Título:
El Vaquero de la Vega
Autor:
"FREDERICK DUMAS"
Prólogo y Cubierta de:
Alfonso Sánchez Madruga
Pamplona-año-20001
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra. Su inclusión en cualquier sistema informático, copia, fotocopias, transmisión, o por cualquier otro medio, ya sea mecánico, electrónico, por registro, u otros medios, sin previo aviso y por escrito del propio autor.
PROLOGO
El autor en esta obra quiere retratar la historia de un amor desgraciado, un amor sacudido por el odio absurdo, en el que a menudo solemos caer las personas.
Dos seres condenados a vivir con una Cruz no deseada sobre sus hombros. La Cruz del presente, del futuro, y sobre todo; de un pasado cruel y a la vez absurdo e incomprensible.
Aquel pasado incierto, deteriorado a través del tiempo, les azotó con crudeza sus vidas, pero... ¿Eran merecedores de aquel castigo? ¿Merecían sufrir los latigazos del pasado en sus destinos?
No, tal vez no lo merecían, pero allí estaba la sombra del pasado en sus vidas de la que no podían eludirse, de la que era imposible huir, y por la que habían sido condenados quizás, desde el mismo momento de sus nacimientos.
Algo ocurre en el pasado de sus familias, que les marcarían hasta el final de sus días. ¿Eran lógicos aquellos rencores más de un siglo después? ¿Eran ellos culpables, de algo que no llegaron ni a conocer? El destino parecía decir que si, a través de padres e hijos la tragedia parecía perseguirles, a pesar de estar tan lejos de poder entender aquella demencial historia.
Reparto:
José Sánchez - Como Vaquero hijo mayor.
Ángela Madruga - Como Lanas hija.
Sebastián Sánchez - Vaquero padre.
Antonio Madruga - Lanas padre.
Sebas Sánchez - Vaquero hijo menor.
Arturo Giménez - Gitano.
Chico - Porquero.
Dulce Sanz - Hija del capataz.
Rodrigo Mendoza - Guarda de la Dehesa.
Francisco (Curro) - Casero.
Rosario - Casera.
Manolo Sánz - Capataz padre de dulce.
Luis - Aperador.
Carrasco - Guardia civil número 1.
Vélez - Guardia civil número 2.
Don Pedro - Señorito.
Capitán---------------
Mendoza - Guardia civil número 3.
Rodríguez - Guardia civil número 4.
Leopoldo Sánchez - Vaquero antiguo.
Casimiro Madruga - Ovejero antiguo.
Título:
El Vaquero de la Vega.
El Vaquero de la Vega
Año 1830; Tiempos difíciles. Tiempos de privaciones y hambruna. Tiempos en los que cada persona pasaba su propio calvario por una u otra razón y en general, por la situación económica y financiera del país.
Un invierno frío y húmedo... en un pequeño pueblo de Extremadura, una de las regiones más azotadas por la miseria. En ese pueblo, una de tantas pinceladas blancas que dibujaban las sierras de Cáceres, se vivía un acontecimiento singular.
Dos hombres eran interrogados por el destacamento policial existente en el valle.
Unos calabozos de guerra eran el escenario de una vil acusación a Leopoldo, un Vaquero del lugar y de Casimiro, un pastor del mismo pueblo y amigo del Vaquero, del robo de ganados que se venían dando reiteradamente en el valle.
El calabozo, un lugar tétrico y frío, una especie de bodega semi-subterránea con bóvedas de ladrillos amasados a mano, macizos y cocidos en horno de fuego.
Compuesto por dos naves y separadas por unas piedras graníticas dispuestas en cuñas. Al fondo, podía observarse aquel ventanuco enrejado con unos barrotes de forja, fabricados a golpe de martillo sobre el yunque de alguna fragua de aquellos contornos, y templados con sudor y fuego.
A los lados, podía verse unas celdas (dos a cada lado), unas pequeñas celdas visiblemente pensadas para la tortura y la degradación de seres humanos.
Aquellas celdas las hacían infranqueables unas recias puertas enrejadas y cubiertas con una gruesa chapa remachada por la parte exterior donde asomaba un pequeño mirador para contemplar el interior de vez en cuando, o pasar la comida de aquellos que tuvieran la desgracia de caer en semejante trance y lugar.
La puerta de salida también de fuertes barrotes lindantes a unas estrechas escaleras, subían directamente a la comandancia donde se tramitaba todo el papeleo.
Allí, en aquel espeluznante lugar, se encontraban nuestros amigos; Leopoldo en una celda totalmente vacía, con un suelo de piedra, losas de granito y alguna piedra o rollos de río, y sobre las paredes, aquellas fatídicas cadenas ancladas a la pared con fuertes ganchos remachados, y colgando de ellas, aquellos grilletes tenebrosos y emponzoñados con sangre reseca, quizá de años atrás o, tal vez, de alguna tortura en tiempos de guerra.
Lo mismo se encontraba los grilletes que descansaban en el suelo supuestamente para los tobillos.
Fuera, el brasero. Aquel brasero de carbones encendidos, como una granada al rojo vivo, se sujetaba sobre sus tres patas y, dentro de él, aquel fatídico hierro incandescente aguardaba su turno.
Pero no era eso todo; en el suelo de la celda, Leopoldo también había observado cuatro pequeñas cadenas engrilladas e igualmente ancladas al suelo con fuertes clavos que se hundían en la piedra, Dios sabe hasta dónde, y a los lados de los grilletes unas fuertes correas que reposaban en el suelo, con las que ya estaban familiarizados.
La celda de Casimiro era una copia de aquella. Se supone que las cuatro celdas eran idénticas en cuanto a estilo y fabricación, pero Casimiro pudo percatarse de algo más, algo que no había visto su amigo al otro lado de aquella especie de bodega de torturas; era una especie de tubo metálico por encima de aquellos grilletes y correas, que apreciaba en el suelo.
Allí, en el techo, estaba aquel pequeño tubo metálico al que no le dio mayor importancia al no entender su utilidad. Bastante tenía con su desgracia.
El brasero seguía en ascuas.
Aquellos pasos, fuertes pasos, como de botas militares que presumía bajaban las escaleras hacia los calabozos, hizo que a Casimiro se le erizase el bello...
No pudo ver nada. Los ventanucos de los calabozos permanecían cerrados desde el exterior.
¡Leopoldo! ¡Leopoldo Sánchez! ¡Sacadme a Leopoldo Sánchez!
Era el capitán del destacamento; un militar recién salido de la academia con un fuerte ardor guerrero, y los números, dos agentes ya más calmados en cuanto a fogosidad militar.
El hierro dentro del brasero se consumía en ascuas, mientras rechinaban los carbones que hacían subir pequeñas pavesas encendidas, como si de pequeños fuegos artificiales se tratase..
La orden de su superior fue ejecutada con precisión y rapidez.
¡Salga! Eres Leopoldo Sánchez, ¿no es así?
Los ojos de Leopoldo se cegaron al contacto con aquel pequeño rayo de luz que se filtraba a través de la pequeña ventana enrejada del fondo. Y, llevándose las manos a la cara para protegerse de la ceguera que le producía, dijo:
Sí... sí, sí... soy yo.
¡Salga inmediatamente!
El capitán, y el número, le esperaban fuera, en actitud inquisidora y autoritaria.
Tras los primeros pasos torpes, por el adormecimiento de sus piernas...
¡Te han dicho que salgas, coño! ¿Es que estás tullido, o qué? ¡Siéntate!
Una mesa de mediana medida y de madera maciza, y, unas sillas igualmente de madera y con hondón de pita desgastada por el uso, se encontraban en aquel habitáculo (si se le puede llamar así a un lugar destinado a la privación de la libertad y a la tortura, amén de las vejaciones denigrantes a seres humanos).
Al sentarse, el cuerpo de Leopoldo experimentó un cierto descanso y un relax que hacía mucho tiempo, años que no lo sentía. Años en los que de día paseaba y descansaba sobre el granítico suelo donde se veía obligado a descansar, o tratar de dormir de noche, cosa que casi nunca conseguía.
Vamos a ver, Leopoldo. ¿ Estás enterado de por qué estás aquí? ¡Bueno, es igual, te lo diré yo ahora! ¡Qué has hecho con el ganado! ¡Dónde has llevado los caballos! ¡Quién te ha ayudado! ¿Por qué tú sólo no habrás sido, verdad?
No sé de qué me está hablando. ¡Se lo juro, no lo sé!
Mira... Leopoldo... espero que no me hagas perder la paciencia. Estoy seguro que no te gustaría verme cabreado. ¿Verdad que no?
¿Quieres decir que fue tu amigo Casimiro el autor de esos robos de caballos?
Leopoldo lo miraba atónito de incredulidad.
¿Pero que está diciendo? ¿Me toma por un chivato? Yo no he dicho nada...
¡Te tomo por lo que eres! ¡Un sinvergüenza! ¡Un sinvergüenza ladrón!
Está equivocado capitán, yo no he robado en mi vida. ¡Se lo juro!
Temeroso por aquel largo y extraño interrogatorio, Leopoldo se sentía impotente para demostrar su inocencia dada la perseverancia que veía en aquel obstinado capitán.
¿Sabes qué es un juramento? Dime Leopoldo.
Creo, que es el... bueno, no lo sé, pero lo que sí le puedo asegurar es que yo no he robado nada. ¡Yo no he sido!
¿Ha sido Casimiro, entonces?
Pues no lo sé, pero no creo que Casimiro sea un ladrón.
¿Cómo estás tan seguro, Vaquero?
Lo conozco desde hace muchos años y sé que no es un ladrón.
¡Ya! ¿Está él tan seguro de ti? ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no te traicionará?
No puede decir que he sido yo.
¿Por qué no?
¡Porque yo no he sido, maldita sea!
¡Silencio! ¡No quiero volver a oírte maldecir! ¿Está claro? Primero juras en vano falsamente, y ahora maldices. ¿Se puede saber qué clase de persona eres, Leopoldo? ¿A ti no te han enseñado la doctrina y los santos mandamientos?
Leopoldo humillaba la cabeza en actitud de resignación.
¡Pues deberían haberlo hecho! Te lo volveré a repetir, Leopoldo, y espero que tu contestación sea de mi agrado. ¿Dónde has escondido los caballos? ¿Los has pasado a Portugal? ¡¡Contesta!!
¡No, no, no! No he sido yo. Mi trabajo son las vacas y los toros bravos, y nada más. ¡No puedo creer que me esté culpando de esto! No iré a la iglesia, pero tampoco soy un ladrón. ¡Lo juro!
Tienes una especial tendencia a escudarte en los juramentos para ocultar tus fechorías, Leopoldo, pero puedes estar seguro que confesarás. ¡Ya lo creo que lo harás! Tu amigo Casimiro tampoco tiene nada que ver en este asunto, claro.
Ya le he dicho que no sé, capitán, su vida es suya.
¿Es que lo dudas?
No, no estoy diciendo eso.
¿Entonces, qué quieres decir?
¡Pues eso, que no lo sé, pero lo dudo! No puedo creerme que haya sido capaz de hacer algo así. Eso es. No me lo creo.
¿Eso sí lo crees?
¿Qué quiere decir, capitán?
Me acabas de decir que no vas a misa, que no visitas la iglesia, por lo que intuyo que no eres creyente, ¿y eso sí lo crees? ¡Encadenadlo a la pared!
Pe... pero.
Los dos agentes, que hasta entonces se habían mantenido al margen de la conversación, ahora se prestaban ávidos a cumplir la orden de su superior.
Leopoldo fue atado a aquellos grilletes anclados a la pared, y atornillado fuertemente a ellos, de manera que era imposible zafarse..
¿Se puede saber que está haciendo? ¡Maldita sea!
Te acabo de decir, que no maldigas...
¡Vallase a la mierda!
Sí... tienes el don de hacerme cabrear, estoy seguro. ¡Y lo has conseguido! ¡Ya lo creo que lo has conseguido!
El capitán, con paso lento pero autoritario y militar, se dirigió hacia el brasero que ardía en ascuas como una granada madura. Aquel incandescente hierro de marcar reses, que previamente había colocado allí con aquel fin macabro que ahora pretendía.
Ahora, los pasos hacia Leopoldo eran más lentos y amenazadores, esgrimiendo aquel artilugio de tortura entre sus manos.
¿Se ha vuelto loco? ¡Que pretende! ¡Ya le he dicho que no sé nada de esos caballos que me dice! ¿Es que no basta con eso?
¿Es que crees que soy tonto, o me ves cara de imbécil? Me has hecho cabrear y eso es malo, sobre todo para ti, ¿comprendes? ¡Así que será mejor que confieses haber robado esos caballos por tu propio bienestar!
¡No he sido yo! ¡Lo juro! Le juro por lo más sagrado, que no sé de qué me habla. ¡Se lo juro!
Sí, eso está muy bien... pero... ¿Cómo puedo creer un juramento de un ateo? ¿Qué garantías son esas? No... Leopoldo. Estoy seguro de tu culpabilidad, y vas a confesar por las buenas o por las malas. Te lo prometo. Ya te darás cuenta, que mis promesas no son como tus juramentos.
El hierro cada vez se acercaba más al pecho de Leopoldo, que trataba de rehuir del hierro, cosa imposible estando atado de la forma que estaba con aquellas cadenas viejas y oxidadas, pero fuertes y aceradas.
¡¡Confiesa!! ¡Dónde escondes, o escondéis los caballos!
No... no sé. Le aseguro que no sé nada, capitán. ¡Yo no he sido!
A la vez que aquél incandescente hierro de marcar, se posaba en su pecho, por el hueco que dejaban los botones desabrochado de su camisa, arrancándole un desgarrador alarido, hueco y estridente.
Un desgarrador grito de dolor, ahogado por el humo con olor a carne humana quemada, un humo producido por los borbotones de sangre que salían de sus entrañas, para encontrarse con el fuego del hierro que la hacía hervir sobre la herida que le producía.
¿Quieres hablar ahora? ¿Estás más animado?
La cabeza de Leopoldo, descansaba sobre su pecho, al igual que sus rodillas lo hacían sobre el suelo.
¡Despertadlo! ¡Quiero oírle decir donde los tienes! ¡Quién lo hizo! ¡Si fue su amigo! ¡¡Todo!! Antes de que termine de perder los nervios. ¡Deprisa!
El primer cubo que tienen a mano, antes la tan rotunda orden es el que cogen, el cubo perteneciente a Leopoldo, donde se veía obligado a hacer aguas menores y defecar.
Aquel fue el contenido que se estrelló sobre el rostro de Leopoldo, que colgaba de las cadenas desmayado por el dolor tan atroz que le produjera la marca ganadera al imprimirla a fuego sobre su pecho.
A duras penas pudo ponerse en pie con las pocas fuerzas que le quedaban, después del suplicio al que estaba siendo sometido.
¡Despierta embustero! Dime... ¿Ha sido el lanas el autor de los robos? ¿Le has ayudado tú? ¡Qué habéis hecho con los animales! ¡Contesta!
Soy inocente. Soy inocente...
¡Eres tan inocente, como yo culpable! ¡Ponedlo en el suelo! ¡Este cabrón va a confesar! ¡Por la madre que me parió, que lo hará!
Colgado por los hombros, de los brazos de los agentes, Leopoldo se dejaba llevar hacia lo que sería su próximo martirio, aquellas cadenas con grilletes y aquellas correas que anteriormente había visto sobre el suelo, y que se preguntaba para qué servían.
Una vez encadenado sobre el suelo, los propios agentes temían oír la próxima orden.
No fue ordenada, pero sí ejecutada por el propio capitán, que arrebatándoles la porra a uno de ellos la emprendió a golpes con Leopoldo, que yacía indefenso y medio inconsciente en el frío granito.
¡Yo te enseñaré a no mentir, bastardo!
Mientras le llovía los golpes, el capitán vociferaba con ansia su deseo de conseguir su declaración, la declaración que él quería oír, no le importaba si era cierta, o no, pero quería oír su culpabilidad.
Quizá sus deseos de comenzar su carrera con un éxito en su expediente, eran más fuerte que su sentido de la justicia y del deber o el honor.
El cuerpo de Leopoldo parecía cobrar vida propia, a cada golpe las llagas que le producía el porrazo, hacía que a todo lo largo subieran como la espuma de una cerveza las llagas, entre los alaridos del condenado, que se trataba de retorcer del dolor que le producía (No podía al estar inmovilizado totalmente por las correas).
¡Maldito cabrón, has conseguido hacerme enfadar de verdad! Si no has sido tu... ¿Ha sido el Casimiro? ¿O, estáis compinchados y queréis volverme loco? ¿Es eso? ¡Os ha señalado el señor conde, y eso es suficiente garantía para mí! ¿Qué hacíais en la Dehesa, a esas horas de la madrugada? ¿No me dirás, que cogíais espárragos? Que, por otra parte, también son del señor Conde...
Fueron tantos golpes, y tan horrible el sufrimiento, que su organismo no pudo más, y cayó en un desmayo profundo.
A aquel capitán, parecía no importarle, tan obcecado estaba en su interrogatorio, que seguía haciéndole preguntas esperando que le contestase afirmativamente.
¡Maldito hijo de puta, yo te enseñaré la ley de Dios! ¡A fuego, te la meteré para el cuerpo, desgraciado!
Asestando un último golpe sobre el pecho de aquel hombre que ya no sentía nada en absoluto, a la vez, que se bajaba la cremallera y miccionaba sobre la boca del detenido.
¡No quiero que se le dé de beber, hasta que yo lo ordene... ¿Está claro? ¿Han comprendido?
Sí, claro, como usted ordene mi capitán.
Alcanzaron a decir los dos agentes atónitos ante el interrogatorio, y los métodos utilizados por su superior.
¡¡Veremos, si ese tal lanas, es tan honrado con su amigo!!
Al otro lado, el lanas había podido oír el martirio, por el que hacían pasar a el Vaquero por lo que no paraba de maldecirlos y temer por su propia seguridad.
¡Malditos! ¡Malditos seáis!
En ello estaba, cuando un fuerte cerrojazo lo hizo estremecer, entre otras cosas, quizás de miedo, haciéndolo saltar, y de un rápido vistazo la cabeza hacia dónde se habría aquella chirriante puerta.
¡Casimiro Madruga, levántate!
Que le han hecho a mi amigo...
De lo que le pase a tu amigo, no debes preocuparte en absoluto. ¡Preocuparte de lo que te puede pasar a ti, si no colaboras! ¿Está claro?
¡Atadlo a la mesa!
¡No, por favor yo no he hecho nada malo! ¿Qué quieren de mí? ¿Qué quieren que diga? ¿En qué quiere que colabore capitán?
¡Silencio, estúpido! ¡Habla únicamente cuando se te pregunte! Y espero que digas lo que quiero oír... ¿Verdad que me dirás lo que quiero oir...?
Los agentes habían atado al lanas a la mesa rústica del centro de aquella especie de salón diabólico de torturas, atándoles las piernas a dos patas de la mesa, y sus brazos también fueron amarrados fuertemente a las otras dos patas de la misma con unas finas alambres quizás preparadas para la ocasión.
Leopoldo dice que habéis robado los caballos del señor Conde, y que los habéis hecho llegar a Portugal. ¿Es eso cierto? ¡Contesta!
Los ojos de Casimiro se habrían más, y más, a medida que su incredulidad crecía.
¡Mentira! ¡Eso no puede ser verdad!
Mal empezamos si empiezas a llamarme mentiroso.
Yo no le llamo mentiroso, señor, digo que no puedo creerme que haya dicho tal cosa el vaquero.
Pues es lo que dice...
¡Pues si lo dice, miente! Yo no he robado ningún caballo a nadie, y menos al señor Conde.
¿Es que a otros, lo harías?
¡No quiero decir eso! No maneje mis palabras a su antojo y en su beneficio.
¿Me estás llamando manipulador ahora? ¿Me estás llamando manipulador? ¿Con quién te crees que hablas gañán?
Lo siento, señor, yo sólo pretendía defenderme de unas acusaciones que no son ciertas. Yo jamás he robado, soy pobre, pero honrado.
Mira... en lo de pobre estoy de acuerdo contigo, pero de honrado...
¡Honrado! Soy un hombre honrado.
¿Qué hacíais los dos en la Dehesa del señor Conde, la noche de autos a las tantas de la madrugada? ¿Buscabais caracoles? ¿Espárragos quizás? ¿O, tal vez los caballos que el señor Conde poseía?
No comprendo... la noche... ¿Qué noche es ésa?
La noche del 14 de febrero de 1821. ¿Se te ha olvidado ya? ¿O, es que no quieres recordar?
