo IX VERGUENZA
¿Cómo podían pasar cosas así? (Me preguntaba a los pies de Alberto)
Un chico tan joven tanto mal habría hecho para merecer lo que le ocurría.
¡Inaudito! ¡Sorprendente! Fueron las exclamaciones que me vinieron a la mente, cuando volví a pensar en el comentario que tuve con Jesús. ¿Sería aquello algún castigo para Alberto? ¿Habría muerto todo en él, o le quedaría la conciencia para espiar sus culpas?
Pensándolo bien, nuestro destino nace con nosotros, y somos nosotros los que lo labramos y luego cada uno; al final, el destino de cada uno de nosotros, es lo que cada uno hayamos hecho de él.
Unos viven en el respeto y la convivencia de las personas, animales y cosas. Yo estoy convencido que como en mi sueño, ese bien se nos es devuelto, porque según trates a una persona esa persona se ve inducido a comportarse contigo, pero si bien sea, cosa, animal o persona, les servimos con palabras u obras, era evidente, el rechazo sería mutuo y el individuo sufriría las consecuencias de sus acciones.
Como en el caso de Alberto, sus amigos que eran inducido por él ya pagaron con su vida su descabellada y turbulenta existencia.
¿Pero... y Alberto? ¿Qué culpa no tendría? ¿Por qué no murió?
Pero... ¿Qué estaba diciendo? Se me estaba yendo la onda a mí también con todo aquello. Había sido un accidente sin más, en el que tuvo suerte de no morir, y el daño de su cerebro pues, sencillamente por el veneno que había suministrado a su cuerpo, la máquina más perfecta.
Aunque mejores coches tienen averías y accidentes.
Tenía que dejar de pensar tanto en eso, no me podía dejar llevar por la sugestión, ni angustiarme, solamente pretendía escribir una tesis sobre las drogas, su mundo y sus efectos, pero no podía permitir yo, que los efectos me alcanzasen a mí también, eso de ningún modo, yo al bolígrafo que era lo mío.
Había pasado treinta o cuarenta minutos, cuando unos golpes de nudillo me hicieron aterrizar de nuevo pues, últimamente la imaginación me volaba mucho.
¡Adelante! Pasen, pasen.
Era la madre y el padre de Alberto que volvían más o menos en el mismo estado que los había dejado.
Me levanté de donde estaba para ofrecerle el asiento a Maite, cosa que aceptó casi por inercia, e Iñaki lo volvió a hacer sobre la cabecera de su hijo.
Yo en ese momento no supe qué hacer.
Decidí volver a la cafetería a tomar algún tentempié, pero no me atrevía a distraer a los señores Irigaray, dado el estado en el que se encontraban después de conocer la noticia por boca del doctor Ugarte.
Y en la cafetería solicite una cerveza y un pincho de tortilla al camarero, cosa que hizo con gran destreza, se le veía que no era su primer día en el oficio, que lo conocía muy bien.
Comiendo el pincho y pensando, o con cara como de pensativo se me fue la vista a la tele, en aquel momento empezaba el telediario.
Entre otras cosas salieron unas imágenes de la tragedia del viernes pasado, aunque no pude oír lo que decía el locutor por el murmullo de la cafetería si sabia que eran esas imágenes, pues las reconocía bien, las había vivido insito, además; reconocí el culo o trasera con el alerón del ya famoso deportivo rojo.
No le di importancia ya que todo aquello lo sabía o lo creía saber y además lo había visto, así que terminé mi pincho y mi cerveza y me pasé por la barra para coger algún dulce para los padres de Alberto, le escogí unas trenzas y algún caracol para que pudieran comer algo.
Vi que el doctor Ugarte iba delante de mí y tuve que acelerar un poco el paso para poder conseguir entrar con él, a la vez los dos en la habitación, y así salió todo.
El doctor volvió a entrar decidido, y aparentemente se le veía malhumorado.
¿Qué tal está? ¿Se encuentra mejor? ¿Cómo sigue doña Maite?
Iñaki se puso en pie y tímidamente viendo el carácter arrollador le contestó a todas las preguntas a la vez.
¡Estamos bien, gracias doctor! Yo me encontraba a su espalda con la bolsa de los dulces detrás del doctor Ugarte.
El doctor continuaba hablando: Sr. Irigaray, no sabe cómo lamento tener que ser portador siempre de malas noticias.
¿Qué ocurre doctor?
¡Tranquilícese! Iñaki, tranquilícese usted
Ya había visto el doctor que Maite se ponía en pie asustada de nuevo, y trató de suavizar la escena, pero aún así, tuvo que expresar sus sentimientos y contarles lo que había ido a decirles.
Iñaki, antes de nada (Dijo el doctor), quiero que sepa que aunque nadie me haya dicho nada, sé positivamente lo que han tenido que sufrir con este hijo, o mejor dicho; me lo imagino, pero tengo que volver a herirles con mis palabras, es mi obligación contarle lo que sepa yo; prefiero, y no que se enteren fuera del centro, pues aquí estamos para ayudarlos a todos ustedes.
Lo mismo Maite que Iñaki, ya se estaban poniendo nerviosos, muy nerviosos. A
El médico les volvió a tranquilizar.
¡No pasa nada! Se lo aseguro, no pasa nada. Sólo quería comentarles las consecuencias del accidente.
Pues bien; su hijo al igual que los otros turismos se encontraban aquella noche (según la policía en sus primeras investigaciones), realizando una carrera en la ciudad, cosa que por otra parte no era la primera vez que la hacían, a pesar de ser una actividad rigurosamente prohibida como es de suponer.
Los padres de Alberto se les vieron tan humillados...
Escuchaban al doctor con la cabeza baja, él de pie y ella sentada, estaban avergonzados ya no podía más, era mucha carga para sus viejas espaldas, el médico también lo notó, pero debía insistir con el dedo en la llaga.
También como les dije antes, que el gran índice de alcoholemia obtenida en su sangre, junto a buena parte de otras sustancias, se ha encontrado gran cantidad de heroína, siendo ésta; o mejor dicho, sus efectos nocivos para la salud, el motivo determinante de la situación actual de su hijo Alberto.
(Maite se puso en pie con semblante dudoso)
También, como les pude informar antes, a consecuencia de dichos efectos, el estado de Alberto no podrá nunca ser como antes.
Quizá ese que tiene sea el aspecto y el grado de invalidez que le quede, el 99%.
Su cuerpo ya les digo que es incapaz de mover o controlar. Lo que nunca sabremos es, si el consciente o subconsciente esta intacto o ha sufrido los mismos efectos que el resto de su sistema nervioso.
Maite que miraba al doctor Ugarte con semblante desencajado sin poderse creer lo que estaba oyendo, se le pudo observar cómo las piernas se les venían al suelo, como cuál gigante de barro.
Gracias a Iñaki, que siempre estaba pendiente de su mujer no se desplomó contra el suelo, con el consiguiente riesgo del daño que se podía haber hecho contra el mismo.
Fue el propio doctor Ugarte quien pudo alcanzar el timbre de la admisión de planta para solicitar la presencia del personal sanitario.
No tardaron en venir dos enfermeros solícitos a ver qué ocurría.
¿Qué ocurre doctor?
¡Atiendan a esta señora! Por favor, sufre un desmayo por impacto emocional.
Iñaki ya se mantuvo al margen y dejó hacer a los enfermeros.
El doctor silenció unos segundos, y al cabo de los mismos pregunto: ¿Quizá usted me podría aclarar algo de lo que ha sido la vida de Alberto, hasta ahora, ¿no le parece señor Irigaray.?
Iñaki se quedó tan mustio, tan abatido, que no le faltó tampoco nada, para venirse al suelo también, pero con el esfuerzo que pudo y al que ya estaba acostumbrado hacía varios años, se sobrepuso a la pregunta del doctor.
La verdad es que sí, doctor...
¡Claro, Iñaki! Me tendría que contar todo aquello que pueda ayudarme a conocer el estado real de su hijo, quizá así pueda ayudarle yo a él.
No, doctor...
(Respondía Iñaki con lágrimas ya en los ojos)
A mi hijo ya no le puede salvar nadie. Quizá la misericordia divina. Pero ningún ser humano puede ya ayudarle.
¿Qué me dice usted?
Lo que oye doctor.
Explíquese usted, Iñaki.
Doctor, ha hecho las mayores atrocidades, no puedo por menos que estar avergonzado, es mi hijo y lo quiero, pero estoy avergonzado de sus actos.
¿Por qué me dice...?
(El médico se preguntaba: ¿Pero qué será lo que ha hecho este chaval tan grave?)
Doctor Ugarte, mi hijo ha utilizado cualquier droga que se conozca, (Se había dejado caer sobre un sofá de sala para poder conseguir decir algo de lo que le remordía, aunque sería imposible relatar todos sus actos) ha fumado pastillas, ha ingerido drogas de todo tipo, se ha inyectado cualquier clase de mierda que podía conseguir.
De niño fue un ángel, era bueno, obediente, dócil, educado, estudioso, y se relacionaba con mucha normalidad con los niños de su edad. (Le salió al paso de la conversación Maite, que ya se había repuesto)
Pero la verdad, doctor, no sabemos en qué nos hemos equivocado, o dónde se torció, que camino se le cruzó en su vida que le condujo a esto.
Iñaki tratando de descargar la tensión de su cuerpo y de su mente, siguió contando cosas que les removían la conciencia y tenía que descargar su psicosis.
Yo podría decirle, que más de una vez, lo mismo a mí que a mi mujer, nos ha pegado tratando de sacarnos un dinero que no teníamos.
En cierta ocasión, él como cabecilla de su banda, robó en la iglesia y dieron buena paliza al párroco.
Ha violado a mujeres, ha maltratado a ancianos para robarles la cartera con 500 o 1000 pesetas.
Y lo que es más horrible, doctor... lo mismo que dio muerte hace unos días a un pobre niño de diez años...
(¡Lo sabía! Pensé como un rayo, pero estaba tan perplejo que sólo pude hacer eso; pensarlo, para seguir oyendo lo que declaraba Iñaki.)
Que por supuesto estoy convencido de que fue él, también sé positivamente que hubo otras muertes antes, alguna no digo que no fuera por accidente, pero otras fueron intencionadas.
El doctor tampoco salía de su asombro.
Maite estaba tan humillada de los hechos de su hijo, que la cabeza la tenía entre las manos y sobre las rodillas, se le veía que psicológicamente le estaba afectando toda la vida de su hijo más de lo que cualquier ser humano puede aguantar.
Y lo mismo unas que otras, esas muertes, además de las 38 del autobús, quedan sobre su conciencia.
(Cosa que por desgracia quizá nunca se arrepienta)
Pero nosotros, lo mismo Maite que yo, seguimos vivos y yo doctor, no puedo decirle hasta cuándo podré aguantar esto, ni hasta cuándo podré seguir cuidando de Maite.
Yo no podía soportar más aquella escena, en el más estricto silencio y con los menores movimientos posibles alcancé la mesilla para dejar los dulces, "ya los verían" (Me dije), y salí de la habitación, mientras el doctor le oí que se quedaba consolando a Iñaki.
Tranquilo, Iñaki, por favor, tómeselo con calma, estas cosas ya se sabe cómo son, y hay que echarles mucho valor.
No podré aguantar todo este dolor. Estoy seguro que no podré.
¡Animo! Amigo mío, yo les ayudaré en todo lo que esté en mi mano, se lo prometo.
Ya sabe dónde tengo la oficina y, creo que no hace falta que se lo repita.
¡Queden Uds. con Dios!. Volveré en cuanto pueda. Que pasen buena noche.
¡Hasta mañana si Dios quiere, doctor!
Le estamos infinitamente agradecidos.
Ya le digo que no es nada, Iñaki.
Gracias de todos modos.
(Insistió Iñaki escondiendo los sollozos de Maite con sus palabras)
Capítulo X DÁDIVAS
Salí de la habitación como alma que lleva el diablo, había sido una tarde durísima.
Fueron muchas cosas juntas, y era muy fuerte lo que estaba pasando con Alberto.
Yo pensaba... Sus padres ya no son tan jóvenes y él era un chaval aún. ¿ Cómo podrían cuidar de él si en pocos años ellos serían ancianos y no podrían ni valerse por ellos mismos? ¿Cómo podrían atender a Alberto?
Que golpes más duros daba la vida...
Bueno; yo creo que la vida es como la carretera, que no mata a nadie. En la carretera son la mayoría imprudencias o temeridad en la vida, no saber estar en tu camino recto, y desviarte por personalidad débil y dejarse llevar. O dejarse llevar por malas compañías, que al fin y al cabo es igual.
Aunque algunas personas como Alberto, estoy seguro que nació para el mal, para querer ser más que los demás, para dominar a las gentes de su entorno, pero que pronto "lo sacó de la vida" el destino.
Hay personas que tan intensamente viven la vida, que sólo viven una cuarta parte.
No podía ser por menos, de no haber sido así, Alberto podría haber muerto de una sobredosis algún año después, o haber vivido muchos, y haber causado mucho mal a sus semejantes.
Distraído como iba ni me daba cuenta por dónde andaba, había cogido el primer pasillo que me salió al paso y lo seguí pensando en mis cosas, por fin me di cuenta dónde estaba.
Estaba en la planta catorce, pero en maternidad.
¿Qué hacía allí?
Me había despistado.
Cogí el primer ascensor y bajé a la cafetería tomaría un café y luego me iría a dormir, pues el cuerpo me lo estaba pidiendo a gritos.
Aquel día ya tenía material para mi tesis y además abundante y dramático.
El caso de Alberto tenía lo suyo.
Me disponía a desnudarme cuando sonó el teléfono. (Que por cierto cogí ya de muy mala gana)
¡Aló! ¡Hola!
Alfonso, soy yo, Jesús. ¿Qué? ¿Cómo te encuentras?
¿Cómo quieres que me encuentre amigo mío? Estoy hecho polvo, me iba a meter en la cama cuando has llamado.
Te puedes imaginar las horas que me dedico al caso, si llevo varios días que no sé lo que es descansar.
Se hizo cargo de la situación Jesús, y quedó para el día siguiente.
Bueno; Alfonso, ¿Qué tal si nos vemos mañana y me cuentas cosas?
Como quieras, Jesús.
Gracias por tu interés.
¡Venga! Cuídate. (Se despidió Jesús)
Como he podido señalar en el pabellón contiguo al de Alberto, se encontraba maternidad en el ala sur del hospital.
Era una planta limpia, pulcra, los equipos de limpieza no paraban las 24 horas limpiando, y desinfectando, toda la planta rezumaba un aroma... (No a farmacia o algo peor, que es a lo que huelen todos los hospitales) sino a flores, parte por la limpieza que existía. y parte por los hermosos ramos de rosas, gladiolos, siemprevivas, margaritas... entremezcladas acompañándoles remitas de eucalipto medicinales, (El de las hojas redondas) esparraguera o algún otro detalle en verde, todo ello muy bien enramillado, con papeles de celofán amplios, que los enamorados bien fuera maridos o parejas les regalaban a sus mujeres.
Unos que ofrecían con amor esos días y los otros 300 y otros (que de todo hay), que con aquel ramo ya habían cumplido con su mujer durante el resto del año.
Todos aquellos ramos llenaban el pasillo central, las habitaciones a los lados como en toda las plantas, sólo que en aquélla al final, se encontraba el paritorio, e incubadoras, una y otra a cada lado del pasillo.
El quirófano principal de planta se encontraba al fondo, justo en el centro del pasillo daba la puerta.
Aquella era una planta, donde no sólo los partos y los embarazos, o los embarazos y los partos era los que la madre naturaleza otorga por el curso y cauces normales, no; aquella era una planta dedicada a tratamientos de fertilidad, fecundación invitro, inseminación artificial, etc..
Todo esto claro está, en una clínica seria y temerosa de Dios, sólo se inducía a seguir un tratamiento tal, cuando no había otra esperanza, cuando la madre naturaleza negaba la existencia a un matrimonio que, verdaderamente se afligía, cogían depresiones y vivían en un continuo infierno a causa de la obsesión paternal, y no por un sí, por que sí.
De eso se encargaba el doctor Morales, don Pedro Morales.
Jefe de la planta catorce materno infantil. El doctor Morales, entre sus tubos de ensayo, microscopios y unas máquinas que al entrar en aquel laboratorio daba la sensación de estar en el futuro, en la NASA, o algo parecido, digo algo parecido a lo que no conocemos, cómo puede ser el futuro, aunque después de haber vivido pendiente de Alberto tanto tiempo en ese hospital, estoy convencido de que parte, si no es todo, como es natural; parte del futuro sí que estaba allí dentro.
Eran muchos los adelantos médicos y en muchos campos, pero el principio de la vida estaba allí, tan cerca, que podía tocarse.
El doctor Morales era un científico concienzudo y exacto, matemático y cerebral, como eminencia en ese campo no tendría muchos rivales, era un verdadero cerebro creando vidas.
En la sala se podía apreciar una mesa corrida donde se veían todo tipo de vasijas y artilugios de cristal, desde los destiladores, hasta las probetas, la estancia estaba rodeada por máquinas como digo (para cualquier profano), máquinas del futuro y al fondo se podían ver una gran estancia con botes llenos de un líquido verdoso y, dentro de ellos, había fetos de todas las edades, desde fetos de varias semanas, hasta ya, seimesinos. Era un laboratorio en verdad tenebroso para estar allí, a mí me habría dado esa sensación, o parecía una sala de forense ó será que para mí de cerca no me gusta ver ningún extremo de la vida, ni de la muerte, y sin embargo, los dos extremos eran, y son súper necesarios para que la vida central siga, pienso yo.
Gracias a esos hombres, se salvan vidas y se crean otras nuevas, y tal vez mejores aunque no dejemos correr el ritmo natural de las cosas.
Bueno; creo que ése es otro tema distinto al que nos ocupa.
Yo aquella noche dormí bien, descansé a gusto, estaba molido por un lado y por otro también, creo que me estaba haciendo algo más tolerante con la situación, la dominaba algo mejor.
Aquella mañana decidí llamar a Jesús, e irnos a almorzar algo bien cocinado, pues yo concretamente llevaba ya varios días a malcomer, a mal dormir y para más INRI, mi trabajo del estudio no se había movido un ápice.
Quedamos en juntarnos donde solíamos ir cuando éramos jóvenes y comíamos tras alguno de nuestros deportes favoritos, ya fuera frontón, tenéis, pelota a mano, etc..
Cada fin de semana hacíamos algo distinto, pero el almuerzo siempre en el mismo barito, pequeño y familiar.
No tardó en llegar, había pedido un clarete cuando apareció, y lo hizo con Alfredo.
¡Hombre! Alfredo. ¿Qué tal estás, majo?
¡Cuánto tiempo sin verte!
(Era obligado el primer saludo al hermano de Jesús, como sabemos estaba padeciendo unas crisis de ansiedad horribles)
Me contestó aparentemente contento, pero yo vi que ánimo, lo que se llama ánimo, mucho, no se le veía.
¡Bien! ¿Y tú, Alfonso? ¿Desde cuándo no nos veíamos... desde mi boda?
Alguna vez después hemos estado sí, pero poco, muy poco. ¿Cómo estás?
¡Bien! Ya te digo.
¡Me alegro! Me alegro mucho.
¿Y tú, Jesús?. Bueno, creo que no te habrá cambiado mucho la vida desde que hablamos la última vez.
¡No! Tienes razón, Alfonso. Sigue todo casi igual.
¿Cómo casi igual? ¿Es que estas mal o que?
¡No! Claro que no; lo digo porque la última vez que hablamos, Alfredo estaba mal y ahora creo según se ve, se ha recuperado.
¡Eso está bien, Alfredo, hay que tomarse la vida con calma, y no vivir tan esclavos del reloj.
Ya lo comenté con alguien hace unos días, sólo se vive una vez y no nos dejan repetir la experiencia.
Que por otro lado sería estupendo, pero hasta ahora ni con tanto adelanto se puede, y Dios quiera que no lleguemos a volver de la otra vida, si no, eso sí que será un caos total.
Así trataba yo de amenizar la velada del almuerzo, pero no quise entrar en filosofías y cambie el tercio.
Por cierto, Jesús, no te he comentado mis últimas investigaciones que hasta ahora estoy teniendo suerte, las tomo de primera mano y además insitu.
¿Qué quieres decir? (Se interesó Jesús)
Pues que el tal Alberto (y me fui directo al grano), con su carita de niño bueno, era una pieza de cuidado.
¿Por qué dices, era? ¿Está muerto?
(Ahora fue Alfredo, quien quiso saber)
¡No! Qué va; no, digo "era" porque gracias a las drogas ya no será más ni perverso, ni persona como fue.
Jesús estaba intrigado, no estaba al día de las noticias y quería saber.
Pero... ¡Cuenta! Qué noticias tienes... pues he tenido oportunidad de entrar en la habitación de Alberto cuando le llevaba unos bollos para que comiesen algo, y a la vez delante de mí entraba el doctor Ugarte, que le explicó a Iñaki y a Maite, el por qué del estado de su hijo.
Alfredo no tenía paciencia, quería saber cuanto antes.
¿Pero no está así a consecuencia del accidente?
¡No, Alfredo! No, resulta que está así a consecuencia de las drogas, por las cantidades y calidades malas que les han quemado parte del cerebro, y nunca podrá mover un músculo, justamente por lo que dice el doctor Ugarte, podrá pestañear.
El accidente ha sido el empujoncito que necesitaba para caer en ese estado, cosa que habría quedado de cualquier forma un día u otro.
¡Es horrible! (Exclamaba Jesús, mientras se llevaba las manos a la cabeza)
¿Y sus padres que dicen? –Repuso, Jesús-
Pues lo que os puedo decir es que la declaración de los padres es aún peor de lo que conocíamos, o nos imaginábamos.
¿Cómo dices?
Saltó Alfredo como si le pincharan.
¿Qué había hecho ese desgraciado? ¿Tan malo era?
Pues según sus padres, están convencidos de que además de los 38 muertos que causó en ese accidente, que por cierto; provocaban carreras urbanas entre el grupo, y era precisamente lo que hacían en el momento de la colisión y, siempre guiados por el terror que les imponía Alberto.
Como digo, además de esos 38 cadáveres sus padres le dijeron al doctor Ugarte que estaban seguros de que su hijo había arrollado al niño de diez años, aquel que te comente de la foto en el periódico. ¿Recuerdas, Jesús?
Sí, sí. Si me acuerdo.
O sea; que tenías razón, Alfonso, fue él . (Afirmaba Jesús)
Pues sí, pero eso no es todo.
Alfredo estaba asombrado. ¿Es que hay más? (Preguntó, dentro de su peculiar cinismo)
Sus padres aseguran que puede que tenga muchos casos más con causa de muerte y otras vilezas, que ya no pudieron callarse y le tuvieron que contar al doctor como, violaciones, vejaciones, robos, estafas y no sé cuantas cosas más. ¡Es denigrante!
¡Ese chico no tiene perdón de Dios! (Se exasperaba, Jesús) ¡Dios mío! (Exclamaba también aturdido por los hechos)
No esperamos ninguno que fuera tan terrible, unos jóvenes que se divertían cuando los vi, haciendo un poco el loco, eso sí. Pero de lo que nos estamos enterando con respecto a sus vidas, era horrible. No tenía perdón, tenía razón Jesús.
Allí nos despedimos con un apretón de mano prometiéndoles que me seguiría encargando del caso, que terminaría mi tesis, mi libro o lo que fuera, con tal de hacerle entender a un solo chico lo que conlleva las drogas.
Les deseé suerte, y un rápido mejoramiento para Alfredo, y yo me dirigí hacia la planta.
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Capítulo XI UNIVERSO
A media mañana entraba yo por admisión, todo parecía en calma a pesar de ser una hora ya avanzada donde igual consultas diarias que urgencias se encontraban de normal con un movimiento de personas que producía nerviosismo, por lo menos a mi, que como digo, sigo siendo un hombre al que le gusta la tranquilidad, la paz y el calor del hogar, (El de la familia aunque me guste o no, la disfruto, pues yo soy soltero) y el silencio de mi estudio.
Como digo; me disponía a coger el ascensor cuando se hizo notar una sirena.
Las ambulancias no pararon las 24 horas del día, eso era cierto, por el sol no le di la mayor importancia y llamé al ascensor.
Desde mi espera, se podía ver la entrada de la puerta de urgencias y, efectivamente, allí apareció una ambulancia aparentemente con mucha prisa. (Traerá algún accidentado pensé ello.)
No sé si sería por el morbo oculto que todos llevamos, o fue sencillamente porque ya estaba metido en el caldo, y quería abarcar todas las presas. (Quizá me sería útil, ya estando allí...)
Esperé a que bajasen al enfermo o accidentado que traían.
Había un especial revuelo, no era normal tanto movimiento sólo por una persona. (Eso sí; eso me llamó la atención.)
Y mucho más me sorprendí, cuando vi bajar al “accidentado”.
Era una mujer, pero embarazada, aunque no en estado avanzado. (O sea, que a dar a luz no iba)
La curiosidad aún se me despertó más. ¿Por qué tanto revuelo? ¿Qué motivos podía tener aquella mujer para que todo el hospital la llevara en palmitas? ¿O ...? ¿Acaso sería una personalidad?
Ya me había picado el gusanillo y decidí hacer algunas investigaciones sobre el tema, y seguí al camillero y la camilla con aquella mujer un poco madura, pero aún joven y aparentemente en lo que pude ver, bastante guapa.
La subieron en un primer ascensor de camillas, como venía sola, y yo tenía ya alguna experiencia (aunque nervioso), de colarme en los sitios, sin más preámbulos me monté con ellos en el ascensor.
Supongo que ni ella sospechó nada, porque no tenía por qué saber quién era yo, ni el camillero, pues pensaría que podía ser su marido.
Llegamos al décimo piso, recorremos un angosto pasillo y volvimos a coger otro ascensor.
Que íbamos a maternidad era seguro, pero... ¿A qué planta íbamos?
El ascensor hizo su parada definitiva en la 14.
¿En la planta catorce? Donde Alberto, sólo que Alberto no está embarazado, (Pensé yo permitiéndome pensar, y sólo pensar una broma así, pues ojalá fuese ése su mal)
Pero no; era mucho peor.
Cuando salimos del ascensor me fui quedando rezagado sólo para desligarme del dúo y tener sin embargo la oportunidad de ver en qué habitación la dejaban.
¿Mira... que si era otro caso de drogas en una embarazada?
Ya no me extrañaba nada, después de salir de mi concha de estudio y haber vivido ya las experiencias que llevaba en los últimos días.
Pero ahora que lo pienso...
¿Si esta planta era del doctor Morales? Y el doctor Morales no tocaba esos temas del veneno.
Y sin embargo, si tocaba otros tan delicados como el comienzo de la vida, el principio del universo. ¡Creaba vida!
¿Estaría aquella mujer embarazada por métodos naturales? ¿O era una de las "cobayas" del doctor con sus ensayos bioquímicos?
¿Por qué tanta gente a su alrededor?
Pues, creo que para cuando alcanzó la puerta de la habitación ya tenía cinco médicos a su lado.
Al doctor Morales, aun no lo conocía, no sabía aún si iba en el grupo aquel, pero en admisión todos se preocupaban por ella.
Sin más dilación, me dirigí a admisión tenía que averiguarlo.
¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿Estaba tratando el doctor con alguna droga a esa paciente? ¿Porque ingresaba?
Sí; ya sé que eran muchas preguntas juntas, pero una por una estaban todas sueltas ya me iría enterando de los temas poco a poco. (Si es que podía interesarme para mí tesis)
Así lo hice, ya en el mostrador de admisión y tras esperar unos segundos... (Pues estaba ocupada la persona que debía atenderme)
¿Qué desea usted, Caballero? (Se prestó solicita la auxiliar de clínica)
Pues vera señorita, quisiera preguntarle a que hora y cuándo podría hablar con el doctor Morales sobre la paciente de la 1420. (Fue lo primero que me vino a la cabeza, pues fue allí donde vi que la dejaba y estaba nervioso)
¿La señora Leocadia Zuasti? (Me contestó la auxiliar)
Pues si, la señora Zuasti, quisiera interesarme por su estado, somos amigos y estoy preocupado por ella.
(Me venía toda pedir de boca)
A lo que ella diligente y servicial siguió cumpliendo con su cometido.
Pues verá usted (Me dijo); creo que todo irá bien, los sectillizos se encuentran bien, y no creo que haya ningún problema, pero mejor se lo puede decir el doctor Morales.
Claro; que hoy ya no. Tendrá que ser mañana a partir de las diez de la mañana.
Pues muchas gracias, señoritas, es usted muy amable, muchas gracias.
¡Qué bárbaro! De un tirón me había enterado de todo lo que quería saber, sin comprometerme ni ponerme colorado. No me lo creía... ¡No lo podía creer!
Se llamaba Leocadia Zuasti, y esperaba sectillizos, pero... ¿No parecía aquello un poco exagerado?
¡Claro! Ahora caigo, esa mujer ha sido tratada con inseminación artificial.
El doctor Morales era experto en eso, y eran precisamente su doctor.
¡Eso era, seguro!
Lo que no sabía, era el motivo por el que estaba allí.
Pero ya me enteraría, ya.
Me dirigí al ala de Alberto, pues eso ya vería que hacía, sólo por el hecho de traer sectillizos podía ser interesante seguirle la pista a esa mujer.
Tuve que cruzar un largo pasillo con alguna que otra puerta a los lados, y según iba andando por orientarme miraba "servicios", "sala de juntas", "privado", "atención al cliente", "inspección médica".
En ello iba, cuando vi venir a una enfermera y, como veía que las cosas hasta ahora me iban saliendo bien, quise probar suerte otra vez, como los jugadores.
Oiga, señorita, por favor, no he podido saber nada de una amiga mía que acaba de ingresar, no podría usted decirme... ¿Se sabe dónde y cómo está?
¡Sí, señor! Pero creo que no debería preocuparse.
¿Cómo se llama su amiga?
Leocadia Zuasti. (Le conteste sin vacilar)
¡Ah; Leocadia! ¡Por ella, menos!
Está en buenas manos, es la paciente más mimada por decirlo de algún modo, del doctor Morales.
Sí, ya sé que le tratan bien, pero con los sectillizos... (Me hice un poco el desentendido)
Y ella me terminó de dar la información que podía recibir.
No debe preocuparse, como le digo está en las mejores manos además; aún le faltan cuatro meses para dar a luz, así que como puede ver el parto no será inmediato, aún va para largo, si la quiere ver se encuentra en la habitación 1420.
Es usted muy amable, muchas gracias señorita.
A la par que paseaba por el pasillo, mis zapatos iban más despacio y mi cabeza más rápida.
¡A ver, Alfonso! Recopilemos... se llama Leocadia Zuasti, tiene aproximadamente unos 40 años, ha sido tratada con inseminación artificial hace cinco meses y espera sectillizos.
¡Exacto! Saqué mi bloc y mi bic, y todo quedó reflejado para posteriores consultas.
Para mí, que me estaba metiendo en algún lío, y lo más grave era que no sabía si podría salir de él.
Pero confiaba en mi buena suerte, pues otra vez había comprobado que la tenía. (Espero que nunca me falte mi buena suerte)
Se me presentó ante mis ojos el mostrador de admisión del ala de Alberto y aquella morena de ojos verdes que lo atendía.
Pensé que sería mejor preguntar por Alberto, para ver cómo seguía, que molestar de nuevo a la familia Irigaray, pues, además se acercaba la hora de repartir el almuerzo y no quería molestar pues una cosa era el interés que podía tener en su salud y en mi tesis, y otra muy distinta sería no dejarles ni respirar.
A eso me dispuse: señorita, por favor...
Sí, dígame, en que le puedo ayudar caballero.
Verá, señorita... me gustaría saber el estado de salud del enfermo de la habitación 1470, pues soy conocido de la familia, pero no quisiera molestarlos en estos momentos.
Si usted fuese tan amable...
¡Un momento señor!
Y al cabo de unos instantes, me respondió de nuevo: en el ordenador, no me consta que haya ninguna novedad, señor.
¿Eso quiere decir que sigue como ayer?
Efectivamente, no parece que se haya producido ninguna variante en sus constantes vitales.
Muy bien señorita, le estoy muy agradecido por su información. Muchas gracias.
Volví tras mis pasos, ya que Alberto no había ni mejorado, ni empeorado, estaba sencillamente en coma, pues me volví a interesar por Leocadia.
Capítulo XII FACULTAD
A través de aquel larguísimo pasillo que apenas si lo adornaban unas pocas macetas de plástico que algún decorador barato había distribuido sin ton ni son con el fin de romper la monotonía, llegue al ala materno infantil donde el revuelo era el mismo y casi nadie estaba en su sitio, todo el mundo le dedicaba su atención a Leocadia Zuasti. Que por cierto... ¿Quién sería aquella señora? ¿Quién sería su marido?
Está visto que aquella tarde no podría conseguir grandes datos.
Alberto en un estado de coma estacionario había que esperar acontecimientos y Leocadia, aún era pronto para ponerme al día de todo su historial.
Demasiado bien para lo que yo esperaba me había salido todo el día.
Decidí definitivamente salir de aquella jaula-mole de hormigón y hierros, maderas, vidrios, amén de otros materiales como ondas nocivas, rayos equis, virus, gérmenes, y tantas y tantas cosas que albergan los hospitales, y salí como digo, a respirar un poco de aire, si podía ser fresco mejor, pues ya caía la tarde y la fogatina del mediodía iba bajando, ya hacía mejor temperatura.
Cuando salí del ascensor se pretendía montar Jesús.
¡Hombre Jesús! ¡Qué alegría me da verte!
¿Qué tal estás, o que?
¡Alfonso! ¡Qué casualidad!
Pues tienes razón, Jesús, ya me iba.
¿Has estado ya con los padres de Alberto? ¿Sabes algo? (Indagaba mi amigo Jesús)
¡No! No he estado, pero sé que todo sigue igual y no he querido molestar a Maite, ni a Iñaki. ¿Para qué? ¿Para hacerles más daño?
Prefiero dejar correr el tiempo, y Dios pondrá cada cosa en su lugar.
(Le contestaba yo a su pregunta)
Dios es el gran colaborador.
(A lo que Jesús se reía tímidamente)
¿Quieres subir tú Jesús?
No, ya está bien, venía por si te veía, ya me has dicho como esta, pues ya vale, tendremos que esperar para ver cómo se desarrollan las cosas.
Eso es lo que pienso yo.
¿Qué tal si damos un paseo?
Mientras todo esto ocurría, luego supe que el doctor Morales atendía a doña Leocadia Zuasti.
El doctor Morales, era una persona educada, sincera, amable, como casi todos los médicos de aquel centro, sólo que él ya había nacido con unos principios y le avalaba una gran ética.
¿Qué tal? ¿Cómo está usted señora Zuasti?
- Entró tan resuelto y decidido, con esa personalidad firme y segura, que además inculcaba confianza -
Ella aparentemente normal no parecía que tuviera más que lo que estaba a la vista (Su embarazo), pero de eso además el doctor Morales estaba bien enterado.
Leocadia respondió con voz pausada y pesarosa, como si estuviese muy cansada cansadísima.
No me encuentro muy bien, doctor, estoy agotada y sin apetito.
Me he venido en cuanto he estado segura de los síntomas que le digo, como usted me aconsejó.
¡Por supuesto! ¡Ha hecho usted muy requetebién!
No se preocupen por nada y déjenos hacer a nosotros, de la colaboración no le digo nada porque ya sé positivamente que es usted una buena paciente.
Una paciente en la que se puede confiar.
Usted tranquila, Leocadia, que nosotros cuidaremos de usted y de sus bebés.
¡Sí, por favor! (Gritó ella, algo más fuerte que su pequeño timbre normal de voz.)
Estamos tan ilusionados en casa, doctor Morales...
No quisiera tener otra decepción, el bebé de mi primer y único embarazo como sabe, sólo duró 24 días doctor, y no sé si podría resistir otro golpe así en este caso serían seis, no podría recuperarme, me volvería loca; estoy segura que me volvería loca, si les pasa algo a mis bebés.
No me importa que sean seis de una sola vez, ya los cuidaré como sea.
Pero por Dios, doctor, cuide de mis bebés.
Tranquila mujer; tranquila, no debe preocuparse por nada, pues no hay nada de qué preocuparse como puede comprobar.
Lo suyo, posiblemente sea una simple anemia... y eso se cura con un buen reposo y poco más.
Como puede imaginarse, seis bebés comen lo suyo, necesitan en esta etapa de su crecimiento muchas vitaminas, y mucho calcio. Son seis pequeños esqueletos que tiene que formar usted sola.
Déjenos hacer a nosotros y no se preocupe por nada en lo más mínimo.
Ahora mis ayudantes le irán tomando algunas pruebas.
Le mandaré para que le hagan unos análisis de sangre lo más completo y, le prometo que no habrá virus o vacilo ni microbio, por muy pequeño que sea que se nos pase por alto, se lo juro.
¡Perdón! No suelo jurar, me he dejado llevar por la euforia y el entusiasmo de mi trabajo, le ruego me perdone señora Zuasti.
No importa doctor Morales, haga usted lo que deba hacer.
¡Bien! (Dirigiéndose a su equipo siguió enumerando pruebas)
Quiero una ecografía para mañana, someten ustedes a doña Leocadia a un electrocardiograma y me lo hacen extensivo, me hacen también un electro-encefalograma, un... un... etc etc.
Quiero todo este trabajo para mañana por la mañana sobre mi mesa.
Les agradecería que pusiesen el empeño de costumbre, ya saben que Leocadia se lo merece.
(Mientras dirigía su mirada a su paciente regalándole una sonrisa, que a su vez, fue correspondida por Leocadia )
Mientras todo esto ocurría, nos encontrábamos Jesús y yo ya paseando por el campus de la universidad, donde la temperatura, el paisaje, los jardines, todo era tonificante, unas flores de temporada en pleno auge de su floración, todos los árboles con sus hojas nuevas, unas ya verdes, otras aún amarillentas, tiernas y frescas, con un césped regado y cortado casi a diario, era un primor, era la medicina exacta para sentir una paz interior, tú paz interior, pero además, podía tocar la paz y la felicidad de la que eran portadores aquellos que te rodeaban, unos leyendo algún libro, otros con sus parejas echados sobre el verde bajo algún hermoso Pino, otros en grupos por aquí, o por allá, riendo, jugando, se gastaban bromas... ¡Eran felices! Lo percibía.
Y en aquel entorno estábamos los dos, Jesús y yo que tan a gusto estábamos en aquel clima relajante, oyendo de vez en cuando algunos pájaros cantando, que no nos atrevíamos a hablar ninguno de los dos por miedo a caer en lo que de verdad nos preocupaba, Alberto, sus padres y luego Leocadia.
¡Ya estaba! Ya me rompí yo mi propio sueño, no quería molestarle el paseo a Jesús, pero fue más fuerte que yo, tenía que hacerlo partícipe de Leocadia.
Y... ¡Vamos que si lo hice!
¡Jesús!
¿ Huuu?
Jesús, sabes una cosa, hoy he estado viendo una señora que trae sectillizos.
¿Qué?
Si, como lo oyes.
Me disponía a subir a ver a Alberto cuando llegó una ambulancia, por curiosidad me quedé para ver de que se trataba, era una mujer embarazada sin más, y no para dar a luz.
(Jesús me escuchaba muy atento, le había sorprendido lo de los sectillizos y estaba intrigado)
Sin embargo; todo el personal se puso a su disposición moviendo todo tipo de hilos lo que me hizo sospechar y la seguí a su habitación, donde llegué sin ningún problema.
Como sin ningún problema, me he podido enterar ya, cómo se llama, los bebés que trae, quienes la atienden, y adivina quién es su médico.
Pues no... no sabría decirte.
¡El doctor Morales!
¿El doctor Morales? (Me respondió Jesús, incrédulo) ¿Y quién es ese doctor Morales?
Tuve que explicarle quién era, no me había dado cuenta, él no pasaba las horas que pasaba yo dentro de aquel hospital.
Te explico; el doctor Morales es el médico, el científico, jefe de la planta catorce del ala materno infantil.
Bueno... ¿Y qué? Eso es normal, dónde está la rareza que tú ves.
Tienes razón, Jesús, no lo sabes, pero si me dejas te lo explico.
Ese señor es el encargado de las fecundaciones invitro, fecundación artificial, y cualquier tipo de estudio sobre la vida y sus principios.
O sea; que como puedes suponer los sectillizos de Leocadia Zuasti, son a través de alguna técnica genética química.
Física, natural me da en la nariz que no ha sido, que es obra del doctor Morales.
Pero en realidad no me preocupa nada de eso. Y... Aunque sé que Dios permite las evoluciones del hombre en todos los campos... Él sabrá por qué lo hace.
Yo quisiera saber por qué ha ingresado, si le van a dar algún tratamiento con algún tipo de estupefaciente.
Si tienen esas investigaciones algo que ver con ese mundo tenebroso de las drogas.
Y más, y más, y más.
Me gustaría saberlo todo para opinar con razón y con justicia en lo que escriba.
Jesús (Que me escuchaba a pie firme sin pestañear), por fin dio un gran suspiro, un suspiro profundo cuando termine de hablar y me dijo: Amigo Alfonso, si alguno de nosotros en este planeta estuviera en posesión de la verdad, digo de la verdad sobre todas las cosas, puedes estar seguro que no sería un mortal.
Consuélate con tener las ilusiones de aprender, y la facultad de hacerlo, porque convéncete, que Dios al iluminar a unos, deja totalmente a oscuras a otros.
Puedes darte por afortunado amigo mío.
Ahora fui yo quien me quedé acongojado, boquiabierto, sin saber qué decir.
Savias palabras, amigo Jesús, tienes mucha razón, no se puede tener todo en este mundo.
Doy gracias a Dios porque así sea, cómo dices tú.
La tarde se va cansada, buscando su noche, donde poder descansar y poder parir un nuevo día, lleno de luz, de color y alegría.
Entretanto, el doctor Morales acompañaba a la señora Zuasti tomándole la tensión, mirando y comprobando sus ojos, sus oídos, todo iba bien parecía.
Quizá las pupilas algo más dilatadas de lo normal, pero no le dio mayor importancia por ello, hablaba sin parar con Leocadia.
¿Qué tal está el marido querida?
¿Parece que no la ha acompañado?
A lo que Leocadia respondió con su voz tan peculiar:
Se encuentra de viaje doctor. Está en el extranjero por asuntos de negocios, supongo que en unos días nos volveremos a ver.
¡Estupendo! Entretanto, usted se me queda aquí, que nosotros la cuidemos, le seguiré con una dieta blanda, rica en calcio, en hierro etc etc..
Y por otro lado, le administraremos una serie de vitaminas que le vendrán muy bien.
Esto se lo administraremos en suero, será incómodo como usted sabe Leocadia, pero es muy rápido y efectivo, creo que merece la pena.
¿De acuerdo?
Entretanto el equipo de planta había concluido cada uno su misión, y se replegaron cada médico con su equipo, y su ayudante.
El doctor, también lo quiso hacer, pero antes de que se despidiera Leocadia le asaltó con un ruego, o súplica...
Doctor, aún no me ha dicho, como están mis bebés, le suplico que me diga si están bien, como le dije antes no lo resistiría si volviese a fallar también con este intento. Por favor.
El doctor la miraba muy tiernamente, la veía tan desvalida, tan temerosa de lo que podría pasar, era normal, le había pasado con un primer parto que, aunque nació, fue fallido en pocos días, y había sufrido infinidad de pruebas, tratamientos nuevos, implantes de óvulo fecundado, todo inútil.
Hasta entonces, que serían seis, era normal que tuviera miedo.
Pero el doctor la tranquilizaba y le dio todos los ánimos que pudo, y el mismo doctor Morales rezaba para que "aquello" fuera un éxito, por el bien de todos.-
Le vuelvo a decir señora Zuasti (Con voz tranquilizadora, pues era un hombre de gran psicología), que no debe preocuparse en absoluto, su miedo es injustificado y no debe temer nada, está usted en uno de los mejores centros del mundo y, con un cuadro médico excelente.
Todo irá bien. ¡Se lo prometo!
Ahora siga mis instrucciones y descanse.
¡Es una orden!
(Le decía levantando el dedo índice y una amplia sonrisa que no dejaba lugar a dudas, todo iría bien, pensó Leocadia.
Buenas noches, señora Zuasti .
La volveré a ver mañana.
Ahora, descanse. Que pase buena noche.
Capítulo XIII REQUIEN
Salía el doctor Morales de la habitación 1420 con las manos en la espalda donde llevaba su carpeta con sus anotaciones diarias, era un hombre muy estudioso, iba tranquilo, con la cabeza baja, pensativo, taciturno y meditabundo. Era invisible, sobre todo para el, pues no estaba allí, estaba en sus libros, en sus ciencias, en los progresos que llevaba logrados en su campo, y también en los porqués de cómo había podido arreglar tal o cual problema.
Cuando de pronto, algo lo recuperó de donde se hallase. Algo lo trajo de nuevo al mundo real.
(La ciencia era fantástica, es lo que él solía decir siempre)
Fue una voz ronca pero, agradable sedosa y educada.
Era el doctor Ugarte, jefe de la planta catorce, neurocirujano y jefe de equipo del quirófano número cinco.
Llevaba cada uno un ala de la misma planta 14, uno como sabemos neurocirugía, y otro maternidad.
¡Ah! Hola doctor Ugarte qué tal te encuentras. (Alcanza a decir morales)
Muy bien colega y amigo, gracias por tu interés y tu... ¿Cómo estás? No te veo buena cara. (Le hizo notar Ugarte)
Pues... (Se le veía sus dudas aunque a Leocadia no le dijera nada, al contrario la había animado mucho)
No sé, no estoy aún seguro de nada, pero no sé si puedo tener problemas con una paciente.
Se iban paseando muy despacio por aquel pasillo que comunicaba las dos plantas como sabemos, dónde se ubicaba desde la "atención al paciente", hasta los baños.
Morales le contestaba: Como te digo Ugarte, tengo muchas pacientes y, gracias a Dios fuera problemillas todo funciona muy bien, pero tengo una paciente en la que tengo mi mayor interés, en la que tengo mis esperanzas de futuro.
La mujer que después de ser madre forzosamente porque tuvo infinidad de problemas, tuvo la mala suerte de que se le muriera la criatura con 24 días.
Ahora la llevo yo, y tras un exhausto programa, conseguimos no sin gran dosis de sufrimiento por su parte que volviera a quedar en estado, después supimos que nada más, y nada menos, que de seis. Conseguimos seis de una vez, y en una matriz prácticamente inutilizada, y ahora que todo funciona bien, que los fetos se encuentran en perfecto estado por lo que me parece a mí, me temo que pueda surgir algún problema, y no con ellos si no con la madre.
Dio un suspiro el doctor Morales como de conformismo o resignación.
En ese momento llegaban a la sala de juntas.
Ese día, al punto de la mañana yo había salido de casa con mi chándal para hacer un poco de fúting por el parque, pues llevaba ya varios días con una gran tensión, falta de sueño, de descanso etc..
Especialmente las comidas, que ni comía, ni cenaba como Dios manda, algún pincho que otro para cenar, y me quería relajar un poco, sudar bien y darme una buena ducha para ir al hospital a seguir mis indagaciones, por eso salí a la salida del sol, justo cuando amanecía, se ve que aquella noche había llovido algo, alguna pequeña tormenta, y el cielo se veía multicolor entre las nubes negras que ya se alejaban en el horizonte se podían apreciar otras de vivos colores, rojos, violetas, naranjas, amarillas.
Se podía contemplar el cielo en todo su esplendor con una sensacional calidad de vida, pero si vello era el cielo aquella mañana, me parecía también especial el parque, su verde hermosamente cuidado todo salpicado de perlas blancas en cada yema y bizca de hierba, los árboles eran púlpitos donde Ángeles halados se encargaban de darnos los buenos días, ya que la alondra se había despedido de nosotros. (O de los que se fijan en algunos detalles en la vida)
Venían las tórtolas, palomas, gorriones, mirlos, jilgueros, todo un coro celestial que junto con aquel paisaje y el aire que bajaba de la Sierra, daba la sensación de estar en la gloria. ¡Esto es la vida! (Me gritaba para mis adentro yo sólo)
Yo estaba (Y sigo estando), convencido, de que para ir a la gloria no hacía falta morirse, después de como dicen los curas " se bueno".
Sólo hacía falta saber respetar a tus semejantes, sin envidias, sin rencores, sin usar lo malo, y cuidar nuestro planeta que es lo único que tienen nuestros nietos para poder poblar el mundo.
Y ya teníamos la gloria que era envidiable.
Lástima que no me pueda dedicar más horas a esto. ¡Es bello!
El correr como no me afectaba a pensar ni a la vista, lo disfrutaba todo, las murallas antiquísimas centro de defensa de unos pueblos, piedras que si hablasen seguro que nos enseñarían muchas cosas, entre otras, á no tropezar dos veces en el mismo error.
Pero claro; ya tenía que regresar a lo que pensé días atrás, Dios no nos da la oportunidad de subsanar los errores, por eso sólo se vive una vez, y cuanto más larga y sana, mejor vida, porque si no sería así, eso de las piedras por ejemplo sería una buena forma de enseñarnos el camino a seguir, y no habría nadie que pisase tantas veces la misma "caca".
De pronto se me vino Alberto a la memoria. ¿Cuántos como él habría? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Millones? ¡Era horroroso!
Yo me preguntaba... ¿Cómo se puede cambiar o comparar un bolígrafo y un papel contemplar la naturaleza y escribir un poema? (Por ejemplo) ¿Por una jeringuilla una papelina para que te escriban otros a ti un requisen y te lo recen?
Era de locos, no podía entenderlo.
Tras unas vueltas por aquel parque ya me empezaba a aflorar la fatiga y decidí volver a casa, pues me esperaba la ducha de agua caliente.
Al volver, me vine por el paseo de Los Rosales, que a esa hora ya los jardineros tenían buena parte de su trabajo hecho, las hojas brillaban con el rocío (Que para aquella hora no sería tal, pues ya habían estado los aspersores puestos), pero las rosas de los lados del camino invitaban a la contemplación (Yo lo hacía a menudo), y aquellos jardines impecables que, como digo; con las primeras horas del día, y cuidados como estaban, invitaban a respirar profundo, de hecho yo lo venía haciendo desde el principio del paseo, desde que empecé a ver las hojas plateadas tililantes de los álamos (Álamos blancos por cierto), dando la sensación que dan las ferias de noche y desde lejos, un encender y pagar de hojas que goteaban aún el agua de la tormenta de aquella noche en las que se recreaba el sol, y las gotas orgullosas con más brillo lucían su encanto.
Mi casa ya no quedaba lejos, seguro que llegaría, pero estaba realmente cansado, aunque sin duda esto lo repetiría más a menudo.
Hoy ha sido único, me ha encantado y he disfrutado, pero... mañana también es único, y pasado, y al otro por supuesto, aunque tengan 24 horas los días, son como las personas, tienen su similitud, pero cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles, aunque nos clonen, un clon de otro se llevará tanta diferencia entre sí, casi como con otro diferente, aunque tengan la misma cara se criará en ambiente distinto, lo rodeará un clima también distinto, y no serán iguales.
Todos somos irrepetibles, por eso creo yo, que cada uno tiene que vivir su vida natural, y disfrutarla a tope. (Como yo esta mañana)
El doctor Ugarte y el doctor Morales, se encontraban en la puerta de la sala de juntas como sabemos, casi sin querer se dirigieron allí, y casi sin darse cuenta también, entraron en ella charlando de sus cosas.
Yo también tengo un caso complicado en mi planta amigo mío.
¿Recuerdas el accidente del autobús?
¡Claro! ¿Cómo se va a olvidar una cosa así?
Fue terrible... ¿Has tenido alguna baja más? (Preguntó el doctor Morales)
¡No! ¡Por Dios! ¡Mas, no!
Gracias a Dios no hay más bajas, los heridos evolucionan bajo mi punto de vista muy bien, pero también tengo una excepción.
¿Qué problema tienes, amigo Ugarte?
Pues, tengo al joven causante del accidente, que es el que peor veo.
¿Es que crees que morirá?
¡No, no creo!
(Impaciente le salió al paso Morales)
¿Entonces cómo dices que es el que peor está?
Por qué... (Suspirando con resignación, y claramente apenado por el hecho me contó Ugarte)
Pues habría sido mejor que hubiera muerto...
¿Cómo puedes decir eso?
Si amigo Pedro, sí.
Está en un estado que, igual para el, que para su familia, habría sido mucho mejor que hubiese muerto.
¿Le han causado mucho daño las heridas recibidas? (Preguntó Morales)
No, amigo mío, no, la culpable ha sido la dosis de heroína que llevaba encima, que a consecuencia del impacto le destrozó la parte del cerebro que llevaba dañada con motivo de varios años viviendo en esas mismas condiciones.
El accidente sólo ha acelerado quizá, lo que en muy pocos meses podía sucederle sólo. Era muy grave la marcha de ese joven.
Pues, sí que es duro, si. ¿Qué tal están los padres?
Pues te puedes imaginar, a ella la veo psicológicamente muy mal, y él aunque pretende hacerse más el fuerte para que su mujer no sufra aún más, yo diría que lo lleva peor que su mujer.
De todos modos, lo tienen muy mal los tres.
Para entonces, para media mañana yo me había duchado, y después de hacer un poco de ejercicio me había sentado de maravillas.
Me encontraba nuevo. Con más ganas de vivir que antes cuando corría.
Ahora estaba descansado, relajado, y era feliz. (Relativamente, porque ya me volaba otra vez la cabeza al hospital y a los problemas que me preocupaban, el de Alberto y el de Leocadia.)
Relativamente también, porque a parte de una familia, que era lo que me faltaba; también echo en falta mi estudio, mis poemas, mis dibujos y cuadros, donde solía gastar muchas horas de mis días, pero era por una buena causa, ya volvería al estudio más adelante, ahora era más importante, saber el motivo del accidente, y cuál era el efecto de las drogas que se suponía consumía Alberto.
Sin dilatar más mis pensamientos me dirigí al hospital, en donde se sucedían los hechos que relato bajo apuntes conseguidos a base de "mi buena suerte"
Allí se encontraban a punto de entrar por lo que pude ver de lejos, el doctor Morales y el doctor Ugarte, dos doctos en distintas ramas, pero dos jefes de planta, dos verdaderos profesionales. ¿Pero qué hacían ellos dos juntos?
Era mucha casualidad que fueran los doctores de las dos pacientes que me interesaban.
En aquel momento sospeché (No sé de qué, pero sospeché), lo que luego vine a corroborar.
Alargué los pasos con idea de pillarlos antes de que entrasen en la sala de juntas (Donde me pareció que lo hacían), pero me resultó imposible, y ya dentro de la sala no me atrevía a entrar, no sabía por dónde podrían salirme los médicos.
Estarían hablando de sus cosas e igual lo estropeaba todo.
Esperaría mejor momento. (Me dije)
Fue en ese preciso instante cuando el teléfono móvil comenzó a sonar.
¿Quién será ahora?
¿Sí?
-...
¿Qué me dices?
-...
Pero hombre, por Dios, no me hagáis esta faena.
-...
¿No podría solucionarlo por teléfono?
-...
Está bien, está bien. Pero que sepáis que me partís por la mitad, díselo de mi parte al jefe.
-...
¡No, no! Estoy realizando por mi cuenta unas investigaciones con idea de formar una tesis coherente sobre algo que me preocupa.
-...
está bien, no te preocupes, lo haré, ya veré cómo me las apaño, pues esto mío como te digo no puede dejarse para mañana, ni ningún otro día.
Es un tema que tengo que seguir las 24 horas del día.
Pero ya me las arreglaré, dile que lo dé por hecho. ¡Adiós!
¡Maldición! Me habían partido por el centro, era mi jefe que me mandaba hacer una entrevista a un personaje, supongo yo que peculiar.
Por el caso que me daba, tampoco yo sabía muy bien de que podía ir el tema.
En fin; ya lo averiguaría al interpelar a dicha persona y le diera ocasión de explicarse.
Ahora lo que me preocupaba era... ¿Cómo seguía mis casos allí en el hospital si me mandaban a cientos de kilómetros de allí?
¿A quién recurría que fuera viable?
¿O debería dejarlo todo?
Opte por lo primero. Le diría a Jesús, él seguro que me ayudaría.
Además; estaba interesado también en el mismo tema y quizás le agradase ponerse a indagar cosas para el tema que nos ocupan.
Ya que tenía el teléfono en la mano eso fue lo que hice.
¿Jesús?
¡Sí... ¿Dígame?
Soy Alfonso, Jesús.
¡Ah! Perdón Alfonso, perdona que no te reconociera, es que estos móviles distorsiona mucho la voz... ¿Por qué me llamas del móvil claro?
Sí, pero quizá sea también las interferencias del hospital.
Bien; dime en qué te puedo ayudar Alfonso.-
Pues tengo un grave problema amigo mío, me ha enviado mi empresa, mi periódico ya sabes... para hacerle una entrevista al director de un centro de orfandad, a varios cientos de kilómetros de aquí, y me veo en la obligación de ir.
Si tú fueras tan amable de seguir mis pesquisas, mientras yo esté fuera, te lo agradecería en el alma.
Pues claro que si, amigo mío, averiguare lo que pueda y te tomaré las notas pertinentes sobre la marcha, día a día.
No te preocupes.
Muchas gracias, Jesús, te lo agradezco infinitamente, pues sería una pena abandonar a estas alturas.
Muchas gracias, te llamaré cuando vuelva.
De acuerdo, Alfonso, que tengas buen viaje, y cuídate mucho.
Igual te digo, Jesús, cuídate.
Capítulo XIV HEMOPATIA
Aquel mismo día, Jesús no quiso perder tiempo para ayudarme, y poco después, mientras yo me dirigía al aeropuerto, él ya se encontraba en los alrededores de la sala de juntas por admisión e investigando.
En la sala de juntas reunidos el doctor Ugarte, y el doctor Morales, seguían con sus conversaciones cada uno del drama que les tenía preocupado.
El doctor Morales insistía en su paciente:
Bajo mi punto de vista y tras los primeros análisis preliminares, que como le cuento se llevaron a cabo, temo que el cuadro que me presente Leocadia, sea más duro de lo que ella misma pueda sospechar.
Según me cuenta usted, amigo mío, aunque no podríamos afirmar nada, tampoco le puedo desmentir.
Yo creo al igual que usted que puede ser infección en la sangre, y eso como sabemos, puede ser muy grave en su estado.
Es lo que creo, Ugarte, y por eso temo que todo el trabajo que hemos realizado hasta ahora sea infructuoso.
Y como le digo; después de todo lo que ha sufrido esa pobre mujer, la señora Zuasti, si se malogra el embarazo de los sectillizos no se cómo puede reaccionar su mente.
Tienes razón amigo Morales, no es una mujer joven aunque tenga pocos años.
Y muchos sufriendo, desengaños maternales... y eso al final hace mella en cualquier cerebro.
¡A pesar de llevar una vida sana! Doctor Ugarte.
El doctor Ugarte asentía con la cabeza, como diciendo... (Que razón tienes, amigo) Pero al final le contestó: Pues el caso de Alberto tampoco yo se cómo puede acabar, estoy esperando que mi ayudante el doctor Salvatierra me traiga los informes completos y poder estudiarlos con calma.
¿Cómo sigue su paciente? (Se interesó el doctor Morales)
En el mismo estado, sino despierta pronto, me temo que no lo haga nunca.
Tiene que salir del coma antes de mañana por la tarde como usted sabe morales.
Si no lo hace, puede tardar años en despertar.
El daño en el cerebro era mucho y, como todos sabemos, las drogas afectan a las partes más sensibles y fundamentales en el buen desarrollo de la conducta humana.
Cosa que él, ya hacía algunos años que no actuaba racionalmente, ni aún estando bien.
Así que cuando se dopaba se volvía totalmente irresponsable, temerario, inconsciente de sus actos locos.
Porque según sus padres, que me confesaron entre llantos sus hazañas, era eso; acciones de locos, las que tenían que sufrir de su hijo.
Así están los dos, como le digo doctor Morales que tampoco sé que será de ellos.
¡Buena pena ésta.!
(Decía el doctor Morales mientras cabeceaba varias veces con la testa)
Se oyen unos golpecitos en la puerta... ¡Adelante!
Se adelantó El doctor Morales.
La puerta la abrió el doctor don Unay Salvatierra, ayudante del doctor Ugarte, en el quirófano número cinco del que Ugarte era titular.
¡Hombre! Doctor Salvatierra, adelante, adelante, pase usted.
(El permiso se lo concedió Ugarte sin quitarle la vista de encima a la carpeta que el doctor Salvatierra traía bajo el brazo.)
El doctor Morales permanecía al margen mientras hablaban.
¿Qué me trae usted don Unay?
Le traigo los informes completos, a falta del cultivo que ordenó.
¡A ver, a ver! Déjeme que les eche un vistazo por encima.
Luego los examinare con más exactitud.
Desparramó el doctor Ugarte un montón de papeles, todos ellos como casi todo lo relacionado a los médicos porque hasta sus letras eran imposibles de descifrar.
Él los miraba, por un lado se fijaba particularmente en algunos especiales.
Concretamente, incluso tropezaron con las manos al intentar coger el mismo documento, el doctor Morales y él.
A lo que se disculpó el doctor Morales.
Perdone usted don Francisco, no he podido evitar la tentación de leer ese examen.
No importa Morales, además; insisto en que me dé usted su opinión, se lo agradecería mucho.
El documento era una tira larga de papel, en el que cualquier profano sólo veía unas montañitas, pusiera el papel como lo pusiera.
El doctor Ugarte se lo extendía.
Por favor doctor Morales, si es usted tan amable...
Antes le he ofrecido mi opinión sobre Leocadia, ahora le ruego me dé la suya sobre Alberto.
Tras unos minutos de silencio y firme fijación en el examen por parte de los dos, pues Ugarte también estaba ansioso por asegurar su diagnostico.
¿Qué le parece doctor Morales?
Para serle sincero, tengo que serle cruel doctor Ugarte, y no sé si...
¡Que los nervios de la médula ósea, lo mismo los principales que los secundarios están definitivamente muertos.!
¿No es eso lo que cree, doctor Morales?
Me daba miedo afirmarlo, pero sí; efectivamente, este hombre tiene todas las funciones de su cuerpo nulas, es tal el daño que se puede apreciar... que si; que me atrevería a decir que por sí solo será un milagro si puede pestañear.
¡Indudablemente! Amigo mío, lo que yo pensaba, la mayor tragedia que le podía pasar a ese pobre matrimonio después de lo que llevan pasado ya.
¿Tenía yo razón cuando le decía que habría sido mejor que muriera? ¿Doctor Morales?
Era muy duro de creer doctor compréndame pero, después de lo que acabamos de ver no cabe duda alguna.
¿Y usted doctor Salvatierra? ¿Qué opinión le merece.?
El doctor Salvatierra estaba anonadado. (el hombre al que le había pasado aquello, habría preferido seguro morir en el acto a lo que le estaba ocurriendo.) No tengo palabras doctor, es tan fuerte una conclusión semejante. ¿Se dará cuenta de su entorno? ¿Será consciente de lo que le rodea? ¿Le quedaran los remordimientos?
Ese hombre habría preferido seguramente morir, que verse en ese estado si es que se ve.
Por otra parte, para los padres es lo peor que le podía tocar vivir también.
A mí como médico no se me tendría que erizar el bello, pero este caso tengo que reconocer que es una tragedia para mucha, para demasiada gente doctor Ugarte.
Sí... tiene razón, cuánta razón tiene.
Esto ha sido una tragedia para mucha gente como usted dice pero, si que tiene el dedo en la llaga cuando afirma si sentirá algo, si se dará cuenta de lo que ha hecho en toda su vida, y si es así el resto vivirá para arrepentirse, y era horrible.
Hasta el día que se invente alguna máquina que reconozca los sentimientos nos quedará esa incógnita, y es mejor no pensar en ello.
Después, a la tarde, pasaré a hablar con sus padres, me será muy duro decírselo, pero debo hacerlo.
¿Cómo les digo a esos padres en el estado que se encuentran ya, lo que les espera?
Hay que ser fuertes (Apostilló Morales), en nuestra profesión tenemos que hacer de tripas corazón y afrontar los hechos como son.
Somos científicos, somos realistas una vez comprobados los hechos, y los hechos están ahí.
Hay que afrontarlos, amigo Ugarte.
Salvatierra también le daba ánimos.
Doctor Ugarte, si no se cree usted capaz y cree que puedo hacerlo yo... le desembarazaría de ese mal trago.
No, muchas gracias, doctor Salvatierra, se lo agradezco mucho, pero aún sabiendo lo duro que me resulta, es algo que debo hacer yo.
Ya sé que usted tendría mucho gusto en hacerlo, lo sé pero debo ser yo.
Señores; ruego me disculpen, debo estudiar a fondo estos resultados, les agradezco mucho su ayuda a los dos, gracias doctor Morales. Doctor Salvatierra...
Y desapareció tras la puerta, pasillo adelante enfrascado en sus pensamientos que ni eran pocos ni muy buenos.
Bien pensado (Se iba diciendo), quizá sea mejor que espere los resultados del cultivo pendiente, y así me doy tiempo para estudiar más a fondo todos los resultados.
Eso por un lado, por otro, espero el tiempo necesario para ver si sale Alberto del coma.
Y en tercer lugar, siempre les daré a ese matrimonio un día de "menos tortura".
Se lo diré un día más tarde eso es, así lo haré.
Y se perdió en aquel pasillo tan lúgubre y triste, tan silencioso y mortecino.
Jesús, para estar al tanto de todo esto, también tuvo que infiltrarse, preguntar, insistir y cansar o engañar a alguien, pero ya puestos pensaba, si hay que saber, habrá que estudiar, y a esas cosas me había enseñado Alfonso.
(Claro que ninguno de los dos éramos así antes de entrar en esta odisea donde me he embarcado. Rectifico; porque yo he querido)
Ya viendo que allí no hacía nada, que la actividad médica había cesado a altas horas de la tarde, decidió irse a casa.
Justo acababa de ducharse cuando llamaron a la puerta.
Su hermano Alfredo y su cuñada Eva, que le hacían una visita.
¡Pareja...! ¿Qué tal estáis? Me alegro de veros, pero pasad, pasad, y sentaros donde queráis.
Y creo que no hace falta decirlo, pues sabes dónde está todo, no esperes que yo os sirva, me voy a vestir.
Y desapareció en el dormitorio.
Tienes un hermano que no nos hace ni caso, Alfredo.
Pero Eva, ya sabes como es él.
Sabes de más que lo dice de corazón, que nos sintamos como en casa.
Sí; ya se, era una broma.
Alfredo puso la tele por estar más acompañado.
¿Quieres tomar algo, Alfredo? (Le preguntó su mujer.)
Ponme algo fresco, gracias.
La mujer de Alfredo se venía dando cuenta que su marido, traía dolor de cabeza, estaba bastante serio y respiraba muy rápido, pero no quería pronunciarse al respecto, ya conocía la situación y sólo esperaba que no tuviera otra recaída.
Alfredo sentado en un rincón mirando como si le prestase interés a la tele, cada vez iba jadeando más fuerte, más rápido.
Jesús ya se había vestido y les hacía compañía.
Bueno, pareja. ¿Qué os contáis?
Les echó un primer vistazo y como vio que estaban servidos, no notó nada raro.
A hacerte una visita que hemos venido. (Contestó Eva algo irónica)
¡Pero si te disgusta nos vamos!
Tranquila mujer, estás en tu casa, y mi hermano por supuesto que igual.
Su mirada se dejó caer en Alfredo y lo notó sudoroso, ya tenía los ojos cerrados como con sueño de una semana.
¿Tiene sueño Alfredo?
¡No! Que estoy más a gusto así.
Su mujer ya sabía cómo estaba, le volvía a repetir la crisis de ansiedad y Jesús no tardó en darse cuenta.
¿Te encuentras bien, Alfredo? (Preguntó, Eva)
Alfredo sólo movía afirmativamente la cabeza, pero el sudor era intenso y el jadeo preocupante.
Eva, rápida y segura, sacó de su bolso unas pastillas rojas del tratamiento de Alfredo, que le hizo tragar poco menos que a la fuerza.
Entretanto, como Jesús ya se sabía la lección, corrió a la cocina a por una bolsa de papel donde pudiera respirar Alfredo sin tomar oxígeno.
Capítulo XV COLAPSO
Mientras todo esto sucedía, yo aterrizaba a 800 Km. de allí.
El aeropuerto como todos los terminales de viajes, se encontraba bastante cargado de viajeros que iban y venían con un deambular de locos, como si no fueran a llegar a sus destinos, o se fuesen a morir al día siguiente.
Pasaban por los sitios ya fueran catedrales milenarias, murallas arquitectónicas, edificios modernos, todo el mundo parecía que no le prestaba atención a nada.
Aquella era una ciudad bella, arquitectónicamente hablando.
Era una ciudad limpia (Aparentemente), cuidada con mucho esmero, lo mismo sus fachadas que sus jardines, sus plazas y en general sus calles, daban una sensación de paz si te parabas a admirarlas.
Cosa que era muy difícil por el ir y venir de sus gentes, donde parecían máquinas que tenía marcada su ruta y cada uno iba por ella.
Sin conocerse las gentes, y dando la impresión de ser un hormiguero a pesar del tiempo tan espléndido que hacía, pues hacía un día maravilloso, pero aún así como digo, todo el mundo andaba como programado.
Yo me dirigí al hotel donde dejé mi equipaje, tras darme una ducha me dirigí al orfelinato con el fin de poder entrevistar al director del centro, pues esa era mi misión.
Así lo hice; pero no me resultó tan fácil.
Me dirigí a la oficina de admisión del centro.
Buenos días, señorita.
¡Buenas!
Por favor... ¿Sería tan amable de indicarme la oficina del director?
¡Qué es lo que quiere!
La enfermera ya tenía además de muchas, muy malas pulgas, pues yo me mostré en todo momento con educación.
Perdone usted, lo que yo quiera creo que debería decírselo a él. ¿No cree?
¡Pues no está!
¿Me puede decir dónde puedo encontrarle, por favor?
Pues no tengo ni idea.
Seca como una tea, aquella mujer más arisca no podía ser, la tuve que dejar por imposible, no sin antes despedirme de ella.
Bueno señorita, pues aún sin ser médico yo le aconsejaría un buen laxante, quizá mejore usted mucho.
¡Ah! Las gracias no se las doy porque la verdad gracia, lo que se llama gracia, no ha tenido ninguna.
Se me quedó con un entrecejo brujo, una mirada criminal y aquel brillo tan luminoso que tenía en su mirada.
Si habrían sido balas sus ojos, estoy convencido que me habría matado.
Al salir del centro me fui dando cuenta que algunas puertas se encontraban precintadas.
En el precinto podía verse policía paréntesis policía paréntesis
Me extraña mucho por el caso. ¿Cómo un orfelinato puede estar precintado por la policía?
Pero me dio la pauta a seguir, ya que el director del centro no aparecía, podía ver qué me decía la policía.
Ya en el cuerpo de guardia me atendió un cabo muy joven.
¿Qué desea caballero? ¿Le puedo ayudar en algo?
Pues verá usted, señor, el caso es que quizá es una de las pocas personas que puede ayudarme, pues hasta ahora no he tenido suerte con mi trabajo.
Usted dirá. (Insistió el cabo)
Mire... soy reportero de una revista y me encomendaron entrevistar al director del orfelinato.
¿El orfelinato del niño Jesús?
Sí, el mismo.
Pero el caso es que he estado allí y la enfermera con la que he tropezado no ha estado muy solícita a ayudarme, y necesito entrevistar al director del centro, que por alguna razón no aparece por ningún lado, según dicha enfermera y al ver los precintos policiales he pensado que aquí me darían alguna razón de lo que ocurre.
Pues tengo que informar a la revista para la que trabajo.
¿Cómo me ha dicho que se llama?
Pues la verdad es que no se lo he llegado a decir, le pido disculpas, soy Alfonso Quijano.
Perdone, señor Quijano, yo no puedo darle ninguna información, pero le pasaré con mi superior.
Sígame por favor.
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Entre tanto en el hospital, y tras una semana en coma que llevaba Alberto, mientras lo velaban sus padres pudieron ver alguna lágrima que le corría mejilla abajo.
¡Dios mío! (Grito Iñaki)
¡Mira, Mayte! Le rodó una lágrima por la cara... ¿Se estará despertando?
Los dos se colocan a su lado uno a la izquierda, y otro a la derecha.
Trataban de ver algún indicio de vida en su hijo, pero era lo único que apreciaban, aquella lágrima que le caía detrás de la cual al poco cayó otra, a la que le siguieron varias.
¡Alabado sea el Señor! (Gritaban Mayte)
¡Está despertando! ¡Está saliendo del coma!
Iñaki no pudo por menos que dejarse llevar por la emoción, estaban sufriendo mucho y era mucha la tensión acumulada.
También se le vieron dos lagrimones que le rodaban abrasando la cara.
En admisión se encontraban las dos enfermeras de guardia, que a la vez que se ocupaban del panel luminoso de las habitaciones, hacían las gestiones administrativas diarias de aquella sección.
Enseguida se dieron cuenta que se encendía la 1470 en la planta catorce (Los padres de Alberto había solicitado ayuda)
Llenos de emoción y a los lados de la cama, los padres de Alberto esperaban ansiosos alguna otra redacción, algo que les dijese que estaba vivo, que se pondría bien... no sucedía.
Las enfermeras no tardaron en venir.
¿Qué sucede? (Preguntó una con interés)
Fue Mayte, la que respondió.
¡Mire señorita! ¡Está llorando! ¡Está llorando! ¡Se despierta ¡ ¡Vive! ¡Dios mío...!
Lloraba desconsoladamente.
El personal sanitario puso en marcha la maquinaria hospitalaria, y en pocos minutos tenía varios doctores a su cabecera, que hizo que sus padres se retirasen de la cama, entre ellos, el doctor Ugarte jefe de la planta.
Lo exploraron concienzudamente, fueron exhaustivos en su examen pues, aunque el doctor Ugarte tenía bien claro el diagnostico, no querían cometer ningún error.
Ya por fin el doctor Ugarte con cara compungida por el dolor que sabía iba a producir en aquellos padres les dijo: señores Irigaray comprobamos en estos momentos que efectivamente su hijo ha salido del coma.
¿Recuerdan ustedes que les adelanté un diagnóstico que me dolió enormemente haberles comunicado.?
Sí; ¿cuándo les dije que había quedado en estado vegetativo, a pesar de que de sus heridas se recuperaría bien?
Los padres de Alberto parpadeaban. ¿Qué les diría el doctor? ¿Sería bueno? ¿O sería peor?
Pero... (Pensó Iñaki) peor que puede haber ya.
El doctor seguía, mientras su equipo continuaba atendiendo a Alberto.
Tras estudiar las pruebas hasta el más ínfimo detalle... tras verificar con otros doctores el caso... quiero que tengan valor.
Después de examinar la salida del coma...
(Para entonces Alberto sólo había abierto los ojos, no movía ni un músculo de su joven cuerpo, robusto y atlético en apariencia, pero inerte sin vida)
No tengo más remedio que volverles a herir de nuevo.
¡No! (Grito Mayte, cayendo de nuevo en otro desmayo que no cayó contra el suelo gracias al grito que dio y la rápida intervención de un médico que la pudo sujetar)
La verdad, no es que sea más grave de lo que ya saben Iñaki.
Simplemente decirle de cierto y sin duda alguna que el estado de Alberto que ve, es el que tendrá el resto de sus días.
Siento muchísimo todo esto Iñaki, de veras que lo siento, lo siento en el alma, pero por medio del daño de su cerebro, producido por el uso y abuso de las drogas, ha sido un milagro incluso que haya quedado en este estado.
El padre de Alberto, en el transcurso de la conversación había menguado igual diez centímetros, el gran peso que soportaban sus hombros más lo que le fue echando por el doctor, hizo que sus espaldas fuera encorvándose hasta no poder más.
En ese momento le estalló el llanto de nuevo, pero esta vez de impotencia y resignación.
Un llanto que, en un hombre realmente eriza el bello.
Si tenían pocas esperanzas... si habían albergado algún sueño por pequeño que fuera de ver a su hijo bien, en aquel momento se pudo oír el crujir de sus sueños haciéndose añicos contra el suelo.
¡No existía ninguna esperanza! ¡Así siempre¡ (Se decía Iñaki mientras lloraba)
Pero... ¿Qué sentirá mi hijo? ¿No nos reconocerá? ¿Sabrá que somos sus padres? ¿Y si no sentía nada?
Algo debía de sentir, pues lo había visto llorar unos minutos antes.
Sin quererlo y en la aflicción de la pena a Iñaki se le pasó por la cabeza...
Pero... sintiera, o no sintiera... ¿Qué sería de él? ¡Dios mío!
Mejor si hubiera muerto, y que Dios me perdone por lo que estoy pensando.
Y por otra parte, si se da cuenta de que está así. ¿Ya querrá él vivir en ese estado?.
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Yo ya salí del cuerpo de guardia con la lección aprendida en parte, pues claro está, no tenía ni nombres ni apellidos.
Sólo sabía lo que había sucedido en aquel lugar, en el orfelinato diabólico, cómo le empecé yo a llamar, y no era por menos.
Allí la asistenta social, junto con su marido doctor, pedagogo. (No me dijeron nombres ni apellidos, y como digo había varios trabajando para el centro)
Pues este matrimonio también toxicómanos, fueron los encargados de cometer vejaciones increíbles de imaginar con los niños del centro, pues abusaban sexualmente de ellos, no sin antes darles a injerir alguna otra sustancia que provocaba en los niños un letargo, y que se les quedaba una laguna en blanco en su mente.
¡Almas de Dios! Me decía a mí mismo, pero... ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas? ¿Cómo una persona no se da cuenta que es muchísimo más fácil resistirse a la primera intención de probar algo así, que a todas las demás?
No daba crédito a lo que había oído, pero así era efectivamente, aunque era secreto de sumario y no me pude enterar ni hacer más investigaciones, puesto que los culpables y el director del hospicio diabólico, estaban detenidos.
Aquella tarde me encerré en mi habitación del hotel y no me apetecía salir después de lo que yo traía de mi ciudad en mi cabeza, me encuentro con otra historia si cabe peor que aquella, y que casualidad; también promovida o producida, o a consecuencia de... ¡La mierda!
Yo pienso, que al fin y al cabo esas son personas débiles de espíritu y de carácter.
A propósito; llamaré a Jesús, para ver cómo va todo por allí.
El teléfono sonó en el momento que Jesús se disponía a leer un libro que llevaba a medias.
Sí, ¿Dígame?
¡Jesús! Soy yo, Alfonso, ¿qué? ¿Qué tal estás?
¡Hombre! Alfonso, ya tenía yo ganas de oír tu voz. ¿Cómo estás?
¡Bien, bien, ya te contaré!
¿Cómo está Alberto?
Pues todos los datos que puedo te recopilo, pero no ha cambiado mucho el estado de Alberto.
Ha salido del coma, pero no puede mover una fibra de su cuerpo. (Le contaba Jesús a su amigo que callaba con atención y tras un corto silencio...)
O sea que lo que nos temíamos... ¿No, Jesús?
Sí; así es, Alfonso.
Vaya por Dios, buena lástima está.
Pues aquí la desgracia es otra, pero de la misma índole y aún peor si cabe. Ya te contaré.
¿Y tu hermano como está?
Alfredo... bien, ya se recuperó del último jamacuco, que por cierto le dio aquí, en mi casa.
Vinieron él y EVA, y se me empezó a poner malo sudoroso y jadeante, gracias que había traído EVA las pastillas, si no...
En una de éstas se me queda. ¡Pobre mío!
Capítulo XVI GIRASOLES
La desesperación de los padres de Alberto era aterradora, no había consuelo para ellos, era su único hijo y lo habían perdido para siempre.
A Iñaki y Mayte se les cayó el mundo encima.
Lo tenían lejano desde hacía algunos años, pero ahora ya lo habían perdido definitivamente.
Habían perdido de un mandoble tres vidas, la de Alberto que no se sabía si era vida o sería peor que la muerte su estado, y las suyas propias, ya que para ellos que habían muerto también.
El doctor Ugarte ya no sabía cómo consolarles pues había hecho ya todo lo que estaba en su mano. (O eso creía)
Sólo se le ocurrió decir: Tengan fe en Dios, yo rezaré una oración por sus almas.
Buenas noches y que descansen.
Yéndose cabizbajo y dejando una de las escenas más terribles que le había tocado vivir en su vida y, que debería afrontar con entereza aunque él mismo se preguntaba... ¿Dios mío podré aguantar esto? ¡Dame fuerzas!
El ser un hombre creyente y practicante le daba mucha fuerza, sí; le daba mucha fuerza su fe, pero dudaba, dudaba de él, no de su fe.
Todo esto ocurría mientras yo hablaba con Jesús por teléfono.
¿Pero cómo ha podido llegar a ese extremo? (Le preguntaba a Jesús).
Que te voy a contar que tú no sepas Alfonso. Ya sabes, se ha ido dejando, dejando...
No sé si EVA es culpable de su comportamiento o son cosas de él, el caso es que cada vez anda peor, ríe menos, está menos animado, sufre mayores dolores de cabeza.
Piensa mucho, bebe cada vez más, fuma demasiado, y las peleas con EVA son continuas.
Pero Jesús, sabes demás que Eva no era así, que era una mujer dulce, cariñosa y que el comportamiento con nuestra hija María es impecable.
¿Qué les puede ocurrir?
Pues no te puedo decir Alfonso.
El caso es que, al principio se llevaban bien, pero duró muy poco tiempo aquella aparente felicidad.
Jesús, ya sabes que cuando me dejó a mí, fue por estar enamorada de Alfredo. ¿No es verdad?
Sí, sí claro, amigo mío, así fue, pero como te digo duró muy poco tiempo, ya sé que tú no estabas enterado de nada, pero yo también comprendía que no era tu problema y no debía decirte nada.
El problema era de EVA y Alfredo. Contigo ya sé que todo iba bien... contigo, y con María, pero se casó con Alfredo y yo me tenía que mantener al margen.
Cada uno escoge su vida.
Está bien amigo Jesús, te comprendo y te agradezco que me hables así, ya hablaremos con más calma cuando nos veamos. ¿De acuerdo amigo?
¡Pues claro, Alfonso! Cuando quieras y como quieras, ya sabes, tú dices las armas.
Los dos nos carcajeábamos durante unos segundos.
Bueno Jesús, ya hablaremos, un abrazo.
¡Adiós Alfonso, cuídate mucho!
Aquella tarde murió muy lenta, me encontraba tumbado en el sofá y mirando por el balcón abierto en el cuarto, de mi hotel me quedé pensativo.
Me pasaban tantas cosas por la cabeza... tanta vida pasada. ¿Vivida o desperdiciada? (Me preguntaba yo)
Sí; teníamos una hija en común, María, a la que adoramos eso era cierto.
Todo le parecía poco para ella, le ocurría lo mismo que a mí, había sido una niña tan buena, se había hecho de querer tanto, tanto, tanto que... ¿Qué le podías negar a una hija que tenía el corazón tan grande?
Si, era muy buena, y se comportaba con su madre como si en realidad la hubiera criado ella, cuando siempre ha vivido conmigo.
Claro que también se había ganado su cariño.
También la colmaba de detalles y atenciones.
Era su madre, y por supuesto que también la quería, igual o más que yo, de eso no me cabía la menor duda.
Lo que no entenderé nunca es, el por qué me dejó, y se enamoró de Alfredo.
Y más raro aún. ¿Por qué les duró tan poco la felicidad?
Según Jesús, las peleas son a menudo. ¡No lo entiendo!
Ella era muy buena chica, incluso me habría casado con ella y todo, pero no sé que pudo pasar aún después de veinte años, y mejor que no me siga preguntando cosas.
Ella eligió su camino, sería ése su sino y el mío, morir soltero y padre en la vida.
Si, ahora me lo tomaba a guasa, pero no era para reírse, sólo que estaba extasiado, tendido en el sofá disfrutando de aquella noche tan maravillosa.
Desde mi posición podía apreciar parte del cielo.
Aquel cielo azul marino como un mar de plata, sereno, en calma chicha, relajante y dulce, esas noches que invitan a coger el bolígrafo y escribir poesías, contar cosas bellas de la vida, y eso hice, como pude me levanté saliendo de mi letargo de silencio y mutismo, y me cogí el material necesario, cosa que casi siempre tenía a mano.
Pero mi sorpresa fue cuando vi lo que había escrito.
En un mar de girasoles,
de sol perpetuo y en flor,
en una isla perdida
allí nos tengo a los dos.
Unidos por el recuerdo,
pero no, por el amor,
¡Hay corriente de mi río!
¡Llévame contigo al mar!
A ese mar de desvarío,
con mi nave a navegar.
A ese oasis del olvido,
donde me quiero quedar.
Navegando en el mar de mis recuerdos,
como naufrago perdido en un desierto
con mi nave de papel,
recorro sin querer
las islas del pensamiento.
Cuando vuelvo a la realidad,
vuelvo otra vez a soñar,
embriagado de recuerdos,
recuerdos que van al mar,
al mar de mis sentimientos.
No tiene timón mi nave,
ni capitán que gobierne.
Mi nave espera encallada
tu corazón cuando duerme.
¡Hay corriente de mi río!
¡Llévame de nuevo al mar!
A ese mar de desvaríos,
donde la quiero encontrar.
A ese oasis del olvido,
con mi nave a naufragar.
Pero... ¿Qué me pasaba? ¿Qué hacía? ¿Qué era aquello que había escrito? ¿Es que había hecho mella en mí, la conversación con Jesús? ¿Estaba enamorado? ¿De una mujer que me abandonó hace veinte años?
¡Bah! Me estoy volviendo loco con todo esto, me preocupo demasiado por las cosas, seguro que es eso.
Yo aquí sólo, y en esta noche no puedo evitar pensar en una mujer como hombre adulto, pero... ¿Por qué en ella? Si era una mujer casada no debía ni pasarse por mi imaginación, que de eso sí que estaba abundante, de imaginación.
Para despejarme me fui a hacer un poco de fúting con idea de cansarme, darme una buena ducha y poder dormir a gusto.
Hacía muchos años que no sabía lo que era dormir 10 horas de un tirón, y quería hacerlo antes de coger el vuelo que me llevaría de vuelta a casa.
Según la nota de Jesús, aquella misma noche estuvieron reunidos en el salón de acto el equipo del doctor Ugarte junto con el ayudante de quirófano el doctor don Unay Salvatierra y otros científicos y doctores de distintas plantas y ramas médicas, fundamentalmente oftalmología.
(Me pude enterar de todo siguiendo tu "especial técnica",me comentaba en la nota.
"La especial técnica" era, el escondite de los biombos almacenados en el rincón de la sala de actos, donde le había comentado que me escondí yo la primera vez.
El experimento que realizaron fue interesantísimo. Explicó: Tenían a un invidente que no había estado jamás allí según decía, y al que le dieron un aparato parecido a una moneda implantado en un anillo.
El invento era ni más ni menos que a escala reducida, un emisor receptor de ultrasonidos, el cual vibraba en el dedo del invidente cuando se acercaba a algún objeto, y a una distancia de un metro y medio ya lo detectaba.
Fue, según dijo el doctor Ugarte, un éxito que reinventarían en forma de lentillas para implantarlas a los ciegos.
Según pueden ver señores, (Decía el doctor Ugarte) la técnica por ecolocación usada por los mamíferos voladores terrestres, los murciélagos, y en todas sus especies de la familia de los quirópteros, no así el murciélago marino, perteneciente a la familia de los efipidos.
Todos, como les digo; todos en general se orientan por ecolocación, y esta misma técnica es muy aprovechable para el ser humano, con la técnica a nuestro alcance.
Como pueden observar queridos colegas, funciona.
Ahora les rogaría que el tamaño disminuyera notablemente, para poder implantar en el hueco del iris.
¿Si tienen alguna pregunta? (El doctor Olabe, se puso en pie y repuso) Después de ver el resultado veo muy factible la implantación en el iris, ya que podría ser uno de los sitios más protegidos para el emisor receptor.
Bien; doctor Olabe.
El doctor don Unay Salvatierra... ¿Tiene algo que decir?
Creo que está todo muy claro, por mi especialidad entiendo que puede llevarse a cabo.
Y usted, señor García, (Dirigiéndose al doctor García, cardiólogo y sanguinólogo del hospital)
Pienso lo mismo que mis colegas, pero subrayo algo: No sabemos el efecto de rechazo hasta no llevar a cabo el experimento en un ser humano, aunque no veo por qué puede haberlos... pero...
Tiene razón, doctor García, pero eso es algo que tenemos que esperar y rogar a Dios que todo salga bien, y como usted bien dice doctor, no veo yo tampoco el motivo por el que pudiera existir algún tipo de rechazo.
Bien señores, creo que se hace tarde y mañana tenemos mucho trabajo, si nadie tiene nada que objetar...
La próxima reunión se la haré saber, muchas gracias por su asistencia y asta mañana.
Cuando volvía aquella noche de mi fúting me di la mejor ducha y la que mejor me había sentado nunca. ¡Qué a gusto me quedé!
Me coloqué el pijama y ya para acostarme me acordé:
¿Y si llamase a la revista? ¡Claro era buena hora!
Estarían imprimiendo.
Eso hice, sin perder mucho tiempo me cogí las notas que tenía para poder dárselas por teléfono, y saldrían al día siguiente a la calle.
Me senté cómodo en el sofá y marqué.
...
¡Hola! Diego, soy Alfonso.
...
Sí; ya sé que tenía que haberte llamado antes, ya sé, pero se me ha ido el santo al cielo.
...
¡Escucha! Deja la bronca para otro día, que ahora estoy muy cansado y quiero dormir.
Mira, te cuento; la historia tiene su miga, yo la he titulado "El hospicio diabólico" y así quiero que salga a la calle.
...
Sí, si, yo te doy los detalles básicos y tú ya montas la historia.
El caso es que un par de sujetos de la medicina al parecer toxicómanos, marido y mujer... ¿Estás tomando nota bien?
...
¡Bien! Pues él es doctor pedagogo, y ella asistenta social, los dos con el beneplácito del director del centro han estado abusando sexualmente de los niños, ellos dopados, y a los niños les administraban algún somnífero que, aún sin perder el conocimiento, a estos pequeños de 8 a 12 años les quedaba alguna laguna en el cerebro de donde no se acordaban de nada.
Fueron sometidos a todo tipo de vejaciones.
Gracias a una enfermera que dio la voz de alarma se pudo detener a los culpables, y comprobar los hechos.
Gracias a una enfermera, buena sería, porque a la que yo pregunté, para mí que se había metido algo también.
¡Oye, oye, Diego, eso no lo apuntes, que son cosas mías.
...
¡ Vale, vale. Seré serio.
Como te digo, está todo bajo secreto de sumario y detenido el director del centro, el doctor y su mujer la asistenta social.
...
¡No, nada más Diego! Monta tú ya la historia. Gracias por todo, venga un abrazo.
Capítulo XVII CELOS
En el regreso todo fue muy bien, perfecto; tuve la suerte de volar de día y encontrar un día perfectamente claro, desde el avión se podían divisar las montañas, las inmensas montañas que podías guardarlas en un frasquito, los verdes prados, las inmensas llanuras verdes, aquellos ríos plateados daban de vez en cuando su saludo al avión con un chispeante brillar, aquellas pequeñinas nubes que podía apreciar debajo de las alas, parecían de algodón, aquel paisaje me traía a la memoria al niño que no quería crecer nunca, aquel niño que consiguió las dos cosas que quería, volar y no crecer.
Él lo consiguió, será eternamente un niño a mi me hubiera gustado ser en ese momento el “pide pan“, como le decía mi María cuando era pequeña.
Allí subido en donde uno se da cuenta de lo poco y pequeños que somos, quizá seamos micro partículas de una célula cuyo núcleo es el sol.
No quería filosofar ni conmigo mismo, me acordé de mi niña y quise llamarla, saber si tenía suerte y me cogía el teléfono.
Marqué en mi móvil la retahíla de números, por fin se oía que la señal llegaba, pero no cogía, sonó varias veces.
Vaya, no voy a poder hablar con ella, me disponía a colgar cuando descolgó con un: ¿Aló?
¡Hola! Hola cariño, soy yo.
¡Papá! Papaíto, qué alegría me da oírte. ¿Cómo estás?
¡No, como estás tú, yo estoy bien siempre, ya sabes.
Yo también estoy bien papá, acabo de salir de clase, por eso no te he cogido antes asta no salir al campus.
¿Dónde estás tu, papá? Se oye ruido.
Voy en avión hacia casa.
Y... ¿Qué haces en un avión, a parte de darme envidia?
Vengo de recoger una noticia horrible que no te voy a contar porque no viene a cuento, el caso es que vuelvo a casa y me he acordado de ti.
Te agradezco que me llamaras papaíto, ya sabes que me gusta oír tu voz.
¿Cogiste mi regalo?
Si, papá, pero ya te dije que no hacía falta.
Si, ya sé lo que dijiste, y qué has hecho lo tiraste...
Cómo eres papá, me vino de perlas, gracias, muchas gracias papá, y de mamá... ¿Sabes algo?
Está bien hija, me dio recuerdos para ti cuando hablara contigo, me dijo que se acuerda mucho de ti y tiene muchas ganas de verte.
Le dices que le mando muchos besos cuando la veas.
Se lo diré, cuidarte mucho hija, te quiero.
Yo también papi, muchos besos.
A Dios, y llámame más a menudo.
Lo haré, adiós hija.
Mmm.
Llegaba al aeropuerto de mi ciudad y lo que menos me podía imaginar.
Mi amigo Jesús, estaba esperándome.
¿Cómo se había enterado si yo no lo llamé?
¡Alfonso! ¡Alfonso! (Gritaba para llamarme la atención)
¡Alfonso! Como estas amigo mío.
¿Qué haces aquí Jesús? ¡Qué sorpresa!
No esperaba a nadie.
Pues mira, haberla esperado. Como yo he hecho contigo.
¿Cómo te has enterado que venía hoy? ¡Y en este vuelo!
Pues muy sencillo querido amigo, llamando a tu revista. Llamando a quien lo sabía naturalmente.
Qué alegría me da verte.
¿Té dará más alegría si te invito a comer?
¿Estás de broma?
Bueno, si no quieres nada...
No, no, te tomo la palabra.
Era casi mediodía y total iba a comer sólo, me hizo mucha ilusión que viniera especialmente él y a comer, pues, no digo ya la inclusión que me hizo.
Cuando arribé a su casa comprendí lo que quería. Quería que viviera una jornada, o lo que pudiera aguantar con su hermano, y su mujer.
¡No me habías dicho que teníamos invitados Jesús.
Somos de familia. No lo creí necesario. (Viéndome pillado no tuve más remedio que capotear el temporal)
Sabes que es una broma hombre, sabes que estoy encantado de estar con vosotros. (Por supuesto me integre en el grupo)
¿Qué tal estás Alfredo?
Le ofrecí mi mano a lo que él contribuyó con la suya, no existía ningún rencor, por lo menos por mi parte, y por la suya creo que tampoco.
¡Bien! ¿Y tú?
Estupendamente. (Le conteste)
¿Cómo sigues de tus cosas? ¿Te encuentras mejor ya?
Bueno, ratos malos, ratos buenos, que de todo hay.
Procura llevar vida sana y cuídate Alfredo, que a partir de los " titantos" que tenemos, ya hay que cuidarse.
En ese momento llegaba de la cocina Eva.
¡Hola Alfonso, que tiempo sin verte! (Me habló de un modo algo raro, pero no le di la mayor importancia.)
Apenas me miraba a los ojos, pero vaya; eso creo que lo hacía desde poco después de separarnos.
¿Qué tal, Eva? Te encuentro muy bien. (A lo que bajó más la cabeza sin contestarme nada)
A propósito... (Le dije) he hablado con María, y me ha mandado muchos besos para ti.
Me ha dicho que se acuerda mucho de ti, y tiene ganas de verte.
¡Ahí! Le pude observar que reaccionó algo mejor, a lo que Alfredo reaccionó mucho peor.
¿Es que me lo estáis restregando por la cara? (Dijo, pero muy indignado Alfredo, yo quedé mudo y Eva le saltó como una "draga")
¡Y a ti que te importa! ¿Es que no puedo hablar de mi hija? ¡Yo hablo de lo que quiera, y tú no eres quien para impedirlo.! ¡Además! ¡Es mi hija! ¡Mi hija! ¡Té enteras!
Alfredo se cayó, únicamente le vi que se acercaba al mueble bar y se echaba un güisqui sin hielo.
Lo siento Alfredo, yo no pretendía...
¡No te preocupes, Alfonso! Esto es normal en mi casa.
Estaba claro que ella lo rechazaba, la convivencia no era buena. Aquella pareja no funcionaba. (Me dije)
A los gritos apareció Jesús.
¿Qué ocurre? ¿Qué son esos gritos?
Fue Eva la que se disculpó.
Lo siento Jesús, es culpa mía, cada día me irrito más y con menos motivo. Perdóname.
Venga, pasad al comedor, ya está todo preparado.
Yo no sabía qué hacer viendo los ánimos como estaban, pero decidí quedarme a pesar de todo.
Como había pensado Jesús, quería que viera por mi ojos, la convivencia de su hermano y de Eva.
Me iría después de la comida por no fomentar el nerviosismo que reinaba ya en el ambiente.
El único que parecía que no le afectaba nada era Jesús.
El que seguía colocando las cosas en la mesa y sirviendo los vinos, etc.. Como si no pasase nada.
La comida transcurrió con algo de tensión, alguna bronquilla que otra, se recriminaban uno al otro. (Me refiero a Alfredo y a Eva, por supuesto)
Pero por lo demás, todo salió bien, al menos no le dio el "arrechucho" a Alfredo.
Al final de los cafés decidimos (Mejor dicho), decidió Jesús, el que fuéramos a dar una vuelta por el hospital para ver si nos enteramos de algo más, e interesarnos por Alberto.
Eso hicimos. Mientras Alfredo y su mujer decidieron irse para su casa.
Lo primero que hicimos fue pasar por admisión.
Teníamos que cerciorarnos de que Alberto seguía en la misma habitación, en la 1470 planta catorce.
En ese momento teníamos varias personas delante en la cola, pero aún así preferimos enterarnos primero, y esperamos mientras conversábamos de nuestras cosas.
Al llegar nuestro turno, fue Jesús, el que se adelantó.