Aquella noche... sí, ya sé a la noche que se refiere capitán, me han preguntado por ella miles de veces en estos años, pero le vuelvo a decir lo mismo que a ellos. Fuimos a poner unos lazos para conejos. ¡Eso es todo!
¿Conejos? ¿Es que no eran los conejos del señor Conde también?
Sí... claro que eran suyos, pero dudo que el señor Conde se muriera de hambre si le faltasen algunos. ¡Sólo cogimos tres, lo juro!
El vaquero ha hecho que perdiera la paciencia, y tú estás acabando con mis nervios. ¡Has entendido, cabrón!
Tras una pequeña pausa, su mente parecía rebuscar la forma de cazar a su prisionero quizás cogiéndolo en algún renuncio que pudiera incriminado-
Dime una cosa... Madruga. ¿Crees en Dios?
Pues... yo le aseguro que sí, mi capitán... yo...
¡Silencio, mal nacido! A Dios pongo por testigo, que vosotros confesáis este delito ¡No iréis a misa, pero confesar, ya lo creo que lo haréis!
¡Soy inocente, soy inocente! Ya lo hemos declarado cientos de veces ante el alcaide y el antiguo mando de este destacamento. Juro, que yo no he tocado un caballo de esos que me dice.
Los antiguos mandos eran unos blandos incapaces de arrancar una confesión, pero ten por seguro que tú dices la verdad aunque sea lo último que digas...
En ese momento la mano del capitán abrió un cajón dispuesto bajo la mesa donde se hallaban varios instrumentos aparentemente ideados para a aquellos fines. Entre ellos escogió el capitán, dando una pequeña vuelta a aquellos artilugios, yendo su mano a aferrarse a una especie de tenacillas rústica, antigua, al parecer fabricada a mano como el resto de aquellos macabros instrumentos.
¿Quieres darme una alegría antes de darte un disgusto?
¡No! ¡No puede hacer esto! Y ¡Le juro por la gloria de mi madre que soy inocente!
Para entonces las tenacillas le atenazaba un con fuerza la nariz.
¡AAAAHH !
El dolor era tan intenso, que no podía articular palabra, sólo verter su rabia e impotencia, en grandes alaridos que le hacían retorcerse de dolor allí sobre aquélla mesa haciendo que sus ataduras de alambre hicieran mella en su carne.
¿Fue el vaquero, el autor de los robos?
¡¡Nooooo!! ¡AAAAHHG!
El capitán también sabía, que en ese estado no podía hablar, pero esperaba que lo hiciese cuando soltase y así lo hizo.
Al soltar las tenacillas, sólo pudo oír un estruendoso grito de dolor y maldición.
¡¡AAAAHHG!! ¡Me cabo en la pena negra! ¡Soy inocente, maldita sea! ¡¡Soy inocente!!
La sangre ya resbalaba por su cara para descansar sobre la mesa reseca que suavemente se la embebía.
¡Cuántos animales les habéis robado en total! ¡Dónde están! ¡Dónde tenéis el dinero de su venta!
¡Y una mierda! ¡Le vuelvo a repetir que no sé nada de robos de ganado, maldita sea!
El capitán, parecía no prestarle mucha atención a aquellas palabras, no eran las que quería oír.
Parecía estar más interesado en seguir con la tortura, viéndolo, como ante los atónitos e incrédulos ojos de los dos números, que no podían creerse lo que estaba sucediendo, podía aguantar su tortura y cuánto tardaría en confesar su fechorías (según su tozudo pensamientos) Poco, a poco, y muy despacio desabrochaba algunos botones del pecho medio desnudo ya de Casimiro madruga.
Aquellas tenacillas volvían a encontrar un bocado en sus acerados dientes, esta vez eran los pezones de sus tetillas los apresados.
Ni qué decir tiene, el inmenso dolor que sufría el lanas, así que en su garganta se ahogaban los gritos desgarradores que le producía aquella tortura.
¡¡AAAAHH!! ¡¡ AAAAH!! ¡Cabrones!! ¡¡AAAAHHHGG!!
Te dije por las buenas, que me dieras una alegría... no has querido... ya ves que tengo métodos para que puedas llegar a hacerlo.
¡¡AAAHH!! ¡¡AAAAHHG!!
¿Duele? ¡No seas tan blando, hombre, que no es para tanto! ¿O, sí?
Los agentes se miraban incrédulos ante el cuadro tan nefasto que tenían ante sus ojos, pero era el propio capitán el que lo hacía, y no podían contradecir a un superior, aún así uno de ellos se atrevió o trató de recriminarle su acción, o tal vez hacerle ver que no era necesario toda aquella tortura.
Mi capitán... yo...
¡Silencio! ¡Usted obedece mis ordenes! ¿O no es así?
Sí, claro capitán, sólo quería...
Usted no tiene por qué querer nada. ¿Me ha comprendido, agente? Y, le ordeno que guarde silencio, es más; esto no está sucediendo. ¿No es verdad, Mendoza?
No, señor.
¿No, qué, agente?
Que es verdad... quiero decir... que no está sucediendo nada, y señor.
¡Bien! Eso está mejor.
Aquel pequeño respiro que tuvo Casimiro, apenas le sirvió de nada, pues aquél empecinado capitán se le veía dispuesto a hacerlo confesar y, emprendió aquella macabra tarea más virulenta y cruel que al principio.
Aquellas tenacillas ávidas de sangre, esta vez apretó sus macabros dientes sobre la patilla derecha del lanas que gritaba su inocencia a los cuatro vientos.
¡No, por favor! ¡No, capitán, no! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡¡Soy inocenteeeeeee!!
¿Cómo un inocente, o que dice ser inocente, y tan buena persona cómo quieres hacernos creer, osa llamarme cabrón? ¿O, tampoco has sido tú?
¡Lo siento! ¡Lo siento! Yo no quería...
Ahora lo sientes, y no querías... ¡Seguro que tampoco querías robar los caballos! Eres un mentiroso, lanas, pero yo te enseñaré a decir la verdad, recuerda que puesto a Dios por testigo y yo no utilizo la palabra de Dios en vano. ¿Fue el vaquero, quizás?
Mientras retorcía la tenacillas llevándose la piel con la plantilla al reconocerla hacia arriba, el capitán parecía disfrutar con su acción.
¡¡AAAAAHHG!! ¡¡AAAAHHG!!
El lanas no pudo soportar tanto dolor, y su organismo cayó inconsciente, no así su cuerpo que aceleraba su presión sanguínea hacia aquella ventana al exterior que le hiciera la herida por donde salía a borbotones su sangre empapando esta vez la mesa donde quedaba coagulada y tétricamente muerta.
¡Maldito imbécil! ¡¡Despierta, cabrón!! ¡¡Despierta!!
Tirando la tenacillas dentro del cajón hecho un rápido vistazo a los dos agentes que permanecían impávidos como de piedra.
Por supuesto no se atrevieron a dar ningún tipo de réplica a su superior, ya veían cómo podían ser las represalias hacia ellos también.
Tras unos breves momentos, y mientras el capitán se daba un paseo nervioso por la bodega, se paró frente al ventanuco enrejado por donde se podía apreciar un pedazo de cielo cuadriculado, por aquellas rejas de forja dando al cielo la impresión de ser él, el encarcelado. Allí permaneció unos minutos, todos guardaba un silencio sepulcral (nunca mejor dicho, dado el lugar), fue en ese instante, cuando rompió el silencio un leve quejido de el lanas que yacía maltrecho atado sobre la mesa y, con las alambres clavadas en sus muñecas por los esfuerzos sangrándole copiosamente.
¡OH!
En ese momento fue cuando el supuestamente pensativo o recapacitador capitán, con un rápido movimiento de cabeza hacia Casimiro, se le encendían los ojos por el odio, o soberbia que sentía al no poder hacer hablar a ninguno de los dos.
¡Desatadlo! ¡Desatadlo, he dicho!
Los agentes no perdieron su tiempo, que así lo hicieron creyendo que daba por finalizado el interrogatorio, aquel interrogatorio tan lamentable y deprimente.
(¡Cuán equivocados estaban!)
Madruga se sentía débil por el martirio sufrido por lo que no oponía ningún tipo de resistencia a sus carceleros, quizá él también creyese que todo había acabado, o por lo menos, por ese día...
¡Entradlo a los calabozos! ¡Sí, al calabozo, y acercar el cubo de los orines!
Señor...
¿Qué, agente?
La mirada fue inquisidora, por lo que el número no se atrevió a más y guardó un resignado silencio.
No... nada, señor.
¿Seguro, señor Mendoza?
Sí, sí, señor. ¡Seguro!
Bien... bien, bien. ¡Acerque el cubo como le he ordenado!
¡Sí, señor!
Sujételo con las manos.
Casimiro fue cogido por el capitán del testuz y obligado a meter la cabeza en el pozal de excrementos.
Era difícil zafarse de aquellos fuertes y descansados brazos que le sujetaban los suyos a la espalda, y menos del inquisidor capitán, un hombre joven y fuerte también, para sus escasas fuerzas ya perdidas en su mayor parte por la tortura recibida.
¡Dónde están los caballos!
¡No sé nada, capitán, se lo juro!
Su cabeza se hundía en aquel pozal de heces fétidas de días...
Por más que intentaba resistirse le era imposible sacar su cabeza de allí.
En un minuto el capitán la sacaba medio asfixiada por evitar el condenado tragarse su propia porquería.
¡¡Iros a la mierda, yo no he sido!!
Su cabeza volvía a hundirse en aquel pestilente recipiente y su hediondo contenido.
Quizás diga la verdad capitán... ¿No cree?
¡Quién es usted para decirme lo que debo o, no debo creer! Yo creeré lo que tenga que creer cuando oiga lo que quiero oír, y usted no es quién para opinar sobre este interrogatorio. ¿Está claro? ¡No quiero volver a oírle abrir la boca si no quiere ocupar su lugar! ¿A comprendido esta vez? ¿O, necesita una lección de disciplina militar?
No, no, señor. Le prometo que no volveré a cuestionar su parecer.
Espero que así sea, Mendoza.
La cabeza de Madruga, volvía a emerger del cubo de heces.
¡AH! ¡AH! ¡AH! ¡No he sido yo! ¡Podréis matarme, pero no confesaré que he sido yo!
¿Sabes quién lo hizo? ¡Quién!
¡Yo que coño sé!
¿Fue el vaquero los? ¿Eh? ¿Fue el Vaquero?
Si usted lo dice...
¿O sea, que confiesas que fue él?
Yo no confieso nada, capitán ¿No había confesado ya el vaquero, y había dicho que fui yo el que robó los caballos?
Sí, así es.
¡Y una mierda! Yo no he sido, y no pueden hacerme creer que haya dicho eso, me conoce de toda la vida y sabe que soy incapaz de hacer una cosa así.
¿Y él?
¡Tampoco!
Ya veo que os compinchais bien los dos, pero si creéis que terminaréis por aburrirme, estáis equivocados los dos. ¡Los dos estáis equivocados! ¡Os lo aseguro! ¡Atarlo al suelo
¡Otra vez no, maldito cabrón! ¡Le he dicho, le he jurado,! ¡¡Soy inocente!!
Sus palabras no hacía más que enfurecer a un capitán ya empecinado en conseguir aquella confesión que tanto deseaba oír.
Sus manos... mejor dicho, sus muñecas, fueron fuertemente atornillados con aquellos grilletes oxidados y sucios así como sus tobillos, y su cuerpo amarrado con aquellas anchas y fuertes correas que descansaban sobre el piso de granito.
Así quedó inmovilizado, de tal manera, que apenas si podía parpadear, pues su cabeza también se encontraban fuertemente sujeta al suelo con otra cincha de igual calibre que la del cuerpo.
En ese estado quedaron los dos amigos, uno en cada una de las celdas, ahora podían apreciar tanto uno como otro aquél pequeño tubo que salía o destacaba del techo.
Sin embargo aún no podían comprender ni uno ni otro la suerte que le esperaba.
¡Abrid el goteo!
Señor...
¡¡Mendoza!! ¡Obedezca mi orden!
¡Sí, señor!
¡El del vaquero también! Y espero que nadie se le ocurra contradecirme una orden ¡Es la última vez que lee aviso Mendoza!
¡Comprendo, señor!
Aquel aparente aparato inofensivo, no lo podían conocer ellos, pero ahora por desgracia obtendrían fatalmente la oportunidad de averiguar para qué era aquel pequeño tuvo cuando empezó a caer una pequeña gota de agua sobre sus frentes.
No, a aquello ninguno le dio mucha importancia al comprobar que sólo era agua, y que además no dolía como las torturas que habían estado sonriendo momentos antes.
Lo que ninguno imaginaba es que aquella pequeña gota repetidamente durante días, días y noches, aquella pequeña e insignificante gota de agua llegaría a perforarles el cráneo allí donde la tuvieran colocada, en su caso la frente.
Sí... aquella tortura era lenta, muy lenta, pero tal vez también muy eficaz.
¡Ya hablarán, cuando tengan el cerebro encharcado! ¡Olvídense de los dos hasta nueva orden! ¡Ah, y nada de comer, ni debe ver! ¿Han comprendido?
A sus órdenes, capitán.
A propósito de comida... acerque la sal que hay en el cajón de la mesa, Mendoza. ¡Rápido!
Sí, sí, señor.
Volvía a cumplirse otra orden macabra. ¿Cómo podía imaginarse nadie, la utilidad que le daría?
Sí, conociéndolo tal vez, pero aun no lo conocían bien, llevaba pocos días en el cuartel.
¡Déme! No quiero que sangres más, Casimiro.
Cogiendo un puñado de sal, le taponó las heridas sangrantes de la patilla y de la nariz, a la vez que le metía otro cuñado en la boca, que escupió el lanas como pudo, aunque el sabor se le quedase impregnado en las glándulas salivares para su martirio.
(Recordemos que, a Leopoldo el vaquero, también le meó en la boca)
Los días de larga y agónica tortura, en donde a los dos amigos se les podía escuchar con unos leves y afónicos quejidos provocados por el dolor de aquella insignificante, pero demencial gota de agua, seguían.
La herida en sus frentes ya era evidente. El dolor insoportable, el hambre y la sed, demencial.
Sus labios agrietados y resecos como árida tierra sedienta, hacían juego con sus lenguas hinchadas y sangrantes repletas de llagas, recubiertas por lo que se le suponía había sido su propia piel.
Aquel sábado los agentes como conocedores del régimen de visitas en domingo, y tal vez por la iniciativa de aquel llamado Mendoza, pusieron en conocimiento de su superior...
¿Da su permiso, mi capitán?
¡Adelante, pase!
El despacho, al igual que el resto de la comandancia era un lugar frío y oscuro, sólo bañado por unos escasos rayos de sol rayados que tímidamente traspasaban aquella persiana de láminas de madera colgada en el dintel de la ventana.
¿Ocurre algo Mendoza?
Vera, señor... yo...
¡Hable de una vez, hombre!
Quisiera decirle, capitán...
¿Sí?
Pues verá, señor, mañana es día de visita... y...
¿Se ha vuelto tartamudo, Mendoza?
No, señor, sólo trato de decirle que posiblemente los presos tengan visita mañana, y no sería prudente que los viesen en ese estado.
¿Por qué está tan seguro de que lo van a ver, Mendoza?
Perdone, señor, yo creí...
Debería consentirlo señor, las habladurías no nos beneficiaría mucho. Seguro que la imaginación popular nos podría hacer mucho daño.
¿Usted cree, que la gente de fuera piensa?
Los conozco muy bien señor, y llevan varios años viviendo cada fin de semana, seguro que si no permitimos que los vean se desbordara su imaginación, y Dios sabe qué pensarán.
No creo que se atrevan a pensar esos patanes, para eso estamos nosotros.
Lo menos que nos interesa en este pueblo, y en este momento, es una revuelta, señor, ya bastante alterados tienen los nervios al creerlos inocentes...
¿Usted cree, Mendoza?
Podría ser, señor, están convencidos, no sólo sus mujeres e hijos, sino todo el pueblo está convencido como le digo, de su inocencia. En
¿Todo el pueblo?
Bueno... cada familia está convencido de la inocencia de su hombre.
¡Inocencia, inocencia! ¡Por muy bien que se lo hayan montado, yo demostraré su inocencia!
Temeroso de las represalias que pudiera tomar aquel capitán contra el, todo por callar, sería lo mejor.
Sí, señor. Como usted diga, señor.
El capitán se había puesto en pie frente a la persiana en actitud pensativa unos instantes, mientras Mendoza pretendía desilusionado por su intento, salir del despacho.
Puede que tengas razón, Mendoza...
¿Sí, señor?
Sí, es posible... quiero decir que si, sería mejor dejar las cosas aparentemente como están.
Eso mismo creo yo, señor.
Pero le seguro que confesarán su culpa, aunque sea lo último que haga en esta vida.
¡Soltarlos y adecentarlos para mañana!
No quiero que nadie me interrumpa mañana mi tía de caza con el señor conde.
Como usted ordene, capitán.
Guardaremos las apariencias por un día, el lunes seguiré con ellos, y por mis difuntos que confesarán.
Así lo haré, señor. Buenas tardes.
¿Cómo te encuentras, Leopoldo? ¿Estás dormido?
¿Cree que con esta gota en la frente, se puede dormir?
Sí... tienes razón, perdona...
Me duele... ¡Oh! Duele tanto...
Se quejaba amargamente con voz imperceptible el reo, sobre un charco de agua helada que empapaba todo su cuerpo, con la humedad infiltrada hasta los huesos.
Tranquilo, Leopoldo, te soltaré...
¡Gracias! ¡Gracias, agente...!
Esta vez he podido ayudaros, pero dudo que pueda salvaros de algún otro castigo, sería mejor que confesaseis la verdad.
¿La verdad? ¿Qué verdad es esa, agentes? ¡Estoy diciendo la verdad, maldita sea! ¿Tan difícil es creerme? ¿Es que no tienen otros medios de investigación, más que éstos?
Tienes razón, Leopoldo, pero comprende que no podré ayudarte si sigues negando los hechos.
¡No puedo declararme culpable! ¡Soy inocente! ¡Inocente!
Sí... lo sé.
Murmuró para sus adentro Mendoza, convencido de lo que pensaba, pero temiendo ser oído por el vaquero, era un agente y, se debía a su uniforme, debía acatar las órdenes de su superior sin cuestionarlas.
Dando media vuelta dejó a Leopoldo sumido en la más negra y densa oscuridad, cerrando tras él aquella pesada puerta de acero.
Leopoldo quedó echado sobre el mismo suelo al ser incapaz de sentarse sobre sus propias heces, apestosas ya de seis días de duración, y con esa parte de su organismo en carne viva por los ácidos gástricos y el contacto, de sus propios excrementos.
¡Madruga!
¡No, por favor, otra vez no! ¡Dejadme en paz, cabrones! ¡Dejadme morir!
¡Tranquilo, Casimiro! ¡Vengo a ayudarte, no temas!
¿Ayudarme? ¡Vallase a la mierda!
Es cierto, tranquilo. Voy a sacarte, tranquilízate.
¡Cómo puedo estar tranquilo, en esta situación!
Tal vez, si confesases terminaría tu tortura... ¿No crees?
¡No tengo nada que confesar, coño! ¡No he robado nunca!
Sí, eso es lo que decís los dos, pero tal vez si os declaraseis culpables os dejaría en paz.
¡Y una mierda! ¡O, nos fusila!
¡No, no creo que se atreviese a tanto. No lo creo.
Pues yo sí lo creo, por eso no puedo confesar que he hecho lo que dice que he hecho. Sólo estuvimos cazando conejos. Tres, conejos. ¡Tres!
Sí, ya he oído esa versión muchas veces, y sé que no la cambiáis un ápice, pero el capitán lo ve de otro modo.
Sus manos ahora libres (aunque esposadas), se deslizaban hacia dónde las heridas le mordían rabiosamente, la nariz, la tetilla y aquella patilla derecha arrancada de cuajo, produciéndole un dolor insoportable y, arrancándole un ahogado grito de rabia e impotencia.
No es que no sintiese el dolor, ya lo creo que lo sentía, y mucho, pero era más la impotencia que sentía al ser castigado tan cruelmente, y no poder demostrar su inocencia, pues su única arma era su palabra contra la tozudez del capitán.
¡Me importa un huevo, cómo lo ve al capitán!
¡Soy tan inocente como él!
Y... ¿Y, cómo puedes estar tan seguro, que el vaquero tampoco ha sido? Se os acusa desde la casa grande, y eso es grave, ya lo sabes.
Lo grave es la acusación maliciosa, que bien por envidia, bien por venganza, nos ha enterrado vivos a los dos. ¡Llevamos nueve años! ¡Nueve años, y siendo inocentes!