¿Señorita por favor, si fuera usted tan amable de decirnos en que planta y habitación se encuentra el paciente Alberto Irigaray Baygorri?
(Caray me dije, ni yo mismo me acordaba del nombre completo de Alberto.
¡Qué memoria tenía el ayudante de farmacia.! Podía haber llegado lejos. (Pensé yo)
Un momento, por favor, enseguida le digo.
En unos segundos el ordenador tan maldito como necesario dio la respuesta correcta.
Se encuentra en la planta catorce, habitación 1470.
Muchas gracias, señorita.
Subimos al primer ascensor, un largo recorrido hasta la planta décima, un pequeño laberinto, un estrecho pasillo y el otro ascensor, que nos llevaría hasta la catorce, y así fue.
Nos quedamos indecisos, no sabíamos qué hacer, si llamar y entrar, o sí sería mejor salir corriendo de allí.
Optamos por ser valientes y llamar.
¡Adelante! (Una voz medio afónica nos permitía entrar, era Iñaki, estaba irreconocible, había cambiado muchísimo en los días que llevaba allí, era normal estaban sufriendo lo indecible por aquella criatura.
Maite, sin inmutarse, se encontraba en la silla sentada de espalda a nosotros, y no hizo ni por moverse.
Me adelanté yo y le ofrecí mi mano.
¿Qué tal, como está usted?
A lo que Iñaki respondió tendiendo la suya.
¡Bien!
¡Soy Alfonso, estoy escribiendo la tesis que le comenté sobre las drogas... ¡
Sí, ya le recuerdo. ¿Cómo está usted, Alfonso?
Ustedes son los que me preocupan, no les veo bien. ¿Es que ha empeorado Alberto?
¡No...! (Dijo con tristeza Iñaki bajando la cabeza)
Ya peor no se puede poner. (Decía con los ojos brillantes y rojos a punto de estallar)
¿Qué le ocurre a Alberto? ¿Es que no ha mejorado?
Sí, si mejorar ha mejorado, si se le puede decir mejoría.
Ha salido del coma.
Pero usted mismo puede ver todo lo que puede hacer.
Inanimado, eso fue lo que yo vi, un cuerpo inerte e inanimado, sin embargo... los ojos los tenía abiertos de los que brotaron unas lágrimas ardientes como la lava.
Unas lágrimas que me impactaron mucho, y sin embargo Iñaki, se las secó con todo el amor del mundo.
Jesús estaba mudo, no salía de su asombro, lo que le ocurría a Alberto era asombroso.
Él también se preguntaba... ¿Será un castigo de Dios lo que tiene este hombre?
Está claro que cuando Dios ilumina a alguien, dejaba a oscuras a otras personas.
Pero sus padres qué culpa han cometido en esta vida para sufrir como están sufriendo. (Se preguntaba Jesús)
Cuando terminó de enjugarle las lágrimas a su hijo, le presente a Jesús.
Perdone usted Iñaki, perdone que no le haya presentado a mi amigo.
Este es un gran amigo mío, se llama Jesús.
Jesús le ofreció la mano e Iñaki, parecía que hacía las cosas como un robot.
Pude darme cuenta que sufría, y aunque agradeciese la visita pensé que agradecerían más estar en la intimidad, pues como digo Mayte, no se movió de su silla ni tan siquiera musitó una palabra.
Seguramente, habiéndola visto días antes como la vi llorar lo que había llorado, era posible que a aquella pobre mujer no le quedasen ya ni lágrimas para llorarle a su hijo.
Siento mucho todo lo que le ocurre, y espero que mejore Alberto.
No es posible. ( Susurro Iñaki.)
Jesús también se despidió.
¡Animo Iñaki, tenga fe en Dios!
Al salir de la habitación no sabíamos hacia dónde tirar, nos habíamos quedado con el efecto causado por Alberto.
Por fin nos decidimos seguir el pasillo, camino de maternidad.
Notamos cierto movimiento de personal sanitario, pero no le dimos mayor importancia. Tendrían algún parto. (Pensé yo)
Caminamos callados a pesar del ir y venir de batas blancas unas, verdes otras.
Nos pudimos dar cuenta que el movimiento era en la habitación 1420.
Me llamó la atención el número y claro, no tardé en caer. ¡Leocadia! ¡Leocadia Zuasti! ¿Seguiría allí?
Tenía que preguntar.
Ven Jesús, volvamos a la admisión.
Señorita por favor me puede decir si sigue la señora Zuasti en la 1420.
Sí señor, allí se encuentra.
Corre Jesús, miremos que ocurre.
Se sucedían las entradas y salidas, se podía ver a las enfermeras reconstruyendo el esquema químico de pruebas y análisis, posiblemente para que los viese el doctor. ¿Sería el mismo? Seguro que era el doctor Morales, Pedro Morales.
No se hizo esperar mi pregunta, el doctor Morales vimos que entró con aire suelto y decidido, en la habitación de Leocadia Zuasti
¿Qué tal señora Zuasti.? Como se encuentra...
Leocadia no dijo nada, estaba pensativa y no lo escucharía.
Desde el pasillo pudimos ver cómo el doctor se quedaba pensativo y atento, leyendo los análisis que le proporcionaron sus ayudantes. Se quedó muy pensativo...
Muy concentrado en los papeles.
¿Qué ocurriría?
Capítulo XVIII IMPOTENCIA
Al doctor Morales se le transformó la cara.
Fue realmente tranquilo, pues era un buen profesional, pero cuando pudo comprobar todos los análisis clínicos que había solicitado de su paciente Leocadia... cambió totalmente la expresión de su cara.
Señora Zuasti. ¿Qué tal se encuentra usted? (Y se sentó sobre su cama, tratando de infundir ánimo y tranquilidad)
Leocadia ya salió de sus pensamientos y le atendía.
Bien, doctor, creo que bien.
Un poco cansada, pero creo que lo aguantaré.
A aquella mujer no se le podía mentir, no era nada tonta, y por el revuelo comprendió que algo no iba bien, pero tenía que dejar que hablase el médico que era el profesional.
¿Y por qué no vas a aguantar? ¿Y el que?
No lo sé doctor, usted me dirá que ocurre.
El doctor Morales no podía esconderle la verdad.
La cara le cambió totalmente, a pesar de ser un gran psicólogo no podía evitarlo, era muy duro.
Tenemos los análisis que solicite señora Zuasti.
No me son nada halagüeños, tengo que serle sincero.
¿Qué ocurre doctor?
No quiero que se intranquilice usted.
Pero... ¿Qué ocurre? ¿Es que no va todo bien doctor?
Pues...
Doctor, por favor, no me dirá que va mal algo, que me puede dar cualquier cosa.
Sobre todo quiero que se serene, tiene que estar tranquila.
No quisiera que le ocurriese nada.
Por favor doctor, no me tenga en ascuas. Dígame lo que ocurre.
El doctor tratando de suavizar un poco el impacto que causaría la noticia sobre Leocadia, le relató toda su versión poco menos que en latín, pues las palabras eran tan técnicas, que yo tampoco podía enhebrar lo que le ocurría en realidad.
Para él que el diagnóstico no tenía la menor duda y lo explicó a la perfección, pero para un oído ducho en la materia, y no para unos profanos como los que escuchábamos.
Por fin el doctor Morales término su retahíla de tecnicismos, y viendo que Leocadia no entendía nada, se lo dijo lo más simple que pudo.
En definitiva, Leocadia... tiene usted una infección en la sangre.
¿Qué me dice doctor?
Sí, lo siento, ya sé que ha luchado mucho, pero...
¿Por qué dice "pero," doctor? ¿Es que es grave?
Pues la verdad, grave no es que sea...
Entonces dónde está el problema, si no es grave... tiene solución. ¿No es verdad doctor Morales?
Pues... la verdad es que, me es muy difícil decírselo.
No me tenga en este estado, por Dios, doctor.
No se altere Leocadia, le vuelvo a decir que no es grave para usted.
Si no es grave para mí... ¿Para quién sino?
Pues... pues para sus bebés.
(El médico que llevaba en el caso unos meses, y ponía su mayor esmero, no pudo por menos que incluso por él mismo sentir una infinita pena, y una gran impotencia con lo sucedido.)
¿Qué le ocurre a mis bebés?
Aun nada, están fuertes y sanos.
(Viendo el doctor que Leocadia lo bombardeaba con otras preguntas, y además sabía la respuesta se adelantó a contestarle)
Sí, sí, ya sé, ya se, le he dicho aún, pues digo aún por que con su enfermedad Leocadia, no le podemos suministrar antibióticos.
Si le administramos antibióticos, perderemos los bebés.
(Leocadia se llevó las manos a la cara rompiendo en un llanto desgarrador)
¡¡No!! ¡Dios mío! ¡Por qué! ¡Por qué! Y que he hecho yo, para que me castigues de este modo.
Yo no me merezco esto Dios mío.
El doctor Morales le tranquilizaba viendo que era lo último que se esperaba, todo iba a pedir de boca con los sectillizos ya tenía cinco meses de embarazo y ahora... ¿Qué ocurriría? Ni él mismo lo sabía.
Todo iba tan bien, y tiene la mala suerte la madre de coger una infección en la sangre, y aquello no podía tratarse de otro modo, o antibióticos, o nada.
Leocadia con el rostro entre las manos, y con lágrimas que harían estremecer al hombre más templado...
¿Qué ocurrirá ahora doctor?
¿Podremos salvar a mis hijos...?
Yo le aconsejaría que rece, yo lo haré también por todos.
Le prometo que haremos más de lo que esté en nuestras manos, o sea; todo lo posible, y lo imposible.
Pero quiero que colabore usted también en lo que pueda.
Desde luego, doctor. ¡Haré todo lo que me mande! Pero por favor, salve a mis niños. (Y con la cara de resignación más triste que puede tener el sufrimiento...)
Leocadia mirando a los ojos del médico le dijo: Aunque sea a costa de la mía. ¡Se lo suplico!
Eso no debe ni pensarlo señora. ¡Todo! Ya le digo que haremos todo, pero por los siete, no se preocupe y descanse.
Ahora le aconsejo que mantenga todo el reposo que pueda, y confíe en Dios, que nos puede ayudar mucho como usted sabe.
Jesús y yo estábamos perplejos y anonadados, tanto así; que tras él que se decidió a dar el primer paso lo seguí yo.
¡Qué bárbaro, Alfonso! ¡Cuántas cosas ocurren dentro de un centro como éste! ¿No te parece?
Tienes mucha razón, querido amigo, hasta que no te paras en los detalles y viniendo aquí, no te das cuenta de las desgracias humanas, de las miserias que tenemos todos.
¿Qué te parece si vamos a tomar un café? (Le propuse) Pero fuera de aquí. ¡Eh! Ya hemos visto bastante por hoy, primero Alberto, que no sabemos en qué acabará, y por otro lado Leocadia.
¡Ya lo creo, Alfonso! Y porque no nos damos alguna vuelta por otro lado, que si no, otras y otros.
Salimos dando un paseo, y en el primer bar café que vimos entramos.
Decidimos sentarnos con nuestros cafés delante. Los dos nos quedamos callados, seguro que andamos pensando en lo mismo. ¿O no?
Me acordé de la comida con Eva y Alfredo, y quise indagar un poco más. (Se me había despertado el detective que llevaba dentro.) ¡Seguro!
Jesús, te quería preguntar una cosa... ¿puedo?
¡Claro! ¡Cómo no! ¡Faltaría más!
¿Por qué me llevaste a comer? O... ¿Por qué llevaste a Alfredo, y a Eva?
Ya sabes que por mi parte fue una decisión que ella tomó y yo la respeto, pero... ¿Por qué crear ambientes tensos? Creo que sería mejor que no volviera a ocurrir.
Perdona, Alfonso, no hubo ninguna intención. ¡Te lo prometo!
¿No me llevaste, o nos juntaste con ningún fin?
No, de verdad...
Jesússsss...
No te puedo mentir Alfonso, perdóname, pero he tenido que hacerlo.
¿Hacerlo? ¿Hacer el qué? ¿Y porqué?
Quería que estuviéramos todos juntos ese día, era mi ilusión.
Sí, ya sé cómo eres, Jesús, pero ya ves que no funcionó.
Ya me di cuenta, y lo siento en el alma, este hermano mío siempre dando la nota.
Yo te comprendo Jesús, creo que habría sido hasta bonito estar todos juntos sin rencores, pero ya ves que no puede ser.
Son un matrimonio, y como tal tienen que vivir sus vidas.
Si, pero es que estoy preocupado por Alfredo, cada día está mucho peor, bebe mucho, fuma como un minero, e incluso se le ha visto en salones de citas y masajes. ¡Es intolerable!
No sé qué problema pueden tener chico, pero te juro Alfonso, que me duele que la gente que quiero no sean felices, como sería mi capricho.
¿No crees tú que sería mucho más fácil la vida si todos colaborásemos en que así sea?
Claro, Jesús, pero el destino mueve los hilos y cada uno escogemos nuestro camino.
Hace falta no equivocarse, y hay quien lo hace, ya ves Jesús.
Como también estoy convencido de que hay personas que son equivocadas por otras.
¿Te has equivocado tú, Alfonso?
Pues la verdad amigo mío, si quieres que te sea sincero, ni yo mismo lo sé.
Todos tenemos nuestras dudas, de lo que pudo haber sido y no fue.
¡Tienes razón!
Así pasó la tarde, y cada uno se fue por su lado cuando decidimos despedirnos.
Yo como desde algún tiempo me puse mi chándal y me fui a disfrutar de la tarde. (Por cierto hacía una tarde singular también, se había levantado algo de viento, pero era agradable sentirlo en la cara al salir corriendo, pues daba la impresión de ir a mucha velocidad, a mucha más de la que corría, pues no era rapidez lo que buscaba era el placer del paseo, y la contemplación del paisaje.
Sin querer me había alejado bastante de casa. Estaba a las afueras y tenía las montañas delante de mí. Que diferente se veían, en el avión parecía una maqueta el paisaje, con sus sierras pequeñitas y ahí sin embargo qué grandeza, que hermosura, que frescor y que vida, se respiraba allí.
Me decidí a volver rápido, pues se me hacía de noche en el camino, como así fue, pero a gusto; llegué a casa muy a gusto y satisfecho del deporte y la degustación de la obra más grande que habrá jamás.
Sí, sí, la obra más grande, y sin embargo el nombre más pequeño; Tierra.
Me disponía a darme una ducha, cuando sonó el teléfono me apresuré a cogerlo.
¡Hola! ¿Quién es?
Soy Jesús Alfonso...
¡Ah! Hola Jesús ¿En qué te puedo ayudar?
En realidad en nada, amigo mío, en nada.
Bueno, pues tú dirás... ¡Te encuentro raro! ¿Seguro que estas bien?
Si, Alfonso, sí, te lo aseguro, el problema no es mío.
¿Es que hay algún problema?
¿Cuándo puedo hablar contigo?
Si no es muy urgente... ¿Qué te parece mañana a primera hora?
De acuerdo, nos vemos en la cafetería del hospital.
Bien; Jesús, allí te espero sobre las nueve. ¿Vale? Venga un abrazo...
Igual te digo...
Qué raro lo había oído a Jesús... ¿Qué problema tendría? Bueno... ¿Quién sería el del problema? Ya estaba deseando que llegase mañana.
Capítulo XIX CABEZA-ROTA
A primera hora de la mañana el hospital se desperezaba, si se le puede llamar así.
Era cuando las arterias clínicas se ponían en marcha, el personal médico preparaba sus labores diarias, cada uno sabía sus tareas, por ese motivo se les veía tan seguros a todos.
Todos y cada uno de aquellos hombres sabían meticulosamente su trabajo, cosa que hacían a la perfección. Unos preparaban apósitos, otros inyecciones, otros sueros, los más modestos las mopas y las fregonas.
El doctor Unay Salvatierra era uno (Por no decir el más puntual), de los más puntuales a sus tareas. Para las ocho de la mañana ya tenía preparado su quirófano para las operaciones del día, ó alguna urgencia que podría ocurrir.
La admisión estaba vacía aún cuando pasé yo, era temprano, estaría el personal auxiliar en otras labores.
Solicité un zumo de naranja natural y mientras lo hacían, con la vista busque el periódico.
Estaba yo con mi zumo y el periódico, cuando llegó mi amigo Jesús.
Buenos días, Alfonso, (Me dijo, y le noté algo, no me esperaba viendo su cara, nada bueno)
¿Qué quieres tomar Jesús?
Que me pongan otro zumo de naranja.
Bueno... ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme?
La verdad es que no se si debería decírtelo, Alfonso, aunque creo que es mi obligación.
¿Pero qué obligación es esa tan misteriosa?
Pues...
Vamos Jesús, me tienes intrigado.
Dando un suspiro profundo Jesús relató: ¿Recuerdas ayer, que estuvimos comiendo en mi casa?
Pues si., ya se que estuvimos comiendo, y a gusto además.
¿Recuerdas que discutieron Alfredo y Eva?
Si, ya recuerdo, pero bueno, no fue para tanto, creo.
Alfonso... quiero que comprendas mi punto de vista en lo que te voy a decir.
¿Pero, qué punto de vista si aún no me has dicho nada?
Lo que no quiero es que nuestra amistad se quiebre por nada del mundo.
De eso puedes estar seguro Jesús, pero... ¿Me quieres decir de una vez que es lo que ocurre?
Como sabes, nosotros nos fuimos al clínico, y Alfredo y Eva se fueron a su casa.
Sí, así fue.
Si... así fue... pues lo que en casa por educación nadie dio importancia como tú dices, luego la educación se perdió en el camino cuando se fueron ellos.
Pues... ¿Qué pasó?
Tuvieron una buena trifulca, como acostumbran a menudo, no te lo quería decir Alfonso, porque eres mi amigo y nunca te haría daño, pero debo hacerlo.
Los ojos míos se me salían de las órbitas, la mandíbula se me caía ya contra el pecho, la cara se me había descolgado, pero seguía sin saber nada y tuve que darle un grito (Que por cierto me dolió hacerlo), pero ya no podía más. ¿Qué ocurría?
Pegué un puño sobre la mesa, y mientras uno de los tubos se derramaba, le decía: ¿Me quieres decir de una maldita vez que ocurre?
Se cortó mucho Jesús, no se esperaba eso de mi, no esperaba que yo reaccionase así como lo hice.
Alfonso... Alfredo unas veces borracho, otra sin estarlo, lleva maltratando, no sólo psicológicamente sino físicamente con consecuencias alguna de ellas grave... a Eva.
No me salía palabra alguna.
Si, ya sé, no debería contarte esto, ya lo sé, pero hablamos de mi hermano y de la madre de tu hija.
¿Qué dices Jesús? ¿Pero... ¿Qué estás diciendo?
La verdad, Alfonso... la verdad.
¿Y tú cómo sabes esto?
Yo lo he sospechado casi desde que se casaron y nunca te he querido decir nada. Ellos "eran una familia".
Si están casados, lo son, Jesús.
Si, eso es verdad, pero no lo parece.
Ya lo sé eso no es forma de convivencia en una pareja.
¡No me gusta esto, Jesús!
Pues aún hay más.
¿Más?
Si, Alfonso, me preguntabas qué... ¿Cómo lo sé?
Cuando volví a mi casa después de estar tomando el café contigo, estaba en mi casa Eva.
Pero... ¿Cómo es de grave la situación?
Mucho, Alfonso, mucho. Está bastante mal, incluso con heridas bastantes significativas.
¡Dios santo! ¿Pero qué le ocurre a Alfredo? ¿Se ha vuelto loco, o que?
Me temo que algo así debe ser, si no, no es para menos.
Pero lo peor es que no podemos entrometernos, no podemos de momento ayudar a Eva sin que pueda ocurrir algo peor.
¡Tienes razón, Jesús!
¡Maldita sea! Ya, hasta maldigo. ¿Yo también estaré perdiendo la razón?
Será mejor que lo dejemos estar. ¿Ella como está Jesús.?
Pues la veo muy afectada, la verdad, yo diría que a punto de explotar por algún lado. Esperemos que se serene, y no haga ninguna tontería.
Cuida de ella amigo Jesús, tú sabes que es... ha sido siempre buena chica.
Ya se, ya se, Alfonso, el cabeza loca, es mi hermano que no comprendo porque actúa de esa forma, no creo qué motivos puede tener un hombre para abusar de esa forma de una mujer.
No te preocupes yo cuidaré de los dos.
¿Quieres subir conmigo por ahí arriba un rato? ¿O prefieres irte a casa?
Si, creo que es mejor que le hagas compañía a Eva y no la dejes sola.
Sí, eso haré. Hasta luego Alfonso.
¡Adiós Jesús!
Me quedé solo, pero como el que está sólo en el mundo, sin otro ser vivo a su alrededor que él mismo.
Como sería capaz Alfredo de comportarse así con Eva. ¿Qué les ocurría?
¿Tanto habían cambiado los dos?
Claro que él siempre ha sido un poco golfo y cabeza rota, pero... ¿Alcohólico? ¿Maltratar a su mujer cuando tanto decía que la quería?
No lo entiendo. ¡Pobre Eva! ¿Se arrepentiría de estar casada con él?
Mejor me quito de la cabeza ciertos pensamientos. Ella me dejó de querer, hace muchos años.
Subiré a ver a Alberto.
El camino ya lo sabía de memoria, admisión ascensor, laberinto, pasillo, ascensor, mano izquierda, habitación 1470 planta catorce.
Me acerqué a la puerta ya con más confianza que las primeras dos o tres veces, aunque ya sabía lo que iba a encontrar dentro.
Di con los nudillos, y aquella voz que ya me era casi familiar, sonó mortecina tras de la puerta.
¡Adelante!
Buenas, señor Iñaki, (Dándole la mano le pregunté: ¿Que tal esta usted... y su señora...? ¿Alberto está mejor?
¡Estoy bien gracias! Mi mujer me preocupa mucho, le está afectando todo esto de Alberto mucho...
Lo comprendo...
No me escuchó creo, pues él siguió su relato.
Si mucho más que a mí, eso creo.
Y Alberto. ¿Qué tal está? (Le interrumpí)
¡Ah, Alberto! Alberto sigue igual, salió del coma.
Sí, ya me dijo usted cuando estuve a verle la otra vez.
¡ Ah! ¿Se lo había dicho?
¡Si!
Pues salió del coma, pero no hace más que mover los ojos y llorar, no se qué le pasará por su mente.
Tal fue su vida pasada que, a saber qué le pasa por la cabeza.
Yo sólo observaba y lo dejaba hablar, no quería volver a interrumpirle.
Ahora, como puede imaginar usted, Alfonso, pues se hace las deposiciones encima, bastante a menudo hay que estar lavándolo, con la orina igual, tiene el mismo problema.
¡No es nada mire usted!
Si le digo que murió el día del accidente mentiría, y si le digo que sigue vivo, también.
El pobre padre tenía los ojos como las brasas, rojas y tristes, pero resecos, y las comisuras de los labios le noté que tenía más arrugas que la primera vez que lo vi.
Por qué... ¿Para quién está muerto?
Si llora, es que siente y piensa.
Y aunque eso haga, para él es peor que la muerte, y para nosotros verlo así, es verlo vivo. ¿Pero está vivo?
¡Qué tragedia, Dios mío!
Iñaki balanceaba la cabeza para los lados, pero sin soltar una lágrima.
Maite, me fijé que seguía en su silla, no sé si había cambiado de posición, pero era la misma que le recordaba que había tenido cuando la vi La última vez.
Iñaki me salió al paso.
Si, ya sé lo que piensa usted, pero es que ya nos hemos quedado sin lágrimas para llorar, tenemos los ojos secos del llanto que se ha vertido por este crío.
No sabe cómo lo siento, señor Irigaray, estoy sufriendo esta tragedia a la par que ustedes.
Llevo otras en estudio, pero esto de su hijo me tiene obsesionado.
No sabe cómo lo he viviendo, mayormente por ustedes que en realidad lo educaron correctamente, y sin embargo el destino les está dando este revés.
Me hago cargo de como están viviendo esta pesadilla.
Les deseo que se recuperen.
Volveré para hacerles otra visita Iñaki.
Venga cuando quiera, Alfonso, y gracias por el interés que nos demuestra.
Salí de la habitación asintiendo con la cabeza apesadumbrado.
Cuando se quedaron solos, Iñaki no podía más con su estado de ánimo y se dirigió a Maite. Querida, tienes que hablarme, debemos hablar de Alberto, no puedes quedarte en ese estado toda la vida, me vas a matar.
Creo que deberíamos pensar que hacemos, así no podemos estar, nos vamos a volver locos, nos vamos a morir nosotros también.
Y... ¿Qué será de Alberto si eso ocurre?
Iñaki le seguía hablando a su mujer que permanecía frente a la cama de Alberto.
Maite, sabes que somos maduros y Alberto tiene veinte años. no podremos cuidarlo. Seremos pronto viejos y no podremos con la carga que Dios nos ha mandado.
¡Maite! ¡Por favor!
Ella giró tímidamente la cabeza hacia él, con aquella mirada triste, aquellos ojos hundidos en sus propios huecos, y ojeras violetas rodeándolos, los pómulos salientes, y los labios pegados y finos. Se les habían quedado delgados de aguantar sus recuerdos de un pasado cercano, tan cercano que se unía con el presente, e hilaba con un futuro que le anunciaba su marido.
Pero siguió sin decir ni una sola palabra, se limitó a asentir con la cabeza tímidamente, y sólo dos veces.
Perdona, cariño, perdona que te grite, yo también estoy que no puedo más, y teníamos que ver qué podemos hacer por él o con él.
¿No te parece?
Repitió los mismos movimientos y asintió con la cabeza varias veces.
No sé si tendría fuerzas para más, pues, no debía comer mucho, y yo diría por su estado que lo justo para no morir de inanición.
Así pasaron varios meses, pues Iñaki quería apurar todos los recursos por si sacaban alguna técnica nueva, y quizá aún podría recuperarse.
El tiempo pasaba, llegó el invierno depresivo y acentuó la mínima esperanza que pudiera existir en aquellos padres.
Pero... ¿A quién quiero engañar? ¡Dios mío! Pero... pero si es imposible.
Me engaño yo sólo y engaño a Maite.
¡Dios mío líbrame de malos pensamientos!
Su desesperación era tal que se volvía loco, sentía día a día que no, ese sería su último, y adiós.
¡No! No pensaré en nada malo.
Leeré el periódico.
Se había dado tantas vueltas a la cabeza en aquellos meses desde el accidente, que ya lo mismo pensaba en suicidarse, que solicitar la eutanasia para su hijo.
¡Era increíble! Para mover el cuerpo de su hijo tantas veces al día, lavarlo tantas veces al día, y darle de comer, más todos los cuidados que necesitaba...
Luego estaba Maite, que no estaba en este mundo, se había quedado en estado de shok, y tenía que cuidarla también.
Aquello tenía que acabar de una forma o de otra, aquello no podía seguir así por más tiempo.
Cogió el periódico y se puso a hojearlo para evadirse de sus pensamientos.
De pronto, leyó una noticia que le emociono muchísimo.
¡Mira, Maite lo que pone aquí! Escucha lo que pone en el periódico:
Ondas cerebrales
“Los científicos de algunas ciudades más importantes, se han reunido para discutir la utilización de unas onda electromagnéticas, inventadas por el doctor don Gonzalo del Olmo, físico-químico, biólogo e ingeniero técnico nuclear, con las que asegura podría solucionar muchos de los problemas de parálisis cerebrales existentes hoy en día.
Aunque es un proyecto en experimentación, los científicos han asegurado. que las ondas electromagnéticas de choque en ciertos puntos del cerebro, pueden en efecto curar la parálisis cerebral. “
¡Maite has oído!.
Capítulo XX PENDENCIERO
Cuando Jesús llegó a su casa, EVA ya estaba más calmada.
¿Cómo te encuentras EVA?
¡Ah! Hola Jesús, no te había oído llegar.
¿Estás mejor ya?
Sí...
A ver; déjame ver esa cara y no la escondas.
Si, estoy bien Jesús, de verdad.
Yo no te veo tan bien. ¿Me quieres hablar de vuestro problema?
Jesús, tú eres su hermano no lo comprenderías.
¿Por qué crees eso?
¿Es que te he fallado alguna vez?
¡No! Eso no.
¿Pues entonces? Si sabes que tienes un amigo en mi. ¿Por qué no confías?
Yo ya sé lo que es, y lo que ha sido toda su vida.
Por eso no tienes que preocuparte, es mi hermano, pero sí ha hecho esto... ¡Está mal hecho, sea mi hermano o San Pedro!
¡Caray! Ya estoy como Alfonso, diciendo tacos.
Últimamente nos afecta el entorno, estamos todos muy nerviosos.
¿Quieres confiar en mi, y decirme qué te ocurre? ¡Quizá pueda ayudarte.
A mí no me puede ayudar nadie.
¿Por qué dices eso? ¿Por qué no?
Jesús, eres un buen amigo, pero... ¿Seguro que comprenderás, y veras las cosas como son, a pesar de ser Alfredo tu hermano?
¿Por qué no pruebas a ver?
Cuéntame que ocurre, quizá te sientas mejor.
Estoy convencida de que será todo lo contrario, me sentiré peor.
Pero siento la necesidad de contarte...
Antes me tienes que prometer que sólo tú, y nadie más que tú, conocerás lo que voy a contarte.
¡Te lo prometo!
Me tienes que prometer eso, y mucho menos puede enterarse Alfonso.
Alfonso, no debe enterarse nunca. ¡Prométemelo!
Vale, vale de verdad, te lo prometo, pero... ¿Tan importante, o tan trágico es acaso?
Tú, prométemelo.
Lo estoy haciendo, mujer...
De lo que no estoy segura es de que me creas.
Ya te he dicho que sí. Cuéntame y vamos a ver en qué te puedo ayudar, seguro que algo habrá que pueda hacer.
Sí, seguro que podrías hacer algo, pero ésa será la última condición que te pongo, que no hagas nada. ¡Nada!
Pero... ¿Cómo que nada? ¿No quieres que te ayude si puedo?
¡No! No debes, no tienes que hacer nada, júramelo Jesús.
¡Dios santo! Me tienes intranquilo, dime ya lo que sea.
No me lo has jurado.
¡Está bien, te lo juro! ¡Te lo juro! ¡Qué mujer!
Tú nos conoces a los dos, a Alfredo, y a mí. ¿Verdad?
¡Claro!
¿Y cómo dirías que es tu hermano?
Pues... yo diría que un calavera, un vividor y un mendrugo.
¿Y no dirías alcohólico, obsesivo, toxicómano, estafador, mujeriego, jugador y pendenciero?
¡Caray! ¿Todo eso es mi hermano?
Jesús, quiero que te tomes la conversación en serio, para mí es muy importante lo que tú creas, y si me crees... por favor.
Perdona. ¡No, no, yo no habría dicho tanto, pero si tú lo dices...
¡Jesús!
Te creo mujer, te creo.
Te creo, porque yo me lo suponía ya todo eso, pero me era muy difícil asimilarlo sin estar convencido, sin estar seguro de su vida, pero al verte aquí hoy no tengo la menor duda.
Ha sido un hipócrita, delante mía se ha comportado de una forma, y luego lleva doble vida, mejor dicho triple vida, lleva una aquí conmigo, contigo otra y otra a su aire.
¡Qué cafre!
Si, Jesús, así es, pero no es eso lo que más me duele, lo que más me duele no son sus golpes, su maltrato, incluso su vida perniciosa... ¡No! No es eso lo que más me duele, lo que más me duele, es que me hiciera abandonar al único hombre que me ha querido.
¡Lo sabía! Sabía que aún seguías queriéndolo.
Si, Jesús, pero no es cómo tú puedes pensar.
Yo lo abandoné y aunque sé que él me ha amado siempre, jamás; escucha bien lo que te digo... ¡jamás! me ha ofendido ni con el pensamiento, de eso estoy segura, él es un hombre bueno...
Yo sólo tengo los mejores amigos que pueda haber.
¡Y lo amo, sí, lo amo!
Has dicho qué querías oírlo todo y yo tengo que serte sincera en todo, y te juro que todo lo que te digo es la verdad.
Y lo que más me duele de Alfredo, es como hizo que cayera en sus redes con malas artes.
¿Sabes cómo "conquistó mi corazón"?
Supongo que te enamorarías de él, y el de ti, como pasa siempre. ¿No?
¡No! No fue así Jesús.
La verdad es que yo tomaba unas pastillas para las jaquecas, era un tratamiento que me recetó mi especialista...
A Eva se le saltaron las lágrimas las estaba aguantando, pero ya no pudo más.
Aquellas pastillas las tomaba tres veces al día, (Entre sollozos) me las cambiaba, no se que mañas se daba para cambiarlas por unos alucinógenos, que me hicieron creer en sus palabras, estuve dopada hasta después de casada con él.
Hasta que me di cuenta, las jaquecas seguían, y volví al especialista, cuando le enseñé las pastillas vio que no eran las que él me había recetado para los dolores de cabeza. Es increíble. ¿Verdad Jesús?
Jesús no salía de su asombro. ¿Aquel era su hermano? ¡Increíble, no lo reconocía!
Eva lo miraba sollozando. Te dije que no podrías creértelo Jesús, pero es cierto todo lo que te digo.
No denuncie el caso a las autoridades por nuestra amistad, y porque había defraudado a un buen hombre que me quería de verdad.
Lo llevo arrastrando toda mi vida, pero no soy digna de su amor.
Por eso te he hecho jurar todo esto.
No te preocupes, Eva, nadie se enterara nunca de esto, por lo menos por mi boca, te lo juro.
Gracias Jesús. (Se abrazó a él, y le premió su afecto con un beso en la mejilla)
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El padre de Alberto, después de leer y releer el anuncio de las ondas, cada vez estaba más convencido de que debían hablar con el doctor Ugarte y exponerle el caso, quizá fuese una solución, y si no lo era, Alberto no iba a sufrir más de lo que ya lo hacía, ni ellos tampoco sentían el dolor del trance.
Todos los días había que cambiarlo de posición varias veces, darle de comer, lavarlo, vestirlo, e incluso estar con el pañuelo en la mano para secar aquellas lágrimas que vertían sus ojos, las cuales no podían decirle los médicos si simplemente le lloraban los ojos, o realmente sabía él en la situación que estaba, y en la que tenía a sus padres.
Era imposible de saber.
La maquinaria del hombre es tan complicada, que como sabemos, ni cada uno de nosotros se conoce su propio cuerpo.
Iñaki apretó el botón de llamada para el personal médico, y en unos segundos se presentó una enfermera que se prestaba solicita y dicharachera. (Era una persona gustosa de hacer feliz a los demás y por lo menos lo intentaba)
Buenassssss... ¿Qué tal está el enfermoooo...?
Él esta bien; quiero decir igual, pero si fuera usted tan amable, me gustaría hablar con el doctor Ugarte, por favor.
¡No se preocupe, que se lo busco enseguida!
¡Aunque esté buscando caracoles, le traigo de las orejas! Enseguida me pongo a ello.
Salió respingona quedándose en la puerta para preguntar: ¿Les apetece algo? ¿Un té? ¿Un cafetito?
No, muchas gracias.
Ni Maite, ni Iñaki, estaban con ganas de nada y mucho menos de comer.
Iñaki quedó pensando ya que con su mujer le era ya muy difícil hablar, se había negado totalmente.
¿Dará resultados lo de las ondas? ¡Dios mío, espero que sí! Pero... y si el doctor Ugarte, no quiere ponérselas, le tendría que rogar algún método más drástico, pero no; está prohibido por las leyes eso no aceptará, pobre hijo mío, y ahora pobre Maite. ¡Dios! Dame fuerzas, ayúdame en esta esperanza. Esta es nuestra última, y única esperanza.
La auxiliar pizpireta se movía por todo el hospital, sus faldas se movían con un vaivén que daba gusto verla andar, el salero que se le veía no era propio en el resto de sus compañeras, la simpatía le desbordaba, se veía que era una persona que además era feliz.
(Por eso transmitía ese agrado y ese grado de felicidad a los internos)
Se acercó hasta admisión dónde preguntó por el doctor Ugarte. Allí le dijeron que se encontraba reunido, pero estaría al terminar.
Gracias bonita. (Le contestó a su "compi"
Se disponía a volver sobre sus pasos cuando vio que la puerta de la sala se abría.
¡Ah! Ya han terminado.
Se lo diré.
¿Perdone usted, doctor Ugarte... Es usted tan amable de concederme un segundo?
¡Claro chiquilla, dime!
Pues verá usted, señor, los padres del paciente de la 1470 desean verle si fuera posible. Me ha dicho el señor Irigaray que necesita hablar con usted y era urgente.
Muy bien, iré enseguida. Muchas gracias.
La enfermera le comunicó a Iñaki que el doctor iría.
Toc ,Toc.
Iñaki respondió como pudo, la voz era cada vez menos, como la voluntad y los ánimos.
Pase.
Señor Irigaray, ya he localizado al doctor Ugarte, me comunica que en unos segundos estará con usted.
No sabe cómo se lo agradezco señorita. Muchas gracias.
Si no desean otra cosa...
Iñaki denegó con la cabeza.
Que pasen buena tardeeee...
No tardó en llegar el doctor Ugarte, resuelto como siempre entró en la habitación, no sin antes dar unos golpes con los nudillos en la puerta.
¿Qué tal como están? Me han dicho que quería usted hablar conmigo, señor Irigaray.
Buenas, doctor.
Sí, sí es verdad, quisiera que me dieran su opinión sobre esas ondas cerebrales.
¿Es que pretende experimentar con Alberto?
Quisiera ver la posibilidad de practicarle un tratamiento, es nuestra única esperanza.
Mire usted, señor Irigaray, yo no quisiera desilusionarle, pero debo decirle que esa técnica aún está en fase de experimentación.
Ya lo sé doctor, pero aún así...
Yo le puedo asegurar que no sabemos los efectos reales, ni a corto, ni a largo plazo, y por otra parte sólo pudiera ser efectivo en determinados casos, no en todos.
Si doctor, yo lo comprendo. Le comprendo perfectamente. Pero hágase usted cargo de la situación.
Nosotros dos no somos ni la sombra de lo que fuimos. Alberto en el estado que está, no sabemos el grado de sufrimiento que está padeciendo, y además, no tenemos al alcance de la mano más que esa brasa.
Yo le rogaría que lo intentase, doctor.
Iñaki, las ondas electromagnéticas cerebrales son muy peligrosas, e irreversibles.
Estoy resuelto a ello.
Yo comprendo muy bien lo que están pasando, ya veo a su mujer que está muy mal, lo está padeciendo tremendamente... no lo ha podido asimilar, pero con este tratamiento le digo que es peligroso, incluso podría llegar a morir si no lo tolera.
Inténtelo doctor, por favor...
Ni yo ni mi esposa podemos con esta carga, y mire la edad que tenemos. ¿Cree que después de esto podremos aguantar mucho más.?
¿Quién cuidaría de Alberto? Sólo nos tiene a nosotros.
Aun suponiendo que nos repusiéramos... ¿Cree que podemos cuidar de Alberto siempre?
Son muchos los cuidados y atenciones que necesita, amén de fuerza, que ya tenemos pocas. No podremos con esto, estoy seguro.
Capítulo XXI SUFRIMIENTO
El doctor Ugarte trataba de disuadir a Iñaki, pero era imposible.
Estaba decidido a llegar donde hiciera falta, a pesar del riesgo a morir que tenía su hijo.
¡Doctor Ugarte, se lo suplico, ayúdelo a vivir, o morir.!
Por favor, Iñaki...
Se lo digo sinceramente, a mí me da igual morirme, el cuadro que me rodea es demasiado para mi. Por eso le pido que cure a Alberto o...
Maite desde su rincón les seguía la conversación (O al menos eso era lo que parecía), aunque en un mutismo total, como traspuesta, como ausente, parecía que hubiese perdido la razón.
El doctor Ugarte le miraba a uno, y al otro.
El que parecía más entero, y daba la impresión de que se recuperaría, le estaba pidiendo, incluso suplicando la vida, con la muerte de su propio hijo, y ella según la veía si se recuperase sería un verdadero milagro.
Por otra parte Iñaki tenía razón, ya eran mayores y Alberto muy joven, y en ese estado vegetativo requería muchas horas, mucha fuerza, muchas atenciones, en definitiva mucha dedicación.
Por fin el doctor Ugarte abordó el tema con toda la crueldad que tenía, pues la palabra solamente ya infundía un respeto, y hacía que pensar.
¿Según ustedes, quiero entender que piensan hasta en la eutanasia para su hijo?
Enmudeció Iñaki también, los dos guardaron un silencio sepulcral.
No quieren verle sufrir, y piensan que sería lo mejor para todos. ¿No es eso?
En ese momento lo mismo Iñaki que Maite comprendieron la gravedad del tema que les ocupaba, que estaban hablando de su hijo era cierto, pero Maite pudo ver claro que tampoco podía llevar esa carga durante toda su vida.
Ella misma se veía cada vez peor, y la poca lucidez que le quedaba, dio por buena la solución que su marido le exponía al doctor Ugarte y casi al unísono los dos asintieron con sus cabezas, dando un veredicto de afirmación al jefe del equipo médico de su hijo.
Estamos convencidos de que Alberto también está sufriendo.
¿Creen que su hijo puede estar sufriendo en ese estado?
Quiero que sean sinceros y me digan hasta donde están dispuestos a llegar.
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Yo había estado mientras tanto bastante ocupado con mi trabajo.
No sabía nada de nadie, aquel día me lo tome de fiesta, la tensión que tenía ya por el estrés del trabajo era agobiante.
Me tomaría fiesta y me relajaría con mis hobby o con la gente que quería, el caso era cambiar de aire...
Cambiar el ritmo de trabajo, cambia el sentido a las ruedas del pensamiento, llevaban girando demasiado tiempo en el mismo sentido, y eso no era bueno.
Ahora quería girarlas en el sentido contrario.
Así lo hice, pero cuando me levanté aquella mañana, para ser sincero, no tenía ni idea que hacer. Me encontraba tan relajado pensando que ese día no tenía obligaciones, que no tenía prisa por nada.
Entonces recordé lo que estuve hablando con Jesús. (Mejor dicho; él conmigo) La verdad es que me tenía preocupado.
¿Sería todo aquello cierto?
¿Alfredo sería tan desgraciado que le levantaría la mano a Eva?
¿Cómo puede ser posible con lo enamorado que se casaron?
Decidí llamar a Jesús para hablar con él, estar un rato juntos y que me contase cosas.
Por supuesto yo no era nadie para ir a casa de Eva, e inmiscuirme en su vida privada.
Ya lo hice una vez, y la experiencia que tengo de aquella visita, no es nada agradable.
Sí; mejor llamaba a Jesús, y pasaríamos la mañana juntos.
RING...
El teléfono se descolgó y una voz femenina se oyó al otro lado.
¿Dígame?
¡Hola! Buenos días.
Me quedé cortado, sin saber qué decir, pero había llamado yo tenía que seguir.
¿EVA? ¿Eres tú?
Se oyó a través del hilo una voz resignada, tímida sin atreverse a hablar tampoco.
Sí... soy yo, Alfonso...
¿Estás bien?
Sí, muy bien. ¿Y tú?
También me mantengo, gracias.
¿Sabes algo de nuestra hija? ¿Te ha vuelto a llamar?
¡No! Eva, no me ha llamado, ni yo he llamado tampoco, pero estará bien, no te preocupes.
Tenía un nudo en la garganta, la sentía al oído, hablándome al oído, y la carne se me ponía de gallina. ¿La seguiría amando después de tantos años?
Siempre he procurado olvidarla, era la mujer de otro y siempre había pensado que era feliz, con eso me conformaba. Si ella era feliz, yo también.
Pero ahora... ¿Qué ocurría? Era evidente que no era feliz, y ya se me estaba removiendo las brasas del amor por ella.
No podía ser. ¿Qué digo? Es la mujer de otro hombre, y ella ya no me quiere, estoy seguro que ama a su esposo, y a mí me tiene olvidado desde entonces.
En este lapsos de tiempo yo pensaba eso, pero, y ella. ¿Qué pensaba?
¿Estás ahí Eva?
Sí... sí, dime Alfonso.
Llamaba para hablar con Jesús, si me hicieras el favor de decirle que lo espero en el paseo de Los Rosales dentro de una hora, te lo agradecería.
Dile que tenemos que hablar, por favor, ¿lo harás?
¡Pues claro, Alfonso!
No te preocupes, que yo se lo diré.
Gracia Eva, y cuídate mucho.
Lo haré, gracias Alfonso...
Tú también.
Se oyó un clic y yo me quedé con el teléfono pegado al oído, como si aún ella estuviera allí susurrándome al mismo.
¡Que loco! ¡Que iluso! ¿Aún no me había convencido durante todos aquellos años que había dejado de quererme?
La verdad es que antes, sabiéndola bien casada, estaba tranquilo, pero ni yo mismo sé lo que me pasa. ¿Me estaré volviendo loco de verdad?
¿Qué me ocurre? Tengo que dejar la vivir su vida, su vida pertenece a otro, aunque sea un malvado como ya sabía que era el "Alfredito".
Sólo que, entre mi trabajo, la tesis que estaba llevando a cabo sobre Alberto y su evolución, luego el desengaño de Leocadia que podía perder los sectillizos, y ahora esta otra preocupación, Eva, no sé si era demasiado para mí.
Tenía que serenarme y llevar la vida más desinteresadamente, era necesario que lo hiciera.
Sin pérdida de tiempo me duché y me vestí, me asomé a la ventana y pude darme cuenta que hacía un día bastante desapacible, y me coloqué mi gabardina para salir a la calle.
Al llegar a Los Rosales, no vi a Jesús en toda la Avenida, decidí pasear un poco mientras venía, disfrutando de aquellas flores tan hermosas, la verdad es que se preocupaban de aquellos jardines, cada temporada cambiaban lo mismo las formas de la colocación de las flores, como las propias plantas.
En cada época ponían flores de su temporada, y claro está; aquella avenida siempre estaba tan bonita, limpia y en general bien cuidada.
Tan relajado iba con mis pensamientos, que no oí cómo me llamaba a la espalda hasta que no sentí unos pequeños golpecitos en el hombro.
¡Alfonso! ¿Es que no me oyes, o qué?
¡Jesús! Perdona estaba distraído.
¿Estabas distraído? Y tan distraído; si no "estabas", sigues estando.
¿Pero qué dices? Ya te estoy atendiendo ¿No?
¡Si, pero no me ves nada más que a mí. ¿Es que en el mundo no hay nadie más?
Sorprendido gire la cabeza mirando hacia los lados.
Allí estaba Eva, había venido con él.
¡Eva! Me da mucha alegría verte. ¿Cómo estás?
Ella se le veía callada, humillada, silenciosa, tímida. ¡La veía rara!
¡Hola, Alfonso! Encantada de verte.
¿Sigues en casa de Jesús?
Sí, no pienso seguir con Alfredo.
¿Qué dices, mujer? ¿Tan mal están las cosas entre vosotros dos?
No están mal, han estado mal siempre.
¿Cómo siempre? ¿Te casaste, porque estabas enamorada, no es verdad?
Sí, algo así, se puede decir.
¿Cómo algo así? O estabas, o no estabas.
Pues sí; lo estaría cuando me casé con él, pero por favor hablemos de otra cosa. Te lo agradecería.
¿Entiendes algo Jesús?
Se encogió de hombros y no dijo nada. Yo me quedé callado, los dos se adelantaron para caminar y yo les seguí.
¡Dios mío! ¿Cómo podía aguantarme? Tenerla tan cerca... ¡Tener el agua tan cerca y no poderla beber! Con el ardor que me consumía por dentro.
Yo miraba la flor más bella de toda la Avenida, la miraba a ella por detrás, le miraba sus andares y me preguntaba: ¿Cómo le dejé ir? No debí permitirlo.
Por otra parte fue decisión suya, tuve que respetarla, aunque tengo que reconocer que aún la sigo amando, y por más que quiero quitármela de la cabeza no puedo.
Me puse a su lado y le pregunte: ¿De qué quieres que hablemos, Eva? ¿De qué te apetece hablar a ti?
No sé...
Le noté cómo se sonrojaba cuando me puse a su lado. Lo hacía como cuando éramos novios, como una colegiala, aún éramos muy jóvenes, pero para eso...
¿Seguirá enamorada de mí? ¿O serán imaginaciones mías? (Pensaba yo...)
De cualquier cosa menos de mi, y mucho menos de Alfredo, disfrutemos los tres de un buen paseo como buenos amigos, y nada más.
Así estuvimos largo rato charlando, y caminando los tres.
El ambiente fue aparentemente bueno, a excepción de una reserva que había puesto Eva, y otra que ponía en la conversación Jesús sin querer.
(Me di cuenta que evitaba también el tema mío, cuando hacía referencia a ella
Por lo demás; todo muy bien, pasamos un rato muy agradable.
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En la conversación de Iñaki y el doctor Ugarte se respiraba una tensión que se podía tocar con la yema de los dedos, era un tema tan escabroso, tan delicado...
Alberto no los podía oír, pues estaban en la puerta de la habitación, con ese fin lo hizo Iñaki.
¡Miren qué es muy duro lo que me pide usted señor Irigaray!
Iñaki bajó la cabeza, entre cansado y avergonzado con la espalda curvada por el sufrimiento.
El doctor Ugarte los miraba de nuevo a los dos, y lo que veía en el (Un científico acostumbrado a que no le temblase el pulso por nada), que aquel caso de Alberto y de su familia le estaba haciendo más mella de lo que parecía, ni él cómo doctor lo soportaba ya.
Eran dos padres atormentados por una pesadilla macabra en sus propias carnes, en la sangre de su sangre.
Después de pensar largo rato en silencio, les dijo:
Tengan fe en Dios, que todo se solucionará. Les prometo que buscaremos una solución.
Buscaremos la mejor solución para Alberto.
Queremos llegar hasta donde haga falta llegar, doctor.
Está bien; para ello me tienen que prometer que van a tomarse unas vacaciones.
Que hagan un viaje, que se distraigan, que no quiero tenerlos como pacientes en otra habitación al lado de su hijo. ¿Me lo prometen?
Posiblemente lo hagamos, doctor, estamos agotados.
Tiene usted que dejarlo todo en nuestras manos, y confiar en mí. ¿De acuerdo?
Está bien doctor.
Capítulo XXII PARANOIA
Para aquellas fechas, los campos se empezaron a vestir sus mejores galas, el deshielo de las Nieves acumulada en las cumbres altas, poco a poco, daban lugar a ríos de gnomos, o pequeños lagrimales que se unían unos a otros formando pequeños riachuelos de aguas cristalinas, encargadas de calmar la sed de las praderas y tierras bajas.
Tanto en las sierras, como en los prados, el verde adquiría ese color profundo y hermoso que tanto me gustaba a mí.
Hacía un día espléndido y quise disfrutarlo, pues según se veía desde mi ventana... ¡Aquello era vida!
Me enfunde en mi chándal y corrí dirección sur.
El aire era fresco y agradable, se podía respirar naturaleza, ya se podía oler a la primavera, había unas algarabías de pájaros que anunciaban el apareamiento.
La vida comenzaba otro ciclo (Me dije), y, pensé: (Yo sigo con el mismo) Yo no era del todo feliz me faltaban mis dos amores, mi María que me quería mucho, y la Eva que nunca tendría, pero gozaba de lo que todos tenemos regalado y en la cantidad que deseemos, vivir. (¡La naturaleza.!)
Con aquellos pensamientos que me venían del comienzo de la vida y el deseo de vivir, no pude por menos que acordarme de la pobre Leocadia. ¿Qué habría sido de ella y de sus bebés?
Me gustaría saber cómo le va la vida.
Cuando vuelva iré al hospital a ver si me saben decir algo sobre ella, aunque supongo que no estará allí ya.
Pero alguna referencia me darán.
En el fúting de vuelta, lo hice por la avenida de Los Rosales.
¡Dios mío! ¡Cómo había vuelto a cambiar todo! Estaba hermosísimo.
Desde que entré en el paseo hasta el final del mismo, era una alfombra multicolor, se podía respirar un aroma dulzón en el ambiente.
Cuanto más me acercaba a la salida de la Avenida, mi paso disminuía, parece como si mi organismo no quisiese salir de allí.
Realmente era hermosa, hasta las estatuas que la velaban a trechos parece que tenían vida.
Parecían guardianes, por su conservación. (Como yo los llamaba)
Después de ducharme, me puse mi traje beige pret. a porter, mi camisa amarillina, y mi corbata punteada, me perfumé lo justo, y subí a ver que podía averiguar de Leocadia.
De Alberto ya creía que lo sabía todo.
Que ahí, había acabado todo. Que ese sería el estado que iba a tener el resto de sus días, y yo ya no podía escribir más sobre el tema.
Pero Leocadia... de Leocadia no sabía nada. ¿Qué habría sido de ella conseguiría el doctor Morales llevar a cabo el embarazo completo?
¿Y si era así, como estarían los bebés?
¿Cuántos serían niños, y cuantas niñas?
Me hacía muchas preguntas, pero si no preguntaba, y me interesa por ellos seguro que nadie me diría nada.
¡Tenía que preguntar!
¡Ah! Allí está admisión.
En esta ocasión la admisión la regentaba un enfermero. (Aquel empleo no era fijo, era simultáneo alternativo)
Oiga por favor.
¿Sí? Dígame.
Mire por favor, yo quería interesarme por una paciente del doctor Morales, supongo que ya no estará en el hospital, pero soy periodista y me gustaría saber cómo ha quedado del parto si es que lo tuvo y como están de salud.
¿Me dice su nombre por favor.?
¿El mío?
¡No, el de la paciente! Dígame...
Pues la paciente se llama Leocadia Zuasti, y se encontraba hospitalizada en la planta catorce habitación 1420.
Sí efectivamente...
Mientras yo hablaba con el, no paraba de mover los dedos sobre el ordenador. (Era rápido el "condenado")
Aquí lo tengo. "Leocadia Zuasti, planta catorce habitación 1420 dada de alta el 21 de febrero."
¿En febrero? (Me sorprendí, pues cuántos meses estuvo ingresada)
Sí, en febrero el día 21 se le dio de alta.
¿Y sabe usted cómo está ella, y los bebés? ¿"Dice" el ordenador algo de eso?
Pues no, el ordenador sólo "dice" que se le dio de alta a ella, a doña Leocadia Zuasti.
¿Y de los bebés no dice nada?
¡No! No dice nada.
Gracias, muy amable.
¿Qué habría ocurrido? (Me preguntaba)
¿Se malograría el embarazo como temía el doctor Morales?
Ya me entro el gusanillo periodístico, y decidí seguir investigando.
¡Podría hablar con el doctor Morales, a lo mejor él me podría decir algo más!
Giré en redondo, y me dirigí de nuevo al enfermero de admisión.
¿Sabe dónde puedo encontrar al doctor Morales?
En estos momentos estoy seguro que lo tiene en atención al paciente, si va allí quizá lo puede encontrar a esta hora.
Es usted muy amable, gracias de nuevo.
Sin perder tiempo me dirigí hacia los ascensores, y tuve suerte por los pelos, pero lo cogí, pues están tan solicitados que más que ascensores parecen aviones. (Están siempre en el aire)
Cuando llegué, la puerta del despacho de atención al paciente en medio de aquel pasillo (Tan largo y lúgubre, como me parecía a mí), la puerta estaba entreabierta, aún así di con los nudillos en ella.
¿Da su permiso?
¡Adelante! ¡Pase!
(¡Estaba! Seguía siendo un hombre con cierta suerte.)
Buenos días, doctor Morales...
Le saludé extendiendo el brazo para ofrecerle mi mano.
¡Buenos días! ¿Cómo está usted?
¿Con quién tengo el gusto de hablar?
Perdone usted, doctor, perdone que no me haya presentado, como yo le conozco daba por sentado... vamos que pensé que usted también me conocía, y no hacía falta presentación.
Lo siento, me llamo Alfonso Quijano, soy periodista.
Suelo venir a menudo a este hospital, y a esta planta por motivos personales, pues estaba escribiendo una tesis sobre las drogas, y he venido muchas veces a saber de Alberto Irigaray en el otro pabellón.
Sí; ya sé, lo lleva el doctor Ugarte, un gran amigo mío.
Pues si, así es doctor.
¿Y qué tiene que ver la habitación 1470 conmigo?
No, no. No me malinterprete doctor, le decía esto porque le había conocido yo a usted, pero usted a mi no.
Desde el principio me interesó el caso de Leocadia Zuasti...
¡Ah! Es eso.
Si doctor, me gustaría saber de ella, y sus bebés, pues en admisión no me han podido informar.
Sr. Quijano, lamento no poder ayudarle mucho, aunque quizá, sí pueda resolverle sus dudas.
Se lo agradecería en el alma doctor, pues en el caso de Alberto, desgraciadamente no puedo seguir escribiendo.
Pues, siento tener que decirle que los bebés por desgracia no llegaron a nacer.
¿Qué me dice?
Desgraciadamente lo que oye. Todos lamentamos mucho que no llegase el parto a su fin lógico y normal.
Tuvo la mala suerte la pobre Leocadia, de coger una infección en la sangre, que fue imposible de tratar mientras estaba en estado, y a los bebés los perdimos.
¡Dios mío! Usted lo supo, aquel día que leyó los informes, ya lo sabía.
Si, por desgracia, y a pesar de todo el interés que yo tenía en ese embarazo múltiple, se perdieron los sectillizos.
¡Qué lástima! Y... A Leocadia, que le ocurrió.
A ella le pudimos empezar a tratar la enfermedad a partir de ahí, y se llegó a restablecer totalmente.
¡Claro; por eso tantos meses en el hospital!
(Me dije yo sin dejar de pensar en Leocadia)
¿Dónde se encuentra ella ahora, doctor? ¿Sabe algo de su paradero?
Lamentablemente sí, pero es mejor que no se lo diga sólo podría agravar su situación.
No entiendo, doctor.
Pues la pobre no pudo soportar otra decepción maternal.
Había tenido una niña que sólo llegó a vivir pocos días, y sin alcanzar el mes se le murió.
¡Santo Dios! Pero... ¿Era el segundo embarazo fallido?
Sí, señor Quijano. Es una historia muy triste la de esa mujer, el acabar perdiendo la razón ha sido lo último que le podía pasar. No me imagino que le podría haber pasado peor que eso.
¿Loca? ¿Se ha vuelto loca?
Lo está pasando muy mal, por eso le digo que está en ese estado, pero no puedo revelarle el lugar donde se encuentra.
Si usted lo considera así... respeto su opinión y no la buscaré, se lo prometo.
Para su tranquilidad Alfonso, le puedo decir que le hago una visita casi todas las semanas.
Yo siento mucho lo que le ha ocurrido, doctor.
Si está interesado en saber de ella y su evolución...
¡Claro que sí, señor!
Venga a visitarme cuando quiera saber de ella. Ahora es tal su estado mental que precisa muchísimo reposo, y bien estar.
Así lo haré doctor. ¡Quede usted con Dios!
Que ÉL le acompañe.
No podía salir de mi asombro, había perdido el juicio y se encontraría en algún psiquiátrico del estado, o quizás fuera de él. ¿Quién sabe?
De todos modos debía hacerle caso al doctor, no la buscaría.
Sin embargo, me interesaba como periodista la evolución de aquella mujer ya que conocía su historia.
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Yo casi siempre estaba en las nubes, casi siempre mi mente se ocupaba de los problemas de los demás, y casi por no decir nunca, me dedicaba a mis pensamientos, a mí, o hacía los que yo quería, mi hija María por ejemplo.
¿Estaría bien en Nueva York?
Hacía tiempo que no me llamaba.
O en Eva que no podía olvidar.
A esa sí que no podía olvidar, ya había ido a caer otra vez en quien no debía, era una mujer casada con otro hombre, con problemas como todos los matrimonios. (Quería convencerme yo mismo)
¿Por qué pensaba en ella, si no debía hacerlo?
Cuando me asaltaba algún pensamiento referente a su vida ya, mi imaginación volaba y no salía del tema.
Me abrí una cerveza y me eche en el sofá, no quería darle más vueltas al tema, y me puse la televisión.
A los pocos segundos sonó el teléfono, lo cogí presto: ¿Dígame?
¡Hola...!
¡Eva! ¿Eres tú?
¿Cómo estás Alfonso?
¡Bien, muy bien!
¿Te puedo ayudar en algo?
No... te llamo sólo para decirte que he estado hablando con María.
¿Sí?
Me ha dado... me ha pedido... bueno; que te manda muchos besos.
¿Está bien? ¿Cómo la has notado?
Yo creo que bien, Alfonso, María es una niña responsable, y está con buena gente, yo la he visto... bueno; la he oído, y he interpretado que estaba bien, se reía mucho, hemos bromeado y me ha hablado de ti.
No sabes cómo te agradezco que me des noticias de ella. (También estuve por decirle que estaba encantado de oír su voz, pero eso no estaría bien aunque fuera mi deseo.)
Alfonso, como sabes, y te dije que no volvería con Alfredo... me he mudado con una amiga, si te puedo ayudar en algo, Jesús tiene mi teléfono, llámame.
De acuerdo, Eva... tú ya tienes el mío... te hago la misma oferta, si me necesitas para algo... no dudes en llamarme.
Gracias, Alfonso, un abrazo.
¡Adiós Eva...!
Me había quedado con las ganas de decirle tantas cosas... pero no, no podía, yo tenía que estar en mi sitio, era un hombre, y como tal me tenía que comportar.
Después de tener el auricular un rato al oído fue cuando escuché el clic.
Comprendí que ella también había estado en silencio esperando que yo colgarse.
¿Será verdad eso que dicen, que donde hubo fuego siempre quedan cenizas?
¿O, nos quedaba algún rescoldo encendido? No lo sabría nunca. ¡Alfredo! ¡Alfredo! ¡Alfredo!.
Estaba allí, Alfredo estaba allí y era su marido, aunque ella no viviese con él, todo podía ser una tormenta de verano y volver otra vez con él.
Yo no podría resistir otra decepción, ya lo pasé bastante mal la primera vez, y no quería pasar por eso otra vez, como digo.
Otro ¡¡RING...!! Me sacó de mi hipnosis.
¿Sí? ¿Dígame?
¡Alfonso, por favor te necesito!
La voz era angustiosa, estaba asustado.
¿Qué te pasa Jesús? ¿Qué te ocurre?
A mi no, a mi hermano, le ha vuelto a dar el ataque, por favor ven a ayudarme.
Enseguida estoy contigo, Jesús, no te preocupes, estate tranquilo.
¡Cálmate, que ya voy para allá.!
Capítulo XXIII CAMPUS
A Jesús lo encontré muy nervioso, aquella vez el ataque de Alfredo era bastante fuerte, y no sabía qué hacer con él.
¿Qué sucede Jesús? ¿Cómo está Alfredo?
Mal, Alfonso, yo lo veo muy mal.
Tranquilízate tú, no te vaya a dar algo también. Tranquilo que todo se arreglará.
Lo primero, es lo primero, llevemos a Alfredo al centro médico, allí sabrán cómo atenderlo . ¿No te parece?
¡Sí! Será lo mejor, Alfonso. Gracias por venir, yo me estaba poniendo muy nervioso, sólo no sabía qué hacer, contigo aquí estoy más tranquilo.
Pues claro llevémosle a urgencias. ¡Rápido!
En pocos minutos estábamos allí, por suerte aquel día, urgencias se encontraba bastante tranquila. No había esas aglomeraciones de costumbre, y lo pudieron coger nada más verlo en el estado en el que se encontraba. Era lamentable.
¿Cómo podía aquel hombre haber llegado a ese extremo de desidia total?
Hace algunos años, a primera vista nadie lo hubiera dicho.
Sobre todo, alguien que no lo conociese, pues ya llevaría mala vida, no creo yo que esto le haya empezado de un día para otro... seguro que no ha llevado buena vida.
Si, según Jesús, así era, ya recuerdo, ha sido siempre un calavera y ahora estaba pagando las consecuencias de todo lo malo que hubiera hecho.
Esperábamos Jesús y yo en la sala de espera tranquilos y silenciosos.
La tranquilidad fue poco lo que duró, en pocos minutos aparecieron; primero una y tras esa, otras dos ambulancias.
Intrigado por mi profesión (Como se suele decir defecto profesional), me asomé para ver lo que ocurría.
Sacaban a unos niños de ellas algunos por sus pies pero otros los llevaban en camillas, cubiertos con alguna manta para mantenerlos calientes.
Pero... ¿Qué había sucedido?
Eran todos niños, que pudiera apreciar tres de ellos en camillas se les veía graves.
Los que bajaban de las ambulancias a pie ya se les veía mejor, pero con caras y manos hinchadas.
No pude evitar interesarme por aquello también. (Estaba comprobado que, o era un curioso, o un Quijote.)
Quería saber qué había ocurrido.
Con todo aquel revuelo no me atreví a acercarme a la admisión, pues la gente se agolpaba y empujándose unos a otros, casi todos gente bastante joven.
(Posiblemente serían los padres de los niños, pensé esperar un poco y luego iría a preguntar.)
Aquel día había amanecido bastante claro y limpio.
Un día soleado, de ya entrada la primavera, y hacía bastante calor.
Jesús no decía nada, sólo me miraba de vez en cuando.
No te preocupes Jesús, que todo se arreglará. (Trataba yo de mitigar la situación en lo que estuviera en mi mano a pesar de todo. Sí; porque en realidad él era un sinvergüenza que ni me iba, ni me venía, pero era un ser humano, y debía socorrerle.)
El que Eva, se fuera con él puede que no fuese culpa suya, se iría porque quiso, lo amaría más que a mí. No hay otra explicación.
¡Dios! Me tiene obsesionado esta mujer desde que sé que no es feliz.
En realidad ya veo que va en serio, no es feliz a su lado, y conociendo por encima como conozco a Alfredo, me puedo creer que así será.
¡Olvídate, Alfonso! ¡Olvídate maldita sea!
Otra vez, que juraba. ¿Qué me pasaba.? ¿Cómo estaba cambiando tanto?
Jesús. ¿Te importa por favor si te dejo unos minutos y me acerco para ver qué ha ocurrido con estos niños?
¡Por supuesto! ¡Por supuesto que no, claro!
Te esperaré aquí, por si vuelves.
Volveré Jesús, no tardaré, te lo prometo.
(Quería evadirme de mis pensamientos, quizá más que los deseos que tenía en cubrir la noticia de los niños.)
Así que pregunté en admisión, y me informaron de lo que había ocurrido, pero quise salir y cubrir la noticia en la calle con las gentes, insito, como me gustaba a mí.
Y tras despedirme de Jesús, salí del hospital para dirigirme al colegio Santa Clara, que era donde ocurrieron los hechos.
Cuando llegué, el desorden era total, había niños por todas partes, unos gritando, otros llorando y otros expectantes desorbitados contemplando a sus amiguitos, en el estado que se encontraban tan lamentable.
Busqué al director, o a la directora (Ese centro no lo conocía yo), para que me diera alguna explicación, pero, después de todos mis intentos, la búsqueda fue infructuosa.
El primero que vi, después al salir al patio fue al jardinero.
Oiga usted, por favor. ¿Me podría decir que ha ocurrido aquí?
Avispas, Señor.
¿Cómo avispas? ¿Las avispas han hecho esto?
Pues sí, señor. Alguna ventana del piso superior se encontraba abierta, por donde tuvimos la mala suerte de que entrara una cantidad total de avispas africanas que fueron las causantes de este desastre, se lo aseguro.
¿Africanas? ¡Dios mío! Pero... ¿Africanas en Europa?
Así es, señor.
Alguna colmena africana en emigración, o alguna colmena autóctona ya del país. Pero que por el daño que han causado, eran avispas africanas.
¡Qué barbaridad! ¿Y han causado algún herido grave?
Pues por desgracia había tres niños bien afectados, la dosis de veneno ha sido muy alta, por lo que decían los médicos.
Luego hay de catorce a veinte de menos importancia.
Gracias, es usted muy amable, y me ha servido de gran ayuda.
Volviendo sobre mis pasos al hospital, por el camino llamé a mi redactor.
¿A loooo, máquinas?
...
Soy Alfonso, si no tenéis la información de las avispas africanas...
...
Sí, sí una colmena, que ha entrado por la puerta del colegio... perdón, no exactamente por la puerta, ha sido por una ventana situada en el segundo piso, y han podido causar alguna baja, de momento hay tres niños graves, y una quincena leves.
...
En el colegio Santa Clara.
...
¡Pues claro, no te lo digo!
...
Menos cachondeo, y perdona la expresión Diego, que esto es muy serio, el campus del colegio parece un campo de batalla.
...
Pues claro, móntala tu, ya sabes como yo trabajo, pero no te pases.
Venga, vale. ¡Cuídate!
............................................................................
En el hospital, todo parecía que iba bien gracias a Dios, era un centro preparado para cualquier emergencia (O, eso decían), y con los mejores profesionales de todas las ramas.
Doctos, cristianos, y conociendo cada uno su oficio a la perfección, no tuvieron ningún problema y aquello no quedó más que en un incidente con alguna causa grave, pero controlada, pronto saldrían del peligro.
Fue mayor el impacto del susto.
Jesús, ¿qué? ¿Sabes algo de Alfredo?.
¡Sí! Ya está bien, pronto bajará.
Has hablado con los médicos.
Sí, con el doctor que lo ha atendido en urgencias, un chico joven con un gran futuro, se ve que como profesional no tiene precio.
Es un hombre de estos que escogen, y luchan por su profesión, un buen doctor... muy bueno diría yo.
¿Y qué? ¿Qué te ha comentado?
Pues, primero me ha aconsejado que te agradezca con una buena comida tu ayuda y tu interés.
Menos guasa Jesusin, que nos conocemos.
¡Me has cazado! Vale, eso no lo ha dicho, pero que mi hermano esta ya mejor, y se vendrá a casa, eso sí, te lo prometo.
Bueno, eso sí te creo. Tu hermano es una persona joven y fuerte, además no aparenta ni la edad que tiene, para haber llevado la vida que ha llevado.
Tienes razón... amigo mío. ¡Qué distintos somos los dos, pero es mi hermano, y no puedo evitarlo, nació en mi casa, de mis mismos padres, es sangre de mi sangre, y aunque sea un degenerado tengo que cuidarlo.
¡Hombre, Jesús, tampoco le llames degenerado.! No creo que se lo merezca.
Pues él se merece ese apelativo como tú, el de cándido.
¿Qué me estás diciendo? ¿Pero Jesús, te has vuelto loco? Mírame, que soy tu amigo Alfonso.
No te lo tomes a broma Alfonso, que todo es más grave de lo que te parece.
¿Es que tienes que decirme algo que yo no sepa? ¡Contesta!
¡No! No debo decirte nada que tú no sepas.
¿Cómo que no debes?
No, Alfonso, no insistas, no puedo hablarte.
¿Hablarme, de qué?
De nada, olvídalo, te digo que mi hermano Alfredo es un degenerado, que no se merece que le ayuden a nada, no se lo merece.
Sólo se merece que le dejen vivir a su aire, y morir también, como un perro.
Pero... por favor Jesús, me estás asustando.
Pues no te asustes, y perdóname, ya te digo que lo olvides todo.
No puedo olvidarlo, me has dejado tan intrigado que pienso que tienes algún problema que no me quieres decir, y sabes que soy tu amigo, y yo, por mi mejor amigo te tengo.
Si, Alfonso, y quiero que siga así, tienes que confiar en mí.
¡Está bien! Si me lo pides tu que sea así, así será, pero me dejas preocupado, que conste.
Sabes que Dios siempre le lanza un cabo a quien lo necesita. ¿Verdad, Alfonso?
¡Así es!
Pues estate tranquilo, que así será.
Ya veo que quieres dejar el tema.
¿Sabes algo de Eva? ¿Sabes cómo sigue?
No te dije Alfonso, se mudó con una amiga a vivir con ella.
¡Sí; ya lo se! Me llamó Eva para decirme que había hablado con María en Nueva York, para decirme que se encontraba bien, y se acordaba mucho de mí.
¡María!
En María, no pienses más. Te preguntaba por si la habías visto últimamente.
No, si yo no tengo por qué pensar nada, ni saber nada. Sólo te digo Alfonso, que nunca te defraudaré, aunque pueda parecer otra cosa.
Lo que me has estado pidiendo que te cuente, es un secreto que me han pedido que silencie, y tú me conoces, soy incapaz de traicionar a un amigo, o amiga.
Ya sé Jesús, sólo quería ayudarte, he echo lo que me has pedido, y yo he podido traer a tu hermano al hospital, y tú también sabes que me tienes para lo que se te ofrezca.
Ahora creo que saldrá bien Alfredo, y podremos ir dando un paseo... si tienes algo que hacer...
Pues ahora a la hora que es, después de haber pasado toda la tarde aquí, pues pienso que lo mejor es irse a la cama.
De acuerdo Alfonso, y gracias por todo.
Sabes que no tiene importancia. ¡Adiós!
Nos vemos.
Yendo por el pasillo quise rematar la tarde y ver sobre Alberto si seguía igual, si se lo habían llevado ya a casa...
Aunque las notas que tenía de mis indagaciones de aquí, y de allí, me decían que tan mal estaba él, como sus padres.
Seguro que estarían allí.
Les haría una visita rápida.
Subí al ala de maternidad que me venía mejor, y de allí pasé al ala de la neurocirugía del doctor Ugarte.
Cruzaba el pasillo, cuando frente a mí pude observar unas faldas que se movían como las campanas de la misa del Gallo, con el bamboleo del capote de un torero cuando cita el toro, y se va acercando a él.
Levanté la mirada y... Era aquella chiquilla tan simpática y pizpireta, con el carácter tan risueño y simpático, y con la actitud tan servicial a todas horas.
Fue un acto reflejo, me acordé del implante de los ciegos del doctor Ugarte, y quise ver cómo estaba ese tema.
Lo intentaría al menos.
Al llegar a mi altura se dirigió a darme las buenas noches, cuando la abordé yo primero. (El ataque del periodista, dar primero aunque recibas después)
Perdone señorita, permítame que me presente, me llamo Alfonso, soy... una persona interesada por los avances científicos, por las últimas técnicas, y cómo estoy enterado del micro emisor receptor... (La chica me miraba como diciendo... "este hombre de que me habla") pues, me quisiera informar cómo van las investigaciones.
Lo siento, caballero, no se lo que usted sabrá, pero yo soy nueva en el hospital, y siento tener que decirle que yo no sé nada, no se a qué se refiere.
Me refiero, a la micro- implantación que pretende hacer el doctor Ugarte y su equipo en los ojos de los invidentes, para permitirles poder "captar," no ver; "captar," los obstáculos.
No, señor, no estoy enterada, pero me enteraré si puedo por sí otro día le puedo ayudar más.
Gracias simpática, eres muy amable.
Sí, eso es lo que dicen, pero no es verdad.
(Y se alejó con su vaivén y su meneique modelesco.)
Ya se me hizo tarde y decidí ver a Alberto otro día, no quería molestar.
Capítulo XXIV AÑORANZA
Aquella misma noche sólo como estaba, decidí cenar en una pequeña terraza orientada al oeste, aquella terraza era mi sitio preferido de la casa, pues me permitía ver la puesta del sol.
Aquellos ocasos tibios de la primavera, con la vista que se me perdía en el horizonte. Un horizonte tapado por una cortina de montañas que no me permitían ver mi tierra, y detrás de las cuales se dormía el sol.
Yo, como soy tan iluso y soñador, me imaginaba ser el sol, el padre de toda la vida sobre la tierra, y tras la larga jornada que tenía la obligación de hacer diariamente, para ver a mis criaturas desde las más ínfimas, a las más enormes, volvía a mi casa, a mi sur-oeste de mi añoranza, donde permanecía hasta el alba del día siguiente que volvía a darme cuenta, que aun siendo el sol, no estaba en mi tierra, estaba en la otra parte del mundo.
Cuando alguien es emigrante como yo, eso marca mucho, y no olvidas jamás, ni a tus amigos ni a tu tierra, por muy lejos que te vayas.
Que me pongo melancólico y ya tengo bastante tristezas con las ajenas, y alguna mía...
En ese momento llamaban con insistencia a la puerta.
¡Ya vengo, ya vengo! (Les gritaba)
Aunque salía pronto de mi nube, necesitaba mi tiempo, para salir de un sueño.
¡Jesús! ¡Eva! Pero bueno... ¿Me quieres matar de alegría... (La vida es otro sueño, y los sueños, sueños son)-¡La volvía a ver!
Una visita aunque sea de tarde en tarde, siempre viene bien. ¿No crees Alfonso?
¡Más a menudo! Eso es lo que deberíais hacer, visitarme más a menudo.
¿Tú también podrías hacerlo? ¡Vamos, digo yo!
Sí; tienes razón, Jesús.
Pero pasad, por favor, no os quedéis ahí parados. ¡Adelante! Poneos cómodos.
Siempre que ella estaba delante de mí parecía un colegial, también me quedaba más cortado que una cuajada.
Pero tenía que estar en mi sitio, y no flaquear. ¿Que tal estás tú, Eva, que estas muy callada?
Pues, muy bien...
¿Mejor, con tu marido? ¡Perdona! No debí decir...
No te preocupes, Alfonso, puedes decir o preguntar lo que quieras, estas disculpado.
Respondiendo a tu pregunta... sí; mejor, mucho mejor, diría yo.
Yo me alegro que te vayan mejor las cosas. Siéntate en la terraza si quieres, ahora os pongo algo de comer.
¡No! Déjame ayudarte.
¡De acuerdo!
¿Jesús, te has servido, o necesitas algo?
¡Estoy completo gracias!
En la cocina, Eva por un lado, y yo por otro, íbamos buscando lo necesario para poder cenar.
Ella sabía dónde estaba todo, pues vivió conmigo algún tiempo, y sabe de sobra que soy un hombre ordenado y tengo un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio.
Sin embargo, de vez en cuando no podíamos evitar rozarnos, o bien nuestros cuerpos, o bien nuestras manos, y alguno de los dos daba algún tímido perdón, que al igual que yo, estoy seguro que ella tampoco sentía, por la forma de ruborizarse y sonreír.
Pero, era una sonrisa tímida y resignada. La verdad, es que no veía en ella ningún detalle que me diera pie a pensar otra cosa.
Durante la cena parecía ir todo bien, con los mismos detalles que en la cocina, cosa que a Jesús no se le pasaba por alto y guardaba un silencio de tumba.
Aquello se enconaba más, era una situación ya insostenible y tuve que preocuparme yo de ver qué pasaba.
Jesús. ¿Te ocurre algo?
¿Es que lo parece?
Pues mira; ya que lo preguntas, sí.
¿Qué te ocurre? ¿Quieres contarlo? ¿Tienes otra vez problemas con Alfredo?
¡No Alfonso, no!
Recuerdas que no te quise decir nada cuando tú insistías tanto... pues estoy pensando lo mismo, y sigo sin poder decirte nada, estoy sufriendo mucho con esta situación, sé que Alfredo es mi hermano, pero cuando te dije que era un degenerado me estaba quedando corto.
Pero... ¿Qué motivos tienes tú, para decir eso de tu hermano? ¿Me quieres explicar?
Me gustaría, pero... no puedo.
Y tú, Eva. ¿Sabes algo de lo que le pasa a Jesús, o a su hermano?
Eva bajó la cabeza y no dijo nada, pero Jesús, ya no pudo más y saltó.
¡Eva, tienes que decírselo!
¿Decirme, qué?
¡Eva por favor! Así no puedes, ni podemos vivir ninguno. No hemos tenido secretos jamás, hemos sido buenos amigos, díselo.
¡Tienes que decírselo, o lo haré yo!
A Eva le latía el corazón a gran velocidad, le estaban dando unas taquicardias del sofoco que pasaba en aquellos momentos.
Hubo un silencio donde cada uno esperaba que hablase el otro, el mismo silencio que rompió el estallido del llanto de Eva.
El llanto era desconsolado, era un llanto amargo como la hiel, y ardían sus lágrimas.
Aquellos bellos ojos que Alfonso nunca se imaginó que pudiera ver llorar, estaban llorando.
Estaba atónito. ¿Qué ocurría? ¿Por qué lloraba de esa forma?
Si por su marido no era, y María estaba bien... ¿Por qué lloraba?
Estaban... Le ha ocurrido algo a María.
(Respondí sobresaltado)
¿Está bien, mi hija? ¡ Dímelo ¡
Sí... no te preocupes...
Gimiendo, y a duras penas entre llanto, pudo seguir hablando.
Es por algo que le conté a Jesús, y le hice prometer que no lo dijera jamás.
Cuéntaselo todo Eva, quiero que le cuentes todo lo que me contrastes a mí.
Eva miraba con tristeza a Jesús, sin saber por dónde empezar.
La culpa es mía Alfonso, y no te merezco, se que cuando te abandoné hice mal, lo peor que puede hacer una mujer.
Bueno, pero eso ya está olvidado, yo lo que quiero es que seas feliz.
Llevo muchos años sin serlo...
¿Pero por qué?
Poco después de casarme descubrí cómo me había conquistado Alfredo, llevo sufriendo desde entonces el remordimiento de mi error, pero ya me había casado con él, y no era digna de ti. Como te digo he sufrido mi castigo todos estos años.
Pero... ¿Qué ocurrió? No comprendo...
En ese momento interrumpió Jesús, para poner las cosas en su sitio:
¡Que le había cambiado el tratamiento de la jaqueca, por unos alucinógenos hipnóticos! ¡Eso es!
¡Canalla! ¿Pero como pudo caer tan bajo?
Porque es un degenerado, un sinvergüenza y un canalla, como le has llamado tu, y no le adulemos más, que su nombre será otro, probablemente.
¡Y ya no puedo amar a nadie!
Lloraba Eva angustiada ahogándose en la pena.
Me dieron ganas de decirle todo lo que sentía por ella, cogiéndola de un abrazo y colmarla de besos.
Pero antes de rodearle con mis brazos la ira me calmó, sí; la misma ira de pensar en el canalla de Alfredo, me trajo a la cabeza que era su marido, y me contuve.
Lo que no te dice, el por qué esta sufriendo desde entonces; no fue por el veneno, ni la acción de Alfredo, fue por el hecho de haber sido tan débil, y haberte abandonado.
Lo siento, Eva, lo tenía que decir.
Sea como sea, Alfonso, ni merezco que me quieras, ni podré jamás, amar a otro hombre.
Estaba en dudas si hacerle aquella pregunta, o... ¿No? Pórtate cómo eres Alfonso (Me dije a mí mismo); sé un hombre.
¿Es que sigues enamorada de mí?
Con eso, se cayó el mundo, la tierra se había quedado tan silenciosa que, parecía que la humanidad, y sus estruendosas máquinas habían desaparecido.
Tras un largo silencio, muy largo, que me pareció eterno, Eva dijo:
Me acercas a casa Jesús, por favor.
Ya sabes que lo haré, encantado. Cuando tú digas.
Alfonso... (Continuaba entre lágrimas aún, Eva ) creo que me debería de marchar ya, es tarde...
Nos despedimos con un beso en la mejilla, y a Jesús un fuerte apretón de manos y un... "gracias Jesús".
............................................................................
A la mañana siguiente, el primero que se le veía deambular por los pasillos del quirófano era el doctor Salvatierra, a eso de las ocho de la mañana, era como sabemos el encargado de tener, y mantener en perfecto estado de actuación, o intervención, varios de los quirófanos, entre ellos y en especial, el que dirigía el doctor Ugarte.
Allí, cada uno como sabemos hacía maquinalmente sus trabajos, los enfermeros ya sabemos que son números sin más, y todo tiene su tiempo, hasta el tiempo libre. (Sí; claro, también los médicos y enfermeros tienen sus ratos de ocio)
En la cafetería del centro era donde se reunían casi todos los días en grupos, los gremios de distintas especialidades, o según los equipos de trabajo.
Así que se reunían junto al doctor Ugarte, su amigo y compañero de planta (Aunque cada uno en lo suyo), el doctor Morales, el ginecólogo y científico de la planta de maternidad nº 14, y aunque no siempre, de vez en cuando, solía aparecer el doctor y anestesista don Unay Salvatierra, ayudante del doctor Ugarte en el quirófano número cinco.
Se juntaban habitualmente en la misma mesa de cristal, diáfana, iluminada y discreta, allí el doctor Ugarte contó a sus colegas lo sucedido con los padres de Alberto, con respecto a su situación.
Señores... como hombres de toda confianza que son, y amigos míos, quisiera hacerles partícipes de algo en lo que me gustaría me diesen su opinión.
¿De qué se trata doctor Ugarte?
El doctor Morales era el hombre más conversador, y se prestaba más a ello, Salvatierra era más recatado, más callado y retraído.
Pues vera, Sr. Morales, tengo un paciente, que no es humano...
¿Eh?
Es una piltrafa, es un ser que ha hecho a pesar de su poca edad, cosas muy gravísimas, y digo cosas no cosa.
Son infinidad, innumerables, según sus padres sus fechorías, de tal modo, que debe de estar sufriendo alguna especie de castigo divino.
¿Tan grave es, doctor Ugarte?
Pues sí; amigo mío, ya lo que ha hecho no tiene remedio, pero a mí lo que me preocupa es que puede seguir haciendo daño, aún en el estado en que se encuentra.
Esta cerebralmente muerto, justo pestañea, no puede mover un solo músculo de su cuerpo, incluso ni la lengua.
¿Estamos hablando del chaval del accidente?
¡Exacto!.
El caso es que viendo sus padres que puede estar sufriendo en ese estado, que como pueden imaginar es denigrante, y viendo afectadas sus vidas con riesgo de muerte, me han encargado que trate a Alberto, con las ondas electromagnéticas cerebrales.
¿Usted cree, que le puede dar resultado doctor? (Se adelantó el doctor Salvatierra)
Señor Unay, yo lo dudo enormemente, creo que en su caso no surtirá ningún efecto, pero la desesperación de sus padres es tal, que... y esto es lo que quiero que mantengan en secreto; no se lo pido como doctor, se lo pido, como amigo, y estoy seguro que sabrán responder
Como les decía... sus padres están en tal grado de desesperación y desorden mental, que quiere experimentar las ondas, o cualquier otra cosa, aun a riesgo de la muerte de Alberto, no pueden verle en ese estado y están dispuestos a hacer cualquier cosa, aunque tuviera que ser la eutanasia.
Sí; han oído bien, la eutanasia.
Pero, eso está prohibido, lo sabe usted tan bien como yo.
Si amigo Morales, sí, ya lo sé, pero yo estoy padeciendo este caso como si lo tuviera en mis propias carnes.
Esos padres van a caer, y cuando digo caer, digo morir cualquier día, no pueden con el problema de Alberto.
Y por otra parte, no van a vivir ni aún en la hipótesis de que se llegase a recuperar algo, muchos años, y si son mayores, ahora lo tienen, pero de que pasasen unos años no podrían atenderlo. ¿Qué sería de los tres?
Alberto bien mirado está muerto, y si tiene algún sentido, posiblemente esté pidiendo a gritos que lo curen, o que lo maten. ¿No cree usted, Sr. Morales? Pues sí; doctor Salvatierra, eso sería lo que podía pensar yo, si estuviese en su lugar, seguramente.
¿Qué opinan ustedes? ¿Doctor Morales?
Creo que sus padres tienen razón, debemos intentarlo todo, ya está perdido el; que no se pierdan sus padres, que no han hecho nada para merecer esto.
¿Señor Salvatierra?
Pienso que deberíamos intentarlo, más ya no se puede hacer.
Y lo que se puede perder, como bien dice su padre es preferible que no sufra más.
Incluso...
Bien señores, les agradezco su ayuda, piensen en todo lo que hemos hablado, ahora nos esperan nuestros pacientes.
Señor Salvatierra, no olvide la reunión sobre la ecolocación.
No lo olvidaré, doctor Ugarte, gracias.
Hasta mañana.
¡Vaya con Dios, Unay!
Así, el doctor Ugarte, y el doctor Morales, se despedían de Salvatierra, y se dirigían por el pasillo donde se pararon unos segundos.
Capítulo XXV REANIMO
Por cierto; doctor Morales, qué me puede decir de aquella paciente suya de los sectillizos. ¿Qué fue de ellos? ¿Salió todo bien?
Dando un suspiro profundo frunció la boca, y haciendo gestos negativos le dijo: ya pasó todo aquello doctor, tuvimos grandes complicaciones.
¿Qué fue mal en el embarazo?
En el embarazo no, si todo iba muy bien.
¿Entonces?
Tuvimos la mala suerte de que Leocadia cogiese una infección en la sangre, y no pudimos tratarla con antibióticos, si lo hacíamos, los bebés morirían y preferimos arriesgarnos, y confiar que la madre se recuperase por ella sola, pues disponía de buenas defensas.
¿Y no lo consiguió?
No, amigo Ugarte. Todo el empeño que puse en ese caso... realizamos todo los esfuerzos, y medios a nuestro alcance, pero...
Ya lo siento, Morales...
Y eso no tendría las consecuencias que tuvo, si no habría sido porque tuvo otro parto, en este caso parto fallido, no llegó al mes la criatura, y por ese motivo aún fue peor.
¿Peor? ¿Peor por qué?
La pobre Leocadia la tuvimos que internar en un sanatorio psiquiátrico, donde aún le sigo atendiendo, pues me interesa mucho su salud.
¿Es que perdió el juicio?
Si, doctor Ugarte, aunque estoy convencido que se recuperara.
Cuando decidimos la inseminación y sopesamos los riesgos, pues tenía 40 años, y creímos que podría superar el embarazo, tuvimos esa mala suerte, que se le va a hacer... pero esta enfermedad al menos, sé firmemente que la superará, por eso la visito semanalmente, y voy apoyando su tratamiento, y conociendo de cerca su evolución... así yo, que la conozco bien, sirvo de mucha ayuda al doctor Zubieta, que es el médico psiquiatra que la lleva.
Vaya por Dios, cuánto lo siento, doctor Morales, de verdad que lo lamento, pero si usted dice que se recuperara, estoy seguro, que sí, máxime cuando dispone de su presencia y ayuda constante y continua.
Eso espero, amigo Ugarte, eso espero.
Bueno; nos veremos en la reunión de la ecolocación, doctor Morales, ya tiene terminado el invento reducido a la máxima expresión, el doctor Mendoza.
No faltaré, doctor Ugarte. Que pase usted buen día.
Igual le deseo, amigo mío.
Yo me había estado haciendo el distraído, como que conmigo no iba, sentado en un sillón a su lado como que leía el periódico.
Últimamente estaba aprendiendo mucho del oficio de detective, o quizá sería mi famosa buena suerte, y quizá sólo casualidades que me venían rodadas, el caso es que me enteraba de cosas que me eran útiles hasta entonces.
Me dirigí ya a mi casa con el fin de descansar un poco, por el camino me machacaba la cabeza otros recuerdos, cuando Jesús me contó que Alfredo le había pegado a Eva.
Como, la sangre me circulaba a gran velocidad cuando estuve hablando por teléfono con Eva, en casa de Jesús, y como luego acudieron los dos a la cita, y no pude por menos que sentirme azorado, y en ella también notaba su intranquilidad, su nerviosismo, se ruborizaba cuando nuestros cuerpos se acercaban, aunque intentaba separarse, yo noté que se ruborizaba.
¿Cómo era posible, que últimamente todas las conversaciones o pensamientos que tenía, fueran a parar, a Eva?
¿Cómo, toda mi vida se encauzada a ella?
Con lo tranquilo que había estado estos años pensando que era feliz.
Ahora lo dudaba. No sé, por qué aquélla pelea con Alfredo, sería cosa de matrimonio, "los más queridos son los más reñidos" dice el refrán.
Por otro lado... ¿Cuándo conversaba yo con Jesús en el hospital, el día que llevamos a su hermano, lo noté muy raro?
Y mira lo que era. ¿Cómo podía ser tan sinvergüenza una persona.?
¿Cómo pudo cambiarle las pastillas de las jaquecas, por aquellas hipnóticas? ¿Es que él, era también usuario de ese tipo de porquería?
No me extrañaría nada, esos ataques cada vez más a menudo, y más fuertes.
Sigue con el alcohol, y al parecer no deja su vida nocturna y dudosa, pues algún día le puede ocurrir algo como a Alberto.
"Todos recogemos la cosecha de lo que sembramos" y él, algún día la recogería, no había duda.
Aquel mediodía, comí mascullando todo aquello, y más, pero me seguía repitiendo, una y mil veces, es una mujer casada, es una mujer casada y él, es un sinvergüenza, y aunque haya decidido no convivir con él ni lo haga nunca, ahí estará, será una sombra que le seguirá a todas partes, y yo debo mantenerme al margen siempre que pueda.
Por otra parte, ella quiere vivir así; lo ha dicho, no espera ni podrá amar a ningún hombre.
Pero me quedaba lo que había oído de sus labios, que no era merecedora de mi amor, y que me quería, pero nunca sería de nadie, que sufriría su error toda su vida, pero sola.
¡Dios! ¿Cómo puede complicarse tanto la vida? O... ¿Debería decir, que somos las personas las que completamos los destinos de cada uno de nosotros?
Porque la vida está ahí, sólo hay que disfrutarla, sólo hay que vivirla.
Pero por desgracia para la "humanidad", nos hizo Dios tan complicados, que ni nosotros mismos somos capaces de manejar los hilos de nuestro propio destino.
Dando todas estas vueltas a mi entorno, a mi vida y a mis amigos (Otros no tanto), me quedé dormido en el sofá, y por lo que pude apreciar después, fue una siesta envidiable.
Era ya más de media tarde cuando desperté y quise vivir un poco más aquel día, era buena hora y a la temperatura no se le podía pedir más, ni mejor.
Me coloqué el chándal, que me había comprado, quería disfrutarlo aquel día y como de costumbre cogí dirección sur-oeste.
Siempre me parecía lo mismo, llegaría a mi tierra haciendo una carrera, luego de vuelta a mi tierra y mi casa adoptivas.
Aquel atardecer era como tantos otros, tan hermoso que te extasiaba, por el color del cielo, la luz tenue y a la vez brillante de un sol, que se retiraba tras las sierras, a mi tierra a descansar. (Como yo acostumbraba a soñar despierto)
Todo me llenaba tanto... todo me daba tantas ganas de vivir...
Aquel día varié el rumbo ligeramente (No sé por qué; pero me salió así), y me dirigí por el camino peatonal que acompañaba al río, en su recorrido entre los álamos, zarzas, rosales silvestres, sí; los escaramujos y zarzales de sus orillas, donde cientos de animalejos tenían sus moradas...
El saltar del agua sobre las piedras, y en general el de la corriente del río me puso melancólico, hizo que me volviese a acordar de todo lo de mi sobremesa, y mi cabeza empezó a funcionar, me brotaba el romanticismo y la poesía salió.
PIROPO A MI AMOR
Ni la espuma del mar,
ni la brisa del aire,
ni las perlas de la noche...
son comparables...
a tu suelo.
A ese suelo que pisas, y que venero,
ese suelo que sabe cómo te quiero...
que amo tus ojos...
que amo tu pelo...
amo tu boca,
amo tu risa,
amo todo tu cuerpo y beso,
el suelo por dónde pisas.
En aquel momento me quedé clavado al suelo, jadeante por la carrera. ¿Tanto la quiero, que puedo decir estas cosas?
Había perdido muchos años de nuestra vida, yo creyendo que se fue de mi por amor y era feliz, más no fue nada de eso.
Ese canalla se burlo de mí, y de su cariño.
¿Pero, por qué no me lo hizo saber antes? ¡Tenía que haberlo hecho! ¡Maldita sea!
(Ya casi no me importaba jurar, era tal la indignación que tenía)
Cuando alcé la cabeza para seguir en mi carrera, me llamó la atención un hombre solo en lo más alto del puente que cruzaba el río, un puente de hierro, de unos 100 m de largo, donde se elevaban a cada trecho de unos 25 m unos altos torreones que servían de cimiento y tensores del mismo puente.
¿Qué hacía allí aquel hombre?
Al principio pensé que se trataba de algún obrero reconstruyendo algo, pero a medida que seguía mi fúting por el camino me acercaba más al puente, y no podía evitar de vez en cuando mirar hacia el hombre, hasta que pude reconocer de quien se trataba, no lo podía creer.
¡Dios santo! ¡Iñaki, pero...! ¿Qué le ocurre a este hombre?
Ya sabía que estaba bastante afectado, pero no me podía imaginar que hasta aquel extremo.
¡Se pensaba suicidar! Pero... ¡Dios mío, qué iba a hacer?
En esos instantes no pude reflexionar lo rápido que hubiese querido, estaba atónito. ¿Qué hacía? ¡Dios!
Al fin pude reaccionar, estuve tentado de gritarle que no lo hiciera, pero luego gracias al cielo recapacite. (Si le grito, lo más seguro es que se ponga más nervioso, y se lance al vacío)
Con la mayor precaución para que no me viese me coloqué a su espalda, y comencé a subir la torreta maldita (Gracias a Dios estoy en forma, y no sufro de vértigos). todo lo silencioso que pude, siempre por su espalda.
Iñaki parecía de cera, tan abstraído estaba en sus pensamientos (Aquellos que yo conocía tan bien), que no pudo oírme ni verme, sus ojos estaban clavados en el fondo del río, desorbitados, el trance por el que estaba pasando era duro, muy duro, yo lo comprendía, pero aquello no podía hacerlo.
Y estando en su espalda, me aseguré yo bien con los pies y pantorrillas a los travesaños de los refuerzos del puente antes que nada, y una vez echo esto, sin más dilación me lancé a él cogiéndole fuertemente, gracias a Dios, ni era un hombre que pesaba mucho, ni era un hombre con suficiente fuerza, ya las tenía perdidas.
¡Iñaki! ¡Por Dios! ¡Qué es lo que intenta! ¿Está loco?
Él tenía la lucidez suficiente para reconocerme, y lo hizo.
¡Déjeme, Alfonso! ¡Déjeme, por favor! ¡Deje, que termine esta pesadilla!
¿Pero qué dice? ¿Es que no supone nada la vida para usted?
Ya no. ¡Déjeme!
No puede hacer esto, su mujer y su hijo lo necesita, tiene que ser fuerte Iñaki.
Ya no tengo fuerzas... no aguanto más...
¡Debe hacerlo! ¡Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo!
Tiene que reponerse, y seguir luchando.
Iñaki parecía un guiñol en mis brazos, aquella situación se hacía demasiado larga, y yo tampoco podía soportar mucho tiempo así
¡Tiene que pensar en su mujer Iñaki, debe ayudarme a que le baje de aquí. ¿De acuerdo?