Como quieras, Madruga, yo no puedo hacer más por vosotros. ¿Comprendes eso?
Sí... no se preocupe usted, Mendoza, espero que llegue a comprender lo equivocado que estaba, o que cojan a los culpables de verdad. ¡Si es que lo buscan, claro!
Sí... tal vez...
La cara del agente era de resignación y comprensión hacia aquellos hombres, pero a la vez, comprendía la indefensión y la impotencia que tenían con aquel capitán tan tozudo y militar.
Haré que os traigan agua, procura deber poca y despacio, o te hará daño. ¡Y lávate antes que sea demasiado tarde, que hueles ha muerto!
Los pasos, aquellos pasos decididos y firmes, volvían a oírse bajar las escaleras que daban al semisótano.
Capitán...
Mendoza... desnúdelos.
¿Señor?
¡¡Que se desnuden, coño!!
Sí... ¡Sí, señor!
Los dos malogrados amigos, fueron obligados a quitarse las ropas, aquellas hediondas ropas que les cubría el maltrecho cuerpo. Camisas, pantalones, alpargatas y calzoncillos, dejándolos en cueros, sucios, heridos, hambrientos y sedientos.
En una de aquellas columnas centrales descansaba la manguera para la limpieza, para la poca limpieza que se realizaba en aquel lugar.
¡No quiero que durmáis esta noche sucios como estáis!
Los dos amigos se miraban sin pronunciar palabra ateridos de frío, dada la época (recordemos que era un riguroso invierno).
La presión del agua se estrellaba contra los demacrados cuerpos con furia, con intensa fuerza, haciendo que aquellos dos hombres cayesen al suelo, y volviesen a retorcerse de dolor por la fuerza del agua a presión sobre sus heridas, aquellas heridas más tiernas y sangrantes que tenía, y donde el capitán dirigía el chorro, sus posaderas llagadas y despellejadas.
La tortura duró unos minutos, pero se hicieron eternos para los que la sufrían que, aullaban de dolor a la vez que lamían el suelo tratando al menos de mojarse la lengua para calmar su ansiosa sed.
Ya tenéis el cuerpo limpio, sólo falta lavaros la conciencia, que también la tenéis bastante sucia... ¡Ah, sí! No me acordaba... Sois inocentes... ¡Y yo, Santa Claus!
Aquella noche el capitán no permitió darles ropa, por lo que tuvieron que dormir en el charco que formaba el agua sobre aquellas frías piedras de granito.
Sus cuerpos temblaban como hojas acurrucados sobre algún rincón del calabozo, de lado por las heridas de sus traseros.
A la mañana siguiente, domingo, era el agente Rodríguez el encargado de suministrarles las ropas para una posible visita que supuestamente se produciría.
¡Arriba, Sebastián! ¡Vístete! ¿Estás, ahí? ¡Sebastián Sánchez, contesta!
A duras penas pudo ponerse en pie, rígido por el frío y la humedad, amén de la huella que había dejado en su cuerpo el duro y áspero granito
Si... estoy aquí. Le juro, que no he salido en toda la noche.
Muy gracioso. ¿Aún te quedan ganas para bromear?
¿Tiene un cigarro?
¡Y una mierda! ¿Qué crees que es esto, un hotel?
Su estado no dejaba lugar a dudas, era el efecto producido por la fiebre del enfriamiento cogido aquella noche. Su organismo bajo en defensas por los suplicios sufridos, no pudo con los microbios que le produjeron la gripe.
¡Vístete y calla, leches!
Sí, capitán...
No soy capitán, soy un número.
¿Número? Perdone, como soy analfabeto no le había conocido.
¿Estás loco, o qué? ¡Bah! ¡Muérete!
¡Casimiro! ¡Casimiro!... ¿Te has vuelto loco tú también, acaso?
Acurrucado y aterido en un rincón, Casimiro...
¡Tu padre!
¿Qué? ¿Pero qué os pasa esta mañana a los dos? ¿Queréis que os maten, o qué?
¡Vete a la mierda, capullo!
¡Maldita sea! ¡Ponte la ropa de una vez, y deja de decir chorradas! ¡Tienes que comportarte, va a venir tu mujer a verte!
Déjame en paz, no quiero oírte. ¡Vete a tomar por el culo!
Si, está bien, está bien, como quieras. Espero que cambiéis de actitud con el capitán, por vuestra seguridad. ¿No comprendéis que puede mataros incluso, si seguís en ese plan? ¿Es que no lo entiendes?
Nos matara, de todos modos...
A Rodríguez le cambió la cara, sí, también pensaba en lo que el lanas le decía.
A pesar de su valentía como hombres curtidos de campo, ninguno de los dos les dijo a sus respectivas mujeres por lo que estaban pasando, el calvario que les estaban haciendo pasar y, aguantaron su hambre, y se tragaron su sed, ocultaron la procedencia de sus heridas, y se tragaron también sus torturas, con el fin de que nadie se preocupase por ellos, debían de mirar por sus familias y hacerlas sufrir lo menos posible.
La visita se produjo con una relativa normalidad, que les dejó tanto a uno, otro, un amargo sabor en sus entrañas, pues volvían a quedarse solos, allí en aquel lugar y... ¿Hasta cuándo? ¿Cómo? Y sobre todo lo que cada uno de ellos en sus respectivos encierros se preguntaba, y era, el por qué. ¿Por qué, Dios mío?
¿Qué tal la caza, señor?
¡Mal! Estos gañanes están depredando el monte. ¡No hay nada!
¿Nada? ¿Quiere decir, que no cazaron nada?
Sí, algo hubo. Algún ciervo, algunas docenas de conejos, varios cientos de palomas y poco más.
¡Comprendo, señor!
¿Cómo están los pesos?
Se mantienen en sus trece, señor.
Se mantienen... ¿Eh? ¡Cabo, sígame!
Después de recibir la orden el cabo cogía las llaves colgadas de aquella alcayata de la pared para seguir los pasos de su superior que volvía a emprender el camino hacia el semisótano con aquel paso firme y marcial que le caracterizaba.
¡Sí, señor!
¡Abra la puerta!
¡En pie, Sánchez! ¡He dicho que en pie! ¿O es que no me has oído?
Los pasos del vaquero, eran lentos y cansados...
Sí... ya voy, ya voy.
¡Salga inmediatamente de ahí, ateo de mierdas!
Lo que usted diga, capitán...
¡Siéntese!
Un consuelo momentáneo para sus cansadas piernas... aunque muy doloroso para su trasero dado el estado en el que lo tenía.
Veamos, Sebastián... repasaremos los hechos... tú robaste los caballos... lo estuviste haciendo durante años... bueno, caballos y demás. Se los entregas a algún cómplice que me va a decir, y lo pasa a Portugal. Allí los vende, y tú recibes tu parte en la siguiente entrega. ¿No es así?
¿Pero qué clase de tonterías está diciendo? ¡Yo no he robado nada! ¡En mi vida he robado nada!
Mal, vamos muy mal. ¿No es verdad, que celebraban comiéndose un conejo de campo, el día 14 de febrero de 1921 la venta, la estupenda venta de los caballos del señor Conde?
¡Vallase a la mierda! Yo no fui. No celebraba nada, a no ser que se le pueda llamar celebración al estar vivo y feliz con su familia. ¡Mira, eso sí!
¿Te crees muy gracioso, Vaquero?
Aprovechando que Leopoldo descansaba sus brazos sobre la mesa, al capitán le vino otra macabra idea.
¡Sujétele los lazos! ¡Cabo!
El cabo no dudó en cumplir la orden sin pensarlo aprisionó las manos esposadas de Leopoldo contra la mesa con su mosquetón, apoyando una rodilla encima para hacer más fuerza.
¡AAH! ¡ AAHH! ¿Está loco? Le juro por mi santa madre, que no fui yo. ¡Se lo juro!
Vaquero... sabes de sobras, que no me gusta que se juro en vano, ni que se tome el nombre de Dios en vano tampoco. ¿Me oyes? ¿No te has dado cuenta aún?
Su mano volvía a abrir aquel fatídico cajón, esta vez para coger unos inofensivos palillos de madera, que en principio a Sánchez, tampoco le decía gran cosa.
Muy lentamente, como si aquello fuera un ritual para él, el capitán acercaba el palillo a las uñas de Leopoldo...
Puse a Dios por testigo que os haría confesar, y cumpliré mi palabra... ¿Seguro que no quieres decirme lo que quiero oír?
¡Yo no he hecho nada malo, se lo vuelvo a jurar!
De un fuerte empujón el palillo penetró entre su carne y su uña como si de mantequilla se tratase, a la vez que exhalaba un alarido de dolor el vaquero...
¡¡ AAAAHHG!!! ¡¡ AAAHHG!! ¡¡Hijo de puta!!
Tendré que ponerme serio contigo...
Otro palillo era clavado en otro de sus dedos, y otro, y otro, hasta que cubrió sus diez dedos con ellos, entre los ensordecedores alaridos de dolor de Leopoldo...
¡¡AAAHHG!! ¡¡AAAHH!! ¡¡Cabrón, hijo de puta!!
¡¡No he hecho nada!! ¡No he hecho nada, soy inocente!
No comprendo cómo puede aguantar este cabrón tanto.
Mascullaba el capitán, atónito ante la fortaleza física de aquél mangurrino sin comprender que podía hacerle tan fuerte, y resistir aquella dolorosa tortura, mientras que el cabo temía por su integridad psíquica temiendo no poder concluir el interrogatorio con aquel hombre.
Se desmayará, capitán.
No, no lo hará. ¿Verdad que no, Vaquero?
Su organismo se quería rendir, era una tortura
atroz, pero su mente de hombre libre le hizo aguantar aquella espeluznante canallada.
¿O, quieres desmayarte como una dama?
Sacó un mechero de gasolina del bolsillo de su guerrera...
¡Confiesa, maldito cabrón! ¡Confiesa o...
Con su medio desmayo producido por el dolor, Leopoldo pudo decir...
Que te den por el culo, cabrón...
Lo que terminó por derramar el vaso... El capitán, rápido y desesperado, prendió fuego a los palillos que ardían en sus dedos, clavados entre sus uñas como teas, llegando a hacer hervir la sangre que por ellos se vertía.
Para entonces, Leopoldo Sánchez no podía ya sentir ningún dolor, gracias a Dios, había caído en un profundo desmayo que le impedía seguir sufriendo aquélla tortura...
Bien para su organismo que dejaba de sufrir aquella salvajada, pero no así para el capitán, que enrojecía de ira viendo como el interrogatorio seguía sin producir el fruto deseado para él.
Aquel día estaba resultando ser de lo más macabro y terrorífico, especialmente para Leopoldo Sánchez, de, el vaquero que había sido torturado salvajemente, pero...
¡Traedme, a Casimiro!
Señor... creo...
¡¡Tráigame a Casimiro, cojones!!
¡Sí, señor!
El estado físico de Casimiro, aún presentaba los síntomas de su calvario.
Aquí lo tiene, señor...
¡Sientelo en esa silla!
Leopoldo, dentro de su delirio también se percató de la presencia de su amigo al que quiso aclararle rápidamente su postura.
¡No he hablado, no he hablado!
¡¡Silencio!! Silencio, maldito cabrón, o te arranco la lengua.
Sí... aquel hombre sabía muy bien Leopoldo, que sería capaz de hacer eso y cualquier cosa, por lo que guardó un resignado silencio.
Eso está mejor... dime Casimiro... ¿Seguro que, no me quieres dar una alegría? ¿Eh? ¿Seguro?
No puedo confesar lo que me pide. ¿Es que no lo comprende? ¡Juro por Dios, que yo no hice algo así! ¡Lo juro!
¡Pero sabes que fue el vaquero, no es eso?
Cómo voy a saber yo, la vida de otra persona. Yo le puedo asegurar... yo le juraría que es incapaz de hacer algo así ¿Sánchez, ladrón de caballos? ¡Vamos!
Sin más dilación los puños del capitán se estamparon en plena nariz del lanas lo que hizo que sangrase copiosamente.
¡Está loco! ¡Este hombre, está loco!
(Dirigiendo su mirada hacia el cabo, allí presente)
¡Se lo he jurado, se lo he perjurado por lo más sagrado!
Tras aquellas palabras, la cólera del capitán volvía a desatarse, lo que hizo que un desmesurado aluvión de golpes se estrellase contra su rostro.
En aquellos momentos la cabeza del lanas era un infierno de ruidos, estrellas y dolor, un dolor fiero que apenas si sentía al venirle tan seguidos unos de otros aquellos puñetazos que le destrozaron la cara.
La mejilla, los ojos, las cejas, la nariz, la boca, toda su cara era una estampa sangrienta y escalofriante.
¿Cómo tengo que decirte, que no me gusta que jures en vano? ¿Es que además de mentiroso eres sordo?
Vete a la mierda, cabrón... ¡Qué le habéis hecho al vaquero! ¿Es que nos quiere matar, hijo de la gran puta?
La furia impotente del lanas no la podía reprimir, eran demasiadas vejaciones y torturas, a unos inocentes, pero aquella rabia desatada ya dio lugar a que algo explotarse dentro del pecho de aquel militar decidido a todo.
¿Hijo de la gran, qué? ¡Cómo te atreves a dirigirte a mí en esos términos! ¿Crees que puedes intimidarle hablándome así? ¡Pues estás muy equivocado! Yo te enseñaré quien manda aquí, verás cómo aprendes el castellano claro, pero limpio.
Mira, Madruga, esto es gasolina...
El vaquero lo miraba más asustado que nunca convencido de que aquel hombre estaba loco de verdad, y haría cualquier cosa por salirse con las suyas, incluso temía por sus vidas, viendo que no cejaba en su empeño.
¡A ver, repite conmigo! Ga,so,li,na. ¡Repítelo!
¡Gasolina, gasolina, gasolina!
¡Bien! Ahora tu amigo el vaquero va a arder.
¡No, por favor! No será capaz...
Sí, sí, sí, sí. ¡Claro que se le capaz, seguro que viendo a tu amigo arder confiesas! ¿Verdad?
¡¡Nooooo!!
¿No vas a confesarme vuestros negocios sucios?
La lata de gasolina ya se derramaba sobre el vaquero, el maltrecho Vaquero, que permanecía gravemente herido con sus uñas sangrantes y quemadas.
¡No, yo no he hecho nada! ¡¡No he hecho nada! !
Yo creo todo lo contrario, Casimiro Madruga.
¡Soy inocente, lo juro!
El lanas no podía consentir que su amigo sufriese una muerte tan atroz, pues estaba convencido que aquel hombre lo haría. ¡Quemaría al vaquero! ¡Era horrible!
¡¡He sido yo, capitán!! ¡Yo fui el que robó los caballos! ¡Fui, yo!
¿Ves qué fácil ha sido, Madruga? ¿A que te sientes mejor ahora?
¡Mierda! ¡Mierda, mierda!
Si me hubieseis contado desde el principio, os abríais ahorrado muchos sufrimientos. ¿Ves como las confesiones son buenas? ¡El vivir en pecado, va en contra de la ley de Dios!
¡Contesta, coño!
Su barbilla reposaba sobre su pecho mirando de reojo su caso amigo Leopoldo que se estremecía compulsivamente por el riesgo evidente de arder como una antorcha, y por los terribles dolores que le producían sus heridas ahora impregnadas en gasolina.
¡Sí, lo confieso, lo confieso! ¡Robe los caballos esos que dice, maté a mi padre, he violado monjas, soy una mala persona, pero déjennos en paz, hijo de puta!
¡Esa lengua, Casimiro, hay que ser bien hablado, ya sabes! Ga,so,li,na...
¡Tu padre!
Ja,ja,ja,ja... (Reía el militar satisfecho de sus actos)
¡¡Miente!!
¿Eh? ¿Pero qué dices, ahora?
¡¡Que miente! ¡El lanas miente, fui yo!
¿Qué quieres decir, Vaquero?
Que él es inocente, no tiene culpa de nada, fui yo el que rogaba caballos. Si... alguna vaca, grano... ¡¡Yo, era yo! ¡Tiene que dejar en paz al lanas!
¡Cállate, Vaquero! ¿Quieres que te mate?
¿Es eso lo que pretendes tu, Casimiro?
¡Tú tienes cinco hijos, que cuidar!
¡Y tú tienes uno, maldita sea!
¿Es que queréis volverme loco? ¡¡Silencio!! Ya veo que os sacrificaríais el uno por el otro, si, sois unos amigos especiales, pero es inútil que discuta y se sobre quien es el culpable, para mí está claro que fuisteis los dos.
¡No, fui yo!
¡Fui yo, vaquero!
¡Ya basta! ¡Cada uno a sus celdas, cabo!
¡Tiene que dejar libre a Madruga!
Gritaba Leopoldo desesperadamente.
¡Yo soy el único culpable, capitán, tiene que creerme!
Trataba Casimiro Madruga de disculparse protegiendo a su amigo de lo que podía ser una muerte segura.
Sí, claro. ¡Claro! Mañana al amanecer seréis los dos inocentes. ¡Seréis fusilados!
¡Somos inocentes! ¡Somos inocentes, maldito cabrón!
Eran las lamentaciones de Casimiro viéndose impotente ante tal atrocidad y atropello.
¡Hijo de puta!
Fueron las primeras palabras de rabia que le salieron al vaquero después de darse cuenta que todos sus intentos por demostrar su inocencia había sido totalmente inútiles y aquel tozudo y empecinado capitán veía irremisiblemente que se había salido con las suyas después de haberle oído aquella orden de fusilamiento.
Con aquella sonrisa de satisfacción, maliciosa y macabra a la vez, dibujada en el rostro, el capitán se marchó despreciando tanto a los insultos, como a los que los pronunciaban.
Ja,ja,ja,ja,ja...
Mientras, el cabo ayudaba a cada uno de ellos a entrar en sus respectivas celdas.
Aquella noche fue terrorífica, tanto para uno, como para el otro, sus mentes volaban y sus recuerdos acudían a sus cabezas rememorando toda su vida.
Toda su vida se paseaba ante ellos tomando vida y cuerpo en la espesa y negra oscuridad de aquel lúgubre calabozo.
Cuando niños, jugando con aros y su guía, otras veces lo hacían a la villarda, como la que de mostraba cada uno de ellos ser más fuerte que el otro al mandarla más lejos, jugaban a la gallina ciega, al pañuelo, al Rey verdugo o, a tantos y tantos juegos inocentes, y lo pasaban tan bien...
Sí, la noche fue eterna, temiendo ver amanecer el día, aquel día frío y húmedo que los vería morir por la tozudez de un militar, y por una política de clases que no alcanzaban a comprender.
¿No tendría bastante para vivir aquel Conde, que los mataban por tres conejos?
El ganado era otra cosa, algún día cogerían a los culpables posiblemente, aquellos culpables que por temor a ser descubiertos y, permaneciendo ellos encarcelados como los ladrones habían permanecido inactivos y en las sombras estos nueve años. Algún día cometerán otra equivocación y los cogerán, pero para nosotros será ya demasiado tarde.
El vaquero no podía ni imaginar, sus propias reflexiones estaban tomando cuerpo en otro lugar.
Tres hombres embozados caminaban en dirección al cortijo del Conde, sus intenciones sólo ellos y Dios las sabían.
La noche era negra, muy negra, el silencio estremecedor en aquellas sierras extremeñas, donde únicamente era roto por el pulular de algún búho o, por el aullar de algún lobo solitario, pero aquellos tres embozados parecía no importarles mucho aquello, no temían a la noche ni a sus criaturas, eran hombres acostumbrados al monte, al campo, quizá también al hambre y a la miseria que le empujaron a cometer aquellos actos, o tal vez simplemente eran unos bandidos acostumbrados a ese tipo de tareas que se traían entre manos.
También había otros hombres encargados de velar por la seguridad de los demás, desafiando al frío y a la lluvia por aquellos montes, dos agentes cubiertos con sus capotes verdes de uniforme, sus tricornios y aquel inseparable y pesado mosquetón.
Estos últimos parapetados entre unas rocas quemando las horas nocturnas tan duras para ellos y, deseando que llegase el día para volver con sus familias.
Los primeros, con una idea fija en la cabeza en dirección a las caballerizas.
Sus pasos se hacían más cautos a medida que se acercaban al cortijo, y sus paredes quizás dentro del patio algún mastín avisaba de la presencia de aquellos malhechores, cosa que no comprendían los habitantes de la casa quizás la de base a algún conejo, o tal vez alguna ave nocturna, siempre lo hacía.
Aquellos tres hombres, se veía que conocían bien el sitio, se movían como por su casa.
Los caballos fueron manipulados, atados unos con otros, y cada uno de ellos montó en el primero de la reata, saliendo del cortijo muy despacio.