Lo estaba viendo tan indefenso e impotente, que aprovechando que aún tenía fuerzas, con una mano me solté la sudadera de la cintura desatándola con una mano sin perderle de vista, y sujetando con la otra a Iñaki.
Con ella pude hacer una especie de arnés con el que rodee su cuerpo, y tras asegurarme de la fortaleza de los nudos introduje un brazo por la sudadera, y poco a poco, pude hacer que me ayudase a ir bajando de allí, hasta conseguir llegar al suelo, donde ya pude atenderlo mejor.
Ya era casi de noche, y el padre de Alberto no estaba para andar, ni yo para llevarlo al hospital en brazos, tampoco. (Estaba bastante lejos, para eso)
Comencé a dar los primeros pasos con el, y vi que era imposible, tuve que cogerlo en brazos, y salir del puente, desde donde me dirigí a la primera cabina telefónica que vi.
Llamé un taxi que no tardó en venir, y lo llevé al hospital.
En urgencias estaba el revuelo habitual, pero yo me fui con él directamente a la admisión de planta, donde se encontraba su mujer.
Señorita, por favor.
¿Qué ocurre señor?
Sería tan amable de atender a este hombre, es el señor Iñaki Irigaray, el padre del chico de la habitación 1470.
¿Qué le ocurre?
Pues, ha intentado suicidarse.
¿Suicidarse?
Pues sí; suerte que pasaba yo cerca, y no ha podido conseguir su objetivo.
Localize al doctor Ugarte.
Sí por favor...
Mientras, le daremos algún sedante, para que esté tranquilo.
¿Cómo se llama usted?
Yo soy Alfonso Quijano, soy conocido de la familia.
Además del doctor Ugarte y el doctor Morales.
Muy bien Sr., tenía que hacer el informe.
Lo comprendo, no se preocupe yo volveré mañana para ver cómo siguen todos, del calvario que están cruzando.
Y que lo diga Sr. Quijano.
¡Buenas noches!
Vi que se llevaron para la habitación a Iñaki en la silla de ruedas donde lo dejé, y le seguía una enfermera, otra la acompañaba con útiles de farmacia. (Le pondrían algún sedante, y dormiría bien toda la noche)
¿Qué habría pasado, si yo hubiese hecho mí ruta habitual?
No quiero ni pensarlo.
¿Tendría que ver el destino en todo esto? Lo cierto es que me alegro de haber estado allí en ese momento, y poder hacer lo que he hecho por ese hombre, no merece morir. ¡Es un buen hombre!
Claro que como dijo el poeta... "El hombre duda de su libertad por una razón muy sencilla: Simplemente desconoce la inmensa amplitud del amor"
Capítulo XXVI ENSAYO I
Esa noche hubo paz y tranquilidad en la habitación 1470, pues Alberto era un cuerpo yacente, y a Iñaki, le administraron una fuerte dosis de calmante.
Un sedante que le haría dormir toda la noche, como así fue, y Maite... Pobre Maite, ella era una pavesita movida por el viento, estaba consumida por el sufrimiento.
No se sabía cuando dormía, ni cuando estaba despierta, pues estaba ausente las 24 horas diarias, era evidente que la razón no estaba en su sitio.
Todo transcurrió en calma esa noche.
Llegó la mañana, y con ella la rutina matutina, las limpiadoras, los enfermeros en sus ires, y venires, los medicamentos, etc. etc.
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Aquella mañana, el doctor Ugarte había convocado la reunión sobre su teoría de la ecolocación, usada por los murciélagos.
Ese día no pasó visita médica, fueron sus ayudantes de planta, los encargados de hacerlo.
Él, mientras tanto acudía a dicha reunión con los demás doctores, el doctor Morales ginecólogo, el doctor Olabe, oftalmólogo, el doctor García, cardiólogo, y el doctor Mendoza, ingeniero nuclear, a los que solía acompañar en esas reuniones el doctor Salvatierra, ayudante de quirófano del doctor Ugarte en el número cinco.
Aquella mañana me la perdí, a pesar de que quise ir pronto por ver el estado de Iñaki, llegué algo tarde, y sólo pude verle a él.
Mientras, en la sala de juntas continuaba la reunión.
El clásico murmullo del comienzo, pues seguro que ni hablaban del tema a tratar.
Igual hablarían de fútbol, o de cualquier otra cosa sólo por el hecho de estar reunidos, como hacían en el casino por las tardes cuando salían de allí.
Todo, hasta que llegó Ugarte.
Cuando llegó el doctor Ugarte, se hizo el silencio, pues los experimentos, iban siendo satisfactorios, y merecía el tema un cierto respeto. ¿Quién sabe hasta dónde podrían llegar?
Cada uno sin otra advertencia que la presencia del jefe del personal de la planta catorce, se fueron sentando uno, por uno, hasta conseguir una armonía en el ambiente, admirable.
Por otra parte, era lo lógico, eran señores cultos, doctos, cristianos y honorables. ¿Qué menos que comportarse, así?
Señores... amigos... hoy no quiero yo ser el que de opiniones, ni abra debates.
Hoy simplemente espero de ustedes la respuesta definitiva para llevar a cabo nuestro proyecto, así que espero sus respuestas.
Le agradecería señor Mendoza, como ingeniero físico nuclear, que comente en primer lugar las características de nuestro proyecto, definición, alcance, y acto seguido cada uno de nuestros colegas tenga lugar a... (Como diría un abogado) su "alegato".
Tras un breve silencio y unos garraspeos para aclarar las gargantas, da comienzo su intervención el doctor Mendoza.
Señores, después de tanto trabajo y dinero en el proyecto, hay un lamentable suceso que debo comunicarles.
Siento tener que decirles, que el experimento llevado a cabo en mi laboratorio... ha sido... ¡Un éxito! ¡Eureka!
Todos había mantenido una actitud de resignación en silencio.
Sólo al oír todo lo contrario de lo que imaginaban, fue cuando hubo un estruendoso aplauso por los asistentes, festejando un primer éxito. Por lo menos en teoría, y en la construcción del susodicho aparato con implantación directa al iris.
Todos aplaudieron el primer paso con éxito, pero aún quedaban muchos otros, por dar, y había que subsanar.
El doctor Ugarte jefe del equipo de científicos: Sr. Olave. ¿La oftalmología, que impedimentos puede poner a nuestra propuesta.?
Según mi opinión, doctor, lo fundamental en el caso que nos ocupa, era lo que ya el doctor Mendoza parece que ha conseguido, realizar la estructura de platino, o titanio totalmente estanco y recargable, por ondas de radio.
Por supuesto, con el fin de recargar las baterías de dicho aparato, cosa que aprecio en los esquemas que nos ha facilitado el doctor Mendoza.
Que, por cierto; hay que reconocer que ha efectuado un trabajo sin precedentes, algo sublime y con un mérito apasionante
Como digo, bajo mi punto de vista, los problemas que yo podía ver u observar, se han disipado.
Sólo una puntualización: el efecto, y defecto del tratamiento, como ustedes saben lo provocan, rechaza o autoriza, el propio paciente.
Bajo mi opinión, diría que se tenía que llevar a cabo el implante, y observar sus efectos y desarrollos, o viceversa.
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Mientras todo aquello sucedía, Iñaki se recuperaba de la dosis de calmantes que le habían administrado la noche anterior por lo sucedido en el puente, de lo cual el doctor Ugarte y su equipo no tuvo noticias.
Fue algo que se subsanó en el momento, sobre la marcha y como no fue ingresado, era un familiar de un paciente, el caso no trascendió a más.
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La conferencia seguía, y el doctor Ugarte incoaba a otro de los doctores presentes: doctor Olabe. ¿Está usted convencido, que con el tamaño obtenido en el micro-emisor-receptor, no tendremos ningún problema?
Pues yo aseguraría que no, doctor Ugarte, la medida del aparato se corresponde con el iris humano, la composición es la idónea, y no es necesario extracción cada equis tiempo para su recarga o sustitución.
Lo veo muy aceptable.
Gracias, doctor Olabe. (Y volvió a dirigirse a otro especialista, fundamental en la empresa acometida por el doctor Ugarte)
Señor García, como cardiólogo... ¿Teme algún problema que pudiera surgir o algún imprevisto en el que no hayamos pensado?
Según les estoy escuchando, ustedes tienen tan clara su postura, que yo no podría, ni sería quien, para dudar, son sus ramas, y las adecuadas para el conocimiento del tema que nos ocupa. Sin embargo; puedo apostillar; y no quiero ser agorero... ¡Dios me salve! Que no demos la guerra por ganada, por haber conseguido una victoria.
Saben ustedes positivamente, que existe el rechazo, y que por otra parte, no se expresa en todas las personas igual, incluso la mayoría no tendrían ese problema.
¿Me piden mi opinión? Doctor Ugarte... simplificando; si conseguimos que el sistema de la ecolocación funcione en un 10% de los seres humanos, yo creo que aunque no hayamos ganado la guerra, si habremos librado y ganado una importante batalla.
Todos sus colegas rompieron en un estruendoso aplauso, que él agradecía con unas reverencias, y unos ademanes de aplausos señalando a todos los que le rodeaban.
Un aplauso que duró unos minutos, con el que se dieron por muy satisfechos todos los presentes.
Muy bien; le agradezco su sinceridad. ( Le dijo el doctor Ugarte mientras se dirigía al señor Salvatierra.)
Lo veo muy callado a usted, amigo Salvatierra. ¿Tiene algo que objetar a todo lo anteriormente dicho?
¡En absoluto, doctor, todo lo contrario, pensaba que sería un gran bien, si se llegase a concluir con éxito esa empresa.
Hay mucha gente que se puede beneficiar de esa técnica, quizá más de la que imaginamos, y por mi parte, o la parte que me corresponde estudiar como saben todos ustedes, es por la parte que menos esfuerzos requiere, y por lo tanto, donde menos riesgos se pueden presentar. ¡Análisis! ¡Afirmativo!
Gracias, señor Salvatierra.
Sólo me queda fijar el día de la operación, que el paciente ya lo tenemos, buscaré un día y una hora, y se lo haré saber...
Ahora, si no hay alguna pregunta o ruego que hacer...
A pesar de ser un proyecto muy delicado, el equipo que se había juntado, era un equipo espléndido, y todos los detalles los remiraban con microscopio, todo parecía que iba bien.
No había preguntas.
Esperarían el día equis, y a la hora cero, para definir mejor los resultados.
Si no hay más que tratar, deseo que pasen un buen día todos ustedes.
¿Señores? (Se despedía el señor Ugarte)
Tras unos breves intercambios de opiniones, el doctor Ugarte se fue, a continuación uno, tras otro, cogían, y retomaban su rutina, el resto de profesores doctorados en diversas ramas del cuerpo humano.
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Don Francisco Javier, Ugarte, tomó la visita a sus pacientes en la planta catorce, cosa que ya había hecho su equipo, pero él siempre lo hacía, aunque había una habitación donde le daba una enorme pena entrar, era un caso especial el de Alberto, y su familia, pero tenía que hacerlo mientras pudiera, era un profesional y se tenía que comporta como tal.
Todas las visitas fueron de maravillas, pues eran cosa más o menos con, y sin importancia. Quiero decir sin demasiada trascendencia, pero al llegar a la 1470...
En fin (Se dijo, como voy sólo será rápido, no quiero verle sufrir y padecer, yo tampoco); adelante.
Y resuelto dio unos golpecitos con los nudillos, y seguidamente pasó al interior.
¡Buenos días! ¿Qué tal estamos hoy?
(Iñaki estaba ya despejado, o casi, de la dosis de tranquilizante que le habían administrado la noche anterior)
¡Bien, doctor! (Respondió Iñaki, mientras Maite reposaba la barbilla sobre su pecho)
¿Y el enfermo como se encuentra?
Vea usted mismo, doctor.
Sigue igual. ¿No es cierto?
Aquel hombre rompió en un llanto estremecedor.
Calma Iñaki, tiene que ser fuerte.
Tiene usted que practicarle las ondas doctor Ugarte. ¡Tiene que hacerlo!
(Se le veía muy agitado, muy nervioso de nuevo)
No se preocupe, señor Irigaray, haremos todo lo que esté en nuestras manos.
Doctor, creo que tendría que hacer lo que estimase oportuno... incluso... Incluso la eutanasia, y que Dios nos perdone, doctor.
La desesperación de aquel hombre ya la sabemos, pues quiso suicidarse.
Iñaki, tiene usted que comprender, que lo que me pide lo prohíbe la ley definitivamente, pero como les prometí, haremos todo lo que podamos, deje el caso en nuestras manos, y no se preocupen más.
Les prometo resolver su caso, de un modo u otro. ¿De acuerdo?
Estense tranquilos, y calme a su mujer que lo necesita.
(Ugarte quería que tuviera alguien que cuidar, por quien vivir, Alberto era su pesadilla al igual que para Maite, y pensó que si se preocupaba de su mujer, la recuperase y lo podía hacer, aquel hombre saldría adelante)
Graso error, Iñaki estaba en los dos problemas que le preocupaban, y no olvidaba ninguno.
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Aquella tarde yo, después de resolver algunos asuntos particulares, decidí pasarme por el hospital, disponía de un tiempo libre, y era mi gusto conocer las historias que iba dejando atrás.
Aquel día fue uno de los pocos donde no era yo el que asaltaba a alguien, sino que fui yo el asaltado.
Oí unos gritos a mi espalda, y al volver la cabeza mi sorpresa fue el ver delante de mis ojos a la chica dicharachera y pizpireta de las faldas campaneras, la de aquellos andares garbosos y despreocupados.
¡Señor!
¡Ah! ¡Hola bonita! ¿En qué te puedo ayudar? (Le contesté supongo que por decir algo)
A mi, en nada Sr. Sólo quería decirle sobre lo que me preguntó el otro día, con respecto al problema de los ciegos.
¡Ah sí! ¿Sabes algo preciosa? (Ya enhebré)
Pues vera, señor, he podido saber, que es todo un éxito los resultados del experimento.
Extraoficialmente claro, como yo se lo cuento a usted, que no le conozco de nada.
Eres muy amable, y no sabes cómo te agradezco tu ayuda.
Muchas gracias, " desconocida simpática"
Aquello lo podía ya casi utilizar en la revista si montaba la historia, pero aún no tenía pruebas, esperaría.
Me subí a conocer el estado de Iñaki, y de Alberto, y de su madre.
Pedí el permiso correspondiente.
¡Pase! (La voz era suave, imperceptible medio afónica)
Iñaki. ¿Qué tal está ustedes? Le ofrecí mi mano, (Pero esta vez estaba con la mirada en su mujer, que más que una mujer de 40 y pocos, parecía una abuela de más de 60) y no me respondió al saludo.
Demacrada totalmente, irreconocible, inmersa en su silencio sin una sola lágrima en sus ojos resecos. Él era, el que de vez en cuando miraba a su hijo, y le secaba los manantiales de sus ojos.
Totalmente ausente, Iñaki me respondió: Gracias... por... gracias por haberme... gracias por salvarme la vida.
¿Se encuentra ya mejor Iñaki?
Creo que sí...
(No sé si él lo decía convencido, pero a mí no me convenció nada)
Sólo pasaba a saludarles, y a desearles que pasen buena noche.
Gracias, Alfonso, igualmente.
Giré sobre mí mismo, y al salir por la puerta di un: "buenas noches", que no fue respondido.
Era horrible, aquello tendría mal fin, (Pensé yo) cada vez veía sus vidas con un hilo más fino.
Capítulo XXVII DECISION
Al salir del hospital me colgué mi americana sobre el hombro, sujetándola por el cuello con mi dedo índice de la mano izquierda, y me detuve un instante en la puerta. ¿Dónde iba? ¿Qué hacía?
Aún era temprano, y no me apetecía ir a casa tan pronto.
¡Llamaría a Jesús, para tomar algo y conversar!
¡No! Seguro que saldría Alfredo al paso.
No lo llamaría, no quería pasar por eso.
¿Y si llamase, a Eva? ¡Vaya! Lo tendría peor, y saldría igualmente Alfredo.
Y para más INRI, le tendría que pedir el teléfono a Jesús.
¿Qué hacía?
Sopesé las dos opciones, y opté por llamar a Eva.
La echaba de menos, y aunque sabía que no debía hacerlo, me veía obligado a ello, era más fuerte que yo.
Primero, llamé a Jesús.
¿Jesús?
¿Sí? Dime, Alfonso.
Buen oído, Jesús.
Eres inconfundible amigo mío, nos conocemos desde... ¿Siempre...?
¡Más, o menos! Día más, día menos.
Nos reímos unos instantes.
¡Oye, Jesús! Quería pedirte un favor...
¡Hombre! Faltaría más.
Necesito el teléfono de Eva, me dijo que lo tenías tú, si lo necesitaba...
¡Sí, claro, un momento que te lo busco... a ver... a ver... ya está, apunta...
Ya lo tengo, gracias, Jesús. Otra cosa, quería preguntarte por tu hermano. ¿Cómo sigue? ¿Sabes algo de él?
Lamento tener que decirte que si, Alfonso, a pesar de ser mi hermano y un cafre, insiste en su vida alegre, pasa totalmente de Eva, y lo que está muy claro es que, si no lucha por ella ni le interesa lo más mínimo, es que nunca la quiso.
Y lo que es más grave, aunque no dudase, todo lo que te dijo Eva era cierto.
Su comportamiento no deja lugar a dudas.
Es pendenciero, jugador, mujeriego, y aunque no tome él drogas, más que alcohol y tabaco, si, se vale de ellas para otras chicas.
Las usa con otras mujeres, para conseguir una vez fuera de sí, sus favores, sin importarle en absoluto la dignidad humana.
Tranquilízate, Jesús, por favor, que te veo muy acalorado.
Dios aprieta, pero no ahoga. Todo se arreglará, ya lo verás. Algún día se dará cuenta de lo mal que está aprovechando su vida, y se centrará, no te preocupes.
Gracias Alfonso, pero es algo que estoy sufriendo por los tres.
¿Qué me dices?
Alfonso, él es mi hermano, es un degenerado alevoso a todos nosotros, ha roto el futuro, no de Eva, no de una persona, sino de tres.
¡Tres personas! ¿Te das cuenta de lo que te estoy diciendo? Tres personas.
Jesús... no puedes imaginar cómo agradezco tu amistad, pero te suplico que te calmes. Todas las causas tienen un final, y todo final es consecuencia de una cadena de causas, y sucesos...
(No sé qué le quise decir con eso pero fue lo que me salió)
Tranquilo Jesús, cuida de él, que todo se arreglará.
Un abrazo Alfonso. ¡Cuídate!
Igual te digo, amigo mío.
Me quedó acongojado con su reacción, pero lo comprendía. Nos conocía muy bien a los tres, y conocía bien toda la historias, menos la que se le estrellaba en la cara en los últimos tiempos al comprobar que Alfredo, su hermano Alfredo, Idoate, era un vil hipócrita, y un farsante, un canalla y no se cuántas cosas más. Cualquier apelativo le venía el pelo si eran de los peores.
Eso lo estaba sufriendo Jesús, estaba convencido.
Suspiré profundamente con la impotencia que sentía en aquellos momentos.
Pero seguiría la vida, hay que hacerlo, que es lo único que tenemos nuestro, propio, nuestra vida... y el amor.
Marqué el número que me indicó, y rogué al cielo que estuviera en casa a la vez que lo temía.
Sí; temía encontrármela de frente, cara a cara, y no fuera capaz de reprimir mis sentimientos.
Al tercer toque, el teléfono se levantó.
¿Dígame?
No por favor, no es ella. No está. (Pensé)
Oiga, por favor...
Sí, diga, diga. ¡Dígame!
Quisiera hablar con la señora Eva María Aguirre por favor, si fuese posible.
¿Se podría poner? ¿Está en casa?
Perdone señor. ¿De parte de quién?
Me llamo Alfonso, Quijano...
Mire usted, Alfonso, si deja de agobiarme a preguntas, le podría contestar alguna.
Lo siento, usted perdone señorita...
¡Marta! Me llamo Marta, pero puede llamarme Marta.
¡Marta, por favor! ¿Me puedes decir si está Eva en casa?
Sí.
¿Sí?
No.
¿Pues, no me has dicho que sí?
Digo que sí; así una a una, puedo responder. Sí, sí está en casa, un momento que le aviso.
¡Ah! Y ha sido un placer hablar contigo, Alfonso, hacía mucho tiempo que nadie me llamaba. je, je, je...
Se veía que era una mujer resuelta y simpática, esa tal Marta. Aunque me haya tenido sobre ascuas, y apunto del infarto.
¡Hola!
¿Eva?
¡Sí, soy yo... ! ¡Ah! Hola Alfonso, qué alegría oír tu voz.
Lo mismo digo. Recuerdas...
Perdona que vaya directo al grano, Eva.
¿Recuerdas que me ofreciste tu ayuda cuando te necesitase?
¡Sí! ¿Es que te ocurre algo? ¡Dime! ¿Te ocurre algo?
¡No! No mujer, no, tranquilízate, no ocurre nada.
Entonces...
Sólo necesito alguien con quien conversar, y he pensado en ti.
¿Serías tan amable de hacerme compañía durante un rato?
Comprenderé que me digas que no. Se que eres una mujer casada,, e incluso hago mal en haberlo pensado, pero es más fuerte que yo.
Se escuchó un estruendoso silencio.
Dos corazones se oían, uno a cada lado del hilo, temerosos de amarse, dudosos en dar aquel paso, pero en el silencio, yo temía el rechazo ya que había dado ese paso, y ella temía la respuesta, por lo que pudiera yo pensar de ella, cuando decía que no podría amar a nadie ni era merecedora de mi cariño.
El corazón me latía fuera del pecho. Al fin pude oír su voz.
Ya me conoces, Alfonso, tengo mis buenas cualidades también, aunque sean pocas, pero te prometí ayudarte en lo que me necesitarás, y si es esto lo que necesitas... si lo que necesitas es alguien con quien hablar, yo soy tu amiga y para eso están los amigos.
¿Te espero en Los Rosales?
Sí; espérame a la entrada de la Avenida, donde nos encontrábamos siempre...
Le noté la nostalgia y la tristeza que días antes me confesó al sentirse engañada por Alfredo, y lo que sintió haber actuado así.
No se movía una brizna de aire, la brisa estaba en calma, el perfume de los azahares llegaban a mi olfato como un regalo bendito, la visión de los Don Diego de noche con sus flores abiertas a esas horas perfumando el ambiente.
Era una noche romántica, muy estrellada y luminosa, pues, la luna era cuarto creciente e iluminaba la Avenida tanto, que no habría hecho falta las farolas.
Los "centinelas de piedra" como yo los llamaba, estarían encantados en aquel ambiente, y con aquella visión tan placentera.
Sí; porque había más, estaba lo más grande, en aquella avenida era... donde se solían reunir todos los enamorados, unos paseando, otros en los bancos, otros tumbados sobre el césped. ¡Esa! Esa era la verdadera ilusión de la vida, el amor entre los seres humanos.
(No sé el tiempo que esperé, porque como casi siempre me sitúo fuera del planeta) Pero pronto vino ella. (O eso me pareció)
No había duda, seguía siendo tan esplendorosa a los 40 y... Que a los veinte y... (Todas las edades tienen su encanto)
Nos dimos un tímido beso en las mejillas. (Después de dudar si nos dábamos la mano, o el beso, optamos por lo segundo)
Te agradezco que hayas venido a mi cita, de veras, lo necesitaba.
Lo siento por ti que tienes otras obligaciones...
No importa, me viene bien tomar un poco de aire a mí también.
Perdona, yo...
Alfonso, por favor, quiero que actúes como si Alfredo no existiese. En realidad, nunca tuvo que asistir en mi vida.
Pero existió.
Si, pero por favor no metas el dedo más en la llaga, llevo muchos años sufriendo el haber hecho lo que hice, no me lo recuerdes más.
Lo siento, Eva, la verdad es que no sé cómo decirte...
Se oía nuestros pasos solamente, tan abstraídos estábamos en nuestras vidas, y en nuestros sentimientos, que ya todo lo que nos rodeaba dejó de existir por muy hermoso que fuera.
Sólo nuestros pasos, y nuestros corazones contraponían sus sonidos.
Eva se temía lo que iba a decir.
Eva yo...
Alfonso... quisiera seguir siendo amiga tuya, como lo somos los dos de nuestra hija.
Lo siento, Eva, te lo dije antes por teléfono... es más fuerte que yo.
Tengo que decirte... ¡Maldición!
Perdona, Eva. Últimamente me están pasando tantas emociones fuertes que se me nota en el carácter.
¡No importa!
Sí importa, sí.
Eva...
Los corazones seguían a un ritmo de vértigo.
Te quería decir, y lo haré, que mientras te creía una mujer feliz no me he preocupado demasiado, me habías dejado el mejor regalo que podías hacerme: María, pero porque pensaba que tú eras feliz con Alfredo.
Desde que empecé a sospechar...
Eva se llevaba la mano a la boca evitando llorar.
Desde que empecé a sospechar, y sobre todo desde que sé seguro, que has sido infeliz, no hago otra cosa que pensar en ti.
Ya te lo he dicho.
Sí, sólo pienso en ti, y a pesar de mi trabajo, a pesar de mis tesis particulares sobre Alberto, ya sabes...
Los escritos de Leocadia, la señora de los sectillizos, y un montón de cosas, incluyendo un suicidio que evité que llevase a cabo el padre de Alberto, a pesar de todo lo ocupado que estoy, cualquier referencia o pensamiento que entra en mi cabeza, el razonamiento final siempre me lleva a ti.
Ella no pudo soportar la presión a la que le sometía Alfonso, y tuvo que demostrar si no sus sentimientos verbales, si, los espirituales.
Era un llanto desconsolador, en el que se veía que ella misma se torturaba.
Entre lágrimas abrasadoras que emanaban de sus ojos, y resbalaban por sus mejillas como brota la lava de un volcán, y ruedan ladera abajo.
Pudo decir Eva: No puedo quererte, no merezco que me ames, nunca debía abandonarte, y sin embargo ahora... ahí está Alfredo.
¡No! Tienes que olvidarme. Tienes que olvidarte de mí, Alfonso. No amaré jamás a otro hombre, estoy convencida que mi vida la arruinó ese miserable de Alfredo, y yo le ayudé el día que me casé con él.
Algún día tendrá su merecido, Eva, Dios desde lo alto domina el universo, y cada cual recibe su castigo siempre, quizá al final de su vida, sólo que a unos les llega el final con veinte años como a Alberto, y a éste le puede venir a los 90, pero Dios pone cada cosa en su sitio.
Yo ya no tengo esperanzas de nada, Alfonso, me mantengo viva porque al fin y al cabo soy una cobarde, sino...
¿Pero, qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
¡Esas cosas que no se te pasen ni por la imaginación!
¿Me has oído?
Eva asentía con la cabeza enjugándose las lágrimas con su pañuelo.
Eres una mujer joven, aunque no quieras tienes que sentir que los que te rodeamos te queremos, Jesús, yo... María...
Si no quieres oír decir te amo...
¡Por favor, Alfonso!
Rompió el llanto de nuevo, pero esta vez no me contuve.
La estreché entre mis brazos, en lo que en un principio note un pequeño rechazo, luego se dejó llevar y se dejó consolar.
Mientras la abrazaba pude notar que efectivamente, mi pulso se me aceleró aún más de lo que ya estaba, pero al mismo tiempo sentía una paz infinita.
Sentir el fuego de su aliento sobre mi hombro, el sollozar junto a mi oído (Y ahora, no estaba el hilo del teléfono por medio), y su corazón junto al mío... Fue lo mejor que me había pasado, que yo recordase en los últimos veinte años.
Mi rostro palideció cuando pensé... ¡Claro, desde que ella se fue!
Lo siento, Alfonso, se hace tarde, por favor...
(Me decía con las lágrimas asomadas al balcón de su mirada)
¿Serías tan amable de llevarme a casa?
¡No faltaría más!
Pero prométeme que nos volveremos a ver... ¡Por favor!
Llámame cuando quieras, Alfonso, sabes que eres mi mejor amigo.
¿Amigo?
¡Perdona, Alfonso, pero así es, ya te he dicho que cometí un error en la vida, que tendré que pagar.
Pero...
La vuelta a su casa fue silenciosa, muy callada, sólo disfrutábamos de lo que nos rodeaba, y de aquel cielo tan diáfano y nítido del cual disfrutamos los dos. ¿Qué pensaría ella cuando miraba el cielo? ¿Pensaría en mí? ¿Rezaría? ¿Pensaría en su marido?
Capítulo XXVIII INACCION
Mientras quemábamos ese anochecer Eva y yo, con ese paseo maravilloso, pero con un amor sin futuro que me había dejado realmente preocupado. (Pues yo le veía que me amaba, estaba seguro)
Mientras nosotros paseábamos, e intercambiamos algunas opiniones que no nos llevaban a ninguna parte, en el casino de la plaza principal se juntaban después de sus turnos respectivos, grupos de amigotes, donde se intercambiaron bromas, opiniones, juegos, etc..
Tertulianos en mesas separadas, unos que tomaban su copa de vino y jugaban su partida de dominó, mientras otros tertulianos se reunían en mesas aparte, con el ánimo de intercambiar opiniones sobre cualquier tema que se presentase.
La concurrencia habitual de aquél casino era siempre la misma, señores abogados, médicos, el notario, subsecretario el alcalde, concejales y otras personalidades. (Siempre dentro de la misma, o parecida escala social, claro)
En un rincón de la sala, y sobre la mesa de cristal su lugar favorito de siempre, el doctor Ugarte leía el periódico, (Para ser exacto, repasaba) cuando llegó el doctor Morales, amigo suyo.
¿Que tal Francisco Javier?
¡Ah! ¡Hola, Pedro! ¿Qué tal?
(El protocolo se dejaba aparte en aquel lugar, y por lo general fuera del hospital, la amistad...)
Toma asiento, Pedro por favor.
¿Qué tal Leocadia?
Bien mal, Javier.
¿No mejora, o qué?
Sí... pero despacio. Cuando la visité la semana pasada comprendí que le costaría superar el no-nacimiento, de sus hijos.
¿Y ese paciente tuyo... Alberto, como sigue?
Ese no tiene ni explicación ni remedio, creo que haré caso a sus padres y le practicaré la sesión de las ondas...
La conversación de los dos amigos era superficial, se veía que bueno; había que hablar de algo...
Mira Javier, quien aparece por la puerta.
¡Caray! ¡Qué raro es de ver a Salvatierra por aquí!
El doctor Unay, lo primero que hacía siempre que iba, era mirar a su alrededor y escoger la mesa, o la persona con la que más podía interesarle hablar.
Sin dudarlo se dirigió a la de los doctores, Morales y Ugarte.
¿Qué tal señores? Buenas noches.
Se le saluda Sr. Salvatierra. (Ugarte)
¿Cómo está usted? (Morales)
Muy bien, doctor, muchas gracias...
Perdonen un momento, deseo hablar con el párroco de San Pedro...
Si me disculpan... luego les veo, queden con Dios.
Se quedaron como estaban, solos.
El que emprendió una conversación seria ahora que se habían quedado solos, y estaban apartados fue el doctor Ugarte.
Morales... ¿Crees en la eutanasia?
¿Crees, que hay casos en los que es comprensible?
¿Crees, que hay casos donde incluso se hace necesaria?
Amigo Francisco... lo que yo piense, o podamos pensar las personas en general, creo que no debe importar.
Si me hablas como creo, del caso de Alberto, eres tu el que mejor lo conoce, y el que puede juzgar lo mejor que puedes hacer por el enfermo, por su bien, y por su entorno.
Yo estoy convencido que todos somos marionetas del Altísimo, ÉL es el que nos maneja, y maneja nuestras conciencias.
Si tu conciencia te dice que debes ayudarle a no sufrir más...
La verdad, Pedro, es que es un caso especial, tu ya sabes que soy creyente y practicante, y sé positivamente que la ley de Dios lo prohíbe al igual que la de los hombres, pero hay que vivir este caso para comprender que son tres vidas que se van.
¿Cómo están sus padres?
Los he visto muy mal. Ella no le falta mucho para perder la razón, y él más o menos.
Les recomendé un viaje, que se fueran un mes, pero no querrán dejar a su hijo, cuando por su hijo no hay nada que hacer.
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Entre tanto, el doctor Salvatierra dialogaba con don Mariano, el párroco de la iglesia de San Pedro, de pie en el medio del pasillo.
Pues si, don Mariano, tengo esa duda, y usted como cura podría aclararla.
Señor Unay, hay misterios y controversias para los cuales las mentes humanas aún no están preparadas, o incluso nunca lo estaremos, la ley de Dios y sus misterios son infinitos.
¿Sabría usted Unay, explicarme el misterio de la encarnación del hijo de Dios, y el por qué somos todos hermanos, e hijos de unos padres, de hijos de sus hijos, y después hijos de sus mismos hijos, etc. sin que la sangre por el efecto de la consanguinidad no fuesen, o fuésemos personas con el síndrome de Daum. ¿Por ejemplo?
¡No! No sabría decirle Don Mariano, pero el hecho que explico ya está probado, el cromosoma Y, que define al barón salió a partir del X de la mujer, eso es un hecho probado, luego entonces; Dios no pudo hacer primero a Adán, y de su costilla sacar después a Eva. Yo diría que fue todo lo contrario.
Ustedes como científicos conocen un mundo terrenal, que cada vez se va profundizando más, y más.
Cada vez conocemos más sobre el ser humano, los animales, las plantas, incluso los minerales, pero señor Unay, créame que nunca; y digo nunca, resolveremos todos los misterios divinos.
Me atrevería a decir más. ¡Ninguno!
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La conversación del doctor Ugarte con Morales, había sido larga, y seguía siéndolo.
Morales, creo como te digo; que como cristiano me veo en la obligación de ayudar a Alberto
Si lo vieses... un hombre joven inerte como un cadáver, al que sólo darle de comer ya es un suplicio...
Una persona que lo único que se le ve, es que le vierten sus ojos de vez en cuando, un torrente de lágrimas...
Es posible que no sufra nada más que sus padres, pues él murió el día del accidente.
Te comprendo, Javier, si yo estuviera en tu lugar quizá haría lo mismo.
¡Prométeme que lo que hemos hablado no saldrá de nosotros!
¡Javier, por favor! Sólo con que lo pienses, ya me doy por ofendido.
Es más; creo que si tú das estos pasos, es porque realmente tiene que ser así, y yo te comprendo, y te prometo que te ayudaré en lo que te haga falta. Si me necesitas dímelo.
Lo peor es que con ese muchacho... al final estoy convencido, que deberé practicarle la eutanasia y no se si yo personalmente podría llegar a realizar.
Tendrías que delegar el trabajo y cuidados de Alberto en otra persona. ¿No crees Javier?
Sí; eso será lo mejor, le daré las órdenes oportunas a alguien que le haga el seguimiento.
¿Qué tal, el doctor Salvatierra?
Podría valer, es un hombre fiel, callado, con respecto a su trabajo puntual, constante y lleva a mi servicio ya muchos años. Sí; creo que le encargaré a él, el cuidado y posteriores oficios que haya que practicarle a Alberto.
Sólo tenemos un pequeño problema...
¿Qué problema tienes ahora, si eres el que dirige medio hospital?
Pues el sitio, Morales; el sitio, no puedo practicar las ondas electromagnéticas, ni en su caso según los resultados la eutanasia en la sala de planta.
Tienes razón, Javier.
Tras un breve silencio, a Morales se le ocurrió: ¿Qué tal la sala de relajación en el segundo sótano que no se usa, allí no te molestará nadie?
¿Pues, sabes que tienes razón, Morales? Es el sitio idóneo. Haré que lo trasladen allí.
Por otra parte, estoy agotado Pedro, entre unas cosas y otras. Tengo además un trabajo de papeleo atrasado con todo esto...
Sí; te entiendo, yo con el trabajo de planta no ando mal, pero cuando tuve el problema de Leocadia, también lo pasé fatal. Tan mal que tuve que delegar la planta en mi equipo, ya sabes...
Mi equipo fue el que me llevó la planta, y yo me retiré unos días, lo estaba necesitando.
Quizá haga yo algo de eso también, así podré llevar el caso de Alberto mejor, y estudiar á la vez los resultados de las ondas, quizás aprendamos algo nuevo, ya sabes que aún no está bien estudiado el efecto de los resultados en todos los casos.
Sí, ya sé Javier.
Si; eso haré, a la vez que pongo al día historiales me dedico a esta persona, y el estudio de las ondas.
En la planta, hoy día gracias a Dios, no hay otro problema grave que éste de Alberto.
Con él podremos hacer una obra de caridad amigo Javier, de una forma o de otra.
Tienes razón Pedro...
(Morales suspiró profundamente)
............................................................................
Para entonces, había dejado a Eva en su casa.
Yo volví a la mía, como si me hubiese caído una gran tormenta encima.
¿Cómo, y por qué, me estaba pasando aquello a mí? Con lo sencilla, y feliz que había sido mi vida sin la existencia de aquel canalla.
Ya en mi casa, volví a gatear al cielo, que era lo mío, (Pues estaba siempre en las nubes) me tumbé en el sofá a pesar de ser tarde ya.
Los recuerdos volvían a mí. Recordé cuando nació mi hija, fue una sensación que necesitaría un mar de tinta, y no llegaría a contar los sentimientos tan infinitos que sentí.
Recuerdo perfectamente las dos de la madrugada, su madre jadeante en la sala del hospital, la valentía de Eva, al resolver su propio parto, ya que momentos antes de las tres, la niña había dado una voltereta, cosa que supimos al nacer, y se le dio una vuelta en el cuello con el cordón umbilical, gracias a la fortaleza de Eva, sin estar aún de parto puso todo su empeño y empujó hasta con el alma, para que naciese su hija.
Al nacer María, traía la vuelta al cuello con el cordón, y la cabecita morada, de no haber sido por Eva, posiblemente María, habría nacido muerta, asfixiada.
Es una gran mujer, es una gran madre, y sería una magnífica esposa.
Si, cada vez estaba más convencido, la amaba, amaba a aquella mujer que volvía a inspirarme sentimientos hermosos a la vez que tristes, como un acto reflejo me metí la mano en mi bolsillo, y saque mi bic y mi bloc de apuntes, y escribí:
Por el camino amor,
tras de tus pasos,
yacen mis lágrimas
junto a tu llanto.
De ese amor que te ignora,
que es tu quebranto,
que te tiene olvidada,
y no te hace caso.
Por el camino amor,
tras de tus pasos,
van mis suspiros
por ti llorando.
Por el camino amor,
tras de tus pasos,
mi corazón se muere
por un abrazo.
Tras de tus pasos amor,
por el camino,
voy dejando mi vida
con mi destino.
Por el camino amor,
tras de tus pasos,
estás presa y cautiva
sin remediarlo.
Por ese amor que te ignora,
que es tu quebranto,
que te tiene olvidada
y no te hace caso.
Por el camino amor
tras de tus pasos,
yacen mis lágrimas
junto a tu llanto.
Capítulo XXIX DEPENDENCIA
El día aquel, en el cual no quiero ni pensar...
Me levanté muy temprano, me apetecía montar en bicicleta, y decidí sustituir el fúting al que me había aficionado, por la bicicleta, cosa que dicho sea de paso, también tiene su encanto.
Te da mucho juego, esa máquina sin motor.
Es maravilloso, sentado cómodamente, y además de hacer el ejercicio que necesitas, puedes permitirte el lujo de contemplar el paisaje y disfrutar del aire que se te recrea en el rostro.
Aquel día el paseo fue más largo, pero siempre al poniente. (Era manía mía)
Era como retornar a tu nacencia todos los días, y volver de nuevo a la realidad de la vida, la emigración obrera.
Esa emigración que nos hizo salir a tantos miles, y miles de nuestros suelos paternos... hizo que dejásemos otras partes de nuestro corazón, aunque amemos nuestra tierra adoptiva tanto como la que nos vio nacer.
No quiero desviar el relato.
Aquel día después de la ducha matutina, y vestirme de acorde a mi trabajo, decidí pasar por el hospital. Sería sólo un momento.
Controlaría (Por esa deformación profesional que todos tenemos),controlaría como digo, a Alberto.
Al llegar a su habitación marqué unas llamaditas con los nudillos, y esperé que me diesen la venía para entrar.
Esta vez sonó una voz muy rara, una voz que no conocía.
Tras el desconcierto lógico que tuve, miré el número de la habitación.
¡No! No me había equivocado, era la habitación 1470.
Entré al interior, y efectivamente, allí se encontraba Alberto, pero con una enfermera.
La sorpresa fue tal, que no podía creérmelo.
¡Buenos días, señorita!
Buenas...
Por favor señorita, me puede decir dónde puedo encontrar a los padres de Alberto.
¿Los padres de este chico?
Sí, en efecto.
Pues verá usted, no estoy segura, será mejor que solicitase información en admisión.
Yo me temo que no estoy cualificada para decírselo.
¿Pues?
Lo siento, no puedo decírselo, le repito que por favor pida esa información en admisión.
¿Tienen algún problema?
Lo siento...
Está bien, está bien... lo entiendo, gracias de todos modos.
Le agradezco su sinceridad, y ayuda.
La cabeza me empezó a girar en sentido contrario al que gira la lógica.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué no me daba información la enfermera?
No podía ser nada bueno, para decirme que estaba en la cafetería desayunando, no hacía falta estar cualificada para nada, de nada.
¿Quizá se haya ido a casa o de viaje?
Puede ser eso, pero tampoco, eso tenía lógica, me lo habría dicho aquella chica sin "cualificar".
Al final del pasillo admisión.
Cuanto más me acercaba, más rápidos iban mis pies que me obligaban a seguirlos.
Oiga por favor...
¡Un momento, si es usted tan amable, haga el favor de esperar su turno!
¡Qué gran verdad!
Estaba ocupada con un señor gordito que le solicitaba algún dato, al que no presté ninguna atención.
Sólo pensaba en Iñaki y Maite.
Sólo tardó unos segundos, que a mí me parecieron horas. Pero al fin, me atendió.
¡A ver dígame! ¿Qué desea? ¿En qué le puedo ayudar?
Perdone usted mi mala educación, ha sido un acto involuntario, venía pensando, y por lo que veo sólo en mis cosas.
No se preocupe. Está perdonado. ¡Dígame!
Vengo de la planta catorce, la habitación 1470, de visitar a un conocido... a Alberto Irigaray.
Por desgracia él, no puede atenderme en absoluto.
Me gustaría hablar con sus padres, que son con los que converso cada vez que vengo.
Si fuera usted...
¿Qué habitación me ha dicho?
La 1470...
(Mientras, no paraba de acariciar con la yema de sus dedos, el plástico de las teclas del ordenador)
Lamento no poder ayudarle señor.
¿Cómo que no? ¿Cómo que no me puedo ayudar?
¡No, lo siento, tendrá que hablar directamente con el jefe de planta. El doctor...
¡Sí, ya sé! El doctor Ugarte
Así es, señor, espero no haberle molestado.
No, por favor, sólo que mis razonamientos lógicos se me acaban, la enfermera de planta me dice que usted me informaría, y ahora usted, que el doctor Ugarte.
Para decirme si se han ido de compras. ¿No creo que haga falta tanto?
Perdone, perdone, ya sé que no es culpa suya.
Son órdenes que nos da el ordenador señor.
Lo comprendo, muchas gracias.
Aún tuve que esperar un rato para poder coger el ascensor.
Era más difícil cogerlo, que el metro en hora punta, y mis nervios con ese mareo que me tenían, estaban como las puntas de un erizo, duros y punzantes.
No llegaría a tiempo a mi trabajo, y para colmo de males estaba perdiendo mi tiempo para hojear el periódico, que posiblemente fuese algo de lo que más me doliese.
Me gustaba mirar las columna de mis colegas para luego criticarlas con ellos.
Por fin alcancé la "atención al paciente", golpeé con mis nudillos, y esperé que alguna voz me autorizase a pasar.
No se oían, ni voz ni ruido alguno. Insistí en mi llamada, pero tampoco obtuve respuesta alguna.
La decisión fue entrar sin más.
No había nadie, estaba vacío, no era la hora de atención al paciente claro, miré mi reloj y comprobé que era hora de la visita diaria de los doctores a sus pacientes.
Estaba desesperándome, pues no quería irme de allí, sin saber qué habían hecho los padres de Alberto.
Si habían tomado la decisión de irse de vacaciones, y a dónde.
Yo de ser el médico les habría obligado a ello. ¡Desde luego!
Miré hacia los dos lados del pasillo pensando qué podía hacer.
Tuve suerte (Seguía diciéndome a mi mismo que era un hombre con cierta suerte), aunque tardía, pero la tuve.
El doctor Ugarte se acercaba por el pasillo hacia donde yo me encontraba.
Seguro que vendría a la sala.
Al llegar a mi altura lo asalté si se puede llamar así.
Perdone usted, doctor Ugarte... ¿Me puede conceder unos segundos... ?
Usted dirá señor....
¡Quijano! Alfonso, Quijano.
Le quería hacer una pregunta señor, sólo una pregunta.
Usted dirá Sr. Quijano, si no es más que una pregunta, y es sencillita...
Pues si quiere que le diga la verdad ya lo estoy empezando a dudar, si es sencilla o no.
Sencillísima era, pero se va complicando cada vez más.
Diga, diga, sólo tengo unos minutos, debo recoger unos documentos de la sala y...
Desde hace algún tiempo me vengo interesando por la vida de un paciente suyo, desde el accidente del autobús, e incluso antes, que lo llegué a conocer a Alberto Irigaray.
Me gustaría hablar con sus padres como vengo haciendo habitualmente, pues soy periodista, y confecciono una tesis sobre el hábito y sus consecuencias, del uso y abuso de las drogas.
Mientras yo le decía todo esto, el doctor bajó la cabeza, y se abstrajo tanto que me dio la sensación que ni me escuchaba.
Por fin se decidió a hablarme: Sr. Quijano... ¿Ese periódico que lleva bajo el brazo es de hoy?
Pues sí. ¿Es que lo quiere?
¡No, no, de ningún modo.
Lo necesita usted.
Si quiere que le diga la verdad doctor soy periodista, pero no lector del periódico, lo compro para hojearlo.
Hoy si tiene usted un buen motivo amigo Alfonso.
¿Pues?
En él tiene usted todas las respuestas a sus preguntas.
Ahora, si me permite, debo de seguir la consulta.
¿En el periódico?
Cabeceando afirmativamente sólo dijo: Sí.
Muchas gracias, doctor Ugarte.
Seguro de no llegar a mi trabajo con hora decidí tomarme un vermouth en la cafetería del hospital.
Debía leer el periódico. ¿Qué me había querido decir? ¿No me daría un “capotazo” para quitarme de en medio?
Lo dudaba, era un señor educado.
Las hojas del periódico aleteaban ante mis ojos desorbitados, que no sabía ni lo que buscaban.
Leía todos los titulares... ¿Qué ocurriría?
Por fin, mis ojos se clavaron en un titular perteneciente a la sección de sucesos, que me dejó paralizado.
¡Válgame el cielo! ¡No! ¡Dios mío! ¿Pero qué has hecho Iñaki?
Y en efecto, el titular era sorprendente, tan sorprendente como podía haber sido esperado.
"Hombre se suicida de un tiro en el cuello"
-"El suceso tuvo lugar a eso de las tres de la madrugada, en una céntrica calle de la ciudad donde residía la víctima con su mujer.
Desde hace algunos meses venían registrando idas y venidas continuas al hospital, ya que un hijo suyo es uno de los supervivientes del accidente de la Avenida del Progreso, donde se vieron involucrados varios coches, y un autobús.
Al parecer el chico está realmente mal, y el estado físico y mental de los padres se ha ido deteriorando, poco a poco, hasta el punto que anoche. alertados por el estruendo de una escopeta de caza. los vecinos llamaron a las fuerzas de seguridad que accedieron a la vivienda a través de un patio vecinal.
Y tras romper una ventana. se encontraron el cuerpo sin vida de don Iñaki Irigaray.
Al cual, se le pudo observar un impacto de escopeta en el cuello bajo la barbilla.
El cuerpo será levantado por mandato del juez esta mañana a primera hora, los servicios sociales fueron los encargados de dar la mala noticia a su esposa que se encontraba velando a su hijo en esos momentos.
La señora Maite Baygorri, ha tenido que ser ingresada en un centro de salud mental interna, pues su salud mental que ya era precaria, no pudo soportar el shok que le produjo la muerte de su marido..."
¡Dios bendito! ¡Qué mundo! ¿Pero dónde vivimos? ¿Qué nos estamos haciendo? ¿No sería mucho más fácil la vida...? ¿Tan complicada era?
¡A qué extremo llegamos, Dios mío! ¿Qué será ahora de Alberto? Lo llevarían a otro centro mejor adaptado para ese tipo de personas, con medios adecuados.
Sí; seguro.
Igual llamo a Jesús, para decírselo... si, lo haré.
Ring ...Ring...
¿Dígame?
¡Jesús...! ¡No, no es Jesús, soy su hermano. ¿Quién es?
¿Esta Jesús, por favor.?
¡De parte de quien!
¿Está o no esta? ¿Quieres decirle que se ponga, por favor?
Vale, vale, no se ponga así hombre, que no es para tanto.... ¡¡Jesús!! Al aparato...
¿Sí?
Jesús, menos mal.
¡Alfonso! ¿Cómo estás amigo?
¡Bien, muy bien, gracias a Dios ando derecho... pero...
¿Alfonso te ocurre algo? ¿Qué te sucede?