Su fechoría volvía a cometerse, habían pasado ya nueve años desde la última vez, pero seguían siendo unos expertos en el robo de ganado.
Como una visión fantasmal en el rigor de la noche se movía las caballerías por caminos de tierra y veredas, entre encinas, coscojas, acebuches, y algún plantío de olivos.
Silenciosos, muy silenciosos ellos, pero lo que no podían evitar era el golpear de las pezuñas de los animales sobre las piedras del camino que, fueron las que alertaron a los agentes apostados entre aquellas rocas, descansando, pero nunca dormidos.
¡Alto, quién va!
Todos quedaron petrificados al ser descubiertos y por el grito de los agentes que sonó como un trueno en la noche, lo que hizo que un y sin despavoridos abandonando las monturas, por lo que los agentes se vieron obligados a disparar alcanzando a uno de ellos en una pierna, los otros dos como conocedores de aquellos parajes, y amparados por la oscuridad de la noche se escapasen.
¡En pie! ¡En pie todo el mundo!
Aquel grito en el silencio de la noche sacó a nuestros amigos de sus pensamientos, pero nada más.
Por muy templados que eran, sus corazones se estremecieron, la ahora había llegado.
El capitán encabezaba a que el pelotón formado por Mendoza, el cabo, Rodríguez y otro número del destacamento o cuartel.
¡Amordazarlos!
Sus bocas fueron selladas con pañuelos negros y encadenados sus tobillos, pues las muñecas ya las tenían sujetas por aquellos grilletes oxidados.
La comitiva tomó dirección cementerio donde aquel militar intransigente cumpliría su santa voluntad. No-justicia, no, su santa voluntad.
Los dos encapotados agentes llegaron poco después a las dependencias con el detenido que sangraba abundantemente, por la herida de su pierna aunque eso no le libraba de ir fuertemente esposado entre ellos.
¿El capitán?
Ha salido a la ejecución.
¿A la ejecución? ¡No puede ser!
¿Por qué no puede ser? ¿No te digo que se ha ido a la ejecución con una escuadra?
¡No son culpables! ¡Va a matar a dos inocentes! ¿Es que no lo comprendes?
¿Dos inocentes?
¡Este es uno de los culpables de los robos de ganado!
¿Qué? ¿Estás seguro?
Mientras, en las paredes del cementerio, y en su parte posterior otros hechos ocurrían...
¿Tenéis algo que decir, antes de ser ajusticiados?
Sí, que somos inocentes. ¡Qué está loco, capitán!
Casimiro... ¿No había quedado ya clara las cosas en el interrogatorio?
Ja,ja,ja,ja...
Y tú, Vaquero... ¿También eres inocente?
Estoy afónico de repetirlo, ¿es que no lo ve?
¡¡Vendarle los ojos!!
¡No! Metete la venda en el culo.
Veo que sigue sin aprender nada de educación, Casimiro...Vaquero...
Le digo lo mismo que mi amigo... ¡Muérase!
¡Está bien, como queráis!
¡¡¡Pelotón!!!
Los agentes fueron lo más rápidos que pudieron ser en alcanzar al capitán y tratar de evitar aquellas muertes inútiles e inocentes.
Los números de la benemérita corrían con el mosquetón en posición de "en guardia" por el camino.
¡A, formar!
Tanto a Mendoza, como a Rodríguez, se le podía apreciar en sus rostros una serena actitud de resignación impotencia hacia lo que ellos querían una injusticia, y en la que estaban condenados a colaborar por su condición de guardias civiles, pero no tenían otra opción que acatar las órdenes de su superior.
¡¡¡Fuego!!!
Sólo dos frases significativas exhalaron sus pechos, donde vertieron toda la rabia y la impotencia que sentían sus corazones.
¡¡¡Cabrones!!!
Estallaba Leopoldo Sánchez, el vaquero en su desesperación rabiosa, mientras dos balas de mosquetón taladraban sus entrañas.
¡¡¡Hijos de puta!!!
Le secundó su amigo Casimiro Madruga, el lanas, con la misma ira que le producía aquel atropello humano, a la vez que aquellas dos balas hacían que su cuerpo se desplomarse como un gigante con pies de barro sobre el rocío, el frío rocío y la escarcha nocturna.
La ráfaga de mosquetón atravesó sus cuerpos que cayeron desplomados con dos tiros en el corazón cada uno, que hicieron que sus muertes fueran fulminantes.
Los dos agentes encapotados sólo pudieron ver desde el camino, como aquel pequeño montículo donde estaba situado el cementerio, se iluminaba fugazmente, como un rayo, con los fogonazos de aquellos cuatro disparos que sonaron como un estruendoso trueno en el silencio de aquella fatídica y demencial madrugada.
115 años después...
1945..............
El cortijo se veía hermoso, tan bello como una pincelada de nieve sobre un marco de multitud de tonalidades verdes que, a su vez, destacaron sobre el marrón de aquellas tierras aradas a base de sangre y sudor, de hombres que de padres a hijos, y sin salir a veces de la propia finca, se pasaban los oficios de unos a otros, tan sólo con las enseñanzas sabias de los ancianos y las experiencias de sus propias vidas.
Aquel remanso de paz, a aquella isla de quietud y serenidad espiritual, se hallaba inmerso en la siesta, en esa parte del día donde las almas descansan en la fragua de despido.
Se podían ver las ovejas modorras muy a la sombra de algún eucalipto dando vueltas y más vueltas bajo la mirada atenta y expectante del mastín del mayoral, aquel animal poderoso y pesado con ojos vidriosos y voz de trueno, una voz que aterraba y estremecía el corazón cuando aquel ladrido llenaba el aire como salido a presión de lo más recóndito de un túnel sin fondo.
También las gallinas eran vigiladas de cerca por aquellos rayos fogosos y altaneros del Corral, acompañadas por otras a ves cómo eran los patos, los pavos, los gansos, y algún pavo real, siendo observados a su vez desde las ramas resecas y mustias arrasadas por el fuego del mediodía, por palomas y, alguna tórtola salvaje que siempre se apuntaban al festín de los animales domésticos.
Todo era calma, el silencio infundía un respeto imponente. A lo lejos, de las alamedas cercanas venía algún mensaje trinado, de algún pajaríllo despierto, quizá tratando de buscar compañera o compañero, ¿ cómo podía saberse?
El perfume que se podía oler, era aquel olor a tierra tostada, achicharrada por aquel agosto extremeño tan iluminado y abrasador.
De vez en cuando, el canto de alguna cigarra con su chirriar dulzón te invitaba a cerrar los ojos en un especial sopor pacificador, lo que no era fácil, pues la temperatura era asfixiante y el sueño no terminada por venir, sumergido en aquel baño de sudor en donde los cuerpos parecían de plata.
Los cochinos en las corraletas donde los dejase el portero tras el pastoreo matutino, también se podían ver, unos sesteando, otros comiendo o gruñendo tímidamente en la quietud de la porqueriza bajo aquellos chorros de estrellas que formaban los rayos del sol con el polvo al entrar por las rejandijas, y los agujeros de las paredes o el techo.
Todo en el cortijo, en aquella hora de letargo se había quedado paralizado, todo estaba en calma.
Los pastores, los porteros, los vaqueros, segadores, aperadores, yunteros, hasta el propio cortijero con su mujer y sus hijos hacían lo propio.
Sin embargo, no todo era amor, paz y tranquilidad en aquellas tierras.
También bajo aquellos cielos de espejo se forjaban tragedias llenas de desazones y amarguras.
Sí... aquellos hermosos toros que sesteaban plácidamente bajo la refrescante sombra de las encinas en la Dehesa, eran de estampa bragada y altanera, su raza no dejaba lugar a dudas, aquellos toros negros imponían como poco respeto al hombre más templado.
Eran animales nobles de astas imponentes y temerosas, sus cuerpos musculosos y fornidos, hacían prever que en efecto, darían buen juego a la hora de la verdad.
Todas aquellas personas eran como una gran familia unida y respetuosa con los demás, pero claro, en todas las familias hay algún garbanzo negro y, aquella gran familia no podía ser menos.
Allí estaba la eterna rivalidad entre pastores de ovejas y vaqueros de reses, que aun siendo del mismo cortijo por motivos ancestrales de padres y abuelos, llegan a esos hijos que por supuesto no pudieron conocer con veracidad los hechos que dieron lugar a esa situación tan tensa entre dos familias, y que luego termina por enconarse más, y más, a través de los años.
Sebastián Sánchez vivía con sus dos hijos en el chozo situado al norte del cortijo, mientras que el pastor Antonio Madruga con su hija, lo hacía al sur del mismo en otro chozo similar donde vivían todo el año, tanto ellos, como el resto de aquella gran familia ganadera de La Esperanza, mientras que los tractoristas pernoctaban en el interior del cortijo en naves habilitadas para operarios, peones, braceros, segadores, maquinistas y demás.
La tarde se desperezaba lentamente mientras el galgo del casero cruzaba el patio del corralón del cortijo con paso elegante, pero a la vez tranquilo y pesado, humillando la cabeza quizás por la cansina resolana de la siesta.
A las cigüeñas, y las avutardas que habitualmente acudían a los humedales de la Dehesa, parecía no importarles mucho nada de aquello, ni el estío, ni los moradores del lugar.
Podía apreciarse, como con melodioso ritual se bañaban, se apareaban, mientras otros se desparasitaban a la sombra de las espadañas, juncos y bayón de las orillas de la charca entre el cansino croar de las ranas, y el elegante saltar de alguna carpa que otra, sobre las aguas templadas y verdosas de la charca, preparada para que pudieran saciar su sed, tanto las reses, como los cochinos y las ovejas.
Tras los quehaceres vespertinos todos sabían sus cometidos, y todos cumplieron con ellos en una tarde relajada y monótona como casi todas llegando la época de la cosecha.
La obligación del casero era, la cocina y la manutención de aquellos hombres y mujeres, cosa que hacía a la perfección, y nunca habían fallado. (Llevaba tantos años en el oficio que su trabajo era exacto y preciso)
Aquella noche, poco a poco, tras el aseo habitual y quitarse parte del polvo de las trillas en aquellas viejas jofainas con agua del pozo situado en el centro del patio del corralón del cortijo, que cubo a cubo, unos tras otros sacaban, se iban juntando en el comedor del casero.
Un salón con unos muebles antiguos de la época unas largas y rústicas mesas, y unos bancos de madera también, corridos a lo largo de cada mesa.
Y al final del salón podía apreciarse aquella rústica y campesina chimenea, ahora apagada y fría, sin vida, pero presidiendo el salón dándole una hermosura especial al lugar, que coronaba el techo con unas vigas de madera de haya barnizadas por lo que resaltaba majestuosamente de aquellas paredes tan esmeradamente encaladas o embarradas, sólo cubiertas con algún bodegón de caza, escopetas y paisaje de campiña primaveral, amén de algún otro útil, pequeño útil de labranza, cómo podía ser una jáquina, un cangayo, algún cepo para jabalíes o conejos, o, algún cacharro de cocina antiguo, bien en barro, bien en madera, que daban al lugar un toque especial de serenidad campesina.
Los primeros en comparecer a la cena fueron Sebastián Sánchez y sus hijos, José Sánchez el mayor de los dos, y Sebastián, el más pequeño de los hermanos.
Tras ellos ya fueron ocupando sus lugares los demás sirvientes de la casa del cortijo La Esperanza de la Vega.
Fuera quedaban ya las labores propias de la Esperanza las fatigas, ya el cansancio se había olvidado. Atrás quedaba también, aquel pequeño tentadero de reses bravas con aquel aire tan misterioso y a la vez aterrador que le daba la luz de la luna, al dibujar su silueta sobre aquél fondo de cielo marinero, adornado por infinidad de millones de estrellas, tintileantes y encendidas estrellas.
Aquél era el descanso del guerrero, allí el espíritu se relajaba tanto, que podías sentir la gloria a tu alrededor.
Aunque allí estaba aquella tensión de rivalidad entre Sebastián el vaquero, y su homólogo ganadero el lanas (que así le llamaban al ovejero Antonio madruga), que apenas se dirigían la palabra, pues eso era lo que hacían para distanciarse y demostrarse sus desacuerdos familiares.
No pasaba lo mismo con sus hijos, aquellos chicos no comprendían aquel odio entre los dos, puesto que la convivencia en general era buena, y tanto Ángela, la hija del lanas, como José y Sebastián, los hijos del vaquero, recriminaban el comportamiento de sus padres por no entender los motivo que les conducían a comportarse de ese modo, por lo que se veían y trataban con una buena amistad (siempre a espaldas de sus progenitores).
Buenas noches, Curro... que vamos a papear. ¿Está ya la cena?
La cena ya está preparada hace tiempo, Sebastián.
Eres un monstruo casero.
Gracias, Sebastián, pero ya lo sabía.
No digo de bueno, digo de feo.
Muy gracioso... ¡Petardo!
Tanto los hijos de Sebastián como ellos mismos rompieron en unas sinceras carcajadas como conocidos y amigos de muchos años.
No le hagas caso a mi padre Francisco, ya sabes que a mi padre le afecta mucho el sol. ¡Ya sabes...!
Sí, lo pone como a las ovejas. ¡Modorro! A propósito José... ¿Cómo llevas las lecturas?
Creo que bien, Francisco. Pongo todo el empeño que puedo en aprender, tengo que llegar a ser alguien en la vida. ¿No crees?
Tienes razón, José, hay que mejorarse día a día, si se quiere llegar a alguna parte y ser culto y educado. Y no como otro que yo me sé, que se va a morir de viejo siendo un analfabeto, y dejará un cadáver apenas sin usar...
Mientras, miraba a su padre el Vaquero...
No te metas conmigo, Curro, que yo ya sé todo lo que tengo que saber. ¿No sé cuidar al ganado? ¿No he criado a mis hijos? ¿No los he educado dentro de la ley de Dios? ¿Entonces? ¿Qué más tengo que saber?
¡Qué cafre eres, Sebastián! ¿No comprendes, que el saber no ocupa lugar? ¡Hay que ser cultos, como el señorito!
¿Cómo que el saber no ocupa lugar? ¿Y tú eres el estudiao? ¿Qué hacen tantas bibliotecas llenas de libros, y papelajos? ¿Es que eso no es sitio ocupado?
Lo que te digo, José, un ceporro. ¡Anda sentaos en la mesa, que ahora os pongo la cena, analfabeto consentido. ¡Bueno, sin sentido!
¿Eh, que?
Con cara de sorpresa al no haber entendido una palabra de lo que le quería decir el casero, Sebastián mirada escéptico a su hijo José.
No, nada, siéntate.
El casero ya no quiso explicarle nada sabiendo que carecían de luces suficientes como para hacerle entender ciertas cosas.
La mesa del comedor, poco a poco, fue llenándose de operarios, segadores, tractoristas, braceros, ovejeros, porqueros etc., y sus hijos deseosos de darse el festín, fuera lo que fuera, el hambre no dejaba lugar a exquisiteces y gustos, allí gustaba todo.
En plena cena las conversaciones de los pormenores diarios se ponían sobre el tapete...
Jiménez, ¿no te sientas con nosotros?
No, me sentaré con el lanas, luego nos vemos.
Está bien, como quieras.
Aquel Arturo Jiménez, otro trabajador de la finca, gitano de raza, formaba cuadrilla con los hijos de Sebastián el vaquero, así como el Chico un porquero, una amiga más, Dulce, y la propia hija del lanas Ángela Madruga, eran amigos todos, conocidos y amigos de correrías.
Tienes una hija muy guapa, Antonio... ¿Cuándo vas a permitir que la corteje?
Ya hemos hablado muchas veces de esto, Jiménez, ya te he dicho, que es muy joven aún. Y es más; creo que es ella la que debe de escoger a su pareja. ¿No crees?
¿No te parezco yo bueno para tu hija, Antonio?
No es eso, Arturo, pero tienes que entender que su vida es suya, y su futuro también. Por lo tanto, es ella la que tiene que decidir qué hacer con su vida, yo tengo que mantenerme al margen, y dejar que decida ella.
¿Es que quieres que me la quiten, jodér?
¿Cómo que te la quiten? ¿Es tuya acaso, o qué?
No, pero... imagínate... bueno, imagínate que se fije en uno de los del vaquero.
Eso no lo hará nunca, sabe de sobra que entre nuestras familias no hay relación alguna, no la ha habido nunca.
Sí, pero imagina que fuera así... ¿Qué harías tú?
A su espalda, Sebas, el hijo pequeño del vaquero, se percataba de la conversación de Jiménez con el lanas y, no espero que éste le diese la contestación que deseaba el gitano.
¡Arturo! ¿Se puede saber qué pretendes? ¿Te parece poco encendido el fuego para que tú lo avives más aún?
La mirada descarada y desafiante de Arturo era patente en su rostro, su cinismo era evidente, pues no podía evitar ser la clase de persona que era.
Perdona, Sebastián, yo sólo quería...
Me importa un pito lo que quieras, siempre que no sea atizar el fuego.
Contestaba Sebas con cierto aire autoritario tratando de hacerle comprender su mal comportamiento, viendo cómo incitaba al odio con sus palabras.
Madruga los miraba de reojo, pero seguía cenando ignorando a los vaqueros, como si en realidad no estuvieran sentados detrás de él.
¡Está bien, no te pongas así, hombre!
Replicaba el gitano con cierta chulería.
Yo no me pongo de ninguna forma, sólo te digo que dejes las cosas como están, que bastante mal están ya.
De acuerdo, de acuerdo. ¡Está bien!
No lo vio Sebastián muy convencido, pero lo dejó estar así, pues hacían cuadrilla y confiaba en que no volvería a ocurrir algo así.
Rosario, la mujer de Francisco, era la encargada de recoger la mesa una vez terminada la cena, ahora los hombres se tomarían el descanso en alguna partida a cartas a la que también alguna atrevida mujer se apuntaba.
El murmullo ahora envolvía el salón, y el humo de unos recios cigarros liados a mano de tabaco picado, se recreaba en el aire formando mágicas figuras incorpóreas.
Pintan bastos.
Sal tu...
¡Arrastro!
¡Las cuarenta!
Así reposaban la cena hasta que, poco a poco, primero los más cansados o dormilones y, después el resto, se iban yendo cada uno a su chozo o lugar de descanso, pues alguno también le tocaba hacer guardia o vigilar las eras donde se amontonaba las parvas de grano y paja acostados sobre alguna alpaca hasta venir el día, que continuaba las tareas propias de su oficio o, vigilar las carboneras para que la combustión fuera perfecta.
¡Veinte en copas!
¡Enséñalas!
¡Desconfiado, míralas!
Bien, que no me fío.
¿A quién le toca la era esta noche?
¡A mí, Curro!
¡Ahí tienes la garrafa con el agua, Germán!
¡Gracias, salao!
Menos cachondeo, y más formalidad. ¿Eh? Que no se me desmadre ni el "quí qui " .
Ja,ja,ja,ja...
Reía Germán la pequeña broma del casero dentro del orden y el respeto que pretendía ganarse con los hombres de la Dehesa.
Veinte en copas, y las diez de monte treinta, treinta ,treinta... (mientras contaba el resto de cartas ). Cincuenta y cinco. ¡A ver vosotros!
Las cuarenta y, bla, bla, bla... hemos ganado zagal, lo siento hay que saber perder.
Que se le va a hacer, mañana la revancha, y ya veremos.
Sí...
A cada momento el silencio se hacía más conciliador y sereno, pero la sangre que ardía en los corazones nuevos hacían que, sus inquietudes se desbordasen, unos en juegos amorosos en los alrededores del cortijo retozando bajo algún eucalipto disfrutando de aquella suave brisa nocturna con una temperatura tan agradable a aquellas horas de la noche...
Otros en cuadrillas idearon otras travesuras, otros juegos, como José el vaquero, su hermano Sebas, y aquella zagala llamada Dulce el porquero Chico y Ángela la hija del lanas.
Aquella coya de amigos reunidos en el pajar ocultos de miradas inoportunas como podían ser los padres, tanto el Vaquero como el lanas que, no consentían el trato con su rival o enemigo según ellos
Nuestros chicos estaban muy lejos de esos odios ancestrales sin fundamentos, ellos eran unos jóvenes más abiertos y no comprendían esa situación. ¿Cómo era posible que dos hombres buenos se odiasen tanto? ¿Y qué podía haber ocurrido entre ellos?
¿Sabes una cosa... Dulce? Quiero ser torero, ¿sabes?
¿Torero tu, Chico? Ja, ja,ja,ja...
Le había hecho gracia a Dulce el comentario de su amigo, pues lo conocía muy bien y sabía que estaba muy lejos de lo que le pretendía hacer creer.
¿Querrás decir de cerdos, no? ¿O, acaso quieres hacerme creer que eres capaz de ponerte delante de un morlaco de 600 kg?
Con los cerdos ya he practicado, no creas, pero me gustaría intentarlo... si no con uno de esos que dices, con algún hijo suyo. ¿Es que no me crees capaz, o qué?
No, si capaz si te creo... sí.
Qué dices tú Sebas. ¿Crees que podría aprender a torear?
Pues claro, Chico. Tú eres capaz de eso, y de mucho menos, ya lo creo.
Menos cachondeo, Sebas. ¿Ya serías capaz tú de torear, que eres vaquero y los conoces más que yo?
¡No, hijo, no! A mí si me dan toros, que sean fileteados y en el plato. ¡Ah! Y que no sangren, que si no, tampoco.
Ya salió el valiente
Ángela y José, casi no prestaban atención a la conversación de sus amigos, ellos permanecían en la entrada sin decir palabra, mirando las estrellas. ¿Qué pensaría cada uno de ellos, allí embobados?
No te atreverás a torear en serio, ¿verdad Chico?
¡Pues claro! ¿Qué té apuestas? ¿Nos apostamos algo, Dulce?
No, no me gustan las apuestas, mi abuelo siempre me decía que porfiar, lo que se llama porfiar, lo que hiciera falta, pero de apostar... ¡Nanáy!
Igual puedes apostarte algo que no te importe perder.
¿A qué te refieres, Chico?
Ya sabes... un paseíto nocturno por la Dehesa...
¡Guarro! Eres más guarro que los que cuidas.
Y tú más dulce que tu nombre... ¡¡Guapa!!
Ya te has olvidado de los toros, o es que lo de las corridas te ha hecho pensar en otra cosa.
Puede ser, será eso sí. Aunque me haría tanta ilusión poder dar unos capotazos... unas chicuelinas una verónica, un buen pase de pecho... ¡Ah, que gusto! Con gusto me daba una vuelta por la " quedá", pero es que yo sólo...
¡Estás loco, Chico! ¿Cómo pretendes acercarte a los toros con el guarda rondando por allí?
¡Y qué! ¿Le voy a temer a él, que no tiene cuernos?
¡Pero tiene escopeta, Chico!
Sí, ya lo sé, Sebas, pero ya estaríamos al tanto. Además; que puede hacernos... ¿Tú crees, que se atrevería a atizarnos un tiro?
Uno, no, igual dos. Igual descarga la escopeta en tu culo... bueno, si es en tu culo está bien, peor sería que fuera en el mío.
¡Para mí, no!
Todos rompieron a reír de la concurrencia de Chico el porquero.
¿Sabes lo que creo, Jiménez? Tú qué estás tan callado, que te vas a dormir... ¿Sabes lo que creo? Que aquí hay mucho cobarde. ¿Tú no lo crees así?
¡Hombre, yo torero, torero, no me veo, la verdad! Pero vamos, si hay que ir, se va...
¡Olé, los valientes! ¡Quién más se apunta!
¡José! ¡¡José!!
Volvía a gritarle Chico, viéndolo distraído y sin hacerle el menor caso.
¿Eh? ¿Qué?
Estás dormido, o atontado.
Que dices, gárrulo.
Estamos pensando en ir a la Dehesa... pero sólo los valientes, claro.
Aquí la Dulce es una "cagá", y tu hermano otro.
Aquí no se raja nadie, o vamos todos, o ninguno.
Eso, eso... lo que yo decía, que bamos todos.
Pues, si vamos a ir será mejor que lo hagamos ya. ¿No crees José?
Sí, claro, Arturo. O, vamos ahora, o se nos hará de día en el camino de vuelta.
¿Estáis locos, o que?
Por fin se pronunciaba Ángela sobre aquélla descabellada idea que se les estaba enhebrando en los sesos.
¿Cómo podéis estar tan " boyaos "?
No hay nada de malo en eso, Ángela, yo voy a menudo.
Tú eres el que más loco está, José.
¿Pero qué dices, mujer?
¡Lo que oyes!
¡Venga, vamos! No le demos más vueltas, que hace una noche preciosa para torear. Además; tu no me has visto nunca torear, ¿verdad, Ángela?
¡Ni quiero!
¿Vamos, Sebastián?
¡Claro! Si vas tú, que eres mi hermano tendré que ir yo también, la sangre tira.
José...
Trataba Ángela temerosa por la ocurrencia de sus amigos, de quitarles aquella idea de la cabeza...
¿Ocurre algo, Ángela? ¿Si no te atreves, no vengas?
No, no es eso, es que me da miedo que torees... que te pongas delante de un toro.
No pasa nada, mujer, ya verás cómo te gusta.
¿Qué me gusta?
Sí... que te gustará ver algo así a la luz de la luna
Si tú lo dices...
Poco a poco, primero uno, luego otros, todos fueron saliendo del pajar a escondidas temiendo que pudiera verlo alguien del cortijo y les impidiesen realizar aquel sueño de juventud. De juventud temeraria, claro.
Las sombras de las encinas se alargaban sobre el suelo, formando fantasmales figuras negras sobre la ajunciada campiña.
Los rayos de luna jugueteaban entre aquellas viejas y retorcidas ramas formando caracolas multicolores chispeantes sobre sus hojas. Claro que, para aquellos zagales, aquello no era nada nuevo, era su pan de cada día, habían nacido y crecido allí y aquellos bellos parajes los conocían muy bien, aunque no por ello dejaban de disfrutar con su contemplación.
Chico, no te adelantes, que tú eres capaz de llevarnos a las corralás.
Seguro que a Ángela no le disgustaría. ¿Verdad?
¡En absoluto! ¡Adelante!
Ja ja,ja,ja,ja...
Reía el Chico los temores de Ángela.
En serio, Chico, si no te he visto nunca decir algo parecido... ¿Cómo te ha dado ahora por el toreo...?
Mira, Jiménez... el toro a mí, me la "refanjinfla".
¿Qué quieres decir?
Pues muy sencillo, Dulce, que de alguna forma tenía que sacar a José del pajar y traerlo a la Dehesa...
¿No comprendo?
Pues, es muy fácil de entender moza, quería ver torear a un torero de verdad, un torero que ha nacido ya siéndolo.
¿Ya habías visto a José torear alguna vez?
¡Pues claro que sí! Vengo con él a menudo por las noches a la "quedá".
Algún día os pillaran, y pido a Dios que no sea esta noche.
¡Quiá! No ha nacido el guarda que sea capaz de sorprender a José.
Se hace invisible por la noche. ¿Lo sabías?
Estás loco, Chico.
No, Ángela, no. Es cierto lo que te digo, lo puedes comprobar tú misma esta noche.
No digas tonterías, Chico, por favor.
Trataba José, de poner las cosas en su sitio.
Bueno... no para nosotros, claro. Te haces invisible para el toro, José.
Al toro no le hace falta ver... tiene buen olfato. Y además; donde no llega su vista, llegan sus astas. ¿No es verdad, José?
Así es, Jiménez. Son cosas del Chico... ¡Déjalo!
El cielo se había despejado tanto, que parecía hacerse el día. La plateada luz de la luna pintaba de un blanquecino intenso las sierras, aquellas sierras que albergaban en su seno infinidad de criaturas, que a pesar del silencio de la noche en la Dehesa, si ponías atención podías distinguir multitud de sonidos de otras tantas criaturas de la noche.
El paseo hasta la "quedá" nocturna de las reses estaba resultando bastante agradable para la cuadrilla, a pesar de las incoherentes preguntas y respuestas de Chico.
Ya decía yo, que tu eso de los toros...
A mí el ganado con cuernos... lagarto, lagarto.
Sí, ya sé lo que estás pensando, Dulce. ¿Que algún día puede que los tenga yo mismo? ¿No es así?
Yo no me habría atrevido a decir tanto, Chico, pero si tú lo dices...
¡Qué pendona eres!
¡Tu padre!
¡Deja en paz a mi...!
¡Silencio! ¿Queréis callarnos de una vez? ¿No comprendéis que nos acercamos a la "quedá", y es peligroso hacer ruido?
Tienes razón, José, perdona.
Sebastián, te veo muy callado, no has abierto la boca en todo el camino. ¿Te preocupa a algo?
Pues sí, ya que lo preguntas, sí. Me preocupa verte torear, como te expones... no me gusta que hagas esto, José, si se llegase a enterar nuestro padre...
¿Y por qué habría de enterarse?
Le darías un disgusto, José.
Sí... creo que no se lo tomaría muy bien, pero también pienso que se hará, a todo nos hacemos. ¿Recuerdas cuando no quería que montase en bicicleta, porque era pequeño? ¿Te acuerdas de aquellos tu, Sebas?
Claro que me acuerdo, la bronca que te echó...
Pues, ya sabes que después se tuvo que acostumbrar a verme subido en aquella máquina infernal.
Sí, claro, que remedio...
Pues eso mismo digo yo. ¡Qué remedio!
¡Ahí están, José! ¿Los ves?
Si... son preciosos... si no tuvieran tan mala leche... ¡Claro, que si no tuvieran esa leche, ni esos cuernos posiblemente serían cerdos como los tuyos. ¿No crees, Chico?
¡Muy gracioso!
Mientras, sus amigos, tanto Ángela como Jiménez y Dulce, e incluso su hermano Sebas, permanecían en silencio tras la baya de piedra que los separaba de la manada, José, casi dejó al Chico con la palabra en la boca para dirigirse a unos arbustos que al parecer conocía bien, viendo el paso decidido que llevaba y más aún después de ver, que de entre los matorrales sacaba un hatillo donde presumiblemente y, a juzgar por el estoque que asomaba, serían los cacharros de matar. Bueno... las herramientas para torear.
Bajo la mirada atenta, tanto de su hermano como de sus amigos, José comenzó aquél pequeño ritual que acostumbraba a hacer, primero, recogía su capote, su muleta y su espada, que desenvolvía con esmero y desplegaba sobre el suelo, para después comenzar a desnudarse. Sí, a desnudarse prenda por prenda, hasta que quedó en cueros, en pelotas, como su madre lo trajo al mundo.
Allí, bajo aquel cielo estrellado y desnudo, con la luna bañando su piel morena de luz serena, se sentía más libre, más valiente, al poder enfrentarse al toro cuerpo a cuerpo, corazón a corazón.
En el más absoluto de los silencios, todos contemplaron la escena, en especial, aquella hermosa mujer que tenía por hija el Lanas, Ángela, que lo miraba aturdida con los ojos desencajados e incrédulos ante la imagen que se le presentaba ante sus ojos, un hombre joven, José, desnudo ante sus ojos, un hombre que lo había tenido siempre como un buen amigo y, sin embargo, ahora lo veía distinto, no por que le pudiera excitar sexualmente aquel cuerpo, no, porque podía ver a través de él, podía ver aquel inmenso corazón que le llenaba el pecho.
Tenía razón Chico, bueno... quizá no era invisible, pero para ella al menos era transparente.
Saltó la pared de piedra con la soltura que le caracterizaba, para tratar de apartar a alguno de aquellos morlacos, bravos morlacos.
No tardó en hacerlo, pues, su habilidad como ganado era evidente. A pesar de la dificultad que supone separar a un animal de estos por la querencia de sus hermanos, que tienden a reagruparse con aquel que se separa, José, como experto ganadero tenía una especial habilidad para hacerlo, sin necesidad de caballo como animal indispensable para esa tarea. Sólo con su especial habilidad, José conseguía apartar el toro más propicio.
Pronto se vio envuelto en lidia, en una cadena de pases sucesivos enhebrados unos con otros, que nadie podía decir si el toro era bueno en lidia o no, era él, el que le arrancaba el arte al toro. Era tranquilo, sereno, clavado como una barra de mimbre a la orilla de la ribera.
¡He, he, toro! ¡Heje, toro!
La rebolera, los delantales, las tafalleras, por
navarras... los pases se sucedían, el capote abanicaba el aire con un esplendoroso colorido entre verónicas y chicuelinas, medias verónicas, medias chicuelinas, al paso, en una sutil danza de armonía y belleza remataba con alguna gaonera su brega.
Los atónitos ojos de sus amigos no parpadeaban, pero si el corazón de su hermano Sebas iba acelerado viendo aquel espectáculo, el de Ángela no tenía ritmo, era continuo el fluir de su sangre en sus venas que, hacía que sus mejillas tomasen un color carmesí especial
¡El guarda! (Gritó Sebastián) ¡Sal rápido, José, que viene el guarda! ¡¡Corre!!
Fueron dos cañonazos en la noche, las descargas de la escopeta del guarda, que se acercaba galopando sobre un rocín blanco como jinete del Apocalipsis en medio de la noche ...
Si... tenía que llegar el día en que aquello ocurriese, los guardas están para guardar, y aquél, a pesar de su edad, no era un hombre que se durmiese en las pajas, era un hombre tan serio y responsable que, quizás por esa razón llevaba ya al servicio de señorito más de medio siglo, toda su vida la había vivido allí en la Dehesa, por eso conocía palmo a palmo aquellos contornos y era muy raro que algo ocurriese en ellos y él no se llegase a enterar, aún a pesar de sus 70 años de edad.
Todos corrieron como alma que lleva el diablo desperdigándose en un principio cada uno por su lado tratando de ponérselo más difícil al guarda, como habían hecho otras veces, o por otros motivos con aquel hombre en alguna de sus locuras por travesuras de niños.
Todos como digo, se desperdigaron, ellos con cierto miedo a lo que pudiese ocurrirles, pero ellas especialmente Ángela, estaba aterrada, era quizá la más consecuente de todos, de lo que podría ocurrirles si les detenía el guarda por un hecho semejante, la tienta de los toros sabía positivamente que conllevaba la pena de cárcel pues los toros tentados en el campo son animales que irremisiblemente buscan el cuerpo y, en la plaza al torero correría peligro de muerte, sin embargo; si hubiesen sido vacas bravas eso no ocurriría por dos razones, primero, porque no son de lidia en plaza y, segundo, porque la hembra olvida y puede volver a retentarse, lo que es imposible hacer con el macho por la poderosa memoria que tiene, y eso a Ángela le aterraba, era como un ave más de la Dehesa, si la encerraban moriría.
Alguno de ellos, como el Chico, o Jiménez, se atrevían a bromear con lo ocurrido...
¿Te has dado cuenta, como cabalga el abuelo, Chico?
¡Jodér! ¡Ya lo creo, Arturo, parece un auténtico vaquero!
Te referirás a esos de las "pelis", porque estos dos...(Señalando a los dos hermanos)
Cuando quieras miramos quien cabalga mejor, gitano.
Contigo, cuando quieras, Sebas. ¡Y no me llames gitano, coño!
¿Te molesta, ser gitano?
No, pero prefiero que me llames por mi nombre... o por mi apellido. ¿Vale?
¡Está bien, como quieras, gitano!
¡Sebastián!
Ja,ja,ja,ja... Era una broma, hombre, no te pongas así.
Sebastián dio por terminadas las bromas con Jiménez para comenzar a hablar con su buen amigo, el porquero con el que tan bien se llevaba .
¿Qué té pasa en las calandracas, parece que moyegueas, Chico?
Ya ves, Sebas, al emprincipiar a correr, con el susto del Rodrigo, se me ha torcido el tobillo. ¡Alto sea y no tenga una mancadura!
¿No formarás la zaragata por tan poca cosa, verdad Chico?
Habría que ver si fuese tuyo el dolor, aunque sólo fuera una miaja, a ver cómo te comportabas
¡Pero si eso cuasi que no es nada, hombre! ¿Y tú eras el torero?
Tú ríete, ríete, igual tengo una zalagarda de mucho cuidado.
No seas fusilique, que eso sé había en unos días.
¿Porqué te metes conmigo, Sebas? Me tienes mosca ya, ¿ eh?
Venga, no te cabrées, ya sé que eres un zinguango bueno. ¡Eres grande, pequeño!
¡Menos mal, ya creí que tendría que currarte! Ja,ja,ja...
Los dos reían la pequeña pelea en broma de los dos amigos.
También tú eres un buen zangaliporro, y me alegro de ser tu amigo, Sebas
Gracias, Chico, igual te digo. ¡Arristrancao!
¡Cenacho!
Le respondía Chico en su afán de ponerse a la altura de Sebas, en su verborrea dialéctica mangurrina.
¡Trullá!
Sebas, no se quedaba atrás.
¡Ojalá te dé una perpejía!
¡Y a ti se te corte el rempuyo!
¿Sabes lo que estoy rumiando, Vaquero?
De ti, cualquier cosa...
Que al final tendré que darte un currito.
¡Tú estás boyao!
Los dos amigos volvieron a romper en carcajadas ignorando al resto de la cuadrilla que caminaban a su lado.
Cada uno alcanzaba el cortijo hablando unos, pensando otros, incluso el Chico, tratando de meterle mano a Dulce que, en aquellos momentos de tensión se hacía la dura, cuando era una chica especialmente ardiente y dispuesta a todas horas, sin embargo, dos de ellos, José y Ángela, se extasiaban especialmente con la hermosura de la noche.
Para aquellas horas de la madrugada, la noche especialmente reconfortante para el espíritu, tanto a Ángela, como a José, no le hacían falta pronunciar palabras para entenderse, era una costumbre que habían desarrollado con su amistad, se encontraban tan a gusto juntos, que apenas necesitaban el uso de la palabra para comprenderse el uno al otro.
Fue Chico el encargado de romper aquellos instantes de placer entre ellos...
Bueno zagales... como dijo un sabio muy sabihondo: ¡por allí un toro, por allí una vaca, cada uno a su casa! No sea que venga el guarda aún, y nos pille fuera del cortijo, y sepa que hemos sido nosotros.
Chico... a veces pienso que te falta algún tornillo.
¿Qué dices? ¿No querrás que te curre a estas horas, verdad Sebastián? ¡Te la estás ganando!
No, por favor... es una forma de hablar. Te quería dar a entender, que al guarda, estoy convencido que no se la da nadie. A ese sí que no se la da nadie, que sabe más el diablo por viejo, que por ser guarda.
¿Tú crees que sabe que somos nosotros los que molestamos la maná?
Estoy convencido, Chico.
¡Uh, que miedo!
Sí, tu ríete, ríete.
Después de despedirse, cada uno tomó camino distinto. Ángela, al chozo del lanas, Chico a las porquerizas donde tenía la casilla, los hermanos vaqueros hacia su chozo y Dulce y Jiménez penetraron en el cortijo a hurtadillas, no se sabe muy bien si lo hacían para no molestar a los que ya dormía, o tal vez, fuese por el temor a ser descubiertos a esas horas tan intempestivas.
Los primeros en salir a sus quehaceres aquella madrugada eran los hombres, que después de desayunar alguna pringá, o unas tostadas con aceite, ajo y jamón que el casero les preparase en aquel hornillo de carbón que tenía preparado para ese menester, salían como digo cada uno a sus labores predeterminadas, a continuación, eran ellas, las mujeres, sus mujeres y los niños los que comenzaron dándole vida lo mismo al rellano del cortijo que al patio del mismo y a sus alrededores, alimentando al ganado doméstico.
Mujeres acostumbradas a labores propias del campo, fuertes y trabajadoras, con el cenacho de pica al cuadril repleto de grano, esparcían en los corderos habituados para ese fin (el propio suelo, pero un lugar estratégico para las aves), esparcían como digo, el preciado grano benefactor.
Tras esa tarea, una ahora, otra después, también ellas iban juntándose a la salida del camino, que las llevaría a la ribera próxima
Cada una de ellas portaba uno, dos, incluso hasta tres cestos de mimbre cargados de ropa, uno en la cabeza con la rodela debajo y, otros en el cuadril.
Su misión aquel día, hacer la colada que lavarían a golpe de tabla sobre alguna piedra ya usada con anterioridad, y tenderían sobre las adelfas y jarales de la orilla de la ribera, donde y, mientras la ropa se secase, aprovecharían para rebuscar en los rastrojos cercanos las espigas degolladas, y los granos sueltos que la cosechadora o los propios segadores fueron dejando tras de sí, una a una, grano a grano, era un bien preciado para los tiempos de escasez que estaban sufriendo, no pasaban hambre en el cortijo del señorito, en la Esperanza, pero tampoco sobraba nada, todo venía bien.
Atrás quedaba Francisco el casero, y su mujer Rosario, con su misión rutinaria de todos los días, tanto mantener el cortijo limpio, como de preparar la comida de aquellos jornaleros, braceros, tractoristas, maquinistas, ganaderos... así como al mayoral, al manijero y al guarda.