Tranquilízate Jesús, que a mi no me ocurre nada.
Sólo te llamo para decirte si has leído el periódico hoy.
No, no lo he podido leer aún. ¿Pues?
Iñaki... se ha suicidado.
¿Qué me dices, Alfonso? ¡Será una broma!
Ojalá lo fuera, Jesús, y hay más, a Maite la han recluido en un psiquiátrico, no ha podido con ese último golpe.
¡Es increíble! ¿Pero, qué puede pasar por una mente humana para hacer semejante locura?
Ya sabes, Jesús... sabes tan bien como yo que no eran personas demasiado fuertes, o el peso que soportaban era demasiado duro. Que es lo que yo creo.
Pues cuanto lo siento, Alfonso...
¿Cómo ves a Alfredo? ¡Parece que necesita "relaxsul"
Ya sabes, cada vez peor, pero esta es la cruz que me ha tocado a mí, Alfonso. Cada uno tiene la nuestra, y ésta es la mía. ¡Que se le va a hacer!
Cualquier día en un jamacuco de estos se queda, por cafre.
Bueno, Jesús, un abrazo, y recuerdos por ahí.
Lo mismo te digo, llámame un día de estos, o lo haré yo. Como quieras Jesús...
Capítulo XXX LOS CELOS
Aquella noticia me dejó destrozado, desconsolado.
Me dejó tan triste después de haberle salvado la vida una vez, y enterarme ahora de eso, que allí mismo sobre la mesa de cristal el bic se deslizaba sobre el blanco del papel, dejando un reguero de lágrimas sobre cada línea en forma de palabras, que salía sin tan siquiera pensarlas, pues lo hacía distraído, con la mirada taladrando el tiempo.
Lloradme con lágrimas secas
el día que yo me vaya,
más, no lo hagáis al oído,
hacedlo en la distancia,
si veis que reflejo el cielo,
dejad soldada la tapa.
Recordadme en el olvido
si veis que os hice sufrir,
fue tan amarga mi vida
siendo tan dulce morir...
que la doy por bien venida
sin quererla repetir.
No me recéis oraciones,
ni en mi sepelio curas,
ni llanto con cirios negros
ni iglesia de piedra oscura,
y al igual que Jesús en la cripta,
sólo mi fe que me vista,
y tapiadme mi sepultura.
Después, me di cuenta que la vida era algo más, que pasar por ella.
Era más; era crear arte, era escribir verdaderas cosas bellas, era esculpir, y darle casi alma a una piedra.
Era crear vida inerte, pero que si se les soplaba, podría tener toda la vida que la imaginación de cada uno de nosotros pudiera alcanzar.
¡Era amar... amar...! ¡Qué hermosa palabra!
Ya estaba a punto de volver a ponerme a soñar, como me pasaba a menudo. Noté unas palmadas en el hombro que me llamaban por mi nombre: ¡Alfonso!
Me hicieron volver la cabeza, y a la vez asegurar mis grilletes en tierra firme.
¡Alfonso...!
¿Amaya? ¿Eres tú...?
¡Pues claro, no soy un espíritu!
Me... me alegro... bueno, que me alegro de verte.
¿Cuánto tiempo hacía... dieciocho... veinte años?
Más o menos. Es que no me invitas a sentarme.
Perdona Amaya, la "emoción" me ha dejado sin aliento.
Le di la mano, y le invité a la mesa.
Cuéntame. ¿Qué es de tu vida, Amaya?
Mi vida tiene poco que contar, es de lo más normalita.
¿Te casaste?
No, hijo no.
Aún no he encontrado al millonario que me quiera como esposa.
¿Tiene que ser millonario?
Si es posible, espero que así sea.
¿Y tú Alfonso? ¿Qué has hecho de tu vida en estos años? Aparte de no casarte conmigo.
Quizás por no ser millonario...
En serio, te veo muy bien, te conservas estupendamente. ¿ Sigues trabajando en la revista?
Sí, claro, no sé hacer otra cosa. Ahí llevo desde que dejamos nuestras relaciones. Quiero decir tus relaciones
No me lo recuerdes, desde que conociste a Eva María Aguirre.
Sí... ya me acuerdo.... ¿Te casaste con ella?
¡No! Se casó con otro.
¿Y es feliz?
Eso creía yo, pero hace unos días lo dejó, y vino a pasar la noche con su cuñado, el hermano de su marido que es muy amigo mío, por que al parecer ya no lo aguanta más.
¿A pasar la noche con su cuñado?
Sí, a su casa, puede que se dejen, por lo que parece ya no quiere ella vivir con él.
Tienen problemas.
Y tu, Alfonso... ¿ La quieres aún? .
Pues te tengo que decir que sí Amaya. Ya sé que no debería... y tú precisamente... pero...
No, Alfonso, no. Yo tengo mis heridas cicatrizadas, y no como tú, que por lo que veo sigues siendo un iluso.
¿Iluso? ¿Por qué me llamas así?
¿Tú crees realmente que vino a ver a su cuñado huyendo de su marido?
¡Así es!
Yo como mujer, más bien diría que vino a los brazos de su cuñado por él, y no por su marido.
Tal como lo veo yo, se ha hartado de su marido por algo, y se ha enamorado de su cuñado. Suele ocurrir.
¿Qué estás diciendo Amaya?
Eva sería incapaz de hacer una cosa así. Más aún sabiendo que me ama a mí.
Míralo de este modo, Alfonso; ellos conviven o han convivido, o simplemente se ven a menudo sin romper con su marido por peleas cotidianas. ¿A qué brazos crees que se ha ido a refugiar hasta ahora?
Y ya sabes tanto va el cántaro la fuente...
Estás loca, Amaya, Eva es una mujer honrada que como te digo me ama, pero no quiere darme su corazón porque cree que me ha traicionado al abandonarme cuando lo hizo.
¡Ahí lo tienes! Esta avergonzada de lo que ha hecho, y no quiere volver contigo no vaya a ser que algún día se descubra todo... que ocurriría; y la odiases al enterarte de su vida pasada.
No puedo escucharte mas. ¿Cómo puedes hablar así de Eva?
Perdóname Alfonso, yo sólo pretendía ayudarte.
Si te quiere, como es que en dieciocho años no ha vuelto contigo.
Por vergüenza, ya te digo.
Su marido la conquistó con malas artes. Ese fue el motivo de que me dejara.
Él le suministraba en lugar de unos antidepresivos que tomaba para las jaquecas, otras pastillas hipnóticas.
¿Y tú te lo has tragado todo?
¡Bueno, Amaya, ya está bien! No te permito que hables así de Eva.
Está bien, como quieras...
Yo no soy el engañado, pero recuerda que te avisé.
No será fácil olvidarlo, Amaya.
Espero tardar otros veinte años más en verte.
Me levanté de la silla, y me vine del hospital.
Mientras, a ella la dejé riéndose a carcajadas.
Era mala de verdad aquella mujer. Mala con avaricia, ojalá no la vuelva a ver jamás, y lo único que lamento en la vida es haberla conocido. ¡Es una pesadilla.!
Por algo no llegué a quererla nunca, por mucho que lo intentó ella.
Antes de irme quise averiguar si trasladarían a Alberto a algún otro centro, o seguía allí mismo con idea de visitarlo, pues ya llevaba tanto tiempo siguiéndolo, que casi parecía familia mía. O me sentía en la obligación de hacerlo.
En la planta catorce se notaba algún pequeño revuelo que no me pasó desapercibido.
Pero la verdad es que iba en lo mío, y me fui derecho a admisión.
El murmullo allí era el mismo.
Oiga, por favor...
Dos enfermeras, un enfermero, y una doctora (Lo digo por las batas verdes), seguían con su conversación sin hacerme ningún caso.
Tuve que levantar la voz algo más, para hacerme notar.
¿Me atiende alguien, por favor?
Ya se dio cuenta la auxiliar, y se dirigió a mí.
Perdone caballero, en qué le puedo ayudar.
Pues...
Aquella chiquilla tan simpática y pizpireta, sí; la de las faldas campaneras.
(No lo digo porque fueran de campana, sino porque iban como una campana cuando caminaba, de lado a lado del pasillo)
Como digo, aquella chiquilla estaba más interesada en darme información, que yo en pedírsela.
Sin decirle nada ya me contó la verdad del día.
Perdone, es que hoy el doctor Ugarte ha practicado una operación revolucionaria, ha conseguido implantar en los ojos de un invidente un mecanismo, que logrará que se manejen con toda comodidad a pesar de no ver los impedidos visuales.
El mecanismo en cuestión funciona por ecolocación, que debe ser algo así como un radar, que recoge el ciego para "ver" los objetos.
¡Hay, perdone! Estamos tan ilusionados con el sistema...
¿Que me quería preguntar?
Pues, además de toda esa información adicional... que por supuesto es interesantísima, me gustaría que me dijese si se tiene el proyecto de trasladar a Alberto, el paciente de la habitación 1470 a otro centro, o seguirá aquí. ¿Me podría decir algo al respecto?
Para eso tendría que hablar usted con el doctor Ugarte, que es el jefe de esa planta, en admisión no se sabe nada de esa cuestión.
Supongo que seguirá aquí.
Está bien, gracias bonita. ¡Ah, y no pierdas esa alegría nunca!
Gracias, señor, es usted muy amable.
De lo que se entera uno sin querer.
Por fin el doctor Ugarte y su equipo, conseguían lo que tanto habían investigado. Era en verdad un gran invento el de la ecolocación.
De camino hacia mi casa, no hacía más que pensar en lo que me había dicho Amaya.
¿Cómo podía haber personas así?
¡Que hay personas malas ya lo sé! Y si no, ahí estaba Alberto, que fue el mismo demonio, igual violó a niñas, que a ancianas, igual mató animales que personas, o arrasó locales con sus coches.
Pero la mente de Amaya era retorcida.
Capítulo XXXI DESCONCIERTO
Aquella misma tarde, ya di por perdido el día en mi empresa, pues no estaba el humor para soportar a nadie en el trabajo.
La Amaya, me había dejado muy mal temple con toda aquella sarta de mentiras, sandeces y fantasías.
Pero, la verdad, es que es que había conseguido calar en mi alma.
Sí; lo reconozco, soy una persona muy sensible. Me hace daño la más mínima insinuación maliciosa. Me hace daño, aún siendo cierta la insinuación.
Aquella que carecía de fundamento, más aún.
Decidí no salir de casa, tumbándome en el sofá, y dejarme caer en el mundo de Morfeo, ya que lejos veía a Venus y a Eros. Me conformaba con Morfeo.
Ni él quería acogerme en sus brazos. No podía conciliar el sueño. Mi cerebro se encontraba embotado, encasquillado diría yo, sólo pensaba en Eva, Eva, Eva, Eva...
¿Pero, cómo pude vivir dieciocho años relativamente feliz con mi hija, y ahora en los últimos meses, era yo el blanco de cupido? ¿Todas las flechas para mí?
Decidí salir de casa para no pensar en nada tan fijamente, y menos en algo así, que podría hacerme tanto daño.
Me dirigí hacia mi estudio con mis cosas, si. Por el camino me seguía preguntando las mismas cosas, y con un fuerte volantazo, hice que el coche girase sobre su eje, y me quedé mirando hacia dónde venía. Estaba resuelto.
Tenía que hablar con Eva.
Al llegar donde la dejé aquella vez, donde la casa de su amiga Marta... conoceré de paso a la famosa Marta, esa chica tan cachonda al teléfono. Parecía muy simpática.
Tras los dos díng... dong ... primeros, alguien abrió la puerta.
¿La señorita Marta, supongo?
Supone usted muy requetebién caballero, pero como a mí el suponer no se me da muy bien... me puede decir. ¿Quién es usted? ¿Y en que me puede ayudar? ¡Uhy! Perdón, es usted tan guapo... en qué estaría yo pensando. He querido decir, si le pueda ayudar a algo. O en algo. ¡Bueno, no sé si lo he arreglado o no, porque como dijo el sabio, el orden de los factores no altera el producto! ¿O, si?
La verdad, es que usted, señorita Marta, es un genio. Será por eso, que es usted "encantadora"
¡Quizá! Algo tengo de eso, y de bruja, como todas las mujeres... ¿Pero seguro que ha venido hasta mi puerta para hablar de encantos, y de brujas...? No, la verdad es que, a pesar de tener un especial placer en conocerla, no he venido a verla a usted.
Me acaba de defraudar caballero, y lo más terrible, es que ni siquiera se quien lo ha hecho. Lo que me quita el privilegio de tomarme la venganza oportuna. ¿No cree?
Perdóneme, Marta. Ya hemos tenido el gusto de hablar los dos, aunque no me recuerde.
¿Sí? ¿Cómo puede ser posible, que yo haya olvidado una cara? Yo que tengo la mente, no fotográfica, porque la mía es, en cinemascope...
Sencillamente porque no nos hemos visto, fue por teléfono.
¡Claro! ¡Claro, claro! Usted es el archí famoso, de todo los famosos en esta casa.
¿Por qué dice semejante cosa, Marta?
Porque en esta casa no se habla de otra cosa, que de ti, y de María, hijo. ¿Me dejas que te tutee? ¿Aquí, es que eres como de la familia, Alfonso?
Pues claro, Marta, yo haré lo mismo contigo. ¿Te parece?
¡Estupendo! ¡Dame un beso! Que tenía yo ganas, de conocer a ese hombre tan especial, tan soñador, tan romántico, tan amable, tan guapo... tan, tan, tan.
Eres un sol Marta, pero por favor, te agradecería que me dijeses si está Eva en casa. Quisiera hablar con ella.
Pasa, tu mismo, por el pasillo, la segunda puerta a la derecha.
Por favor, me gustaría que lo hicieras tu... no me atrevo.
¡Bien! Se lo diré. Le diré que esta aquí, “Rovert Redford.”
Se alejó sonriendo. ¡Qué mujer, que carácter! Pero era muy buena chica, me gustaba su sinceridad alocada. Me encontraba admirando un cuadro enmarcado en papel lacado, con, goma-laca que me llamó la atención por su rareza, cuando sentí a mi espalda...
¡Alfonso... ¿Cómo tú por aquí?
Pues, que llevo un día de perros, y he decidido hacer novillos hoy por invitarte a pasear, si te apetece.
¿Qué me dices?
¡Caray, Alfonso! Tan espontáneo, y tan directo eres, que me dejas de piedra.
Eva... perdona, he sentido la necesidad de conversar contigo, si crees que no debes por Alfredo... lo comprenderé.
Mi marido no tienen nada que ver en todo esto, ni en nada que concierna a mi vida ya. ¡Te lo aseguro! ¡No se lo permitiré! Ya he sufrido bastante en estos años, y he callado muchas vejaciones, y he soportado tantas y tantas humillaciones, que no volverá a ocurrir, te lo aseguro, Alfonso. Mi vida he decidido vivirla yo, y rodearme de la gente que me quiere, y a la que quiero, ya sabes. Lo que no haré (decía humillando la frente, con tristeza clara reflejada en su rostro), será volverme a enamorar, eso no lo haré nunca. Soy una mujer castigada por el destino, condenada a espiar mi culpa. El error cometido con mi beneplácito. Sí; porque fuera como fuera, yo fui la que consentí mi propia ruina.
No llores, por favor, Eva. ¿Damos ese paseo? Seguro que te vendrá bien tomar el aire, y relajarte entre la belleza de la avenida de Los Rosales. ¿Te apetece?
Asentía con la cabeza, mientras se enjugaba el llanto.
Me das un minuto, por favor Alfonso, y en seguida estoy contigo.
No tardó en salir, se le veía tan bonita como siempre, más bonita que ninguna otra.
¿Lista? ¡Marta! ¡Me alegro de haberte conocido!
¿Ya os vais? Bueno pues, ya sabes... vuelve cuando quieras, ésta es tu casa.
Gracias, Marta.
Me abrazó como si me conociese de toda la vida, y con dos besos en las mejillas dijo: "cuidaros, que os quiero"
La tarde era plácida, muy serena, la avenida Los Rosales, a aquella hora de la siesta estaba bastante tranquila, no había mucho paseante. Paseando, paseando, decidimos quedarnos a la sombra de uno de aquellos álamos blancos, que tanto nos gustaban a los dos, y así hicimos, nos sentamos sobre una hierba fresca, sedosa, con aquel olor a recién cortada.
El silencio era casi perfecto, sólo el canto de los pajaritos ponían la música a aquella brisa acariciadora como besos de mujer.
Los dos estamos indecisos, a pesar de nuestra edad, parecíamos quinceañeros. Donde la timidez afloraba a tu piel, y los pómulos cogen ese sonrosado tan dulce, y tan bello. Especialmente en el rostro de ellas. A Eva le sentaba como a la Virgen, era hermosa, y con aquel rubor...
Mi corazón se aceleró tanto, que no podía articular palabra, ni sabía cómo empezar la conversación. Por un lado eso, por otro... ¿Si no había nada de cierto en lo de Jesús? ¡Haría el ridículo! No podía sospechar de ella.
¿Qué tal, con Jesús? (Cometí el error de comenta, rompí el momento de candor y pureza que reinaba en aquellos momentos)
Era como si mi otro yo, el "malo" no se diese por satisfecho.
Es, un gran amigo, y como persona inmejorable. La mujer que se case con él, tendrá mucha suerte, es un buen hombre, trabajador, honrado y decente.
(Cuántos elogios por una simple pregunta. Sí; ya sabía yo que Jesús, era todo aquello... pero, en sus labios parece que sonaba de otra forma. Mi mente se iba hacia la duda, cuando mi corazón me quería llevar sólo a eso, a pensar lo que en realidad éramos. ¡Amigos, los tres! Y no otra cosa.
Sí; ya se, es un gran amigo. Quise arreglarlo, pero lo volví a estropear con otra de mis preguntas impertinentes.
¿Te trata bien, Jesús?
Sí, muy bien, se preocupó mucho de mí. Sabe el daño que me ha hecho su hermano durante muchos años, aunque lo callaba, quizá negándose a creerlo, hasta quedar convencido, que su hermano tiene dos caras como las monedas. A él le presentaba siempre la cara de la moneda, ya que a mí me reservaba la Cruz. ¡Y qué cruz, Dios mío! Pero, no hablemos de ello, Alfonso. Dime una cosa... ¿A qué vienen estas preguntas? ¿Estás celoso de mí? ¿O es que, no me crees una palabra de mi versión?
¡Mujer, que cosas tienes! Ya pude comprobar el día que estuvisteis en casa de Jesús, el día que te agredió tu marido. ¿Cómo no voy a creerte?
¿Entonces?
Siento curiosidad. Como siento el haber roto un momento como éste. Y como lamento el hecho de que estés casada, y no sepa, o no pueda decirte, o expresarte, tal y como son mis sentimientos. ¡Lo siento, lo siento, lo siento!
Alfonso... nuestro deber es cuidar, y educar a María, ella se lo merece todo y nos debemos volcar en ella. Quiero que, me prometas que no volverás a pensar en mí. ¡Prométemelo!
¡Pídeme que cubra los cielos de rosas, pídeme que siembre la tierra de estrellas, pídeme el mar, y te los serviré en una botella, pídeme la luna, y te la regalaré dentro de un globo! ¡Pídeme cualquier imposible, cualquiera; y moriré intentándolo, pero por favor, Eva, no me pidas nunca que te olvide.! Has significado siempre mucho para mí, sólo que, fue tu decisión... fue la determinación que tomaste, para ser feliz. Siempre pensé que era así, y en parte yo también lo era si tú lo eras. Tenía a nuestra hija, que me distraía con sus arrumacos, caricias y risas. Pero desde el día que te vi, que te había pegado Alfredo, y te oí decir por tus labios, que no eras, ni habías sido nunca feliz, no vivo. Todos mis pensamientos caminan, aunque por distintos caminos, pero todos hacía ti.
Alfonso...
¡Déjame que te diga lo que pienso! Ya que no puedo decirte lo que siento...
Eva, estaba con la frente baja, como una flor mustia. Si; yo sabía que todo aquel dolor la estaba matando. A ella le pasaba lo que a mí, me amaba (estoy seguro), pero se había empeñado en sufrirlo ella sola. Y yo me encontraba tan impotente con su situación, que en aquel momento decidí no hacerla pasar por ese estado de sufrimiento.
Lamento mucho, muchísimo, la circunstancia en la que nos encontramos los dos. Comprendo, que debo darte tiempo, sólo te pido, que por favor te abras a la vida, y no te encierres en el pasado, y sobre todo no te compadezcas. La culpa fue de ese miserable de Alfredo, que algún día la ley de Dios lo pondrá donde debe estar.
Tienes razón, Alfonso, todo se arreglará, debemos tener fe. Mientras... tenemos la gran suerte de tener una hija maravillosa, que es mi gran amor, y nos adora a los dos. Dejemos el tiempo correr, y no pensemos en el amor. O por lo menos, trata de ser fuerte, Alfonso. Yo por mi parte, sabes lo afligida que me encuentro, y tú debes pensar que soy una mujer casada.
Sólo pude asentir afirmativamente con la cabeza. Aunque estaba convencido de no poder quitármela de mi mente, había calado ya muy hondo, y añoraba una familia. Sí; eso era, lo que echaba de menos, una familia. Casarme, tener mi mujer en mi casa, mi jardín, mi perro, mi caña de pescar, ni hijita. Y no necesariamente en ese orden claro, mi hija era para mí lo más grande del universo. Mi universo en una pompa de jabón, le llamaba yo.
Los dos sin darnos cuenta nos levantamos, y nos fuimos caminando en silencio. Al llegar a la altura de la casa de Marta, para dejar a Eva, vi, que en el porche se encontraba Jesús.
¡Caramba! ¡Qué casualidad! (Me dije yo) Ya me volvían los malos pensamientos.
Mira, Eva, Jesús te espera...
Que raro... ¿Qué querrá de mí?
Despídete de él en mi nombre, tengo que hacer algunas cosas aún. ¿De acuerdo, Eva? ¡Cuídate mucho!
Adiós Alfonso, cuídate tú también.
Me había puesto rojo de ira, de celos o de rabia, al haber visto a Jesús en el porche de Eva. ¿Será verdad que se ven a mis espaldas? ¿Serán, uno de esos triángulos amorosos?
¡No, Alfonso no! Quizá tú veas fantasmas a la luz del día. (Trataba de serenarme yo sólo)
Capítulo XXXII TERTULIA
Eran las seis de la tarde aquel día, en el casino faltaban varias caras conocidas... algunos parroquianos diarios, que no solían faltar nunca, entre ellos, el doctor Ugarte, y el doctor Morales.
Fue exactamente lo que pensó el señor Unay Salvatierra, cuando se paró como solía hacer en la misma puerta de entrada, y echo el primer vistazo de costumbre. (No podía charlar con ellos hoy. ¿Se molestarían el día anterior por dejarles con la palabra en la boca? No sé. Bueno... me quedaré un rato por aquí, y después me iré.
Aquella tarde, y a esa hora precisamente, los amigos y doctores, se encontraban reunidos en la casa del doctor Ugarte.
Querido amigo... ¿Qué te parece Morales, el drama del señor Iñaki, y su esposa Maite?
Es; y no digo que haya sido, porque aún lo es, y por mucho tiempo, una tragedia, Javier... una tragedia.
Y, ahora... ¿Cómo solucionamos el problema de Alberto? Yo creo, que deberíamos seguir adelante con las ondas electromagnéticas.
¿Tú crees, Pedro?
Creo que sería lo mejor, ahora nadie lo reclama, nadie se preocupa por el, y Alberto como sabemos todos, no tiene otra cura que la experimental.
¿ No lo crees así, amigo Javier? Tras dar un suspiro de inquietud, el doctor Ugarte, dio su afirmación.
Eso mismo pienso yo, Pedro. Podríamos probar las ondas, y ver el resultado.
¿Y, si el resultado no es satisfactorio? ¿Qué solución le damos después, Javier?
Siempre nos quedaría la última voluntad de su padre, con la que estaba de acuerdo.
¿La eutanasia?
¡La eutanasia! No tenemos otra elección, amigo Pedro.
¿Estarás consciente del riesgo que corremos? ¿O no, Javier?
Pues claro, Morales, tranquilízate, no sucederá nada, ya lo verás. Por otra parte Alberto, es una carga para cualquier institución, y sabemos positivamente, que su estado es vegetativo progresivo, no curará jamás.
¡Está bien! Ugarte... te dije que te ayudaría en lo que estuviera en mi mano, y lo haré; te lo prometo.
Pero en esto, hay que ser muy discreto Pedro, ya sabes qué fuiste tu mismo quien me recomendó la sala de relajación del segundo sótano. En un local adjunto, y adosado a los laboratorios y farmacia del hospital. Allí nadie nos molestará, ni nadie sabrá nunca lo que allí sucediese, y siempre sería una muerte natural. De eso daría fe yo personalmente.
Mirándolo así, me parece bien. ¿Y a quien has pensado encargarle ese trabajo? ¿O lo vas a realizar tu mismo, Ugarte?
¡No! Había pensado, aunque yo supervisara todo el tratamiento, y dado que tengo un gran interés en el resultado... había pensado como te digo Pedro, en poner al frente del proyecto al doctor Unay Salvatierra. Abandonar yo la planta, y delegar en mi equipo ese trabajo durante unos días. Si yo me encargo de Alberto, otra atención tan peculiar no hay en la planta 14.
Tienes razón, Javier, y así iría dando algún tiempo a poner en orden lo atrasado, como me contaste.
Sí; así es, tienes razón Pedro, eso será lo que haré, ya que tras la desgracia de sus padres tenemos libertad para cura, investigar o en último recurso practicarle la eutanasia a ese pobre hombre.
...................................................................
Anteriormente a estos acontecimientos, se libraba otra batalla en casa de Jesús, con Alfredo.
Le había vuelto a dar el famoso ataque, pero esta vez, más virulento y malo. No reaccionaba con el tratamiento que lo más rápidamente pudo administrarle Eva. El enfermo había empezado a sudar, una calor le brotaba de la piel, que hacía que por sus poros brotasen pequeñas gotas salinas.
Su estado no era ni mucho menos bueno.
El fuerte dolor de cabeza iba en aumento, aparentemente la falta de aire le obligaba a jadear, suspirar o inspirar el aire lentamente para luego expulsarlo de un solo "bufido". Así continuamente, y cada vez peor. Su estado se agravaba, las articulaciones le dolían, los miembros lo mismo los superiores que los inferiores, y en especial desde las yemas de sus dedos hasta el antebrazo se le quedaban "dormidos" casi tullido.
Su cabeza la reposaba sobre una esquina, mientras su cuerpo se sujetaba sobre un frágil taburete.
Su hermano Jesús, aún a sabiendas que era un sinvergüenza, debía ayudarle. ¡Era su hermano!
Primero fue a por Eva, y luego Jesús, pudo por fin acertar con el número de la ambulancia.
Mientras todo esto ocurría, yo me encontraba dando un supuesto paseo romántico, cosa que como el lector ha podido comprobar dejó mucho que desear ese paseo. Incluso me vine receloso de Jesús, cuando lo vi esperando en su porche. (Que por cierto, ni me despedí de él con los "celos")
Esta vez sí se le ve mal, su fin no será nada bueno. Lo presiento. (Eran los pensamientos de Jesús)
Yo por mi parte esa tarde no me apeteció hacer nada, me fui a pasear por el parque, tras dejar a Eva en el porche de su casa, donde le esperaba Jesús. Después de la zozobra que me había dejado mi "amiguita" Amaya.
Aquellas dudas ya no me las podía quitar de la cabeza. Y creía en ella; estaba seguro. Pero... ¿qué habría de verdad en todo lo que me dijo? Seguro que nada, pero allí estaba yo comiéndome los sesos por el tema. ¡"Ese tema al que no le daba importancia"!
Mis pasos por aquel jardín florido, aquel parque botánico donde eran tan escasos los árboles que faltaban, donde se agrupaban en familias, y se reagrupaban por grupos, igual las coníferas que cualquier otra especie que buscases.
Yo como siempre en los detalles, estamos en junio, está brotada tal o cual flor, el jazmín, la azalea, el pensamiento, se están yendo ya los tulipanes...
Pero mis pasos como digo, me iban llevando hacia el hospital, al final del parque botánico pude divisar la parte más alta del mismo. ¿Estará allí Alberto? ¿Será esa la planta catorce? ¿Y si fuera a darme una vuelta? De todas formas, estoy deprimido... (Pensaba otra vez sin quererlo en Amaya.)
¡Qué criatura más perversa! ¿Quién puede querer a alguien así, de no ser otra persona sin escrúpulos? Otra, que como a ella no le importase hacerle daño a la gente. ¿Por qué disfrutaba filtrándose en la vida de los demás? ¿Es que era tan sumamente pobre de espíritu la suya, que tenía que inmiscuirse en otras vidas para ser feliz?
No pude por menos, que sentarme en un banco del parque, e involuntariamente, casi como me ocurría siempre, coger el bic y la libreta.
Esto fue lo que me salió.
Tiene tres puertas mí casa,
la de entrada, la de salida,
y la abierta.
Esa puerta, que es la entrada a mi alma
donde todo el mundo penetra
sin haber sido invitada
cuando pasan por mi casa.
Esa puerta impenetrable
transparente como el agua,
esa puerta que asoma
al balcón de mi mirada.
Ese jardín de recuerdos
del presente, y de la infancia,
el que deshoja la gente,
que le arrancan las bisagras,
que les desmontan los clavos,
y le desarman las tablas.
La puerta de mis adentros,
y de mi vida privada.
Como si no tuviera bastante con lo que estaba ya padeciendo, y sufriendo por Alberto, su familia, su tragedia, la mía con Eva casada con un malvado... Mal casada con un villano, que le había dado una vida de mártir durante más de quince años. Y yo... ¿Qué podía hacer para remediarlo? Si es que podía, claro.
Las palabras de Amaya, me rebotaban en la cabeza como el eco en las montañas.
¿Querría aún a Alfredo? ¿Sería verdad que Jesús...? ¡No! Alfonso, no, no, no y mil veces no, no puede ser cierto. Yo creo en Eva, y sé que es una mujer pura y sincera, que tuvo la mala suerte de encontrar en su camino a ese "sujeto".
(Yo mismo me repetía) Sí; ya sé, fueron aquellas malditas drogas que le administró, si no, estoy seguro que no la habría conseguido. Sé positivamente, que al que quería era a mí. Siempre lo supe. La prueba es María, que es lo más bello que nos ha pasado. Pero dude, o no, sé que la amo, y esta vez no me rendiré. ¡Juro que no me rendiré!
Mientras caminaba hasta el hospital, el ruido de sirenas y luces intermitentes era continuo, como todos los días en una ciudad medianamente grande, a la que, claro está, estamos inmunizados ya a tantas y tantas tragedias que no le hacía ningún caso.
Yo me imagino que como todo buen cristiano. Con mi depresión y mi problema, fuese el que fuese, pero adelante, a lo mío.
Para esa hora de la tarde noche el doctor Ugarte, y el doctor Morales se encontraban en el hospital. La megafonía solicitaba sus servicios en un ala o en el otro del hospital. Por alguna, u otra razón se les buscaba.
Yo, como buen o mal periodista, pero siempre por costumbre me pasaba por admisión.
Aquella chiquita tan vivaracha me animaba mucho en mis tareas, y en mi vida en general. Se comportaba tan amable y servicial, que siempre conseguía alguna información (Sin buscarla), que me venía bien.
Si, allí estaba ella. No en el mostrador, sino fuera de él. En realidad no sé qué función cumplía exactamente, es más; ahora que pienso... ¿Si no se, como se llama siquiera? Intentaré averiguarlo.
Cuando me acerqué, fue ella la que otra vez me vino a ofrecer ayuda, o información. No lo tenía muy claro, el caso es que me era súper útil aquella chica.
¡Hola, señor escritor! ¿Cómo está usted?
Pues, me deja un poco cortado señorita, ya es la segunda vez que me ayuda.
Sólo le pregunto, que como está. Aun no le he podido servir de ninguna ayuda.
Tiene razón. Mire si estaré seguro que lo hará, que antes de pedírsela ya se lo agradezco.
¡Usted dirá!
Pues verá, señorita, me cae usted la mar de bien, su amabilidad me abruma, su presencia me sonroja, y sin embargo aún no conozco su nombre.
Tiene usted mucha razón, señor escritor, ni nos han... ni nos hemos... Me llamo Elisa, Ely para mis amigos. ¿Es usted mi amigo?
¡Con mucho gusto, Elisa!
¿Si es mi amigo debe llamarme Ely, no cree?
Tienes razón, perdona Ely.
Yo me llamo Alfonso, y sí; tiene razón, soy periodista, pero no estoy aquí como periodista, sino como alguien que pretende escribir alguna especie tesis, sobre las drogas en general, y estoy muy interesado en la evolución de Alberto.
Pues yo, amigo Alfonso, como una simple auxiliar le puedo decir que Alberto no tiene evolución, ni la tendrá nunca, ya sabe... se le trasladara a un centro adecuado a sus necesidades, y con el personal cualificado para ese tipo de minusvalías, y esa será su vida.
¿Definitivamente no se puede hacer nada por él?
Según mis informes, como le digo... no. Así como le dije que había sido un éxito el trasplante del micro emisor receptor en los ojos de un invidente, emulando el sistema de ecolocación que utilizan los murciélagos... en Alberto le digo, y le confirmo, que no se puede hacer más, y le aconsejo que se busque algún otro caso que investigar, Alberto murió el viernes del accidente. ¡Pobrecito, un joven tan guapo...!
Sí; posiblemente te haga caso, buscaré otro tema. El problema de Alberto me estaba obsesionando demasiado. ¡Yo que lo he vivido desde antes del accidente! ¡Qué he seguido durante meses la evolución negativa, igual de él, que de sus padres...! ¡Pobres, lo que han sufrido! Así es el final de los tres, por el cabeza rota de Alberto.
Bueno, Ely, perdona que te haya robado unos minutos, pero te aseguro que ha sido un verdadero placer conversar contigo.
¡No importa, Alfonso! Para eso estamos nosotros, para informar y mitigar en lo que podamos el dolor de las personas.
A propósito, Alfonso. ¿Sabías que ese señor que te acompañaba a veces en tus visitas, ha traído a un señor con crisis de ansiedad aguda provocada por el alcohol y alguna droga? También le acompañaba una chica.
Capítulo XXXIII CONFABULACIÓN
A esa misma hora, las seis o seis y treinta de la tarde, fue cuando fue ingresado Alfredo. Acudió a urgencias como sabemos con la crisis crítica de ansiedad, alcohol y alguna sustancia química más, que al parecer había tomado.
Eva, se encontraba en la sala de espera de urgencias. Se le veía pensativa, y cabizbaja. (¿Sentiría el estado de su marido?) Al escuchar unos pasos que se acercaban... unos pasos, que por cierto había reconocido, comprobé, que en efecto, era Jesús que venía de interesarse por su hermano.
¿Qué, Jesús? ¿Cómo está? ¿Está mejor?
No te puedo decir, Eva. El médico de urgencias le está atendiendo en estos momentos.
....................................................................
En el despacho médico, el doctor de urgencias daba todo tipo de órdenes.
Enfermera, por favor. Hágame unos análisis de sangre completos, registre la tensión y ordene que se le tome la temperatura, además; pida una resonancia cerebral urgente. Mande venir al servicio de electro, y quiero un cardiograma y otro encefalograma. Este hombre está a punto de una trombosis, o algo quizá peor. Quiero que se le administre una dosis tranquilizante suficiente para que quede parcialmente sedado, y se tranquilice su sistema nervioso. ¿Ha tomado nota de todo?
Sí, doctor, enseguida me pongo a ello.
Gracias, Irene, se lo agradezco.
Aquella noche se presentaba movida. En otra estancia, el doctor Ugarte llamaba al doctor Salvatierra, por teléfono.
¿ Don Unay?
¿Si? Dígame.
Señor Unay. ¿Cómo está usted?
¡Ah, hola , doctor Ugarte! No le había reconocido.
Se que estará usted muy ocupado doctor Salvatierra, estos días tenemos demasiado trabajo todos, pero quería pedirle un favor.
Usted dirá, doctor Ugarte. Sabe que estoy siempre a su servicio. ¿Qué se le ofrece?
Pues mire, Unay, quisiera trasladar al paciente de las 1470 al segundo sótano, a la sala de relajación mental en desuso provisional, donde quiero someter a un tratamiento especial ha dicho paciente; ya sabe, Alberto, del que tanto hemos hablado, aunque usted no haya tenido la oportunidad de conocer.
Tiene razón doctor, pero lo trasladaré donde me dice.
Quiero también darle el encargo a usted personalmente, señor Unay, del cuidado en exclusiva de ese paciente.
Le agradezco su confianza, doctor Ugarte.
Escuche, Salvatierra, lo que quiero es lo siguiente: usted se ocupará de todo, y en exclusiva como le digo de todas las operaciones a seguir que yo le iré enumerando.
¡Claro, señor!
En primer lugar, lo traslada a la sala que le he dicho adjunta a los laboratorios, y almacenes químicos, farmacia, etc.
¡Bien!
Luego, me coge usted dos enfermeras que serán sus ayudantes, una hará el turno de noche, y otra el de mañana, a la tarde ya nos ocuparemos nosotros.
¡Muy bien, doctor Ugarte! ¡A su servicio!
Otra cosa; doctor Salvatierra, lo que le acabo de pedir sólo lo trate conmigo en exclusiva, no debe enterarse nadie, tómelo como un secreto. Hemos de practicar alguna, o algunas sesiones de electromagnetismo en ondas cerebrales, y esto aún no debe trascender. Esto quiero que lo tome, no como un juego, si no como una orden. ¿De acuerdo Unay?
¡Bien, señor, ya sabe que puede confiar en mí!
Gracias, doctor Salvatierra. Ya le iré pidiendo informes y novedades, pero no lo olvide, sólo trate este asunto conmigo. ¿O. K.?
Me alegro que haya confiado en mí, doctor Ugarte, no le defraudaré.
Otra cosa le voy a decir, Unay; sólo se dedique a Alberto, olvídese de la planta y el quirófano.
De acuerdo, doctor Ugarte, pierda cuidado que así será.
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¿Ese señor que venía contigo, no podía ser otro que Jesús?
¿Estás segura, Ely?
¡Claro! Lo he visto contigo tantas veces por aquí, que me había llamado la atención el por qué venía si no tenía ningún familiar ingresado, y claro, la persona que iba contigo... pues también fue objeto de mis críticas. ¡Internas! De mis críticas, internas. Soy muy consciente de lo que hago, y no me puedo permitir el lujo de criticar en voz alta. ¿Eso no estaría bien? ¿Cierto?
Supongo que no, Ely.
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El doctor de urgencias creyó conveniente ingresar a Alfredo, pues al estar sedado como estaba, y a falta de estudiar las pruebas que le había solicitado, en especial la resonancia... sería lo mejor. Y así lo hizo.
Señorita. Hágale un boletín de ingreso, y búsquele habitación, se queda hasta comprobar el historial.
Bien, doctor.
Tras hacer las oportunas diligencias, la enfermera consiguió cama, y habitación para Alfredo. Redactó el documento pertinente, y se lo pasó a la auxiliar de admisión, que solicitó un camillero para trasladar a Alfredo a su habitación.
Mientras esperaban su llegada, a Alfredo lo dejaron en el pasillo de urgencias.
Eva y Jesús, conversaban en la sala de espera. Se les veía visiblemente afectados, uno por ser su hermano, y Eva por haber sido su mujer durante tantos años. No lo quería según ella, pero los sentimientos están tan profundos, a pesar de subir a flor de piel a veces.
¡Alfonso! (Grito Jesús, dándome un abrazo)
Yo respondí a su saludo evitando pensar en el veneno que me había inyectado Amaya.
¿Qué tal, amigo Jesús? ¡Eva... ¿Cómo te encuentras?
¡Bien, gracias Alfonso! Gracias por tu interés.
Ya sé, que mi hermano es un miserable, que no se merece que nos preocupemos ninguno de él... pero... ¡Es mi hermano, Alfonso! Y eso no puedo evitarlo.
Tranquilízate Jesús, seguro que no es nada. Estate tranquilo que hasta los malos tienen su ángel bueno. Todo se arreglará. ¿Qué os han dicho?
Aun nada. Estamos esperando que nos digan lo que tiene.
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Para entonces ya eran las diez de la noche, y el cambio de turno se efectuó como todos los días. El personal sanitario se pasaba el turno. Se daban las novedades, los medicamentos, reglas y pautas a seguir.
El doctor Unay tan servicial y atento, además de puntual ideal a sus superiores, no pudo esperar al día siguiente. Era tan esmerado y preciso en su trabajo, que quiso dejar a punto igual al paciente, que la sala, para cuando el doctor Ugarte llegara se encontrase todo a su gusto.
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En la admisión las chicas venían frescas, y con ganas de guasa, o bromas, los camilleros como amigos y conocidos de todos los días, pues igual; también se prestaban a alguna broma que otra.
El camillero solicitó el historial a admisión.
¿Carla, por favor, me das el historial?
¿El historial de quién?
¿Esta camilla tiene un destino? ¿No es así?
¡Ah, si, perdona Carlos. La 470
¿La cual?
La 470. ¡Sordo!
Estaba el pasillo hacia los ascensores a izquierda, al frente el ala de materno infantil, y a la derecha la sala de espera, donde nos encontrábamos nosotros.
¿Qué te parece Jesús, si preguntamos por él?
Deberíamos hacerlo. ¿No crees Eva? Hace ya mucho tiempo que se lo llevaron.
Eva, asintió con la cabeza.
Nos acercamos a admisión.
¡Señorita! (Pregunté) ¿Sería tan amable de decirme, si sabe algo de Alfredo Idoate?
No deben preocuparse, está bien. Ahora lo llevarán a la sala de relajación mental, donde debe de permanecer en calma y reposo, necesita mucho reposo. Ahora no pueden estar con él, porque ésta sedado y duerme profundamente, ya le informaremos cuando puedan verle.
En ese momento me di cuenta, que ocurrieron dos cosas: el doctor Salvatierra entraba, y pasaba junto a admisión a la vez que el camillero le gritaba a Carla...
¿A la dónde me has dicho?
La enfermera Carla se dirigió a él con sorna y burla, para decirle...
A la un, cuatro, siete, cero. ¿Me has entendido ahora?
¡Sí, claro Carla, súper claro!
¡Pues andando, Carlitos!
El doctor Salvatierra que pasaba junto a la camilla en ese momento, y oyó, "un, cuatro, siete, cero." (Pensó) Me haré cargo yo directamente, como me ha dicho y especificado bien claro el doctor Ugarte.
¡Un momento, camillero!
¿Sí, doctor Salvatierra?
No se preocupe de este paciente, ya me hago cargo yo. No se preocupe, muchas gracias.
Bien doctor, gracias a usted.
Vi que se llevó a Alfredo, y como la tal Carla nos dijo que tuviéramos paciencia, que tenía que hacer mucho reposo, pues tampoco quise preguntar al doctor en ese momento, ya hablaría con el más tarde.
¿Qué pensáis hacer, Jesús?
Pues, yo no he pensado nada, me iré a descansar, el día ha sido muy largo y pesado. Estoy fatigado.
Yo también, creo que me iré a descansar. (dijo Eva)
No me atreví a ofrecerme para llevarla a casa, estaba Jesús. (Ya estaba con mi imaginación, no debía pensar en eso.) Ella era buena, y estoy seguro que me quería. Fue Jesús, el que se me adelantó. (Como la llevó al hospital...) ¿Quieres que te acerque a casa?
Eva dudó unos segundos, pero viendo que yo no decía nada accedió. Estoy seguro que esperaba mi invitación. Había pasado todo tan de prisa aquel día... tantas, y tantas cosas ocurrieron, que cualquier persona ahíta de problemas, recuerdos, quimeras y celos, habría tirado la toalla. Como estaba yo, que no sabía ya que pensar, ni qué hacer, ni a qué dedicarme, el hombre de la "cierta suerte" parece que se le había acabado, y todo me salía mal. Incluso llegaba a dudar de mi amigo, su amistad, de Eva, y su cariño hacia mí.
Claro, que eso lo veía comprensible, era una mujer casada no podía echarse en mis brazos... y sin embargo, aquella duda que sembró en mi aquella "mujer". Yo la llamaría algo peor, pero pienso que cada uno se lleva al otro mundo el fruto de lo que ha sembrado en este. ¡Es verdad, es justo y además necesario que así sea!
En fin; mi iría yo a dormir también; en realidad era muy tarde ya, y al día siguiente me esperaba un día duro.
¿Te vienes con nosotros, Alfonso?
Gracias, Jesús, pero prefiero irme andando, hace muy buena noche y no quiero perdérmela.
Como quieras. ¡Adiós, Alfonso!
Que descanses Eva, ya os veré mañana. ¿De acuerdo Jesús?
Sí...
Jesús estaba bastante abatido, yo que lo conocía bien se lo noté. Le estaba afectando lo de su hermano.
Mientras caminaba bajo las farolas de la calle, no dejaba de pensar en todo lo que me rodeaba, lo que me ocurría, y lo que le ocurría a los demás. Cómo sintió Jesús todo lo del autobús, lo de Alberto, el capricho del destino, la mala jugada que hizo con Iñaki y Maite, igual que lo sentí yo, y lo sentimos todos.
Pero ahora viendo a Jesús con su hermano, no puedo por menos que pensar lo distinto que se vive la tragedia cuando se sufre en carne propia.
Parece que la humanidad se reduce a tu entorno más cercano, y los demás son el "resto". Cuando en realidad, nos confeccionó el mismo sastre, y estamos cortados por la misma tijera.
Capítulo XXXIV ENSAYO II
A primera hora de la mañana, el doctor Ugarte fue el primero en comenzar su trabajo en la planta catorce.
En realidad estaba reconociendo, y recopilando historiales de pacientes en los cuales faltaba algún dato, e incluso hacer el análisis general de sus diagnósticos.
Con el fin de poner todo aquel trabajo en orden, y antes de que su equipo viniese, tenerlo a punto para llevárselo a su casa, y estudiarlos con calma.
Poco a poco fue apareciendo el equipo del doctor Ugarte. Era un equipo bastante puntual, para las ocho de la mañana no faltaba nadie ya.
Se encontraban reunidos todos en la sala de sus consultas privadas, cuando el doctor Ugarte decidió dar el paso que necesitaba.
Señores...
¡Buenos días doctor!
Casi todos dejaron de hablar en el acto, para darle los buenos días.
Quiero que me presten un minuto de atención, señores.
Les quiero comunicar mi decisión de delegar en ustedes el cuidado de los pacientes de esta planta.
Sé positivamente que la dejo en buenas manos, tengo el privilegio de dirigir el mejor equipo médico del hospital.
Señor Salgado, le dejo al mando del equipo.
Yo me retiro unos días para poner al día una serie de documentación que tengo atrasada, y necesito estudiarlas.
Me dedicaré exclusivamente a esto, así que dejo la planta en sus manos. ¿Le parece bien Sr. Salgado?
Si usted lo ha decidido así, a mí me parece bien doctor Ugarte. Es un honor que usted me hace.
¿Alguna pregunta, señores?
El silencio fue unánime por lo que el señor Ugarte entendió que todo estaba en su sitio.
Se dirigió a la puerta, y abriéndola se volvió a sus colegas para decirles: Confío en ustedes, sé que no me defraudarán. Les haré saber mi vuelta.
Y muchas gracias por todo.
Mientras todo esto sucedía el doctor Salvatierra al pasar por admisión, ya empezaba su trabajo.
Señorita, introduzca en el ordenador, que al paciente de la sala de relajación no se moleste en absoluto, necesita mucho reposo, nada de visitas. ¿Ha tomado nota?
Sí doctor.
Muchas gracias.
A las nueve de la mañana, el café del hospital se encontraba casi con las mismas personas que todos los días a esa hora.
El doctor Ugarte, se dirigió a su mesa situada en un rincón.
Pero un rincón diáfano muy claro, y tranquilo.
No tardó mucho en aparecer el doctor Morales, que decidió como a diario, hacer compañía a su amigo Ugarte.
¿Qué tal doctor, Ugarte?
Buenos días tenga usted doctor Morales.
¿Va todo bien?
Espero que sí, don Pedro.
Ayer ya di orden al doctor Salvatierra de trasladar a Alberto al sótano que me dijo.
Espero, que hoy mismo pueda practicarle la sesión de las ondas.
Y roguemos al señor de que sea un éxito, doctor Ugarte.
Confío en que así sea, si no me veré obligado...
¡Ah Sr. Unay! No le había visto llegar.
Quería comunicarle, que esta todo bajo control doctor Ugarte.
¡Perfecto Sr. Unay!
El paciente se encuentra en espera de su decisión señor.
Y la máquina, me he tomado la libertad de ponerla en funcionamiento, por si usted decidía intervenir.
Me deja usted anonadado, doctor Salvatierra, es usted el Pitágoras del centro.
Es usted una máquina, y como todas las máquinas o casi todas... ¡Perfecto!
Intento ser lo más útil posible señor.
Ya lo sé, doctor Salvatierra, es una broma como puede suponer.
¿Le parece bien que intervenga al paciente a las diez?
Lo que usted diga doctor Ugarte.
Bien; pues tenga todo a punto, haga el favor, y a las diez comenzaremos.
Espéreme a esa hora. ¿O.K.?
Todo estará preparado, no lo dude usted.
Al quedarse solos los dos amigos comentaban la eficacia del doctor Salvatierra.
Esto es un caso. ¿No le parece doctor Morales?
¡Ya lo creo! Es un hombre que está en todos los detalles.
A propósito de detalles... ya he delegado el cargo de la planta en el doctor Salgado.
Creo que será un gran sustituto también. ¿No cree doctor Morales?
Sí, estoy seguro. Es un gran profesional.
Para las diez de la mañana el doctor Salvatierra, lo tenía todo en perfecto orden.
Al paciente aún le duraba el efecto de la inyección tranquilizante, que le administraron en urgencias la noche anterior.
Pero el doctor Salvatierra ya lo tenía todo dispuesto, el casco en el paciente, todo el cableado de ventosas y pinzas, que se conectaban por unos terminales a cierta maquinaria, parecida a las centralitas telefónicas antiguas, sólo que con multitud de lucecitas, y una pantalla a cada lado.
Al entrar en la sala, a la derecha, se encontraba la cabina acristalada de la máquina.
Al fondo, en la sala, había una especie de lavadora un gran tambor que accionaba el doctor desde la cabina, y que mandaba todo tipo de señales lo mismo cerebrales que nerviosas a las pantallas de la máquina de las ondas situada en la cabina.
El doctor Ugarte tampoco se hizo esperar, solía ser muy puntual, pero en aquella ocasión, tratándose de la operación a realizar, quiso comenzar cuanto antes.
Tenía deseos de ver los resultados, y estudiar lo positivo, o lo negativo que podía ofrecer aquellas ondas, aún sin estudiar a fondo.
¿Qué tal doctor Salvatierra? ¿Todo listo?
Al mismo tiempo de entrar en la sala, se introdujo en la cabina, confiaba plenamente en que el doctor Salvatierra lo tenía todo perfecto, como siempre, ya que había sido ayudante suyo durante varios años, así que todo estaba bajo control, lo dio por hecho.
Todo a punto Doctor Ugarte. ¡Cuanto usted quiera!
Desde la cabina acristalada el doctor Ugarte miraba el tambor donde estaba metido "Alberto," las dos enfermeras a los lados esperando sus ordenes, y pensaba: Es una máquina complicada, e inexplorada aun, es un riesgo, pero como les dije a sus padres, que no se preocupara jamás de sus lesiones...
Es mejor practicarle la sesión, y analizar luego los gráficos para ver que nos dice.
En la sala se oía un silencio total, sólo se podía notar la respiración del enfermo. (Que el doctor Ugarte no podía ver, sólo apreciaba las convulsiones de su corazón en una de las pantallas)
El silencio seguía reinando en la sala, el doctor Ugarte como neurocirujano que era, sus movimientos eran precisos, pero la mente iba delante. No podía evitar pensar en Iñaki y Maite, aquellos padres desolados, el trágico fin que tuvo él, y Maite no tendría cura.
Sobre todo, tenía la seguridad de que "Alberto" estaría así el resto de sus días, fueran los que fueran.
Luego entonces, lo intentaré (Se dijo), por su bien, y por el de la sociedad.
Por otro lado, nadie podrá dudar de mí, es una máquina en fase de experimentación, y puede fallar.
¡Dios mío, sabes que soy un católico practicante, Tú sabrás perdonarme!
¿O es quizás esto lo que quieres que haga con él?
La máquina se puso en marcha con unos pequeños zumbidos zig ...zig ...zig... y multitud de lucecitas de colores.
En la pantalla se reflejaba la silueta del enfermo por ordenador.
"Trazos como una jaula de pájaros" qué diría mi hija.
Hubo unos barómetros que empezaron a subir el zig ...zig ...zig... cada vez más fuerte, hasta que al cabo de unos minutos, aquel cuerpo tendido en aquella especie de tambor de lavadora, votó como si le habrían golpeado con fuerza desde abajo.
Sólo lo hizo una vez.
La máquina que había estado prácticamente a tope, fue cesando el ruido del zig ...zig... y las luces se fueron apagando, hasta quedar todo de nuevo silencio.
El doctor Ugarte dio las órdenes oportunas.
Señor Salvatierra... déjeme por favor los resultados en mi oficina.
¡Bien doctor Ugarte!
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Sobre media mañana decidí llamar a Jesús. Quería interesarme por la salud de Alfredo.
Ríng... ring ...ring...
¿Dígame?
¡Jesús! Buenos días.
Que tal, Alfonso.
Yo bien, no te preocupes, ya sabes bicho malo...
¿Qué tal Alberto? ¿Cómo sigue?
Pues no tengo más noticias que las que tú sabes, Alfonso, ahora me disponía a ir al hospital para ver cómo está.
¿Quieres que te acompañe, Jesús?
Como quieras.
Nos vemos en la puerta. ¿O.K.?
¡Hasta luego, pues!
La mañana invitaba a la vida, a salir a la calle, el sol templaba el rostro a esa hora con uno delicadeza especial, inspire profundo, y me dirigí donde habíamos quedado.
Ya se encontraba Jesús, en la puerta del hospital cuando yo llegué.
Tras el clásico saludo, nos dirigimos a admisión.
¿Qué raro, no hay nadie esperando?
Comentamos alguno de los dos por decir algo.
A Jesús lo veía afectado por su hermano, lo había defraudado, tenía una idea equivocada de Alfredo.
Cuando se enteró de lo sinvergüenza que era, fue un golpe del que no se repondrá Jesús tampoco.
Confiaba en Alfredo.
Nunca pensó que fuese capaz de hacer lo que hacía, y menos el daño que nos hizo a Eva, y a mi.
Conociéndolo, sabía que sentía en el alma el daño que le hizo a él, y como destrozó nuestras tres vidas.
Pero en el fondo era su hermano, y lo quería.
Oiga por favor, enfermero.
¿Sí? Dígame.
Queríamos interesarnos por un enfermo que ingresó ayer, con un claro ataque de ansiedad convulsiva, el señor...
Sí, ya lo recuerdo, me tocó subirlo a la sala de relajación, pero el doctor Unay Salvatierra quiso hacerse cargo de él personalmente, y fue él quien lo llevó.
¿Me puede decir cómo se encuentra?
Pues...
El ordenador se volvía a poner en marcha era imprescindible.
Según el ordenador, el enfermo de la sala de relajación no debe ser molestado. Tiene prohibida las visitas necesita mucho reposo.
¿No podemos verlo entonces?
Contesté yo por fin, queriendo ir más allá.
No, señor.
Será mejor que deje el fin de semana, y vuelva el lunes, que ya estarán todos los médicos y le podrán decir algo.
Quizá para entonces ya puedan verlo. ¿No les parece?
Ninguno de los dos, ni Jesús, ni yo, quisimos insistir.
Jesús sobre todo, ya sabía la gravedad de su hermano, cuando ingresó iba realmente mal.
Así lo dejamos.
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El doctor Ugarte se encontraba en esos momentos en su oficina-despacho, se encontraba poniendo en orden sus historiales atrasados, pero a la vez, no se le iba de la cabeza el tratamiento de "Alberto." (Lo que hizo que dejase sus papeles, pues no podía concentrarse en el estudio de los análisis.)
¿Daría resultado el tratamiento?
No, no creo. (Se decía)
Es tanto el daño que las drogas han causado en el cerebro de ese muchacho, que no le veo que podamos obtener ningún resultado positivo.
Dio un profundo suspiro consolador, y siguió removiendo papeles.
Para el ángelus, ya había puesto en orden buena parte de papeles, cuando llamaron a su despacho.
¡Adelante!
¿Da usted su permiso, doctor Ugarte?
Pase, pase, señor Salvatierra.
Bajo el brazo llevaba una carpeta de gráficos, unos trazos rojos, otros azules, todo ello en unas grandes tiras de papel plegado.
Le entrego los resultados de la sesión, doctor.
Muy bien, doctor Salvatierra, le agradezco mucho la labor que está realizando a mi lado. No sabe cómo se lo agradezco.
No tiene importancia, señor, ya sabe que yo... encantado de servirle.
A propósito doctor Ugarte, debo decirle que el paciente ha caído en coma de nuevo.
¿Qué me dice doctor Salvatierra?
Sí, señor, me he visto obligado a conectarlo a la respiración artificial, sus constantes vitales son realmente pobres.
¡Vaya! Cuánto siento que no haya mejorado.
Habrá que esperar los resultados, quizá sea pronto para verlos.
De todos modos doctor, lo va a tener conectado a las constantes, hasta el domingo por la noche.
El domingo por la noche le desconecte la máquina, y que se haga lo que Dios quiera. ¿No le parece doctor?
Es difícil que se cure Señor. Por los informes que yo conozco, su cerebro ha sufrido mucho castigo, y está bastante mal.
Sí; eso creo yo también.
Pues, como le digo doctor Salvatierra, mantenga al paciente así hasta el domingo por la noche, y después desconecte la máquina.
Y como le dije doctor Salvatierra, sólo se preocupe de cumplir mis órdenes, y su trabajo. No debe enterarse nadie.
Posiblemente tengamos que hacer una obra de caridad al desconectarle la máquina.
¿No cree que deberíamos evitarle sufrimientos, doctor Unay?
"Alberto" es un cadáver desde hace meses doctor, pero si le queda algo de conciencia, y sabe cómo está, el daño que ha hecho en su vida, y aun después de estar inerte como esta... si lo sabe, lo estará pasando realmente mal. Eso es lo que pienso.
Tiene usted toda la razón, señor Salvatierra.
Ya le iré dando instrucciones sobre él, después que estudie su gráfico cerebral.
¿Se encargara usted de todo Unay?
Pierda cuidado doctor, ya me conoce, dormiré aquí el fin de semana si es preciso, pero el enfermo estará vigilado las 24 horas del día, mis enfermeras me quitan buena parte del trabajo no se preocupe.
En usted confío, Salvatierra; le veré el lunes. ¿Le parece bien?
¡Perfecto! Buenos días, doctor.
Buenos días...
Al quedarse solo lo pensó mejor el doctor Ugarte: "Será mejor, que me vaya de pesca este fin de semana.
Estoy acumulando mucha tensión con todo esto, y realmente me está afectando. "
¡No seré capaz de practicarle la eutanasia, si fuera necesario!
¡Dios mío! ¡Ayúdame!
Tras un largo silencio mental, se preguntó... ¿Qué ocurrirá cuando Salvatierra desconecte las constantes de "Alberto"?
Capítulo XXXV VINCULOS
Aquella misma tarde salía de la puerta de urgencias, una ambulancia especializada con el enfermo de la planta catorce, habitación 1470.
Su destino, un centro especializado en enfermos crónicos, parapléjicos y tetraplejicos, o paralíticos mentales.
La dirección del centro lo creyó así de conveniente, y así fue realizado.
Mientras los preparativos del viaje del enfermo, había una enfermera que no perdía detalle, amén de ayudar en lo que podía. Esa chica era la campanillera Ely, la amabilidad personificada.
Ella fue la que despidió la ambulancia en la puerta.
El equipo médico de la planta catorce, cursó exclusivamente la orden de la dirección del hospital.
Pensándolo bien; aquella enfermera... Elisa.
¿Cómo era posible que me la encontrase en todas partes del hospital?
Estaba en todos los sitios. ¡Extraordinario!
Ni que sería varias personas a la vez...
Aquel fin de semana, que recuerde, no ocurrió nada especial en el hospital, salvo que a Elisa varias veces que fui, siempre la veía deambular por aquellos pasillos, tan alegre, y como siempre no perdía el carácter y es más; parecía que le daban cuerda, o no se le agotaban las pidas nunca.
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En admisión, de las veces que fui, siempre me decía lo mismo, el ordenador "dice", "El paciente en la sala de relajación, no puede ser molestado. Estado delicado. No visitas. No llamadas. Se notificara su estado por correo."
Me deprimía, me sentía solo, mi hija en el extranjero, Eva que no se decidía por dejar a su marido y venirse conmigo...
Lo comprendo en parte (Me dije), quizá no es el mejor momento para pensar en nuestro amor, para ella, pero yo no podía evitarlo.
Incluso tomé la determinación de no estar en mi estudio, más que el tiempo necesario para realizar mi trabajo, para evitar pensar en ella.
Pero ni así; ese domingo decidí distraerme e irme a pasear, me daba igual un lado que otro, ahora no buscaba el sur-oeste.
Mis pasos se dirigían hacia un lado, pero mi mente siempre estaba en Eva, tratando de imaginarme mi vida a su lado.
Mis pensamientos afloraban cada vez más hermosos, pues mis ojos se posaron al paso sobre aquellos jardines de Los Rosales, y la imaginación me volaba.
Tanto me volaba la imaginación, que hasta veía a Eva al final del paseo.
Yo pensando en lo bonito que podía ser muestra vida juntos, y con nuestra hija... y con su imagen delante de mí.
Absorto y perdido, con los ojos puestos en su imagen caminaba, cuando me sacó del éxtasis ella misma al saludarme con su mano.
¿He? Pero... ¡Eva! ¡Pero si eres tú!
Esperabas a otra persona...
No, no, no, claro que no, me sorprende verte.
¿Cómo se te ha ocurrido venir a este sitio? ¿Has pensado en mí?
Sabes que no puedo pensar en el amor, Alfonso, cometí un error que debo pagar. No, lo único... bueno, que he salido por tomar el aire un poco, y sin darme cuenta he aparecido aquí.
Si ha sido así, Eva, ha sido porque pensabas en mí.
A mí me ha ocurrido lo mismo, no sabía dónde ir y mis pasos me han traído aquí.
Estaba de Dios que nos viésemos. ¿No crees Eva?
A su silencio le siguió un: ¿Qué sabes de María?
Por favor Eva, no debes cerrarte a mi amor, sabes que Alfredo es un canalla, que lo has aguantado más tiempo del que debías, que se recuperará y volverá a maltratarte, de una forma o de otra.
Aunque no vuelvas con él, si te sigues martirizando tú sola, acabarás loca.
Alfonso... comprende mi silencio.
Yo sé, de lo que es capaz, no quiero poner en peligro la vida de nadie.
Alfredo no es como Jesús.
Jesús es... más dulce, más simpático, es una persona amable y sería, un marido perfecto para cualquier mujer.
¡Comprendo!
Yo me consumía como una vela. ¿Habría algo de verdad en lo que me dijo Amaya. ? ¿Le gustaría más Jesús, que yo? ¿Lo de Jesús vendrá de atrás?
Me quedé mudo, y la dejé hablar.
Jesús sabe cómo he sufrido, aunque al principio no quisiera reconocerlo.
Eran cosas, que no podría ni imaginarse que fuese capaz de hacer Alfredo.
Y sin embargo, lo he tenido siempre como un buen amigo.
Siempre me ha tendido la mano para todo lo que me ha hecho falta.
Sí... lo sé Eva, se que es un buen hombre, que no se merece que le hagan ningún mal.
De lo que me arrepiento, es de haberte perdido la primera vez.
Y nunca me perdonaré, si vuelvo a hacerlo.
Es mejor que no pienses en mí, Alfonso, ya te lo he dicho. Déjame con la decepción de mi vida. Déjame que por lo menos la sufra sola, y en silencio.
Tú sigue tu vida como la llevabas, y ocuparte de nuestra hija, cuídala mucho, pero en mi no pienses, no quiero que sufras por mi.
¡Me lo prometes!
¡No! No puedo, sabes que ya no lo puedo hacer, te quiero y lucharé por ti aunque me tenga que buscar algún aliado que me ayude.
¿O... es que amas a alguna otra persona?
¡No! Alfonso... por Dios, no quiero que pienses eso, no me gustaría ni que lo pensases.
Después de tantos años... sé positivamente a las personas que quiero. Lo mismo que sé, que no debo causarles el menor daño en sus vidas.
Por eso quiero dejarlo todo como hasta ahora, a excepción de mi matrimonio con Alfredo. Cuando se reponga pediré la separación legal.
Es mejor que vivamos cada uno nuestra vida. La verdad es que no entiendo cómo he podido aguantar tanto.
Pero, entre vosotros en tantos años habría una relación de...
¿De matrimonio?
¡Qué equivocado estas, Alfonso!
Nuestra relación sólo duró unos días... lo que yo tardé en darme cuenta del engaño.
Desde entonces hemos sido unos perfectos extraños. O conocidos enemigos. Lo cierto es que las batallas siempre las perdía yo.
Él salía a menudo con su grupo de amiguitas, que perdían las bragas por una dosis de anfetaminas.
Esa ha sido siempre su vida, junto con el alcohol y los cigarros puros.
Yo siempre era el "capacico de las hostias”, como se suele decir.
Por favor Eva, prefiero no saber nada más de todo esto. La verdad, es que me lo estás haciendo pasar muy mal.
¡Sí, creo que sí.! Es mejor dejar ese tema.
Perdóname, Alfonso, no debí ponerte en esta encrucijada.
Yo no lo tomo como una encrucijada, Eva, sólo que prefiero no hacerte pasar de nuevo por tus vivencias al lado de Alfredo.
Sí, te entiendo. ¿Quieres llevarme a casa de Marta? ¿Por favor?
Sabes que de no habérmelo pedido me había molestado.
Claro que no me importa.
De vuelta a casa, ya fuimos hablando de cosas triviales sin importancia.
Después de dejarla en casa, me sentí tan abatido, que me pasé por mi estudio al que últimamente tenía tan abandonado.
Y en realidad, el chico de la "cierta suerte" la verdad, es que no estaba teniendo ninguna, ni tenía tesis, ni tenía ningún otro tema, e incluso para más INRI reconozco, que me había enamorado de la madre de mi hija.
A pesar de su error, que ya ha pagado con creces según mi parecer, y al igual que María, yo mismo en su momento sentí tanto...
Sí; creo que Eva no se merecía lo que le había pasado y habíamos sufrido todos, tanto ella como nosotros: es más; hasta su propio hermano, sufría las consecuencias de Alfredo.
La verdad es que yo no sé en qué acabaría todo, pero una cosa tenía muy claro, no dejaría a la madre de mi hija en un mar embravecido, y sobre un cascarón de nuez.
La amaba, y tenía que pelear por ella.
En mi estudio, mi bic empezaba a hacer garabatos sobre el papel, mientras mi mente recorría las parcelas del tiempo vivida por los seres de mi entorno, y en particular los más queridos.
En los confines del mundo,
quisiera gritar mi suerte,
y el eco en lo infinito,
lo multiplique en redobles,
que explotando como átomos
llegue donde Dios se esconde
y la corte celestial
alabe también tu nombre.
Cuando el bolígrafo cesó su melodioso baile sobre el papel, y sus líneas, pude asombrarme yo mismo. ¡Hasta donde la quería! ¿Qué piropo era ese?
Ese era el piropo, al amor más grande que podía pensarse.
Y sin embargo...
Tenía que abandonar los celos, que sembró en mi aquella antigua conocida.
Aquella mujer, estoy convencido que al no conseguirme cuando lo pretendió, todo lo que dijo de Eva, era pura invención para separarme de ella, y sin embargo se ha dado varias "coincidencias" que me han hecho dudar. ¿Qué ocurriría la noche que Eva se quedó en casa de Jesús?
¿Qué haría Jesús, esperándola en el porche cuando la llevé a casa de Marta? ¿Esa especial mención que hacía de Jesús, era por amistad? ¿O es que habría algo más?
¡Dios! Me voy a volver loco de tanto pensar, y tanto dudar.
Si la quiero... como pienso, tengo que poner cada cosa en su sitio, y desechar cualquier duda.
Allí en mi estudio con estos pensamientos, y rodeado de mis libros, mis pinturas y mis poesías, me quedé dormido, envuelto en mis recuerdos.
Capítulo XXXVI PESADILLA DIABOLICA
Aquella noche del domingo, el doctor Ugarte estaba súper nervioso, en su lecho se apreciaba claramente que sufría pesadillas. Sólo Dios, y él quizá podría saber, qué era lo que le inquietaba.
Su frente sudaba copiosamente, y por el comportamiento exterior de su cuerpo, se adivinaba que su mente estaba sufriendo.
Sí, pero sufriendo alguna horrible pesadilla de la que al parecer no podía eludirse tan fácilmente.
Eso hizo, que ese lunes madrugase mucho más de lo habitual.
Después de tomar su ducha diaria, encomendarse al creador, y un breve, pero proteínico desayuno, puso rumbo hacia el hospital.
Con las primeras luces del alba, que teñían de naranja-rojizo el horizonte, el doctor Ugarte ya deambulaba por los pasillos de aquel inmenso hospital, pensativo y taciturno.
¿Qué habría ocurrido con "Alberto"?
No se atrevía a preguntar por él, temiendo lo peor.
Si el doctor Salvatierra le desconectó la máquina de las constantes vitales, es probable que ese pobre chico haya dejado de sufrir.
Es mejor (Se dijo), que espere a don Unay Salvatierra en mi oficina, él me pondrá al día de todo lo que haya sucedido. Yo prefiero no saber, o saber lo menos posible de este asunto.
Mientras tanto me iré poniendo mis papeles en orden, y trataré de sacar algo en claro del estudio de las ondas electromagnéticas.
Durante largo rato el doctor Ugarte se concentró en sus diagnósticos, algunos de ellos ensayos.
De ahí donde estaba sumido, en lo más profundo de sus conocimientos, lo sacó unos pequeños golpes dados con los nudillos sobre la puerta.
¡Adelante! ¡Pase, quien sea!
¿Da su permiso... doctor Ugarte?
¡Cómo no, señor Salvatierra, le esperaba con impaciencia.!
¿Tiene alguna novedad para mí?
¿Ha ocurrido alguna desgracia, Sr. Unay?
Pues... según se mire doctor.
¿Pues? ¿Cómo, que según se mire?
Bueno... la verdad, es que no se cómo explicarlo, doctor Ugarte.
Pues comience por el principio, amigo mío. Es la mejor forma de dar comienzo a algo. ¿No cree doctor Unay?
Sí, si, eso creo yo también señor.
¡Pues venga, que me tiene sobre ascuas encendidas, y ardo en deseos de conocer los resultados!
Los resultados podrían haber sido mejor para el paciente.
¿Cómo mejor? Unay... ¡Explíquese!
La verdad, señor, es que es duro para él, sobre todo para él.
¿Quiere decirme de una vez que ha ocurrido, doctor Salvatierra?
Sí, sí señor. Pues... pues que anoche como usted ordenó, desconectamos a "Alberto" de la respiración artificial...
¿Ha muerto?
No, doctor. Eso es lo malo que se ha quedado igual. Sigue en coma, y en estado vegetativo.
He seguido todos los pasos que me ordenó al pie de la letra, pero el enfermo se resiste a morir a pesar de la gravedad de su situación.
Ya hace un año de ese accidente... ¿Verdad doctor Salvatierra?
Sí... así creo.
Y ese joven con todo lo que ha sufrido, y después de las ondas electromagnéticas en el cerebro, sigue igual.
Yo no esperaba que aguantase el tratamiento, ha sido muy duro para su estado.
Lo mismo pensaba yo doctor Ugarte, pero la enfermera de turno de noche, la señorita Marta... el informe que me ha pasado a mi despacho es ese. Su estado no ha mejorado en absoluto.
¿Está seguro de lo que me dice doctor Salvatierra?
Completamente señor.
A las ocho en punto de la mañana creí que sería un día más en el centro, comencé mi trabajo, y me interese por el estado del paciente.
Llamé a mi enfermera, la señorita Marta como le digo, a la que le inquirí por el tratamiento.
Si le había desconectado las vitales, sí le puso la medicación preventiva en el suero, e intravenosa, etc etc. etc.... y cuál no fue mi sorpresa, al comprobar por mis propios ojos el estado del paciente.
Tal y como le digo, doctor Ugarte, su estado es crítico, pero tan crítico como antes. A pesar de su pesadilla diabólica se aferra a la vida. O se aferra él, o el destino lo quiere tener en ese punto entre la no-vida, y la no-muerte.
No lo sé, señor.
Tenemos que hacer que sufra lo menos posible, doctor Salvatierra.
La culpa que tuviera de su vida anterior por lo que me puedo imaginar, ya la ha pagado con creces. El estado en el que se encuentra, el sitio tan horrible donde se halla la madre... y Dios quiera que su padre descanse en paz al menos.
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Aquella misma mañana en casa de Marta, comenzaba el día también. De distinta forma, aunque el día era soleado, y alegre, en casa de Marta la única que estaba como se levantó, alegre, era ella, en cambio Eva , daba otra imagen, aunque su amiga Marta tratase de animarla.
Eva estaba distraída, seria, olvidadiza y desanimada.
¿Qué te ocurre Eva?
Marta no pudo por menos que intentar ayudarla, no podía verla sufrir, sabía lo buena y honrada que era, y había sido siempre.
Eva seguía callada, como si no la hubiese oído.
¡Eva!
¡He! ¿Qué? ¿Por qué me chillas, Marta?
¿Es que no me oyes? ¡Te pregunto, que como estas! ¿Te ocurre algo? ¿Te puedo ayudar yo?
No, no Marta, de verdad...
¡Vamos a ver, señorita del pan pringado; tú crees que me he caído de la higuera esta mañana ... ¿O que? Yo creo Eva, que quieras o no, te puede hacer mucho bien hablar de "Él".
¿De quién?
No te hagas la tonta, o peor aún; no me tomes a mí por una ídem.
Sabes perfectamente que te hablo de Alfonso.
Si, Marta, tienes mucha razón, pero...
¡Sin peros, caray!
Marta por el amor de Dios, no hagas que...
Lo que tienes que hacer es dejar de torturarte, y torturar a los que te rodean y te quieren. ¿No crees?
Sí; si, tienes toda la razón, Marta, sólo hay un inconveniente aparte de mi abandono con Alfredo, y las pastillas hipnóticas depresivas que me suministró.
¿Qué inconveniente es ese Eva?
¡El mismo! ¿Cómo puedo darle ninguna clase de esperanzas a Alfonso si está ahí él, ahí está Alfredo.
Y como Alfonso mismo me dijo; sería mi cruz.
¿Eso te dijo?
No; no exactamente, pero me dijo algo que me ha hecho pensar.
Dime ya lo que sea mujer, que me vas a matar de un infarto.
Pues que mientras Alfredo este ahí, aunque yo no vuelva con él, me puede hacer mucho daño.
Yo sé muy bien el alcance de esas palabras, aunque él no se las pueda imaginar.
¡Cuánto lamento que no puedas poner en orden tú vida, y ser feliz!
Sólo te podría dar un consejo: "Si tienes el manantial de amor a tu alcance, no pases sed, que la vida es muy corta". Mira mi camino, desierto, árido, seco, sin una pizca de agua.
¡El día que vea en mi camino, aunque sólo sea humedad, me dejaré llevar por Eros, y confío que cupido haga lo demás.
Pero te juro, que lo intentaré Eva, mi vida... mi vida sin alguien... sin alguien que me ame, para mí es muy dolorosa.
No pierdas la tuya, Alfonso te ama, tu hija os ama a los todos, y tú no puedes pagar toda tu vida un pecado de Alfredo.
Dando un suspiro de resignación, Eva replicó: ¿Cómo estar segura que Alfonso el día de mañana no me culpe de ese error?
¿Cómo me puedo dejar llevar por mis sentimientos, con Alfredo en el hospital?
Sí; no siento nada por él, más que desprecio, ya lo sé, pero aún es mi marido, y hay cosas que se tienen que pensar mucho y llevarlas por su cauce natural.
Ahora no puedo dejar sólo a Alfredo, aunque sea un villano.
Debo esperar que se cure, y poner las cosas lo más claras que las pueda entender él, y confiar en que me deje después en paz.
Quizá tengas razón Eva, el tiempo lo cura todo, y el mismo tiempo es el encargado de dar la razón a quien la tiene. ¡Ah! También el tiempo es el que se encarga de curar las heridas, las físicas y las del corazón.
¿Qué te parece, si me acerco al hospital para ver cómo se encuentra Alfredo?
¿Qué tal, si te acompaño Evita de mi "arma"?
Pues, me encantaría, sabes que eres mi mejor amiga.
"Clarosta" soy la única...
¡Qué guasona eres, Martita!
¡Sí, ya me lo decían mis padres! ¡Hija mía; la sal te chorrea!
Hubo unas carcajadas de buenas amigas, y alguna que otra broma mientras se vestían y se maquillaban para salir.
De vez en cuando, se les podía oír dudar sobre qué ropa ponerse, y el vestido que mejor les sentaba.
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El doctor Ugarte, y el doctor Salvatierra, aún se encontraban decidiendo sobre el caso de "Alberto."
Ugarte pensaba en Dios mucho, era un hombre temeroso donde los haya. Sólo que la situación del paciente, el desarrollo de los acontecimientos sobre sus padres, la carga que supondría a cualquier institución una persona con esa minusvalía... y lo más importante; el propio sufrimiento de "Alberto," quizá no merecía tanto castigo.
Después de unos segundos de meditación, le volvió a dar la que creía una orden definitiva para cumplir los deseos de sus padres.
Doctor Salvatierra... le ruego pida que se le administre 10 mg de morfina a la hora.
Debemos hacer que no sufra, o lo haga lo menos posible. ¿No le parece amigo mío?
Estoy completamente convencido de que debe ser así, doctor Ugarte.
No debemos retrasar, ni hacer más angustioso su final.
Pues... ordene a su enfermera, que le administre los 10 mg de morfina a la hora.
Tiene que parecer una muerte natural.
Por supuesto, doctor Ugarte. Deje en mis manos el trabajo.
Confío en usted, señor Salvatierra. Sé que cumplirá mi deseo, y tal vez el del mismo paciente.
Que tenga usted un buen día, doctor Salvatierra.
Le deseo lo mismo, señor. Buenos días.
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Para cuando llegaron Eva y Marta a la admisión, Jesús ya se encontraba allí, a punto de preguntar por su hermano.
¡Jesús! ¡Hola! (Eva)
¿Qué tal Jesús? ¿Cómo estás? (Marta)
¡Ah! ¡Hola Marta...! ¿Eva?
¡Qué alegría me da veros, y juntas más!
¿A qué viene ese rubor, Jesús?
¡Eva por favor!(Marta)
No he dicho nada... perdona.
Eva se sorprendía también, como su propia amiga. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué permanecía tan callada con lo dicharachera que era siempre?
Marta, cariño, te ha salido un saludo de lo más cutre. (Como dice la juventud)
En posición de súplica, con las palmas juntas y los dedos entre cruzados, Marta le rogaba: Eva, por amor de Dios, por lo que más quieras, cierra el pico y no trines tanto. ¿O.K.?
¿Habéis venido por conocer el estado de Alfredo?
Sí; claro.
¡Dejad, que ya pregunto yo!
¿Me permite un instante, por favor?
No faltaba más. ¿En qué puedo ayudarles?
Verá usted, enfermero... el viernes ingresamos a mi hermano en urgencias, y fue trasladado a la sala de relajación mental.
El enfermero movía hábilmente también las teclas del ordenador. "La sala de relajación mental... A.I.
Si así se llama Alfredo Idoate.
¿Me podría decir como está, por favor?
Según el ordenador... señores, no puede recibir visitas, en su estado necesita mucho reposo, y no tiene permitidas las visitas.
¿Pero, se encuentra bien?
Sí; sí, no deben preocuparse. Su hermano se encuentra en perfecto estado. La prohibición es preventiva.
Le agradezco su interés...
Perdone que no les pueda ayudar más, pero tengan seguro que si el ordenador "dice", que no reciba visitas es por su bien.
Ya le avisaremos, o le iremos mandando información detallada.
Gracias, muchas gracias, es usted muy amable. (Contestó Jesús)
Los tres cogieron pasillo adelante, por neurocirugía los pude ver de espalda, cosa que me volvió a irritar.
Los malditos celos...
Lo mismo Eva que Marta, se colgaban de los brazos de Jesús, y a mi mente me volvían los recelos que... aún a sabiendas que pudieran ser infundados...
El deseo que ardía en mí, por Eva, me hacía temer lo peor.
Era horrible, lo que estaba padeciendo estos últimos días con mis dudas.
No quise romper la armonía del grupo, y me dirigí a admisión para interesarme por Alfredo.
En ese momento aparecía Ely en el mostrador, como siempre se me aparecía en algún lugar del hospital.
¿Qué tal, Ely?
¡Buenos días, "Sr. Quijano "! ¿Cómo se encuentra?
No tan bien cómo tú, Elisa, que se te ve radiante de vitalidad.
"Señor Quijano"... la vitalidad como la alegría, son dos terapias fundamentales para nuestra salud.
¿No ha oído hablar de la risoterapia?
Pues sí; algo he oído.
Es un método infalible para mantener el cuerpo, y el espíritu en perfecto estado.
Para que todo sería tan fácil, tendríamos que tener la capacidad de olvidar a voluntad.
Mientras haya situaciones en la vida que nos hagan daño... La risa no nos visita.
Anímese "Sr. Quijano", que le veo deprimido.
¿También entiendes de depresiones?
Para ser una simple auxiliar, eres un primor como estudiante. ¿No pensaste nunca estudiar más? ¿Llegar más lejos?
Mis padres no tuvieron posibles, y la vida es dura. Nos tenemos que conformar cada uno con lo que puede conseguir, ser ambicioso, pero hasta cierto punto. ¿No crees Alfonso?
Sí, quizá tengas razón Elisa...
Por favor enfermero...
Gracias, Ely, ha sido un placer hablar contigo.
A tu disposición, "Sr. Quijano".
Ella seguía de espaldas a nosotros removiendo unos archivos, mientras yo pregunté por Alfredo.
¿Sí? ¿En que le puedo ayudar?
Enfermero, necesito conocer el estado de salud de mi amigo Alfredo Idoate. Bueno amigo... amigo... hermano de un amigo mío, que acaban de preguntar por él aquel señor con dos señoras, que acaban de marcharse.
Ely seguía con su trabajo de espaldas a nosotros.
Pues tengo que decirle lo mismo señor, no puede verse a ese paciente.
Bajo prescripción médica, no debe molestársele. No puede recibir visitas. No puede recibir llamadas. En fin... debe de guardar mucho reposo.
Ya le avisaremos cuando puede recibir visitas...
Para entonces Ely, se despidió con: Un saludo "Sr. Quijano"
Hasta pronto, Ely... porque te espero ver estoy seguro.
¿"Usted cree"?
Con unas sonrisas por parte de los dos, se perdió ella tras la puerta de admisión.
¿Cómo puede ser? ¿Tan grave está este hombre?
En ese instante sonó el teléfono de admisión, y el enfermero se disculpó.
Perdone un segundo por favor. ¿Admisión, dígame?
...
¿Si...?
...
Si aún...
...
A su disposición señora.
...
Sí, señora.
¿Es usted don Alfonso Quijano?
Si en efecto. Yo soy.
Me comunica la dirección del centro, que desea hablar con usted mañana al mediodía.
¿La directora del centro? ¿Del hospital?
Sí claro, señor.
¿Le ha dicho referente a que?
No, no señor. Sólo que deseaba verle mañana a las doce en su despacho, y nada más.
Está bien, así lo haré. Aunque no veo por qué. ¿Quizás...? No, no me lo explico, no sé que puede ser.
Bien... muchas gracias, muy amable.
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Capítulo XXXVII MANIFIESTO
Aquella misma mañana el doctor Salvatierra cumplía las órdenes del doctor Ugarte.
Tan preciso y matemático era en sus obligaciones, que para que el enfermo no sufriese, quiso realizar la operación que le había encomendado su superior.
Directamente del despacho del doctor Ugarte, se dirigió tras coger el primer ascensor que le llevó a la planta décima, y recorrer el angosto pasillo (Que a mí, me daba escalofríos), a coger el segundo ascensor donde le dio, al menos dos. (Segundo sótano)
Ya se sabía muy bien el camino, lo había recorrido tantas veces...
Al penetrar en la estancia donde se encontraba "Alberto", custodiado por Adela, entró con aire resuelto como acostumbraba.
Un aire que casi era sugestivo. Era a la vez auto disciplinario, y exigente.
¡Enfermera!
Diga doctor Salvatierra.
Señorita Adela... antes de irse, hágame un favor.
Al paciente inyéctele 10 mg de morfina a la hora. ¿Ha comprendido?
Adela sin atreverse a dudar del razonamiento y orden de un doctor. (dijo)
Sí, señor. Así lo haré.
Bien; yo me encargo de él esta tarde, y ya daré órdenes a la señorita Marta, para esta noche.
Ahora me voy a comer hasta el final de su turno, donde la relevaré.
¿Le parece bien, señorita Adela?
Sí, señor. Como usted quiera.
Está bien; cumpla mi orden por favor.
Adela al quedarse sola se hacía todo tipo de preguntas. Pero no tuvo otra opción que inyectar los 10 mg de morfina al paciente.
El enfermo una vez inyectado daba convulsiones, vómitos, diarreas, cosa que a Adela le extrañó muchísimo.
Llevaba con el enfermo desde que lo bajaron, y al igual que su compañera, exclusivamente para cuidarlo .
El tratamiento era nuevo, no lo conocía (Se preguntaba), pero aún así le pareció muy, muy, extraño.
El darle el tratamiento de las ondas tan fuertes que le dejaron en coma, y hubo que administrarle las constantes vitales artificialmente...
Después; que le ordenase a Marta su compañera de noche, que desconectase la máquina a los dos días, y ahora una dosis de morfina tan fuerte... ¡Podría matarlo!
Sus razonamientos eran muy lógicos, si; pero algo estaba pasando que quedaba fuera de toda lógica, pero ni sabía que era, ni podía contradecir una orden de su superior.
Ella realizaba su trabajo. (Se decía)
Pero no podía evitar sentir unos escalofríos al ver a aquel hombre con aquellas convulsiones, y aquellos espasmos que parecía que sufría en sus propias carnes.
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El doctor Ugarte como sabemos, no aparecía por su planta catorce al estar tan obsesionado con el conflicto que él mismo había tomado como propio, además de sus papeles atrasados, era frecuente también verlo sumido en sus libros de ciencias, física y medicina en general. Sin dejar nunca el proyecto A.I. de lado por supuesto.
Estaba deseoso de terminar esa operación, pues sufría al pensar que era esa una práctica prohibida, y además por la ley Dios.
Según la nota del doctor Unay (Se preguntaba), nuestro paciente no ha mejorado. ¿Qué otra sorpresa me tendrá preparada? ¿Qué ocurrirá con "Alberto"? No comprendo, que puede unirle con tanto ahínco a la vida.
Si es que se le puede llamar vida a su estado.
Cualquier otra persona se habría negado a vivir. Al contrario que éste. ¿Tan perverso ha sido que no quiere, y se niega a morir? ¿Es que necesita seguir haciendo el mal después de "muerto"?
Por fin, después de repasar la nota que el doctor Salvatierra le había depositado sobre su mesa, decidió salir a la calle.
No sin antes memorizarla. "El proyecto A.I. sigue sin resultados positivos a pesar de las dosis al paciente" P.D."Nos vemos esta noche en el casino donde le daré más detalles".
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Aquella noche hacía algo de relente, pero el doctor Ugarte se dirigió desde su casa hasta el casino paseando.
Pensativo, no se quitaba de la cabeza a "Alberto".
¿Cómo era posible que aguantase ese tratamiento de ondas, y después fuera capaz de soportar 10 mg de morfina a la hora que podía matar a un caballo, e incluso a un animal mayor?
No le encontraba razonamiento lógico, si el estado del enfermo era tan delicado... como le demostraron los estudios realizados en su persona... ¿Qué le hacía ser tan fuerte?
¿Quizá sea su capacidad de adaptación a las drogas?
Puede que su organismo posea esa extraña cualidad, ya que ha sido una persona que las ha probado, usado y abusado todas. O al menos ésos eran mis informes (Se decía el doctor Ugarte), puede que sea eso.
Con todos y más razonamientos posibles iba don Francisco Javier Ugarte, y fue su propio nombre a viva voz y a gritos, lo que le sacaron de sus meditaciones obsesivas.
¡Francisco! ¡Francisco Javier!
Al volverse pudo ver la persona que lo llamaba. Era su amigo, Don Pedro Morales.
¿Qué tal Pedro? ¿Cómo te encuentras hoy?
Yo diría que, igual que ayer y supongo que mañana no será muy distinto. ¿No crees Javier?
Esperemos que al menos no cambie a peor.
¿Te diriges al casino?
Si, allí iba, quería tomar un café.
Pues te acompaño Javier, y tomo otro contigo.
Por el camino los dos amigos hablaban de sus cosas, sus trabajos etc.
Pedro, te quería preguntar... ¿Qué sabes de Leocadia, aquella paciente tuya de los sectillizos? ¿Sabes algo?
Sí, y si quieres que te sea sincero, estoy muy satisfecho con el trabajo del doctor Zubieta.
Está consiguiendo un verdadero milagro con esa señora. Se está recuperando generalmente en todo los aspectos con una rapidez, que incluso a mí me fascina.
Espero que pronto esté totalmente restablecida.
No sabes cómo me alegro Pedro, de que sea así.
Esa mujer no se merecía lo que le pasó. ¿Crees que algún día podrá tener descendencia propia?
De eso, estoy seguro amigo Javier, sólo tiene que existir el equilibrio mental, físico y espiritual. Y seguro que llegará a ser feliz, el tiempo cura... todo, porque lo cura prácticamente todo.
Todo no, amigo Pedro.
Ya conoces la historia de Alberto.
Sí, perdona Javier.
A propósito... ¿Qué tal se encuentra?
Pues ya sabes, Pedro, mal.
Muy mal. Y para colmo de sus males, su organismo se resiste a dejar esta vida.
¿Cómo que se resiste? ¿Qué quieres decir?
Como sabes le administre la dosis de las cerebrales...
Si...
Al quedar en coma de nuevo, me vi obligado a ponerle la respiración y las vitales al ver que no cambiaba su estado, hice que se las desconectasen...
Sí, sí...
Pues, lejos de empeorar su estado salió de él,.
¿Pero este chico es de acero como súper man, o qué?
Así parece amigo Pedro, pero aún hay más.
¿Más?
Ordené al doctor Salvatierra que fuese inyectando, 10 mg de heroína a la hora, y parece que sigue resistiéndose, se aferra a lo que le queda de vida como si en realidad quisiera usarla.
¿Tú crees Javier, que quiere seguir en ese estado?
Estoy seguro de que, si él supiera, y sintiese su alrededor pediría la eutanasia. Aunque de lo que verdaderamente estoy seguro es de que su estado es estacionario. Definitivamente es un vegetal, y tengo que darle una solución hoy, a lo más tardar mañana sin falta, amigo mío.
No puedo tolerar que sufra más, ni él, si es que sufre, ni nosotros, especialmente yo, Pedro... que lo estoy pasando que nadie sabe las ganas que tengo de que todo esto termine.
Cuando llegaron al casino estaban los parroquianos de siempre. El señor cura don Mariano en tertulia con el señor alcalde, a los que acompañaban otros señores, como el inspector jefe de la comandancia de la guardia civil.
En cualquiera de aquellas mesas se podían ver caras conocidas e importantes de la ciudad... El director del Banco tal, los gerentes de alguna que otra empresa importante, etc etc..
Allí se reunían a menudo para "solucionar" algún que otro problema de interés (Para ellos, claro está), pero al que no se le veía era a don Unay Salvatierra.
¿Qué raro? (Comentó el doctor Ugarte) Me había citado aquí el doctor Salvatierra, y no le veo por ningún sitio?
Quizá se haya entretenido en algo Javier, vamos a esperarlo con un café. ¿Te parece?
Con cara de sorprendido por la falta de asistencia de Salvatierra, afirmó con la cabeza a su amigo Pedro Morales.
Conociéndolo, tiene que ser algo muy grave para que no esté a su hora en la cita, pero bueno, ya lo llamaré luego.
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Aquella tarde a primera hora, yo me había refugiado en mi estudio, le estaba dando tantas vueltas a todo lo que me rodeaba, que la inquietud impedía que conciliase el sueño, por ese motivo los últimos días me notaba cansado y abatido.
Allí en mi claustro de soledad (Como digo siempre deseada), me sentía a gusto, me relajaba mucho el silencio a veces, otras veces la música que me apetecía oír, incluso mi bolígrafo, mí acompañante perfecto y su amiga la libreta, eran suficientes para localizar un rincón en ninguna parte, al lado de cualquier sitio, y ponerse en mutua unión, y a veces casi inconsciente a escribir algo...
Tengo mis ojos cegados,
abiertos, de par en par,
me gusta vivir en sueños,
yo no tengo realidad;
mi vida es amor y versos,
yo he nacido para amar,
para adorar a los vientos,
para cubrir la tierra,
para abrazar al mar,
para añorar los cielos...
¡Para la libertad!
Casi me quedé sin comprender, ni lo que yo mismo escribía. Una cosa sí tenía claro, en mi cabeza siempre resonaba el mismo nombre.
¿Será verdad que estoy ciego, aun con los ojos abiertos? ¿Será posible que sea incapaz de ver una realidad, que tengo tan placentera?
Sí; tengo que reconocerlo, en cuanto me relajaba en mi estudio, era peor que estar en la calle.
Decidí salir a distraerme. Tomé una ducha rápida, me infunde en uno de mis trajes, no sé cual, pues estaba sin ilusión ninguna, y me daba todo igual, así que cogí el primero que tuve a mano y me encaminé, (Esta vez paseando, pero hacia el mismo sitio de mis añoranzas) hacia el sur-oeste.
En lo que no pensé en absoluto, es en que, esa era la dirección de la casa de Eva.
Mejor dicho; de su amiga Marta.
Pensando en que no la vería iba... pero... no fue así.
Coincidimos en la misma acera frente a frente los cuatro, ellos tres cogidos del brazo, y yo en dirección contraria.
¡Alfonso! ¡Qué casualidad! (Grito Marta, al verme)
¿Cómo estáis? (Contesté algo deprimido, ya salí de mi estudio mal, y ahora al verlos a los tres...)
Nosotros bien, Alfonso. ¿Ibas a algún lado?
¡No, no! Simplemente salí a pasear, Jesús.
¿Te apetece pasear con nosotros.?
Precisamente nos dirigíamos a tu casa, para ir a tomar un café por ahí. ¿Qué te parece?
Pues... verás, Jesús yo...
¿Te ocurre algo, amigo mío?
La verdad es que, no quisiera molestar de ninguna manera.
¡Eso mismo decimos nosotros tres.!
¿Verdad, chicas? ¡De ninguna manera! Venga, Alfonso, ofrece tu brazo a Eva. ¿No crees que debes hacerlo?
Me están ocurriendo tantas cosas últimamente Jesús, que si te digo la verdad, ya no sé que es lo que debo, o no debo hacer.
¡Está bien ofréceselo a Marta!
Otra prueba o, otra casualidad, me ofrecía a Marta para quedarse del brazo de Eva.
Acepté.
No tuve ocasión, Marta ya se había colgado de mi hombro.
¿Sabes algo de Alfredo, Jesús?
Alfonso... amigo mío te contestaré que no, aún no sé más de lo que sabes tú. Pero nada más. No me hables esta tarde de mi hermano, por favor, disfrutemos de la noche juntos, y no pensemos en esos males mayores. ¿Te parece, amigo Alfonso?
¡Cómo tú quieras Jesús. Perdóname...
Compréndeme Alfonso, hoy me ha dado el si la mujer de mis sueños.
¡Dios mío! ¿Qué decía Jesús?
Si, amigo mío, si; llevaba muchos años preocupándome por los demás, en la farmacia, en la calle ,y en mi propia casa con Alfredo.
He sufrido mucho por los demás, y había abandonado mi propia vida, hoy por fin he recuperado a la mujer de mis sueños.
¡Morirme! ¡Yo me quiero morir!
(Esas eran las únicas, y tan malas ideas que me venían a la cabeza)
¡Dios mío! ¡Dios mío, no!
Amaya tenía razón, se entendían desde hace tiempo y me lo ha estado ocultando. ¡Qué miserables!
No volveré nunca a creer en el amor.
¡Jamás! ¡Jamás! ¡Jamás!
¿Me escuchas, Alfonso?
Si , si dime Jesús...
Yo me había quedado súper abatido por el golpe y apenas si podía contestarle.
Fue Marta, la que me agarró fuerte del brazo, y de un tirón me sacó del camino que llevábamos.
(Pensé yo, querrá dejar solos a los " tortolitos")
¿Me permites Alfonso, unos minutos? Me gustaría hablar contigo.
Como quieras, Marta.
La amargura tenía que ser patente, además de patéticas (Al menos para ella), en el rostro.
Eva y Jesús, se dieron cuenta del detalle de Marta, pero siguieron su camino como si tal cosa.
Cosa que me enfureció más aún, el poco tacto que demostraban conmigo.
Se comportaban, como si estuvieran haciendo la cosa más normal del mundo.
¡Alfonso!
¿He? ¿Qué?
No me escuchas. ¿O qué?
Perdona, Marta. ¿Decías?
Te decía que... ¿Qué te parece?
Que, que me parece, ¡qué!
Te veo, como que no te alegras por tu amigo Jesús.
¿Es que tenía que alegarme? ¿Te parece bien, que me lo haya ocultado hasta hoy? ¿Te parece bonito, que algo así se le pueda hacer a un amigo? ¿Crees que mi corazón es de acero y no sufre...
Yo pienso que debías alegarte, no creo que sea motivo para que tú sufras, Alfonso.
No podrías entenderlo, Marta.
Quizá, si lo intentas ahora que somos amigos...
Confiaba en que Eva me seguía amando a mí, y yo no hago otra cosa que pensar en ella a diario, las 24 horas del día.
No he querido interrumpirle su vida por ser una mujer casada.