En invierno solía aprovechar el fuego de la chimenea con el que mantenía caliente las dependencias del cortijo, en especial el comedor, para preparar la comida, pero ahora en verano se veía obligado a usar aquella vieja hornilla de leña en otra dependencia contigua al comedor llamada cocina, cosa que él al menos odiaba por lo reducido de su espacio de trabajo, prefería la amplitud de la chimenea campesina.
En los pastos vecinos al cortijo se hallaba Sebastián el vaquero con su ganado, cuando se presentó el guarda sobre su rocín blanco.
Buenas, Sebastián...
Muy buenas. ¡Qué traes hermano!
Quisiera hablar contigo un momento.
Pues venga, disparara. ¡No! Eso no. Deja la escopeta donde está.
No es ninguna broma lo que me trae, Sebastián.
¿Qué quieres decir? ¿Ocurre algo?
Es, sobre tus hijos y sus amigos...
¿Les ha ocurrido algo?
No, aún no, pero les puede ocurrir el día que los coja.
¿No comprendo?
¿Aún no sabes de sus salidas por las noches a la Dehesa?
¿A la Dehesa? A la Dehesa, a que.
A tentar a los toros, Sebastián.
¿Pero qué estás diciendo, Rodrigo?
Lo que estás oyendo, Sebastián, que tus hijos tientan a los toros por las noches y eso sabes de sobra que no está ni medio bien.
Sí, lo sé, pero lo que no me entra a mí en la cabeza es que mis hijos se atrevan... no son unos cobardes, eso no, pero para atreverse a tanto...
Pues sí, a tanto se atreve ese hijo tuyo.
¿Ese hijo mío? ¿Es que... torea uno, o los dos?
Sebastián... José es el atrevido, Vaquero, y lo hace muy bien, he podido observarlo de lejos, pero cómo tú comprenderás a mí me pagan para vigilar la finca, y procurar que todo funcione dentro de ella, y eso es una anomalía muy grave.
Lo sé, lo sé Rodrigo, déjalo de mi cuenta yo arreglaré esto con ellos.
De momento, estoy seguro que es él y sus amigos los que visitan la "quedá" nocturna, aunque no puedo hacer nada más, pero el día que los coja les tendré que dar un escarmiento, como tú comprenderás.
Déjalo de mi cuenta. Ya te he dicho que hablaré con ellos.
Es preferible que yo les meta un poco de miedo en el cuerpo, a que se entere la guardia civil, o los pillen ellos, ya sabes lo que ocurre con los guardias y los señoritos... y no me refiero a mí.
Sí, ya lo sé, Rodrigo, no te preocupes que haré todo lo que esté en mi mano para que esto termine. ¡Te lo prometo!
¡Está bien, Sebastián, confío en ti!
Si...
Y tras montar muy lentamente sobre su caballo, Rodrigo el guarda, se perdió en los encinares más próximos dejando pensativo y taciturno al vaquero, preocupado por lo que le contase el guarda. ¿Sería cierto aquello? ¿Se atreverían a sus hijos a enfrentarse a esos bichos? ¿Será posible que esté yo en la inopia con mis hijos? Mirando con cara de preocupación resignada hacia donde sus hijos ataviaban las yuntas, pues ese día les tocaba arar alguna besana de las tierras bajas de la Dehesa...
Zagales... tengo que hablar con vosotros muy seriamente.
Usted dirá padre.
Le contestaba Sebas después de desatender a la bestia.
Pues veréis, me han zumbado los oídos qué hacéis algo que no me gusta, y no está bien que guardéis secretos conmigo, y menos que sean cosas de este calibre.
¿A qué se refiere padre? ¿Qué quiere decir?
Le seguía atendiendo Sebastián mientras José permanecía en silencio poniéndole las jáquimas a las yuntas, aunque escuchaba atentamente a su padre, era cuestión de respeto hacia los mayores.
¡Quiero decir, que no está bien que os acerquéis al ganado bravo!
Los dos guardaron silencio, tanto José que ya lo hacía, como su hermano Sebastián que enmudeció al comprender que su padre conocía sus correrías nocturnas, y lo más grave, que fuera con aquel ganado.
¿No tenéis nada que decirme? ¿O, sea, que es cierto? ¿No comprendéis, que esas reses no pueden tentarse? ¿ Y malo es que tentéis al ganado, pero y vosotros? Bueno... ya sé que tu no, Sebastián, ya sé que tú no lo haces. ¡Pero qué pasa contigo José! ¿No comprendes el peligro que entraña esa profesión? ¿Te crees que es así de fácil el ser torero? Me han dicho que no lo haces del todo mal, pero debes olvidarte de los toros, ¿está claro? No quiero que una bestia de esas os mate a alguno. ¿Comprendéis?
Los dos permanecían callados, aunque mostrándole un respeto moderado a su padre.
Ya veo el caso que me estáis haciendo, pero ojo con volver a intentarlo. Ya estoy sobre aviso del guarda, y no quiero que os pille la guardia civil y os lleven presos. ¡Bueno te lleve!
Insistía el vaquero haciendo comprender a sus hijos del peligro que corrían con la tienta del ganado bravo en la Dehesa.
A ver si empezáis a comportaros como lo que sois, unos hombres. Un hombre no sólo demuestra serlo delante de un toro.
Los dos hermanos no se atrevían a replicarle a su padre, no estaría bien, y más, sabiendo que como cuando la bicicleta terminó aceptando que montase en ella, seguro que con un poco de paciencia aquello también terminaría por aceptarlo, así que, no merecía la pena llegar a una discusión (pensaba José), y los dos cogieron sus yuntas y emprendieron la marcha hacia la senara que debían labrar, dejando atrás a un padre expectante y escudriñador que los miraba incrédulo, sin saber muy bien si habían aprendido la lección, o le habían dado simplemente cuerda...
Por un lado, la luz del amanecer dibujaba la silueta de los dos hermanos y las mulas que, caminaban hacia el este a las tierras llanas de labranza, por el otro salía Arturo Jiménez, escopeta en ristra hacia el oeste, la zona de montes y espesura tal, que podría perderse un hombre fácilmente. Una zona boscosa y densamente poblada de vegetación salvaje donde, aún no había llegado la mano del hombre a deteriorar la naturaleza.
Arturo Jiménez era un hombre mezquino y cruel, un hombre sin escrúpulos a la hora de salirse con las suyas, de conseguir lo que quería al precio que fuese, no le importaban los medios, sólo el fin conseguido.
El monte hera aún uno de esos sitios vírgenes donde nacen fuentes cristalinas, limpias y puras, de aguas heladas, de vegetación espesa y abrumadora aún siendo de día, de noche cualquier ser humano se extraviaría con suma facilidad, un sitio donde todavía podía encontrarse el lince ibérico, el oso pardo, el jabalí, el ciervo, el lobo y algún venado.
Un lugar donde aún podían vivir en libertad y en perfecta armonía con su entorno todos aquellos animales, donde incluso el oso pardo podía pescar hermosas truchas en los riachuelos helados, pero allí estaba el hombre, en este caso Arturo Jiménez para jodérla, si, como suena, para jodér el equilibrio ecológico existente.
Se movía como un gato montés en la maleza tratando de localizar a alguna presa, no tenía preferencia alguna, todo se reducía a apretar el gatillo.
Los dos oseznos se le presentaron ante sus ojos retozando y jugando a la puerta o entrada de la osera, una cueva en una pared rocosa medio tapada por la maleza.
Jiménez, como solía hacer, sin pensar a qué le disparaba, se encaró la escopeta y apretó el gatillo agazapado tras unos matorrales, hiriendo de muerte a uno de ellos, mientras el otro desaparecía en la cueva en donde por temor el gitano ya no se atrevió a entrar.
Viendo que estaba malherido, Jiménez, no dudó un segundo es rematarlo con el cuchillo que portaba en su canana, al mismo tiempo que aparecía la madre osa con alguna trucha en su boca y en sus garras.
Tanto fue el terror que sintieron su huesos, que en principio, sus nervios le atenaza rombos sólo la garganta impidiéndole pronunciar un delito de ayuda si es que podía haberla, sino que todo su cuerpo permaneció rígido como una estatua, con el osezno bajo su rodilla y el cuchillo de caza clavado en su pecho.
Fue un estruendoso disparo dado al aire lo que hizo que, el animal abandonase lo que posiblemente pudiera haber sido su presa, para adentrarse en la espesura del bosque huyendo de lo que su instinto le decía que era un peligro inminente para él.
¿Qué has hecho, desgraciado?
¡Rodrigo!
¡El mismo! ¿Se puede saber que has hecho?
¿Cómo has podido...?
¡Eres mi padre, Rodrigo! Vámonos de aquí antes de que le dé por venir a esa osa cabreada.
¿Cómo estarías tú si te matasen un hijo?
¡Déjate de tonterías, Rodrigo! ¡Venga, vámonos de aquí! ¡Rápido!
¡Maldito imbécil!
No le dio tiempo a recriminarle su acción pues, fue sorprendido por aquel brazo fuerte que los acaba poco menos que a rastras de la espesura de la Sierra, para subirlo a su propio caballo donde también se montó Jiménez aturdido aún por el impacto del shok recibido momentos antes.
Bueno, abuelo, siento tener que dejarte, tengo cosas que hacer...
Eres un degenerado, Arturo, no debías haber matado esa cría.
¡Bah! ¡Tonterías!
No es ninguna tontería, Jiménez, y para demostrar que lo debo poner esto en manos de la curia civil.
¡Tú no pondrás nada en manos de nadie, te enteras, viejo!
En esos momentos, el guarda se veía con el cuchillo de caza de Jiménez apuntando a su garganta, después que lo cogiera por la solapa de su chaqueta donde descansaba aquella ancha franja de cuero con un gran escudo de cobre donde se apreciaba impreso el águila imperial, para arrinconarlo contra una encina.
¡Tú no vas a decir nada, té enteras carcamal!
Eres un canalla, Arturo. ¿No te da vergüenza, amenazar así a un anciano?
Si ese anciano quiere complicarme la vida, no, ninguna, no me da ninguna vergüenza. Como tampoco me daría rajarte si fuera preciso.
¡Bandido!
Vas a tener la boca cerrada, ¿verdad Rodrigo?
¿Cómo has podido hacer una cosa así?
¡Bah! A sido muy fácil, apunta y disparar. ¡Eso es! ¡Fácil!
¿Y té extrañas que la madre quisiera acabar con tu vida? ¡Debería haber dejado que culminara su venganza! ¡Bueno, yo no lo llamaría venganza! ¡Justicia, diría yo! Eso sería justicia y no esto qué hacéis conmigo, esto es una injusticia, pero algún día lo pagarás caro, Arturo.
Ja,ja,ja,ja...
Se jactaba con su crimen aquel malvado de Arturo, amenazando a un anciano que por otra parte siempre había tenido de su parte tanto él, como todos los moradores de La Esperanza por su especial carácter bonachón y pacificador del que podía presumir el guarda.
Déjate de monsergas, Rodrigo... mientras yo tenga ésta (apuntando a su escopeta de cañones superpuestos del 12), no creo que yo pague nada, y menos de manos de una osa.
De poco te ha servido la escopeta ahora.
Me ha cogido desprevenido, pero eso no volverá a suceder.
¿A cometer un asesinato rematando con un cuchillo a un animal indefenso, le llamas tú un descuido?
¡Llámalo tú como quieras! Yo lo llamo como me da la gana. Y recuerda... la boca cerrada o, te acordarás de Arturo el gitano...
Dando media vuelta se perdió en un recodo de la vereda o senda hecha por cazadores a fuerza de pasar siempre por los mismos sitios, dejando atrás a un hombre que a pesar de su edad, no fue del todo convencido por las amenazas de Arturo, si no que su sentido común le obligaba en esta ocasión como en tantas otras con gentes del cortijo, a callar con el fin de no crear rencores, los ambientes entre ellos, por ese motivo prefería dejar las cosas como estaban mientras la gravedad de los hechos no le obligase a tirar de la manta, y a poner las cosas en su sitio.
A esas mismas horas, a media mañana se encontraba Ángela en las caballerizas del cortijo.
Aquellos bellos ejemplares equinos que el señorito gustaba de montar y exhibir en acontecimientos hípicos y exhibiciones, debían cuidarse como se merecían, por ese motivo, le había tocado a Ángela cepillarlos y lavarlos.
La cuadra era un lugar especialmente cuidado, limpio y con cada cosa en su sitio. Las monturas o sillas de montar descansaban sobre un madero destinado a ese fin, en un lado las vaqueras, en el otro, podía verse las sillas de tipo inglesa o de hípica, todas relucientes y esmeradamente limpias y colocadas, sobre las paredes, algunos cascos de montar y fustas, amén de algunos adornos especiales con los que engalanaban las monturas cuando debían exhibirse, como borlones, bocados, jáquima, cascabeles o banderolas.
Los caballos también disfrutaron de un lugar limpio y espacioso para cada uno de ellos, con su dornajo y abrevadero cada uno, y una paja recién cortada diariamente.
Sí... era una especie privilegiada en aquélla Dehesa junto con los astados, aquellos fuertes y finamente empitonados toros de los encinares vecinos.
Allí Ángela disfrutaba con su trabajo, pues era una persona amante de los animales.
A su espalda, sigilosamente se le acercaba una sombra de la que Ángela no podía percatarse al estar tan abstraída con su trabajo.
Hola, cariño...
¡Arturo! ¡Qué susto me has dado zagal!
¿Esperabas a otra persona?
No esperaba a nadie, por eso me has asustado.
Tras un breve silencio en el que Arturo la miraba de una forma obscena y desafiante cosa que pasó desapercibida para Ángela al estar de espaldas y continuar con su trabajo...
¿Te ha dicho alguien, lo buena que estas?
La sorpresa de ella fue monumental pues, si, sabía de sobra que no era trigo limpio, que era un poco casquivano y pendenciero, pero nunca creyó que su osadía llegase a hacerle decir aquellas cosas, en especial a ella que siempre se había mostrado tanto con él, como con el resto de la coya de amigos, en su sitio. Jamás dio pie a nadie para que pensarse tal como lo estaba haciendo aquel al que hasta ese momento había considerado más o menos su amigo.
¿Eh? ¿Qué estás diciendo, Arturo?
El cinismo de él, era evidente, y la idea que le rondaba en la cabeza parecía querer llevarla a cabo.
¿Que si alguien que ha dicho lo buena que estás? Ya me has oído bien, no te hagas la tonta.
¿Se puede saber que pretendes, Jiménez?
No te hagas la estrecha, Ángela, ya sé que te mueres por un hombre. ¡Pues aquí me tienes a mí!
¿Qué te hace pensar semejante tontería?
Ya me di cuenta, como miradas a José cuando fuimos a la "quedá". Yo también te puedo valer. ¿No es cierto?
¿Pero, por quién me tomas? ¿Crees que somos todas iguales?
¡Pues claro, que sí! A todas, os gustan los hombres, ya ves a Dulce...
Yo no soy Dulce, imbécil.
No, ya sé que no eres Dulce, por eso me he encaprichado contigo.
¿Qué te has encaprichado? ¡Tú estás loco!
Las intenciones de Arturo, eran obvias y su
impulso incontrolado hizo que la sujetase por un brazo mientras su otra mano rodeaba la cintura de Ángela.
¡Qué haces, suéltame! ¡Suéltame!
No te hagas la estrecha, Angelita, estoy seguro que, si me conocieras mejor, llegaría a gustarte.
¡Suéltame, canalla! ¡Maldita sea tu estampa! ¡¡Suéltame!!
Mientras trataba inútilmente de alcanzar aquellos labios carnosos y excitantes para el sin conseguirlo, lo que hacía que, su furia creciese desesperadamente, al igual que el pánico de Ángela, que se oponía con todas sus fuerzas al brutal ataque del gitano.
¡Está bien, está bien! ¡Tranquila... tranquila! No pasa nada, caramelo, no pasa nada...
Sus manos se flojaron, y Ángela pudo zafarse de él, yendo a refugiarse tras las sillas de montar.
¡Estás loco!
Estoy loco, si, pero por ti, caramelo, y estoy seguro que algún día te tendré al alcance de mi boca.
¡Eso nunca! ¡Canalla! ¡Mi padre se enterara de esto, y te dará tu merecido, canalla!
Sí, claro, yo mismo le pediré tu mano. ¿Te parece bien así?
No puedo creer lo que oigo... ¡Déjame salir de
aquí! ¡Déjame salir!
¿Es que tienes miedo de mí, Ángela? Yo sólo quiero casarme contigo, no quiero hacerte daño.
¡Antes muerta!
Mira, niña, ya me conoces, y sabes demás, que lo que me propongo lo consigo, y tú serás mía. ¡Te lo prometo! ¡Mía!
Aterrorizada por Arturo, Ángela sollozaba tras las monturas teniendo algo peor de aquel hombre, si es que se le podía llamar hombre a un cobarde y criminal.
¡Déjame salir, por favor! ¡Déjame que me vaya!
Ya te digo que no quiero hacerte daño, Ángela.
Yo sé muy bien lo que tú quieres, degenerado. ¡Pues busca a Dulce, si se presta a tus juegos! ¡Te odio...! ¡Te odio!
Ya aprenderás a quererme, chiquilla, seguro que luego te ha de gustar.
¡Ya te he dicho, que antes muerta! Eres un cobarde... ¡Pagarás lo que estás haciendo!
Ja,ja,ja,ja....
No, ni piedad ni resentimiento, aquel hombre era un auténtico villano, un delincuente y un criminal sin escrúpulos.
Cuanto más miedo tienes, más me gustas...
¡Déjame salir, cabrón!
¡Uhhhh! Te adoro... ¡Mira lo que te he traído! ¿Te gusta? La curtiré para ti.
¡Asesino! Sólo te faltaba eso, ser un asesino.
¿Por matar a un pequeño oso me llamas asesino? ¿Y, si hubiese matado a su madre, que me llamarías?
Eres un miserable, Jiménez, algún día pagarás todo el daño que haces.
Yo sólo quiero darte gusto, como lo haría José. ¿No te gustó su cuerpo?
¡Cerdo!
Pues, el mío tiene los mismos atributos.
¡Cerdo asqueroso!
¡Ven, tonta, que no te va a doler!
Saltando por encima de las sillas de montar pudo alcanzar Ángela, que no se esperaba tal reacción y mucho menos tan rápida.
Arturo rodó con Ángela entre sus brazos que buscaban nerviosos los músculos de ella que, se resistía con todo su ser.
Su cuello era baboseado por Arturo, sin haber conseguido alcanzar su boca.
Su desmesurado afán lo había vuelto loco, era una obsesión enfermiza la que aquel hombre tenía por Ángela.
Era tan hermosa aquella zagala, que si; llamaba la atención su belleza, pero también era cierto que, jamás dio pie a nadie para que ese sobrepasase con ella y mucho menos a aquel gitano tan desagradable con el que apenas si tenía conversación a pesar de ser de su misma cuadrilla.
Siempre había podido conservar en el que era un buscaré ellos un envidioso y un egoísta entre otras cosas que quedaban fuera de su comprensión.
Por fin Ángela en el forcejeo, y más por el terror que le imponía Arturo, que por su propia valentía, pues era una persona dulce y cariñosa, amiga de sus amigos, y respetuosa con sus mayores, más por terror que por otra cosa Ángela pudo por fin asestarle un rodillazo en sus entre piernas, que hizo a Arturo soltarla para retorcerse de dolor, un dolor tan desgarrador, que lo sentía en todo su cuerpo. Hasta el más mínimo nervio de su cuerpo se estremecía y retorcía sobre la paja derramada sobre suelo, lo que permitió Ángela salir corriendo del lugar sin tan siquiera girar su cabeza para asegurarse que no le seguía.
Estaba convencida, que su sufrimiento lo padecería durante un buen rato, lo suficiente para que ella pudiera poner tierra por medio.
Entretanto, el malogrado guarda, el señor Rodrigo, se recuperaba de aquel percance ocasionado por Jiménez. La sombra de la encina era fresca, y el susto al verse delante del cuchillo que escribiera el gitano fue estremecedor para unos nervios ya que cansados su viejo cuerpo había vivido tantas emociones fuertes, que ahora estaban agotados.
Sus ojos habían visto pasar por aquellas tierras los desastres de las guerras y su macabra de herencia, lo que permitía que no ser asustarse con un simple cuchillo de caza, pero sí; ya no era joven y sus viejos huesos, estaba claro que resentidos de todo lo pasado si estaban.
No era sólo él, el encargado de patear y no a caballo, sino a pie aquellas tierras, también estaban aquellos caballeros de verde entricorniados con el capote doblado sobre el hombro izquierdo donde también portaban aquel viejo y pesado mosquetón durante tantas horas al día...