Alfonso...
La creía bien casada, y feliz, y yo tenía nuestra hija, y era a la vez dichoso sabiendo que ella había tomado la decisión correcta pero, cuando supe que Alfredo la hacía sufrir...
Alfonso, yo...
Para colmo de mis males, tuve la mala suerte de cruzarme, o ella se cruzó por segunda vez en mi camino, y sembró en mí las dudas de los celos.
Celos que he podido ir comprobando en ocasiones. Ahora veo que son ciertas.
Soy un desgraciado, yo que me creía un hombre con suerte.
¡¡Alfonso!!
Perdona Marta ya sé que no te dejo hablar, perdóname.
Me gustaría que bajases de coger higos.
¿Qué quieres decir?
Me doy cuenta que estas totalmente equivocado.
¿Equivocado yo? Ya ves, lo claro que está todo.
¿Tú crees? ¿Eso crees tú "Alfoncito" de mi "arma"?
Caí abatido sobre el primer banco que vi en el parque, ella se sentó tras mía, a mi lado.
¿Estás enamorado, y mucho de Eva... verdad?
Es igual... ha vuelto a tomar su decisión. Sólo espero que esta vez en realidad, sea todo lo feliz que ella se merece.
¡Alfonso, que estás equivocado! Los que nos hemos comprometido somos nosotros.
¿Nosotros? ¿Tu y yo?
¡No te enteras mi "arma"! ¡Jesús y yo, la señorita Marta.! ¿Qué te parece?
¿Qué Jesús y tú...? ¡Jesús y tú! Por favor Marta, no te recochinees.
Es cierto, te lo juro Alfonso, siempre nos hemos gustado los dos, Jesús y yo, pero por una razón o por otra nunca cuajó el amor entre nosotros.
Hoy hablando con él, y de su hermano hemos comprendido los dos, el tiempo que hemos perdido y, por fin estamos los dos de acuerdo en recuperarlo.
Viviremos la vida que nos quede para amarnos y ayudarnos el uno al otro.
De un salto me puse en pie como si me habría pinchado en el "cu" ¡Marta! ¡Te quiero!
A mi no, por favor que estoy comprometida, eso se lo dices a mi amiga Eva.
El cuerpo se me volvió a hacer pesado poco a poco, y cada vez más, hasta que tuve que sentarme de nuevo en el banco.
¿Qué te ocurre, Alfonso? ¿Te encuentras bien?
Sí, gracias Marta, me alegro mucho por ti. De veras que me alegro por los dos. (Suspiré profundamente)
Sigue estando ahí Alfredo. Sigue siendo una mujer casada. Sigo sin poder decirle que la amo. Y ella misma se niega a oír hablar de amor.
Ten confianza Alfonso, el tiempo lo arregla todo.
Lo que hoy ves que no tiene solución, mañana lo verás más sencillo, y si no fíjate en mí, y en Jesús.
Siempre nos pareció un imposible nuestras relaciones, hoy y a pesar de estar Alberto en el hospital, hemos formalizado nuestra relación.
Su hermano tendrá que rehacer su vida, y mejor de lo que la llevaba. Pero para él.
Sé positivamente que Eva jamás volverá con él, espera que se recupere para solicitar la separación legal.
Me eres de mucha ayuda, Marta. Gracias. Y me alegro en el alma por vosotros dos, deseo que seáis muy felices.
Y tu Alfonso, haz igual que nosotros.
"Si tienes el manantial de amor a tu alcance, no pases de largo sin deber de él, que la vida es muy corta..."
Capítulo XXXVIII INCERTIDUMBRE
Cuando el doctor Ugarte volvió a su casa aquella noche, decidió llamar al doctor Salvatierra, le había chocado mucho el que no fuese a su cita. Él que era un hombre exacto, preciso, matemático, todo lo hacía, y lo hacía programado y calculado a la perfección, y no se había presentado en el casino.
Ugarte llamó a su domicilio y pudo comprobar que no se encontraba en él. (Algo ha ocurrido, llamaré a su móvil)
Pit ...pit ...pit... ¡Aló! ¿Doctor Salvatierra al habla, dígame?
¡Doctor! ¿Cómo se encuentra usted? ¿Le sucede algo?
Doctor Ugarte, perdóneme, siento no haber acudido a la cita, lo lamento mucho, señor.
Bueno, no tiene importancia, si usted está bien...
Sí, yo sí, doctor Ugarte. Lo que quería comunicarle es lo siguiente: el programa A.I. se ha agravado bastante, pero la verdad es que no comprendo que le hace resistir esas dosis.
Tenga en cuenta que era un adicto desde muy joven, y lleva muchos años tomando de cualquier modo imaginable todo tipo de drogas y derivados adulterados, señor Salvatierra.
Lo más probable es que tenga su organismo algún tipo de rechazo defensivo, tenga alguna inmunización o sencillamente necesite otra dosis superior ese organismo fatídico.
Usted dirá lo que quiere que haga, doctor Ugarte. Sabe Dios, si será consciente de lo que ocurre a su alrededor.
Eso no lo puedo saber Sr. Salvatierra, de lo único que podemos estar seguros, es de que con el tratamiento que le hemos suministrado, no padece el síndrome de abstinencia. ¿No cree?
Sí, eso pienso yo también.
Doctor don Unay Salvatierra, haga que se le suministre por vía intravenosa, siete ampollas de morfina en una sola dosis. Debemos librar a ese pobre hombre de ese calvario de una vez, y sin sufrimientos.
Doctor Ugarte le he entendido siete ampollas en una sola dosis. ¿ Es así?
En efecto debe de parecer una muerte natural, y no podemos dejar que esa persona vaya más allá de todos los límites del dolor.
Por favor, realice la operación cuanto antes, yo le veré mañana a primera hora. ¿Le parece bien Sr. Unay?
Sabe que siempre a sus órdenes, señor.
Espero, y le deseo que pase buena noche, amigo Salvatierra.
Gracias doctor Ugarte, igualmente...
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Tras el turno de noche tranquilo y sereno, que tuvo lo mismo Marta la enfermera de noche de "Alberto”, y el resto de los equipos de las distintas plantas...
Parecía que aquel día sería como cualquier otro día del calendario.
Con la puntualidad de siempre llegaba el doctor Salvatierra ese día, para él era especial por su trabajo.
Se mostraba distraído, como si no viese a los demás médicos y enfermeras que le rodeaban, en aquél ir y venir de personas.
Cuando las máquinas, ordenadores y cerebros electrónicos, curativos y sensoriales, se ponían también a pleno rendimiento.
Sin pérdida de tiempo se dirigió a la sala donde se encontraba el enfermo.
Dio los buenos días a Marta, y preguntó cómo iba todo.
Bien doctor, todo sigue igual que anoche, el paciente sigue en coma, y gracias a las constantes artificiales se mantiene con vida.
El doctor Salvatierra examina al paciente, y si; en efecto.
La noche anterior le administró por vía intravenosa el contenido de siete ampollas de morfina, pero el enfermo no murió, quedó definitivamente en coma profundo.
Viendo que era tarde para molestar al doctor Ugarte, y el estado del enfermo, tuvo él mismo que conectarle la máquina, hasta ver el día siguiente qué decía el doctor Ugarte.
Y así se lo encontró de nuevo Salvatierra, en ese coma, profundo, sepulcral y agónico.
Pero no decidiría nada aún, eso lo sabía muy bien el doctor Salvatierra.
Señorita Marta, se puede marchar, si lo desea.
Adela aún no ha llegado, doctor.
No se preocupe, ya me hago cargo.
De cualquier modo no creo que tarde ya mucho, y para usted se le hace tarde, váyase, váyase si le apetece.
Gracias, doctor. Buenos días.
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Yo por mi parte, aquel día madrugaba algo más de lo normal, pues tenía la entrevista con la directora del centro hospitalario.
Seguro que sería una señora mayor, y quizás le diesen alguna queja de mí, tal vez por mis constantes visitas y deambular por los pasillos.
Al fin y al cabo, nadie estaba obligado a saber qué hacía yo por allí, o... Cuáles eran mis intenciones.
Sí; posiblemente sería eso.
El camino de la ida hacia " mi casa" fue de noche aún no había amanecido, mis sentidos se excitaban con los olores frescos de la mañana que se avecinaba. Aquella noche estrellada, no podía por menos que parir un día espléndido.
Con estos pensamientos iba hacia el sur-oeste, y lo pude comprobar de vuelta a mi hogar adoptivo, el sol se desperezaba tras las sierras bañando de una luz intensa el horizonte, y trazando los perfiles de los bosques, prados, ríos... todo a su paso venía iluminando, y a la vez pintando de miles de colores, los campos y la fauna, que recobraba la vida diurna, donde comenzó la alondra con su canto aún antes del alba, que ya eran coros de cientos y miles de animales, aves e insectos, los que pululaban por doquier.
En verdad, si uno se fija en los detalles, y vive la vida sin pasar tan deprisa, como nos vemos obligados a veces, se da uno cuenta que el edén, o la gloria no está en el cielo. La tenemos a nuestro alcance.
También yo tenía a mi alcance a Eva, sí; lo comprendo, pero no podía beber de esa fuente de amor.
Era una fuente prohibida, me recordaba la Biblia, Eva, era la fruta prohibida que no debía tocar.
Sin querer, estaba siempre en los mismos pensamientos.
Mientras me duchaba (Cosa que hacía por inercia), pensaba en lo que ocurrió la tarde noche anterior.
¡Qué tónto fui! ¿Cómo pude hacerle caso a Amaya, si ya sabía la clase de persona que era?
Quizá, por el miedo a perderla. Tal vez fueron realmente los celos, que despertó en mi pecho el deseo de amarla, y pensar que podía ser de otro.
¡Como hice el ridículo, creyendo que Marta hablaba, igual que cuando lo hizo Jesús, del amor de él con Eva. ¿Cómo pude dudar hasta ese extremo? ¿Me notarían ellos el desengaño que tuve? ¿Qué pensarían, lo mismo Eva que Jesús de mi, si era así?
¡Santo Dios! La cabeza me va a estallar.
Tengo que aclarar algunas cosas con Jesús.
No puedo vivir así. Necesito hablar con alguien, a poder ser con ellos, que estoy seguro me comprenderán.
Son mis dos mejores amigos, y sé que lo harán.
Aquella mañana tuve especial interés en mi vestido, quería dar una imagen conciliadora.
Quería sentirme a gusto conmigo mismo, para poder establecer una conversación con ellos sin tartamudear, pues la verdad es que me siento culpable.
No sé muy bien de qué, puesto que no he pensado, ni actuado con malicia.
Ellos son mis amigos, y siempre lo serán, por lo menos... eso creo.
Con un suspiro salido de la caja donde el corazón descansar, sólo me salió. ¡ Eva...!
Me coloqué mi traje beige, encima de mi chaleco a juego, y mi camisa color vainilla, rodeando mi cuello con una corbata a rayas a tono con mi traje, y tras perfumarme levemente como solía hacer, decidí ir a ver a Jesús.
Toqué el portero automático varias veces, pero nadie me contestó. Un poco desilusionado volví sobre mis pasos, cabizbajo y pensativo. ¿Qué hacía?
Era temprano para la entrevista en el hospital.
Como lo pensé, lo hice. Me dirigí a la casa de Marta.
¿Estaría allí, Eva? ¿Podría verla?
No había pulsado el timbre aún, y ya me abrieron
¡Qué sorpresa Marta! ¿Es que tienes telepatía?
Te he visto venir " listiyo".
Eso lo explica.
Pero pasa "chiquiyo". ¿Es que te piensas quedar en la puerta, como un vendedor de libros?
Perdona, Marta... tampoco quería abusar de tu confianza... una chica soltera, y comprometida... ya sabes; las habladurías.
¿Pero tú crees, que este cuerpo serrano lo han criado las malas lenguas?
Pasa, que anda Eva por ahí, en alguna parte.
¡Eva! ¡Evita, corazón! Hay un señor que pregunta por ti.
Con una tímida sonrisa nos miramos con complicidad.
Alfonso...
Sí, soy yo.
¿Cómo tú por aquí tan temprano, un día de labor?
Me he tomado fiesta, necesito solucionar algunos asuntos serios para mi vida.
¿Y te puedo ayudar en algo?
Tú en especial...
¿Especial?
Sí, Eva. Quería pedirte perdón por haber dudado de ti.
¿Dudar de mí? ¿Por qué?
Pues en primer lugar alguien que no viene a cuento, me metió el veneno de los celos en el cuerpo sobre ti, y tu noche...
¿Mi noche?
Perdóname Eva, he venido a disculparme, y lo tengo que hacer por mí y mi conciencia.
Pues tú dirás, Alfonso. ¿Qué noche es esa?
La noche que pasaste en casa de Jesús, alguien me dijo que engañabais a Alfredo, y yo idiota de mí dudé; no pude creerla Eva, pero dudé, y eso me duele.
Alfonso, esa noche, Jesús no estuvo sólo conmigo, también durmió mi amiga Marta allí, en mi habitación. El que no estuvo evidentemente fue Jesús, que lo hizo en la suya.
Si, ya te digo que me perdones, y no me lo pongas más difícil, me cuesta mucho afrontar este error mío.
Recuerdo que el día que nos encontramos en la avenida Los Rosales, y te acerqué a casa... te esperaba Jesús en el porche de Marta.
Esas pequeñas cosas junto a mis dudas, hacía que pareciese cierto.
Siento tener que decepcionarte de nuevo, Alfonso. Ese día Jesús te buscaba a ti precisamente, y al no encontrarte vino a pedirme ayuda para llevar a Alfredo a urgencias. ¿Recuerdas?
Sí, sí, ahora caigo. Tienes razón, te vuelvo a pedir mil perdones por este nuevo error, pero el sólo echo de verte agarrada de su brazo aunque lo hiciera Marta también, el día que fuisteis a preguntar por Alfredo... o sea ayer..... Sólo eso me ponía celoso, pero ya sabes cómo soy, si hubieras tomado esa determinación...
Posiblemente la habría aceptado, como la primera vez que te perdí.
Por favor, Alfonso, prefiero hablar de otra cosa.
De este tema te ruego que no hablemos, ni en pasado, ni en presente ni en futuro, por favor...
Ya no sé cómo decirte que lo siento, solo dime que no me guardas rencor, Eva...
Todos nos equivocamos alguna vez, nadie está en posesión de la verdad absoluta.
Gracias, Eva. Y ahora si me perdonáis... tengo algunas cosas pendientes de horarios, que me gustaría hacer.
Deseo que paséis un buen día las dos, gracias de nuevo.
Ve con Dios Alfonso, y cuídate.
Desde la cocina se despidió Marta: Adiós Alfonso, dale recuerdos a Jesús, si lo ves. Ya nos veremos. ¿O.K.?
¡O.K. Marta! Quedad con Dios.
Capitulo XXXIX DECISION CRITICA
Aquella mañana el doctor Unay, ya no podía por menos que santiguarse, cuando contemplaba el cuerpo de "Alberto". ¡Inaudito! Se decía a la vez que contemplaba, que el paciente se resistía a pesar de haberle inyectado el contenido de siete ampollas de morfina.
Era increíble... un drogadicto, y en aquel estado en el que quedó después del horrible accidente.
En su estado total y absoluto de coma profundo, y aún se agarraba a la vida. Aunque sabía que estaba haciendo lo mejor para él, en su estado consciente sería atroz.
Sería más duro vivir así, que morir. El paciente se debatía entre la vida y la muerte, drogado desde que ingresó... En los últimos días desde que entró allí, unas veces estaba inconsciente, pero otras y a pesar de la tortura a la que venía siendo sometido, algo le daba fuerzas para agarrarse a la vida.
Algo muy fuerte debía de ser, su cariño a alguien, a sus padres quizá, después de arrepentirse de la vida que había llevado, si es que tenía conciencia. Eso lo dudaba el doctor Unay, porque el estado en el que estaba, los tratamientos habían sido para elefantes, pero no quería dejar este mundo, y eso sólo lo da la fuerza del amor... o del odio. (Pensó Unay)
El doctor Ugarte esa mañana como tantas otras, se encontraba con la cita que a diario tenía con sus libros, y documentos. Y con ello estaba, cuando unos golpes de nudillos les pedían la venia.
¡Pase! ¡Señor Unay! Dígame que hemos tenido éxito en el proyecto A.I. por favor, ¡Dígamelo!
Buenos días, doctor Ugarte.
Sí, buenos días, señor Unay.
¿Qué me cuenta?
Lamento no ser portador de buenas nuevas, doctor...
¿Qué quiere decir, doctor Salvatierra?
Tengo que notificarle el estado del paciente...
¿Qué estado?
Señor, el paciente A.I. tiene un apego especial por su vida, a pesar de ser tan deficiente.
¿Qué me quiere dar a entender, doctor Unay? ¿O qué me quiere decir? ¡Dígalo de una vez!
Que el paciente ha caído de nuevo en coma profundo.
¡Dios! ¿Cómo es posible, con esa dosis?
Eso mismo me pregunto yo, doctor Ugarte, pero para no cometer ningún error, y dejar todo el proyecto en peligro después de comprobar su estado, me vi obligado a conectarle de nuevo a las constantes vitales artificiales.
No quería realizar ninguna iniciativa mía, que pudiera ser negativa o contraproducente.
Le agradezco todo lo que hace, doctor Salvatierra. Le estoy muy agradecido... yo no podría hacerlo, a pesar de mi preparación como cirujano, este caso va en contra de mis principios, ya lo sabe usted.
Comprendo doctor.
Ya no es que, legalmente no podamos realizarle la eutanasia, es que la ley de Dios me lo impide. ¿ Lo comprende, Sr. Unay?
Sí, señor, le comprendo perfectamente, pero no debe preocuparse dígame sus deseos, y yo los ejecutare.
¿Cree que está preparado para una eutanasia, doctor Salvatierra?
No estoy seguro, doctor Ugarte, pero lo intentaré. Este caso debe de acabar, todos en general lo estamos padeciendo.
Si, Unay, hay que dar fin al proyecto A.I.
¿Usted dirá que puedo hacer doctor?
Con la cabeza entre sus palmas, y los codos apoyados en la mesa, Ugarte guardó unos segundos de silencio en los que al parecer buscaba la solución mejor al problema que les ocupaba.
Sin levantar la cabeza, y con el ánimo apesadumbrado dio su orden:
Doctor Unay, sólo le veo una solución al problema.
¿Usted dirá señor?
Desconéctele, de la máquina.
¿Cree usted que así morirá doctor?
¡Quizá, sí! El castigo de su organismo tiene que estar tocando a su fin. Pero si no es así, señor Unay hoy tiene que ser el día, no podemos demorar más esto.
Si no es así, como le digo, quiero que usted personalmente le inyecte una dosis de NESDONAL.
¿Doctor Ugarte?
Sí, comprendo que es lo definitivo, pero Alberto en ese estado el resto de sus días, no será feliz como puede suponer, ni él, ni ninguna persona que le rodee. ¿No lo cree usted así, Salvatierra?
Estoy convencido, señor.
Pues haga lo que le ordeno, si ve que no muere desconectándole la máquina, recurra al NESDONAL, y hágame saber el resultado cuanto antes, señor Unay.
Lo que usted órdene, doctor Ugarte, siempre a sus órdenes.
Buenos días, Unay.
Quede usted con Dios, doctor Ugarte.
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Para entonces, ya me encontraba yo en el hall de admisión.
Señorita, me permite un instante.
¿En qué le puedo ayudar, caballero?
Buenos días.
Muy buenos, los tenga usted.
Gracias. Por favor necesito encontrar el despacho de la directora del hospital. ¿Me podría indicar si es usted tan amable?
¡No faltaría más, por favor!
Me dio unas explicaciones muy precisas, pero que al final no entendí muy bien, con tanto pasillo y tanto ascensor.
Gracias señorita, es usted la mar de amable. Muchas gracias.
¡No las merece señor, gracias a usted!
Tras algún que otro vericueto, logré dar con la dichosa oficinas.
¿Qué me esperaría? ¡A saber!
Dudé unos instantes para mirar mi reloj, y comprobar que en efecto, era la hora a la que me había citado la directora.
Animo Alfonso, (Me dije) ten paciencia con la tercera edad.
Golpeé con los nudillos la puerta de madera estilo castellano, y alguien de su interior me autorizaba a pasar.
¿Da su permiso señora?
¡Pase, pase, por favor!
Creo que los muñecos del museo de cera tenían más vida, y movimiento que yo, en aquellos instantes. ¡No podía creerlo! Tras aquel espléndido escritorio, enmarcado en un despacho diáfano y tranquilo, se encontraba Ely. ¡ Ely!
¿Está sorprendido, "Señor Quijano"?
¿Me quieres decir, que la directora de todo este complejo hospitalario eres tú?
Bueno, dicho así como lo dices, parece algo grande, sin embargo yo no lo veo así.
Pero... ¿Cómo es que trabajas de simple "auxiliar", y te preocupas tanto de todo.
Yo “Sr. Quijano”, soy de las personas que practican en su vida, la diferencia que hay entre predicar, y dar pan.
¿La diferencia, de predicar a dar pan?
Sí, verás, míralo desde mi punto de vista: Un director, o directora de cualquier empresa, y en sanidad con más motivo, si se sienta en su despacho, no puede saber y por lo tanto no podrá jamás solucionar, los problemas de su empresa.
En cambio; si yo misma soy un peón en el tablero... ¿No crees que conoceré a la perfección todas las anomalías, e imperfecciones del sistema que pretendo hacer funcionar sin ningún tipo de error de cálculo, o convivencia, e incluso el mismo trato con los pacientes, y familiares... puedo conocer y remediar los problemas desde su raíz?
Me dejas anonadado Ely, una chica tan joven... Ya decía yo, que valías más, y podías haber llegado más lejos. ¡Y ya lo creo, que has llegado!
Por favor Alfonso, Toma asiento.
Te lo agradezco, Ely, estaba a punto de desmayarme de la impresión que me ha causado verte aquí, de directora de un centro como éste
Lo siento, no era mi intención esa.
Me imagino que no, Ely. Me imagino, que para darme una impresión de infarto no me has traído, o me has hecho venir.
Tienes razón Alfonso. Te he citado porque necesito tu ayuda.
¿Mi ayuda?
Si Alfonso, como sabes muy bien, mi trabajo además de dirigir y educar la convivencia en el hospital, es de auxiliar de enfermería.
Sí, ya lo sé, pero...
Déjame que te explique, el que yo me encuentre ahí como te he explicado antes, es para conocer el funcionamiento de todo, y todos en general.
Tras estos últimos días, me veo en un dilema que no puedo solucionar sola, y te rogaría que me ayudases, Alfonso, con tu experiencia de periodista podríamos llegar al fondo de la cuestión que me preocupa.
¿Ocurre algo grave?
Estoy convencida, de que en mi hospital suceden cosas raras.
No sé aún que es; pero debo averiguarlo.
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En el segundo sótano, en la zona de laboratorios ocurrían otros hechos. El doctor Unay Salvatierra se dirigía a ejecutar la orden de su superior, el doctor Ugarte.
Sin embargo, pensó que sería mejor tener a Adela, la enfermera de la mañana ocupada en galgo fuera de la sala donde se encontraba conectado a la máquina "Alberto".
¿Adela, por favor, sería usted tan amable de subir a la planta catorce, y traerme de mi oficina la carpeta que he olvidado sobre mi escritorio?
¿Cómo no, doctor? ¿Seguro que no me necesita aquí?
Vaya, vaya no se preocupe, ya me las arreglo bien. Y tráigamela, que tengo unos documentos que debo repasar.
¡Bien doctor!
Poco después, al salir la enfermera Adela de la sala, el doctor Unay, se dispuso a desconectar la máquina, que en principio se pensaba podría mantener con vida (Aunque en coma), a "Alberto".
Su mano era firme, como cualquier cirujano, sus movimientos precisos, se veía que el conocimiento que tenía de aquella máquina era perfecto. Punto por punto, fue desconectando ventosas, pinzas, cables y sensores adheridos al cuerpo del enfermo.
Al terminar, su mano derecha no dudo un instante, y se dirigió al interruptor general, el que dejaba totalmente apagada la maquinaria.
Daba por terminada la operación A.I., y suspirando entre desconsolado y decepcionado, giró sobre sí, para dar la mala noticia al doctor Ugarte.
Sus pies quedaron clavados al suelo al escuchar tras de sí un leve, pero continuo jadeo...
Capítulo XL ENCRUCIJADA
Después de haber levantado a Eva muy temprano, como lo hice, y sólo para pedirle aquellas disculpas, que yo tanto necesitaba, ya no se volvió a la cama, y mientras desayunaban, su amiga (Perdón; nuestra amiga, ya era desde algún tiempo mía también), le propuso ir al hospital.
¿Qué tal si fuésemos a ver a Alfredo? ¡Perdóname, Eva, no debí proponértelo, estaba pensando en Jesús, y que podría ir a su casa para acercarnos al hospital, a ver a su hermano...
No importa Marta, ya sabes que no tengo nada que perdonarte. Sé que no lo haces con mala intención.
El caso es que si, que tienes razón, ya hace varios días y aún no se sabe nada de él, y aunque no sienta nada más que desprecio por todo lo que me ha hecho... bueno; desprecio tampoco, yo diría total y absoluta indiferencia. Pues, aún así, como persona civilizada creo que debería de acompañaros.
¿De verdad? ¡Gracias, chata! mmmm...muá, pensé que podría disgustarte.
Eres una buena chica, Marta, Jesús tiene mucha suerte con tenerte a su lado.
Venga, no pongas esa cara Evita, que sabes que no es que quiera, es que necesito verte feliz para serlo yo también.
Se acicalaron como sólo dos mujeres bien avenidas, ante un tocador saben hacer.
A Eva no se le veía tanto garbo, pero era animada por Marta, que estaba radiante de felicidad. ¡Por fin el bueno de Jesús se casaría con ella! ¡Por fin su vida estaba en su sitio! (Al menos donde ella se sentía cómoda, y feliz) sólo le preocupaba su amiga Eva, que aún dentro de las risas producidas por alguna ocurrencia graciosa, de alguna de las dos, Marta se le quedaba mirando casi de reojo con cara de resignación, por la vida que le había tocado vivir a su amiga también.
"Sólo espero que algún día sea todo lo feliz que se merece con Alfonso, que es una persona extraordinaria, también"
¿Qué tal si llamamos a Jesús, para ver si está en casa, Marta? Y así quedamos en algún sitio de camino.
Y digo yo. ¿Por qué no llamamos a Alfonso, y vamos los cuatro?
Muy sencillo querida, porque no está en casa.
¡Ah, claro! El esta allí, con la tal directora. ¿Será una chica joven y guapa?
Marta...
¿Tendrá los ojos azules?
Mmmmmm....
¡Marta!
¿Tendrá el pelo como los rayos de sol, y la tez como la porcelana?
¡Marta, por Dios, no hagas esto conmigo.!
Sabes que te quiero, Eva, y sabes que deseo lo mejor para ti, y ni por lo más remoto se me pasaría por la imaginación hacerte el más mínimo daño.
Sí, ya sé, Marta, perdona, es que estos días estoy bastante susceptible si, bastante susceptible con mis sentimientos.
Ya lo sé, Marta, por eso pretendía ponerte un pelín celosa, para que despiertes al amor.
Al amor estoy abierta, y lo amo, sabes que es más que mi propia vida para mí, lo adoro, es una persona de lo más atenta y cariñosa, es prudente, honrado, trabajador, debe...
Vale, vale Evita, mi "arma" que si le das todo lo bueno a el, a mi Jesús me lo dejas sin nada, de nada bueno.
No puedo darle ninguna esperanza, Marta, sabes que lo haría si pudiera, pero estoy atada de pies y manos.
Si es por Alfredo... eso no es ningún problema, cuando se restablezca os separáis, y en paz. ¿No crees?
Si fuera tan sencillo... Alfredo me ha dado palizas de muerte, en cierta ocasión tuve que estar casi un mes sin salir de casa, de como me puso la cara de golpes...
¡Canalla!
Psicológicamente, eran todas las horas que pasaba en el "hotel", como yo le decía, sólo venía a casa a comer, y no siempre, el resto de sus noches y parte de sus días, los echaba con amiguitas suyas, de cabaret.
¡O sea! Que es un chulo putas...
Algo así, Marta, se vale de las drogas para neutralizar la voluntad de las mujeres que se le ponen al alcance, y luego poder hacer con ellas lo que quiera, incluso maltratarlas a golpes.
Sí... se ve que es muy dado a pegar.
Por eso tengo miedo de lo que pueda ocurrir cuando salga del hospital, y reaccione. Me ha tenido todos estos años sujeta a su lado por el terror, y temo que cuando salga vuelva a las andadas.
No pienses más en eso, Eva, no te castigues más, deja correr el tiempo, y ya verás como todo se arregla. ¿Me escuchas? Venga, salgamos a la calle, ahora que no hay quien nos "tosa".
(Eva se sonreía con dolor de su corazón)
¡Así me gusta, verte alegre!
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El doctor Ugarte, tras darle la orden al doctor Salvatierra, pensó:
¿"Y si me diese una vuelta por planta? Me gustaría conocer si todo sigue bien. ¡Subiré a ver que se cuenta el doctor Salgado, ahora es hora de consulta y podría acompañarlo."
El doctor Francisco Javier Ugarte, se conocía muy bien aquel lugar, andaba por los pasillos sin mirar a ningún lado, parece que los pies ya conocían la ruta a seguir, y el cuerpo los acompañaba.
Tras unos metros de pasillo, cogió el ascensor que le subió a la planta décima, después cogió el otro pasillo que conocemos, y un segundo ascensor hasta la planta 14ª.
Al entrar en la sala de "personal" lo hizo sin llamar, o no esperó encontrar a nadie... o simplemente fue la inercia de sentirse superior como jefe de planta, y del quirófano nº 5
Buenos días. ¿Qué tal señores?
¡Doctor Ugarte! (Le saludó atento como siempre, el doctor Salgado)
¡Qué gusto verle por aquí! ¿Se viene a quedar?
No, señor Salgado, sólo vengo a hacerles una visita, y ver cómo se encuentran ustedes.
Puede comprobarlo usted mismo, doctor Ugarte, gozamos de buena salud, gracias a Dios.
Yo me alegro, caballeros. ¿Les importa que les acompañe en su visita, doctor Salgado?
En absoluto, don Francisco. Es más; se lo ruego, hágalo.
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Eva llamó a Jesús para quedar, y decidieron verse en la cafetería del hospital (Les venía mejor), y así lo hicieron, quedaron alrededor de mediodía para el vermouth.
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Entretanto, Alfonso seguía en la entrevista con la directora, la chica aquella tan guapa, saltarina, y campanillera, si; la de las faldas de ceras. (Lo digo porque se movían de acera a acera)
¿A qué te refieres con cosas raras Ely?
Pues la verdad, es que no sé ni cómo decirlo, sin que pongas en duda mi palabra, "Sr. Quijano".
Y si no me lo dices... empezando por el principio... ¿Cómo crees que puedo ayudarte? ¿No crees, que debes ser más clara, "señorita Ely”?
Bueno... ¡Animo Elisa! ¿Qué dirías si te digo, que he perdido un paciente en el hospital?
¿Qué has perdido un paciente? ¿Qué quieres decir?
Pues, simplemente lo que te digo. He perdido un paciente.
Sé más concreta, por favor.
¿Cómo te puedes explicar, que ingrese hace unos días un paciente, y que no se halle en el hospital?
¿Sabes de qué paciente se trata al menos?
Sí, ingresó por urgencias, y en admisión se le adjudicó la habitación 470 en la planta cuarta.
¿Y esa planta de que rama es? Quiero decir, que qué se trata ahí, en esa planta.
Pues... es la planta de psiquiatría.
¿Eso quiere decir, que se te ha perdido un loco?
No, por favor, no es eso, es alguien que ingresó sólo para reposo con una grave crisis de ansiedad. Eso sí; pero nada más.
¿Y dices Ely, que hace unos días? ¿Cuántos exactamente?
Según los informes que constan en mi poder, cuatro .
Eso quiere decir, que ingresó el viernes.
Así es, el viernes.
El mismo día que ingresó el hermano de un amigo mío.
¿Sí? ¿Qué le ocurrió pues?
Los síntomas por los que ingresó fueron esos, exactamente.
¿Crisis aguda de ansiedad obsesiva?
Sí; creo que así fue.
¿Cómo se llama ese hermano de tu amigo, "Sr. Quijano"?
¡Alfredo!
Alfredo... Idoate.
¡Alfredo Idoate!
¿Ocurre algo, Ely?
Las siglas del nombre y apellido, coinciden con un proyecto secreto que lleva a cabo el doctor Ugarte. El proyecto A.I.
¿Pone en el ordenador a la hora que ingresó?
A las seis cuarenta y cinco.
¡Claro, es él! ¿Recuerdas Ely, que vine a interesarme por Alberto, y tú misma me comunicaste que mi amigo había traído a su hermano con crisis de ansiedad, producida por el alcohol, y alguna sustancia química añadida?
Tienes razón Alfonso.
Si, también me viene a la cabeza Ely, el haberlo visto sedado antes de que se lo llevasen. Que por cierto; se hizo cargo de él, el doctor Salvatierra.
¿Salvatierra? ¿Qué tiene que ver él, con psiquiatría, y la planta cuarta?
Pues, yo no te puedo decir... lo que recuerdo perfectamente es que bromearon los enfermeros, uno de ellos se hacía el sordo, y la chica le gritó varias veces el número de la habitación donde debía llevarlo, hasta que se lo deletreo justo cuando pasaba el doctor Salvatierra, y le dijo a la... un, cuatro, siete, cero. Fue entonces, cuando oyó el número, cuando el doctor se interesó por la camilla, que él mismo llevaría a la habitación.
¿A la un, cuatro, siete, cero?
Sí, así es.
¿Y si entendió mal? ¿Y si entendió a la 1470? Esa planta la lleva el doctor Ugarte, y Salvatierra es su ayudante en quirófano.
¿Pero, ahí en la 1470,el que estaba era Alberto,no?
Sí, "señor Quijano", si... ya van aclarándose las cosas.
Pues cuéntame también a mí, Ely, que quiero enterarme.
Alfonso, sabes el apellido de Alberto. ¿No es cierto?
Claro, Irigaray.
¿Y no te sugiere algo?
Sí, que los dos tienen las mismas iniciales. ¿Y qué?
Está claro, lo han confundido con Alberto.
¿Y porque con Alberto, Ely?
Desde hace tiempo vengo notando actividades no lícitas en este centro, Alfonso, el experimento de la ecolocación fue un éxito según te pude decir yo misma. ¿Recuerdas?
Por supuesto...
Aunque te lo dijese con aquella alegría, sé positivamente que los directores de planta han estado conspirando sus propósitos a mis espaldas, y yo quería averiguar de qué se trataba, sólo que nunca he podido conseguir ninguna prueba de mis sospechas.
¿Y ahora, las tienes?
¡Tampoco, Alfonso.! Necesitaríamos encontrar a Alfredo, esté, donde esté.
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Los tres amigos a esa hora, se veían en la cafetería donde Jesús esperaba a las mujeres.
¿Cómo te encuentras Jesús? (Le saludó Eva, mientras Marta le daba un tierno beso de amor en los labios)
Yo, perfecto, ya me ves, con mi vermouth y mi periódico. ¿Y vosotras? ¿Qué os contáis?
Marta, hizo la réplica:
Contarnos exactamente nada, aparte de mi amiga Eva que no puedo conseguir que ría, nada.
Marta, yo me imagino por donde estará pasando la pobre, después de los años que ha vivido al lado del cafre de mi hermano...
Sí, ya la comprendo, yo también he estado mucho tiempo sin ti, y he pasado por algo parecido.
Pues, yo creo, que por fin he podido superar la dependencia psicológica que me hundía en el proceder de mi hermano. A partir de su recuperación él vivida su vida, y a mí me va a dejar la mía.
Marta me ayudara. ¿No es cierto cariño?
"Sacto", que para eso seré tu mujer, para cuidarte y amarte hasta que la muerte nos separe.
¡Qué bonito! (Respondió Eva)
¿A que sí, Eva?
En el mismo lenguaje de Marta, quiso darle la afirmación.
"Clarostá".
Capítulo IXL HABITACION 1470
Estas tres escenas, se desarrollaron al mismo tiempo en el mismo hospital, en diferentes sitios como vemos, pero eso sí; a la misma hora que el doctor Unay Salvatierra, dedicaba su tiempo en realizar las últimas comprobaciones del estado de salud de "Alberto".
Tras examinarlo concienzudamente, y comprobar su estado, pensó que no había otra opción que la tomada horas antes por su superior, el doctor Ugarte.
Aprovechando la ausencia de Adela, pues como sabemos, le mandó a la planta catorce a buscar unos documentos que debía estudiar.
Aprovechando ese momento como digo, él mismo bajó otro piso de sótano que le separaba de la farmacia oficial del centro, donde encontraría el NESDONAL que le recomendó el profesor Ugarte, con idea de administrárselo en una sola dosis, e intravenoso para terminar con su sufrimiento.
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La visita médica del Dr. Ugarte, Salgado demás, era muy relajada, no tenía la planta enfermos, en los que hubiera que prestarle más atención que la normal, no mostraban dificultad alguna, y menos, para aquel equipo de médicos experimentados y, todo transcurría normal.
La visita en la 1466, una señora con problemas en la cabeza a consecuencia de una caída.
Tras los primeros exámenes, y después de ver la resonancia, no fue más que el susto, y la herida que revestía poca importancia...
La habitación 1468, un motorista accidentado al colisionar con el lateral de un camión, este chico sufría varias lesiones en vértebras, y en el brazo izquierdo, pero milagrosamente, teniendo en cuenta la velocidad del impacto, su cráneo no sufrió deterioro alguno, gracias al casco protector. Que yo mismo le quité en quirófano, doctor Ugarte.
Espléndido, doctor Salgado, sabía que podía confiar en usted, es todo un profesional.
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Al mismo tiempo en la dirección...
Pero... ¿Cómo podemos saber dónde se encuentra Alfredo?
En admisión siempre nos han dicho que se encontraba en la sala de relajación.
Sí, "Señor Quijano", pero como le he contado, en la 470 no se encuentra este enfermo.
Creo, Ely, que deberíamos empezar a preguntarnos la relación que puede tener, la planta catorce, con la cuarta o, la habitación 1470 con la 470. El parecido en la enumeración, y la posible confusión.
¿Por qué esa confusión? ¿Y a cuento de qué? Que yo sepa, Alfonso, en la 1470 sólo ha estado en los días que manejamos Alberto, que después, ordene su traslado a un centro especializado para él.
Y Alfredo... desapareció el día antes, creo.
A mi memoria como periodista, Ely, sólo me llegan algunos datos... como el suicidio de su padre el señor Iñaki, suicidio que consiguió al segundo intento.
¿Cómo al segundo intento, Alfonso?
Sí, el primero pude evitarlo yo, gracias a Dios. Se pensaba tirar al río desde una de sus torretas, y gracias a Dios pude bajarlo de allí, y traerlo en un taxi hasta el hospital.
No sabía nada de eso...
Sí, pues fue atendido por alguna enfermera, que lo sedo aquella noche para que durmiera tranquilo.
Eso no nos dice nada. ¿No crees Alfonso?
¡Dios mío!
¿Qué le ocurre "Sr. Quijano"?
¡No puede ser cierto lo que estoy tensando.!
Pero dime qué piensas, por favor.
En cierta ocasión me contó Iñaki, que Alberto le solía decir, que lo que estaba viviendo era un sueño, y algún día despertaría para hacer una vida normal, como cualquier otro ser humano...
Eso, desgraciadamente, ha sido al revés Alfonso, si su vida pasada fue un sueño, posiblemente la que tiene ahora sea una pesadilla. ¡Te lo aseguro!
Esa es la clave Ely.
¿Cuál es la clave?
También me viene a la memoria lo mucho que sufrieron sus padres, de hecho; Iñaki no pudo resistirlo, y mira su final...
Quizá el final de Maite sea otro distinto, pero no por eso mejor, Alberto destruyó sus vidas.
Si, pero cuando su padre aún se debatía entre bien y el mal, decidió practicar con su hijo un programa nuevo, aunque le costase la vida a Alberto como decían sus mismas palabras, no podían sus hombros con tanta carga.
¿Cree usted "Sr. Quijano"...? ¿Me estás insinuando que pretendían practicar la eutanasia con Alberto?
Creo que hasta ese punto estaba dispuesto a llegar Iñaki por su mujer. Sí.
En ese caso...
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Los tres amigos habían disfrutado del vermouth y unas aceitunas, en la cafetería del hospital.
Los novios no paraban de hacerse arrumacos, besitos, caricias, etc. se regalaban todo tipo de atenciones, no reparaban en Eva que la tenían delante. Con cara triste, y pensativa, se preguntaba: ¿Qué será de mí vida? No volveré jamás a mi casa.
Soy la mujer más desgraciada del mundo. O al menos, así me siento. ¿Cómo pude caer en la red de este canalla? ¿Lo padeceré hasta la tumba? ¡Dios santo, Ayúdame a soportar este calvario.!
A los tres, los sacó de sus sueños el camarero.
¿Desean algo más, los señores?
No, no gracias. ¿Nos trae la cuenta, por favor? ¿Qué tal si vamos a admisión, a ver qué nos pueden informar de Alfredo? ¿Te parece Eva?
Como quieras, Jesús.
En admisión, tras recorrer aquellos largos pasillos, aún les tocó estar de pie un rato más. La cola era evidente, luego fue menos de lo que parecía, algunos eran acompañantes.
Admisión se encontraba atendida por un enfermero en esta ocasión.
¿Les puedo ayudar en algo? (Se prestó solícito)
Pues verá usted, llevamos tratando de ver a mi hermano tres... casi cuatro días, y nadie nos da ninguna información. Si fuera usted tan amable de tratar de informarnos... al menos de su estado...
¿Me dice su nombre por favor?
Alfredo Idoate. Ese es su nombre.
Les prometo que haré lo que pueda, no se preocupen.
Los dedos bailaban de nuevos sobre las teclas, y en unos segundos...
En el ordenador sólo me constan, unas iniciales.
¿Iniciales? ¿Es que no suelen transcribir el nombre completo al ordenador?
Pues, así es, Señor, pero en este caso no. En este caso me sale proyecto A.I., y no encuentro otra cosa.
¿Pero qué me está diciendo? ¿Proyecto A.I.? ¿Se puede saber, qué es eso?
Pues no lo sé, señor... Sólo indica "relajación".
Sí, así es; en efecto, fue trasladado a la sala de relajación. Yo mismo pude ver al doctor Unay Salvatierra, que se lo llevó personalmente.
¡Efectivamente! Tiene usted razón, caballero, la orden al ordenador fue dada por ese doctor.
¿Qué está ocurriendo aquí?
Lo mismo Eva, que Marta, no salían de su asombro, las dos estaban boquiabiertas, entendían la situación aún menos que Jesús.
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Todo transcurrió normal en la visita del doctor Ugarte acompañando a su equipo. Al llegar frente a la habitación 1470, el doctor Ugarte se vio que titubeo unos instantes, pero aún así, como jefe de equipo, fue el primero que pasó a continuar la visita.
Allí se encontraba otro enfermo, con un soporte metálico, y cierta cantidad de tornillos que ajustaban su cabeza a él, mientras que el aparato lo hacía sobre su cuerpo.
¿Qué tal esa lesión cervical? (Animaba Ugarte)
El enfermo, al no poder mover la cabeza ni su cuerpo por encontrarse inmovilizado, asentía con los ojos afirmativamente.
(Le salió al paso el doctor Salgado)
Su estado no reviste gravedad doctor, le mantengo inmovilizado en previsión de alguna lesión mayor.
Me parece estupendo, señor Salgado.
Le ingresaron el domingo, después de que se llevasen a Alberto.
¿El domingo? ¿Alberto? ¿Qué ha ocurrido con Alberto?
La dirección dio orden de trasladarlo a un centro especializado en ese tipo de lesiones.
Pero... ¿El domingo?
Sí, doctor, el domingo.
No puede ser.
¿Por qué no puede ser?
Nnnnnada... nada, son cosas mías. Pero... ¿Cómo no se me informó a mí?
Lo siento, doctor Ugarte, al ser orden de la dirección, pensamos que usted ya estaba al tanto.
¡Dios mío! ¡Dios bendito!
¿Le ocurre algo doctor?
Ugarte, no parpadeaba, sin dar una explicación, y corriendo, se perdió por el pasillo camino de maternidad. El doctor Ugarte se iba preguntando: ¿Quién era aquel hombre que tenía abajo, y estaba a punto de practicarle la eutanasia? ¡Bendito sea Dios! Gritaba el neurocirujano. ¿Qué he hecho?
Como un torbellino, entró en el despacho de Morales.
¡Pedro! ¡Pedro!
¿Qué te ocurre, Javier?
Ven conmigo, rápido. Te lo suplico.
Morales, no pudo negarse, ya que su amigo lo sujetaba con fuerzas por un brazo, y medio a rastras y tirones, se lo llevó corriendo escaleras abajo, como si el diablo fuese a pillarlos de un segundo a otro.
No hay tiempo para esperar el ascensor. (Le decía a su amigo, Don Pedro Morales
¿Pero me quieres decir que ocurre?
¡¡Hemos cometido un error, un grave error!!
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¿En ese caso qué, Ely?
En ese caso, según me cuentas, no estamos buscando a Alfredo en el sitio correcto.
¿Qué quieres decir?
Pienso, que para administrarle ese tipo de ondas según me dices, Alfonso, se las tenían que dar en el lugar de la máquina.
Las ondas esas a las que te refieres... serán las electromagnéticas cerebrales, que están en fase de experimentación. Aunque tenemos la máquina, no está ningún profesional de este centro autorizado a utilizarla aún, hasta que no nos dé el instituto nacional de salud, luz verde.
Sí, exacto, electromagnéticas, esas son.
Entonces, ya sé donde se puede encontrar Alfredo.
¿Dónde crees que puede estar, Ely?
¡En la sala de relajación!
¿Pero, no me acabas de decir que allí no se encuentra?
En la sala de relajación de la 470 no; digo bien. Tenemos otra antigua sala, que es donde se realizaba la relajación mental antes, y al quedarse en desuso guardamos ciertos aparatos allí, entre ellos; el instrumental de las ondas.
¡Santo cielo! Ely, eso quiere decir, que le han podido practicar la eutanasia a Alfredo.
O, quizá aún no. ¡Corramos! ¡Sígueme!
También ellos, salieron como alma que lleva el diablo. Quizá aún podrían llegar a tiempo. El despacho de Ely se encontraba en la planta baja, y mientras el doctor Ugarte, arrastraba a don Pedro Morales escaleras abajo desde el la planta 14 , Ely se precipitaba pasillo adelante dirección admisión, que era por donde se bajaba al sótano.
Ely sabía muy bien, a pesar de su juventud, que aquello podía ser muy grave de no llegar a tiempo. Lo que no podía, era imaginar la tortura que había estado sufriendo Alfredo, en aquellos días.
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Jesús, Eva y Marta, se encontraban boquiabiertos, sin poder reaccionar a lo insólito del caso. ¿Cómo no podían darle explicación de la salud de su hermano? ¿Dónde estaba? ¿Qué le había ocurrido? ¿Cómo puede alguien desaparecer así?
En ese momento, ven venir a una chica a todo correr por el pasillo, atropellando a la persona que remotamente no podía esquivar.
Les llamó la atención, pero su sorpresa fue mayor, al ver que tras ella lo hacía Alfonso.
Al pasar por admisión, Alfonso los reconoció, y en su carrera y sin detenerse les gritó:
¡Síguenos, Jesús! ¡Rápido! ¡Corred!
¿Qué ocurre? (Grito Jesús)
Sin tan siquiera girar la cabeza para mirarlos, les repitió: ¡Sígueme!
En ese instante, el doctor Ugarte y el doctor Morales, les vi que aparecían delante nuestra en el hueco de escalera a todo correr, sudando, y jadeando. El camino es el mismo. (Me dije mientras trataba de respirar)
Llevan la misma dirección muestra. Ellos, no se percataron que les seguíamos corriendo también, y a nosotros, Jesús, Eva y Marta, que no comprendían nada.
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En aquellos precisos instantes el doctor Salvatierra, que sin temblarle el pulso lo más mínimo, y sin parpadear, como hombre de ciencias, inyectaba al enfermo la dosis completa de NESDONAL, justo en el momento en el que la enfermera Adela, volvía de traer la documentación que le había solicitado el doctor.
Al tratar de entrar, fue arrollada por el doctor Ugarte, y el doctor Morales, que sin perder un instante se fueron a ver la placa de los pies del enfermo. Mientras tanto la directora del centro, Ely, y Alfonso, entraban en la estancia, y tras ellos Jesús, Eva y Marta, que aún no salían de su asombro sin saber qué ocurría.
Todos nosotros, más el doctor Unay, aun con la jeringuilla en la mano pudimos ver cómo, con dos espasmos el enfermo expiraba, a la vez, que el doctor Ugarte le gritaba su nombre a los pies de la cama al comprobar el terrible error sobre aquellas fatídicas siglas A.I. y, después de reconocer al desafortunado fayecido .
¡¡¡Alfredo Idoate...!!!
Si alguna vez... pudo haber algún trueno de silencio, e impotencia en algún punto del universo, aquel era el lugar, y el momento......................................
domingo, 12 de abril de 2009
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