¡A la paz de Dios, Rodrigo!
¡Ah! Buenos días, agentes. No les había oído llegar.
Esa es nuestra labor, Rodrigo, sigilo. Sobre todo, sigilo.
Sí, claro, comprendo.
¿No es así como se captura a los malos?
Pues...
¿Te encuentras bien Rodrigo?
Sí, sí, claro. Estoy bien.
¿Estás seguro?
Sí, seguro, agente, sólo estaba descansando.
No sé por qué me extraña que estuvieras descansando, cuando eso no es normal en ti.
La edad me va ganando la batalla.
Bueno, será eso, si tú lo dices... de todos modos andamos por aquí si nos necesitas. ¿De acuerdo?
Si los necesito ya les avisaré, gracias.
No hay por qué, para eso estamos.
¿Va todo bien en La Esperanza?
Sí, sí, si va todo bien, gracias.
Bueno, queda con Dios, Rodrigo.
Que Él les acompañe. ¡Buena ronda!
Gracias, Rodrigo.
En las tierras llanas de la Dehesa, se encontraban José y Sebastián con las yuntas, arando una senara despojada ya de su fruto, preparando la tierra para la próxima siembra que sería en otoño. Tras de ellos quedaban unos lomos de tierra tímidamente húmedos, de donde emergían infinidad de insectos y lombrices para las devoradoras aves, ávidas de gusanos y pequeños crustáceos terrestres.
Los dos hermanos solían aprovechar aquel despertar de la madre naturaleza para cazar pajaritos, era un plato especialmente exquisito junto con otros pequeños animales que cazaban, pero especialmente aquellos pajaritos eran el deleite de su padre el vaquero, por eso esparcían aquellas pequeñas ballestas o cepos para pájaros con el vago de trigo enganchado en su cuerda, en esa cuerda que mantenía el trinquete que la haría saltar si se picoteaba el vago, por eso, esparcían como digo las ballestas sobre los frescos surcos a la espera de que los incautos pajarillos acudiesen a ellas, mientras ellos dos continuaban con su labranza, apretando fuertemente sus manos sobre las manceras haciendo que la reja del arado se hundiese lo máximo posible en aquella árida tierra.
Ángela visiblemente nerviosa por lo ocurrido con Arturo gitano, dudó en decírselo a su padre.
No, no lo haría, no quería crear problemas en el cortijo, esperaba que aquello no volviese a ocurrir jamás, confiaba en ellos.
Su mente al recordar lo ocurrido en las cuadras le llevaba como tratando de huir aún más de ello, a la parte contraria, a esa persona con la que se sentía reconfortada cuando la asentía a su lado, José.
Como buena amazona que era, no dudó en coger uno de aquellos caballos destinados a los quehaceres del campo para ir a ver a su buen amigo José, y montando en parancajones, emprendía la ida.
El caballo era dócil, un caballo que había montado infinidad de veces.
Cabalgando sobre aquella montura que cortaba el viento de los caminos y hacía que su larga melena se desplegará en toda su extensión dando un aire de hermosura especial a aquel rostro ya de por sí bello, dejaba tras las eras ubicadas en los alrededores del cortijo. Unos hombres afanados a sus tareas propias de la cosecha.
Unos, se apreciaba que aventaban el grano en contra del aire, para que éste despojase de paja la fértil cosecha, otros entretanto, con una vieja mula enganchada a la tabla donde él se subía, giraban una y otra vez sobre la parva de espigas degolladas por la hoz asesina y benefactora para ellos.
En otro extremo de la era, también podía apreciarse una vieja y rudimentaria cosechadora, conectada por una larga correa a otro viejo tractor.
De una polea en la cosechadora a una rueda del viejo tractor la correa giraba lentamente, haciendo que éste moviese el mecanismo de la cosechadora y, también está cumpliese su misión de separar el grano de la paja que otros hombres metían en haces por su parte más alta, unos haces que otros braceros a su vez horqueaban desde el remolque situado su lado.
Dejaba atrás los viejos encinares, los inmensos plantíos de olivos para esas fechas preñados de una que candelilla ya madura en frondosa aceituna de donde nacerían los óleos de oro, hasta encontrar las besanas de posíos de tonalidades doradas. Después de haberse segado el grano, la alfombra de los rastrojos cubría gran parte de la llanura que formaban las tierras de labor de la Dehesa, excepto algunos rectángulos de color marrón rojizo formado por las tierras gordas y más fuertes de la finca.
A lo lejos pudo divisar a los dos hermanos enfrascados a en su labor.
¡José! ¡José!
¡Ángela! Pe... pero...
Mientras Ángela cabalgaba hacia ellos, los ojos incrédulos de José no parpadearon, atónitos y fijos en Ángela y su montura.
Buenos días, José, y compañía.
Buenos días, Ángela... ¿Cómo tú por aquí?
Quería verte, José.
¿Ocurre algo en el cortijo?
No, no, nada, tranquilízate. He pensado en la calor que hace y os traía un poco de agua fresca, sólo eso.
¿Sólo eso? Pues gracias, Ángela.
No hay por qué darlas, Sebastián, ya sabes... da de beber al sediento.
¡Cómo tiene que ser!
De todos modos... te veo un poco nerviosa, Ángela. ¿Seguro que te encuentras bien? No tienes buena cara.
Me habrá afectado la cabalgata hasta aquí. ¿No crees que José?
Sí, puede ser, pero te pido por favor que seas sincera conmigo, no pareces la misma.
José, y yo...
¡Ocurre algo! ¿Me quieres decir, de que se trata, por favor? ¿Ha ocurrido algo en La Esperanza, que debamos saber?
José, por favor...
No seas niña, y contéstame. De que se trata, di.
A Ángela se le iluminaron los ojos con ese manantial chico que todos tenemos, uno más sumergidos, y otros más a flor de piel y, entre sollozos pudo decir...
Arturo...
¿Qué ocurre con Arturo?
Arturo ha tratado...
¿Sí...?
A tratado de abusar de mí.
¿Qué? ¿Pero cómo ha podido...?
Tranquilo, José, seguro que tiene una explicación todo esto.
No, Sebastián, sólo tiene ésta, es cierto, ha pretendido abusar de mí. Dice que está enamorado de mí y quiere casarse conmigo.
Bueno, si es eso, no es tan grave, Ángela.
No sería grave si no hubiese tratado de violarme.
¡Maldito hijo de pu...! ¿Té ha hecho daño, Ángela?
No, José, él, que es el que se ha quedado algo dolorido. lo siento, que tenido que defenderme, si no, no sé de qué habría sido capaz esa fiera asquerosa.
Has hecho bien, Ángela. Yo haré que abandone esas ideas, te lo prometo.
¡No! No quiero que te ocurra nada malo, José.
Hablaré con él, nada más, estáte tranquila. No
puedo permitir que se comporte contigo como si tú fueras una cualquiera. ¿Comprendes?
Ángela sólo humilló la frente con lágrimas en los ojos, y donde sus labios con un último esfuerzo pudo exhalar un tímido: sí...
Aquella noche en el salón de La Esperanza, la cena transcurría con normalidad, a excepción de algunos componentes de aquella cuadrilla de amigos, donde se respiraba una cierta tensión a juzgar por las miradas de recelo entre José y Arturo el gitano, mientras la mirada de Ángela era triste y temerosa, sólo clavada en el plato y en su cuchara.
Tras la cena, la monotonía de las costumbres se hacía patente, los más viejos sacaban sus barajas y se ponían a jugar a la brisca, otros al tute, sólo los más atrevidos le plantaban cara al mús.
Mientras que los más jóvenes, como sabemos, se retiraban del salón unos para hablarse de amor tímidamente bajo algún eucalipto donde ponían a juego sus manos y, los más ardientes incluso sus cuerpos, y otros, como aquella cuadrilla de amigos se juntaban para idear alguna diabluria juvenil.
No fue así en esta ocasión, pues...
Tengo que hablar contigo, Jiménez.
¿Estás seguro que quieres hacerlo, zagal?
¡Por supuesto! El asunto es serio y no tiene espera.
¡Ya! Está bien, nos veremos en el tentadero. ¿Te parece bien allí?
Si es ahora, sí.
Claro José, claro. ¿Por qué no? Sígueme.
Respondía el gitano con su cinismo y su chulería particular.
Los dos salieron del establo o pajar para no levantar sospechas cómo dos buenos amigos y en silencio, pero a Ángela ese detalle no le pasó por alto aunque al principio no le dio mayor importancia.
La imagen del tentadero era fantasmal, la sombra de sus gradas caía sobre la arena como una negra cascada de oscuros presagios, al ser bañadas por la misteriosa luna llena de agosto.
¿Qué pretendes con Ángela, gitano?
Lo que yo pretenda con ella, es cosa mía, ¿no crees?
Te equivocas, Jiménez, no puedo consentir que nadie la humille, y menos tú.
¿Es que no me crees bueno para ella, por ser gitano? O, ¿es que tú también quieres algo con ella? ¿Es eso? Dime. ¿Es eso?
Ya que te veo interesado saberlo... sí.
Pues, has pinchado en hueso, compadre. Si la quieres tendrás que ganártela.
¡Sólo quiero que la dejes en paz, gitano!
Eso mismo podría yo decirte. ¡Y no me llames gitano, cojones!
¿Es que no comprendes? ¿No ves que no quiere saber nada de ti?
Ya se acostumbrara, no te quepa la menor duda. ¡Ya se acostumbrara!
José era un hombre pacífico, pero comprendió que debía hacerle desistir de sus propósitos, pues, sabía de sobra que Ángela no podía amar a un dicho así, y sin más preámbulo lo sujetó con fuerzas por la camisa para hacerse entender, y Arturo comprendiese que iba en serio y debía olvidarse de Ángela.
¡No puede acostumbrarse a un canalla como tú!
¿Cómo puede acostumbrarse a alguien que ha tratado de violarla? ¿Eh? ¡Dime! ¡Cómo has podido hacer una cosa así, canalla!
Arturo no era especialmente un valiente, pero tampoco era un hombre que aceptase un no como respuesta, era una persona acostumbrada a conseguir lo que se proponía, fuese como fuese, y mientras José le gritaba haciéndole comprender que debía desistir de sus propósitos, la mano de este se deslizaba en su bolsillo rebuscando algo nerviosamente.
La navaja desplegó sin ser vista por José su ala plateada, dando a la noche un estremecedor y frío aire que helaba la sangre en las venas, sólo el sorprendente sexto sentido, su sexto sentido y su rapidez de reflejos, hizo que aquella hoja no le alcanzase en medio del estómago.
¡AUG!
¡No debías haberte entrometido!
¡Me has herido! ¿Serás hijo de puta? ¡Me has herido!
Perdona, no era esa mi intención. Mi intención es matarte, así tendré el camino libre.
A lo lejos se acercaban Ángela y Dulce que, después de verlos salir, el instinto femenino de la hija del lanas le hizo comprender que no podría pasar nada bueno con esa reunión.
¡José! ¡José! ¡Dónde estás! ¿Estás bien?
Aquellos gritos pusieron sobre aviso a Jiménez, por lo que desistió de su segundo intento en tratar de clavarle la navaja por segunda vez a José, para poner pies en polvorosa por el temor a que su acción fuera descubierta por aquellas dos mujeres.
¡Te juro que será mía, José! ¡Será para mí, o para nadie! ¡Recuérdalo!
Gritaba cuando se perdía en los corralillos del tentadero.
¡José! ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?
Sí, sí. Estoy bien, tranquila.
¡Oh, José, el miedo que he pasado!
No temas, no ha pasado nada.
Le decía José mientras permanecía en ella abrazada a su cintura.
¿Eh? ¡Sangre! ¡Estás herido, José! ¡Estás herido!
No es nada, es sólo un rasguño.
¡Un rasguño de ese loco! ¡Qué podía haber matado! ¡ Oh! No quiero ni pensarlo...
No es nada, tranquila... me queréis que prometer no decir una palabra de lo ocurrido. No quiero que comente es la pelea con el gitano, y mucho menos lo de la herida. ¿Está claro, Dulce?
Como tú quieras, José, aunque deberías...
¡No! Ya me las arreglaré, no temas, no quiero comenzar una guerra. Espero que este cascabuyo no vuelva a intentar una cosa así. Ángela, no me has prometido...
¡Te lo prometo, José! Si es eso lo que quieres, así será.
Gracias, Ángela. Y gracias a ti también, Dulce, estoy seguro que es lo mejor para todos.
Al regresar al cortijo se podían oír en el silencio de la noche los estruendos producidos por los ciervos en celo golpeándose con sus cuernas, y los berridos, los espeluznantes berridos de sus huecas gargantas entre el aullar de algún lobo que otro, buscando el mismo compromiso animal.
En agosto y septiembre, en el tiempo de la berrea, eran común aquellos sonidos nocturnos cada año, y en el mismo ciclo de la vida.
Un día más enmarcado en un duro trabajo, habría sus ojos en La Esperanza.
Aquélla hera, situada en la parte más alta de los alrededores del cortijo, un terreno liso, compacto, aunque cada año había que hacerle la misma labor de preparación al suelo. Después de limpiar de matojos y hierbas, el suelo había sido regado y extendida cierta cantidad de paja sobre el sobrero, con el fin de que al amolonar con el rodillo de piedra, la tierra no se pegarse sobre éste y el solero quedase lo más duro y liso posible para realizar las labores que a continuación se llevarían a cabo el la hera.
En los trigales, lo mismo los segadores que las gavilladoras, aquella pequeña máquina de segar de cuatro aspas, tirada por una yunta de mula, recogían las mieses en gavillas, que posteriormente los braceros ataban con cáñamo humedecido en cinco unidades formando una fajina.
Detrás venían los cargadores que, con el viendro desde el suelo, se las acercaban a otros encima del carro que, eran los encargados de irlas colocando sobre los jugones del carro alcanzando la carga una altura considerable. Los mismos carros encargados de transportar la preciada carga hasta la hera donde esperaba el próximo eslabón de producción.
Las parvas se componían de mil fajos o fajinas, o sea, de unas cinco mil gavillas que, eran extendidas sobre el solero, y a continuación la tabla de piedra y alguna otra más moderna como aquella de ruedas dentadas, por medio de la garroneta y enganchada a los coyerones de la yunta de mulas, era la encargada de separar el grano de la paja quedando ésta arriba y el grano por su peso debajo, sobre el solero.
Unos contornaban, otros canciaban con palos de madera y rastrillos, para posteriormente plegar la hera o recoger las mieses con el retabillo.
Una vez que la hera, era recogida, las mieses, eran depositadas en talegas o costales de unos... 90 kg de peso para su transporte a los silos.
La paja se ensabanaba para las cuadras y su mejor transporte a hombros hasta los pajares, alguno de ellos por debajo del nivel del suelo, y otros en los doblaos de las caballerizas.
Esa era la labor de los hermanos ese día, uno sobre cada tabla de trilla...
¿Dónde estuviste anoche, José? ¿Dónde té metiste que no te vi en toda la noche? ¿No irías a la "quedá" otra vez, no?
No, no estuve, Sebastián.
¿Entonces?
¿Entonces, qué?
¿Se puede saber qué te ocurre, José?
¿Es que tiene que ocurrirme algo?
Bueno... no es eso. Es que te veo raro, no sé...
No es nada, estuve por ahí.
¿Con Ángela? ¿O, hay otra zagala?
No, no te pongas a soñar, Sebastián, no estuve con ninguna niña.
¿Con quién estuviste, entonces? Porque si me dices que estuviste solo, no te creo.
¡Jodér! ¡Qué preguntón estás hoy, el niño!
Será porque me preocupo por ti.
¡Pues no lo hagas! Ya sé cuidarme yo solo. ¿No crees?
¿Es que tienes que cuidarte de algo?
¡Y dale!
¿Has hablado con Arturo, del tema de Ángela? ¿Es eso?
Paró su tabla al lado de la de José para interesarse por aquel tema que le preocupaba y, temía que pudiera ser el motivo de las heridas de su hermano, para darle un pequeño empujón a la vez que le insistía.
¡Contesta!
¡Aug!
El semblante de dolor en el rostro de José fue tan evidente, que no pasó desapercibido para Sebastián a pesar de los intentos de José, por ocultar tanto la herida, que el tema de conversación, que le llevaría igualmente a ella.
¿Qué te ocurre? ¡Qué tienes ahí, déjame ver! ¡Estás herido!
No es nada, no te preocupes, Sebastián.
¿Que no es nada?
¡No es nada, es sólo un arañazo!
¿Ha sido el gitano, no es cierto?
Está bien, si, ha sido el gitano, pero no quiero verte metido en esto. ¿Está claro? Confío en que haya quedado todo claro entre los dos.
¿Pero cómo ha podido...?
No importa cómo haya sido, y esto es cosa mía, y tú debes mantenerte al margen. ¿Comprendes?
¡Maldito cabrón!
Sí, será un cabrón y muchas cosas más, pero no quiero peleas, ya sabes que no me gustan las discusiones, ni las riñas. No quiero que padres enteré, bastante tenemos ya con los rencores del lanas. No hace falta más leña en el fuego.
¿Comprendes lo que te quiero decir?
Sí, sí claro, José, pero se merece que le den una lección ese gitano, puede que algún día sea capaz de hacer algo peor que un simple arañazo.
Seguro que no lo quiso hacer...
¡Qué tonto eres, José! ¡Has pasado de ser bueno a ser tonto!
Piensa lo que quieras, Sebastián, pero deja las cosas como están. ¿Quieres?
Espero que pueda contenerme.
Debes hacerlo por el bien de todos. ¿Me lo prometes?
Su hermano permaneció unos instantes en silencio como no queriendo prometer aquello que su hermano le insistía, por lo que José se vio obligado a volver a intentarlo de nuevo.
¡Sebastián, contesta! ¡Prométemelo!
Está bien, José, ojalá no tengamos que arrepentirnos algún día de lo que pueda dar de sí ese canalla.
Gracias, Sebastián, eso está muy bien. Y ahora, dale caña que nos pilla el toro...
¡Lagarto, lagarto!
Contestó Sebastián. El miedo que le tenía a aquellos animales, era de sobra sabido por su hermano
Los dos hermanos rompieron a reír tímidamente al principio, para acabar a carcajadas sobre sus tablas, girando en la parva como si de un tiovivo se tratase.
Aquel mediodía, para cuando los que faenaban más cerca al cortijo llegaron a la comida, Francisco el casero, y su mujer Rosario, ya tenía la mesa preparada, las viandas a punto y el cocido de garbanzos con su tocino y morcilla, amén de algún hueso de ternera, saludaba con su exquisito aroma a los fatigados operarios.
Todos fueron ocupando sus sitios habituales en aquellos bancos corridos de madera.
Esta vez, Arturo, tampoco se sentaba al lado del vaquero y sus hijos, esta vez tenía un poderoso motivo y, el recelo entre el gitano y los hermanos Sánchez, en especial Sebastián, era notorio, se palpaba en las miradas que se cruzaron de banco a banco, no así José que había dado por zanjado el asunto.
Jiménez, esta vez también había preferido la compañía de Antonio madruga, el lanas.
¡Qué tal Antonio! Que tal la mañana.
Qué quieres que te diga, Jiménez, igual que todos, mucha calor por esos pastos de Dios.
Tienes el peor oficio, Antonio, a otros se descuida sólo el ganado.
¿Qué quieres decir, Arturo?
Pues eso, que tu trabajo es duro, todo el día por ahí por esos campos con las ovejas, yo obra o a la calor, y el vaquero por ejemplo, una vez que le llenan los dornajos de salvao, el ganado suyo esta a su aire, y él lo mismo.
Bueno, eso es cosa que me importe.
Hay muchas cosas que nos importan, Antonio...
No comprendo qué quieres decir. Estás muy misterioso hoy. ¿No crees?
Tal vez para ti sea un misterio, para mí no.
¿Te quieres explicar de una vez?
Lo que te quiero decir, por si no lo sabes, es que tu hija y el vaquero...
¿Se puede saber que insinúa es, Jiménez?
No es ninguna insinuación, Antonio, tu hija y el hijo del vaquero se ven...
¡No!
¡Sí!
No puedo creérmelo, mi niña y ese... cachorro de traidor...
Pues créetelo, Antonio, es tan cierto como que la luz que nos alumbra es del Sol.
Ya sé que traicionaron a tu agüelo, y por culpa del agüelo del vaquero lo fusilaron... por eso mismo quiero ayudarte, no puedes permitir que se te lleve a tu hija... ella debe ser para un hombre más cabal. ¿No crees?
No puedo consentir que mi hija...
Déjalo de mi cuenta, lanas, estoy seguro que podría tener algún accidente. Tal vez con el semental.
¿Con el semental?
Sí, ya sabes la afición que tiene a los toros, si lo citamos con Ángela en los corrales y, el macho se escapa...
¿No pretenderás hacer que vaya mi hija al corral?
No, claro que no. Él creerá que Ángela estará allí.
¡Estás loco, Arturo!
Es algo muy sencillo, él ira por Ángela, y los que le encontremos mañana pensaremos todos algo parecido.
¡Cómo qué!
Como que ha querido darle algunos capotazos al semental, por eso, él mismo lo soltó, lo que no podía imaginarse es que acabaría con su vida.
¡Loco! ¡Estoy convencido que estás loco! Yo no quiero saber nada de esta historia. ¿Me has entendido?
No hace falta, tú déjame hacer a mí, y te quitaré a un traidor de delante.
La cara del lanas no se sabía muy bien cuál era su expresión, pues, por un lado la rabia de saber a Ángela en brazos de su enemigo le abrasaba las entrañas, por otro, la propuesta de Jiménez lo había dejado tan atónito, lo había dejado tan sorprendido aquella proposición del gitano, que lo había dejado fuera de lugar, sin saber muy bien si aquella macabra idea era reflejo de sus propios sentimientos hacia aquella familia que comían a su espalda.
Yo no soy un asesino, Jiménez.
Tú no tienes que hacer nada, créeme. Sólo desaparecerá de tu vida, y de la vida de tu hija que, por cierto... tengo que decirte que estoy enamorado.
¿Otra vez esa historia...?
Sí, Antonio, siempre me ha gustado, y si dieras tu permiso la haría mi mujer.
Ya te he dicho en alguna ocasión que se ella la que debe decidir eso. ¿No lo recuerdas?
Sí, ya sé que me lo dijiste, pero ya ves que su elección no es la buena, la que tú podías desear.
De todas formas te vuelvo a decir lo mismo, yo no puedo obligarla a casarse contigo.
¿A casarse, no?
No. A casarse, no. No puedo obligarla
¿Y a dejarla con el vaquero, sí?
Antes muerta, que con ese traidor.
Pues déjame hacer a mí y no te arrepentirás, ni por ella tampoco te preocupes, ya aprenderá a querer me, estoy seguro...
A ti también te a de gustar llevar a tu hija virgen al matrimonio, soy gitano y ya sabes lo sagrado que es eso para mí, en la boda hay que demostrarlo.
¡Mi hija es muy honrada!
Sí, ya lo sé, Antonio, y así quiero que llegue a la boda, a nuestra boda, una boda gitana por todo lo alto, donde correrá el vino y los pollos como si no constasen.
Una boda que dure una semana de bullicio y alegría, donde no paren las guitarras ni las palmas.
Se jactaba Jiménez contándole a Antonio, como podía ser su hipotética boda con Ángela, una niña que se le podía descarriar si seguía los pasos que llevaba, según él.
No quisiera que se la llevase un rejargao como José. Tu hija se merece algo más puro que un traidor.
Mira, Jiménez, vete a la durma, a ver si se te pasan esas ideas y te olvidas de todo, no quiero lamentar ninguna desgracia, ya solucionaré yo lo de Ángela. ¿Comprendes? Pégate una jinchá de dormir, a ver si se te van esas ideas de la cabeza.
Aquella tarde se presentaba más distendida y relajada, pues al día siguiente se celebraba la romería del día de la patrona del pueblo, y había muchas cosas que preparar con ese fin en La Esperanza.
Aquel pajar volvía a ser el refugio del grupo de amigos, donde apartados de miradas y oídos inquisidores, se sentía más unidos por su amistad y, fuera de críticas o rumores que les complicarse las vidas, y les impidiese verse, al menos a esos amigos tan especiales por sus sentimientos mutuos como eran Ángela y José...
¿Cuándo vas a darme una oportunidad, Dulce?
¿Qué? ¿Una oportunidad para qué? ¿Es que quieres ser torero tú también? ¿Otra vez vuelves a eso? ¿O, es que quieres arrastrar otra vez a José para que toree?
¡Calla, tonta! No te hagas la distraída, ya sabes lo que te quiero... decir.
Sí, ya sé lo que me quieres... decir, pero... ¿Qué parte de mi cuerpo quieres más.
¡Qué mal pensada eres, Dulce!
Mira Chico, para cuando tú vas, yo vuelvo. ¿Comprendes?
¡Jodér, que mujer! Sebastián, dile que la amo, que estoy loco por su esqueleto... ¡Acho!
¿Por mi esqueleto o, por su envoltorio?
Por las dos cosas. O... ¿Es que éstas por el gitano? ¿ Es eso? Di, ¿Es eso? ¿Qué tiene el gitano que yo no tenga, aparte de tener más labia... mentira, claro, todo mentiras. A propósito... ¿Dónde andará ese? Últimamente parece que le hemos echado un jarro de agua fría.
Déjalo, Chico, deja que haga su vida , a ver si así nos deja en paz a nosotros y a nuestras familias.
¿Qué quieres decir, Sebas?
Ya sabes cómo es, es un liante.
Siempre lo ha sido, pero...
Pero últimamente más, no comprendo qué le puede rondar por la cabeza, pero veo que no hace más que pinchar al lanas, no se con qué propósito, pero lo hace.
Ángela y José, permanecían callados escuchando a sus amigos y, de vez en cuando se cruzaba entre ellos alguna mirada cómplice, con la que sin pronunciar palabra alguna, parecía que llevasen el hilo de algún tema.
Déjalo, Sebastián, no sigas.
¡Es verdad, José!
Sí, es verdad, pero no te pongas a su altura haciendo críticas también. Todos sabemos cómo es, ¿no es cierto?
Lo que me preocupa a mí, es que pueda crearnos problemas, José.
Si lo dices por mí, espero y confío que quedase todo claro, y no vuelva a las andadas.
¿Me estoy perdiendo algo o, es mi imaginación?
Trataba Chico de comprender la conversación que llevaban los dos hermanos al verse perdido en ella.
No importa, Chico, es algo entre el gitano y yo que creo que ha quedado zanjado.
Si crees que con ese queda algo zanjado, te equivocas, José.
¿Qué quieres decir, Chico?
Lo que has oído, José, es una persona rencorosa y no olvida fácilmente.
Te lo advertí, José
Trataba Sebastián de hacerle comprender a su hermano sus temores con respecto a Arturo Jiménez el gitano, cosa que le había advertido ya con anterioridad.
Ya sé lo que advertiste, Sebas, pero bastantes rencores tenemos ya entre nuestros padres, ¿no crees? ¡No quiero que le hagáis caso!
Hasta ese momento, Ángela había permanecido en silencio y aparentemente abstraída de la conversación que sus amigos llevaban, pero su rostro reflejaba la preocupación por el mismo tema.
Tengo miedo, José...
No debes preocuparte, no veo motivo alguno para que Jiménez nos cree problemas, espero que sea sensato y actúe como un hombre.
¿Tú crees, José?
Sí, Ángela, creo que no es ningún ogro, es simplemente un hombre.
Sí, pero con muy malas ideas, ya sabes cómo es...
Déjalo ya, Ángela, por favor, no podía consentir...
Sus miradas volvían a cruzarse reflejando aquel
especial cariño que cada uno sentía por el otro, pero que no se atrevían a declararse, ni uno, ni otro, por el temor a aquel antiguo secreto familiar que los enfrentaban, el mismo que ellos no querían ni mencionar y, que el resto de los habitantes de La Esperanza daban por olvidado, a excepción de sus propios padres que se empecinaron en conservar vivo aquel odio inútil, aunque siempre había alguien atizando aquel fuego destructor, como era el caso de Arturo Jiménez, que utilizaba aquellas malas artes en su propio beneficio para conseguir sus propósitos.
En aquellos momentos en el patio podía apreciarse a hombres, mujeres y niños, atabiando las yuntas y los carros con bellos y multicolores farolillos y guirnaldas, que colgaban de sus arcos.
Rodeados de una explosión de colores naturales que lucían los laterales y los varales con infinidad de claveles, rosas, gladiolos, ramas de olivo y hojas de palmeras, dando un aire de ensueño a aquellos carros una vez al año, en la romería que le dedicaban a la patrona a Santa María de agosto.
Las bestias también aquel día vestían sus mejores galas, para hacer el recorrido que les llevarían a la ermita.
En sus frentes descansaban innumerables borlones o mosqueros, sus jáquimas ese día parecían de flores, pues el cuero y sus hebillas las ocultaban, al igual que sus cinchas, de donde salían, como pinchadas en sus lomos, numerosas banderolas con distintos tonos en sus trapos, recordando tanto a los clubes hípicos o hierros taurinos, como la Nación o sus comunidades.
Desde el granero podían apreciar todos ellos, aquel especial ir y venir del cortijo en un día tan singular, lo que hacía que olvidasen por un momento aquellas cosas que les preocupaban, para que sus mentes volasen a lo que sería el día siguiente en la romería.
¡Qué día me espera mañana! ¡Cómo voy a sufrir!
Yo también espero pasar el peor día de mi vida, Chico.
Le contestó Dulce.
¡Cómo debe ser! Ja,ja,ja,ja...
Reían los dos amigos con sus bromas, mientras a Ángela y a José parecía preocuparles otras cosas más serias. ( Al menos para ellos)
¿Te veré mañana, Ángela?
Espero que sí, José, aunque como comprenderás iré con mi padre.
¡Comprendo! El mío tampoco faltará a la cita con la Virgen... pero no podemos dejar...
Sí, lo sé José, no dejaré que me influya sus rencores, pero...
Pero ahí están. ¿No es así? De todos modos me gustaría estar contigo mañana, necesito hablarte.
¿No puedes decirme ahora...?
Me gustaría hacerlo en la ermita, en el pico del Águila, si no te importa, Ángela.
Como quieras, José, nos veremos mañana allí.
Los sentimientos de aquellos dos corazones volvía a reflejarse en sus rostros, y en aquellas miradas tan profundas en donde cada uno de ellos buceaba a través de las pupilas en el alma del otro, tratando de rebañar y disfrutar lo mejor de cada uno, a cada instante.
Sebastián era el que permanecía en todo momento en silencio, limitándose a escuchar a los demás y, en especial observando a su hermano José y a Ángela, por lo que, y a juzgar por la expresión de su rostro, parecía sentirse feliz por los sentimientos que podía observar en la pareja.
La tarde murió despacio y cansina por el estío del verano, aunque a aquellos hombres parecía no afectarles, pues sus cuerpos habían sido forjados con las inclemencias del tiempo, tanto por el riguroso frío del invierno, como por las copiosas lluvias de otoño y, el riguroso calor del verano, por lo que el color de sus pellejos habían cogido el color de la tierra casi como queriendo formar parte de ella misma.
Los rebaños, tanto de reses bravas del vaquero, ovejas del lanas o, los guarros de Chico pastaban y reposaban bajo las encinas en distintos sitios de la Dehesa.
Al caer la tarde las borras merinas eran replegadas a su redil por el lanas, así como el porquero Chico hacía lo propio con sus guarros, acercándolos a los chiqueros donde descansarían toda la noche incluso el día siguiente, por lo que deberían dejarlos preparados.
No le ocurría lo mismo al vaquero, que dejaba el ganado bravo en libertad en el vallado de la dehesa. Como siempre los morlacos dormían bajo las estrellas, donde se reflejaba la grandeza de su casta, su bravura y su nobleza, y esperarían el fatal destino de su raza.
Por este motivo fue el Vaquero, el primero en llegar al cortijo aquella noche...
¿Qué tal, Curro?
¡Ah, hola Sebastián! ¿Ya estás aquí?
¡Ya ves! Uno que se espabila.
Ya lo veo, ya.
¿Tienes la cena ya, o que?
¿Te has quedado sin cenar algún día?
No quisiera...
Pues ten paciencia, hombre. Espera que lleguen los demás.
¡Está bien, está bien! Esperaré a los demás.
Refunfuñaba de mala gana el vaquero, parecía traer hambre y aparte de refleja su fuerte carácter, su estómago parecía meterle prisa.
Ya sabes que algunos tardan, tienen que cuidar al ganado y dejarlos preparados para mañana, como te puedes imaginar, vaquero. El lanas es uno de ellos.
¡A ese, ni me lo nombres! ¡Si es por ese, sácame la cena!
¡Pero, hombre! ¿Se puede saber, cuándo vais a olvidar vuestras rencillas?
No puedo olvidar, Curro, y mucho menos perdonar. Por culpa de esa familia ya sabes que fusilaron a mí agüelo.
¿Y, como sabes tú lo que ocurrió en realidad?
¿Estabas allí acaso?
No, claro que no, pero me contaron mis padres lo que ocurrió, y ellos lo sabían por los suyos...
¿Cómo pudieron los padres de tus agüelos decirles nada? ¿Pues no dices, que lo fusilaron?
¡Bueno, es igual! Ya sé lo que me digo.
Deberías haber estudiado algo, Sebastián.
Nunca me ha hecho falta para nada, y menos para saber lo que hicieron con mi agüelo.
Sí, lo sé, Sebastián, pero... ¿me quieres explicar, por qué el lanas piensa lo mismo?
¡El lana es un traidor y miente!
Está bien, está bien, si tú lo dices... pero yo pienso...
Tú no pienses nada, Francisco, esas son cosas de nuestras familias y no debe meterse nadie por medio.
Yo sólo quiero ayudarte, Sebastián.
¿Ayurarme, a qué?
Ayudarte a comprender que esas viejas rencillas que fueron al principio, veo que a través de los años se han ido encontrando más, y más, hasta llegar a lo que es hoy, odio entre vosotros. ¿No crees...? ¡Bueno! ¿No piensas... que quizás no fue cómo tú crees?
Yo creo lo que me contó mi padre, y no me mintió.
No se puede vivir eternamente en el pasado, o con el pasado en los hombros, Sebastián. ¿No ves, que tus hijos pueden seguir con ese odio, y tus nietos?
Estoy seguro, que por culpa de ese... bueno, de su gente, fusilaron a uno de los míos, y no se lo perdonaré nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca!
Te vuelvo a decir, Sebastián, que es mejor siempre mirar hacia adelante, que no hacia atrás.
Yo siempre miro hacia delante, Curro.
¡No puedo contigo! ¡Pero ruego a Dios, que te des cuenta de lo que hacéis antes de que sea demasiado tarde, y lleguéis a lamentarlo!
No hay por qué preocuparse Curro, tengo a mis hijos, y con eso me basta...
Sí, claro... no te dará un perrengue por intentar comprenderlo, no.
Al girar Sebastián su cuerpo con intención de sentarse en la mesa para esperar la cena, pudo darse cuenta que alguien entraba en el comedor, lo que no pasó desapercibido tampoco para Francisco, el casero...
Hablando del rey de Roma...
¡Coño, el traidor!
¿Qué ocurre contigo, vaquero? ¿Tienes algún problema?
El problema de mi vida, eres tú, lanas. A la maldita ahora que caíste a mi vera. ¿No encontraste otro lugar en el mundo donde dejarte caer?
Lo mismo te digo, vaquero. Eres una pesadilla para mí.
¿Yo la pesadilla de un traidor como tú? ¿De alguien que le corre por las venas, la sangre de los que mataron a uno de los míos? ¡Maldita sea, lanas, no me calientes la sangre!
¿Tú, sangre caliente, Vaquero? ¿Tu sangre caliente? ¡Tú llevas la sangre tan fría, como aquellos que la tuvieron tan fría como para culpar a mí agüelo de algo que no hizo para salvarse él!
¡No, tú eres el que tienes, la sangre de limaco! ¡Tú!
Viendo el casero que aquella conversación podía llegar demasiado lejos, quiso intervenir y poner un poco de orden entre ellos dos.
¡Ya está bien! ¿Por qué no olvidáis de una puñetera vez, vuestras diferencias? ¿No comprendéis, que esas cosas ya son agua pasada?
Ese agua no pasará para mí, Francisco. A éste le tengo que farrajar. ¿No ves que se lo está buscando?
Se apreciaba en el carácter del Vaquero su fuerte personalidad, lo que hacía, que su tozudez se acrecentase cada vez más en contra de aquel que creía su enemigo, convencido de que así era.
¡Tú eres, el que tiene que mantener la boca cerrada, Vaquero! ¡Tú eres, el que tiene motivos para callar!
¡Te mato, lanas! ¡Yo, a ti te mato!
¡Clava la faca en mi pecho!
Le respondía el lanas abriéndose la camisa, y haciendo saltar por los aires los botones que la cerraban.
¡Clava, cobarde!
¡He dicho que lo dejéis, copón! No puedo permitir altercados en La Esperanza.
Tenía que ponerse serio Francisco, debía de hacerles comprender lo absurdo de aquella discusión, pues parecía estar llegando a un punto en el que podía ocurrir cualquier cosa con aquel par de cabezotas. Está bien, Francisco, por ti me callo, pero esto no queda así, lanas, te lo juro.
No soy ningún cobarde, Vaquero. ¡Dónde quieras y como quieras!
¡Lanas, jodér!
Sí, Francisco, ya me cayo, aunque no puedo tolerar que un cobarde traidor me avasallan. ¡De ninguna manera!
Aquellas palabras volvieron a herir el amor propio del vaquero, que saltó como un resorte hacia el lanas con el puño cerrado con idea de descargar el golpe sobre su rostro, aunque, gracias a la rápida intervención de Francisco que se cruzó en su camino, no pudo hacerlo y, se vio obligado a desistir de su propósito al ver que, en ese preciso instante, por la puerta del comedor comenzaban a llegar los grupos de operarios de la finca.
¡Te la guardo, lanas! ¡Esto no quedará asina!
¡Yo también te la guardo, Vaquero! ¡No lo olvidaré! ¡Yo nunca olvido!
Con la mala gana de la tensión del momento, los dos fueron tomando asiento sobre los bancos de madera que rodeaban las mesas...
Los braceros y segadores, pudieron percatarse del conato de pelea entre los dos hombres, lo que hizo que la cena fuera más callada que de costumbre, sólo algunos cuchicheos rompían el silencio armonioso de la mesa.
Sólo Francisco y su mujer Rosario, trataban de colocar alguna chispa positiva sobre las mesas.
¡Ánimo muchachos, que mañana es fiesta!
(Gritaba Francisco)
¡Buenas viandas os tengo para mañana, zagales!
(Apostillaba Rosario)
Aquella misma noche y después de la cena, todo parecía ser más distendido, más ameno, todos trataba de ponerse más a tono con el día de fiesta que les aguardaba y, en aquella pequeña cantina de La Esperanza bebían, reían y bromeaban entre ellos, a excepción del vaquero y del lanas empeñados en sus presuntas diferencias.
Los chicos habían desaparecido del comedor, posiblemente se encontrasen refugiados en el pajar o, en las caballerizas, como siempre, pues ellos estaban muy por encima de aquellos rencores, de aquellos viejos y manidos rencores, pero tanto el vaquero, como el lanas, seguían en sus trece y, posiblemente nunca darían el brazo a torcer, ni uno, ni el otro, quizás por sus pocas luces, su falta de cultura o, tal vez fuese aquel odio entre familias, lo que le inculcaron sus padres o abuelos fueran los hechos ciertos o no, pero allí estaba el odio entre las dos familias... entre dos hombres, sólo entre dos hombres negados a olvidar.
¡Eres un mamón, lanas! ¿Por qué no me repites lo que me has llamado antes? ¿Eres tan valiente como para eso? ¿He? ¿Lo eres?
No te digo más que lo que eres, Vaquero.
¿Qué es lo que soy, lanas?
¡Un ignorante! ¡Un ciego, e ignorante!
¡Me cago en la pena negra! ¿Se puede saber qué me quieres decir, cazurro?
¡Tengamos la fiesta en paz, barquero!
¡Contigo no puedo tener un en paz nada, y mucho menos una fiesta, porque tanto jodér escalda la picha! ¿Té, enteras? ¡Y tú ya me estás tocando los cojones!
Sin más preámbulo, Sebastián Sánchez el Vaquero, le lanzó un directo a la mandíbula al lanas, que hizo que éste rodase por el suelo por la fuerza del impacto.
Aquélla fue la chispa que el lanas necesitaba para emprenderla también a golpes con su rival, enzarzándose los dos en una feroz pelea a puños esta vez, en la que ninguno de los presentes se atrevía a intervenir para separarlos, todos conocían sus rencillas y además sus caracteres fuertes, lo que hacía que la lucha siguiese con el consiguiente escándalo y ruidos de mesas y sillas, que rodaban por el pequeño local donde se encontraban, lo que hizo que, en el silencio de la noche los ruidos llegasen a donde los chavales se encontraban hablando de sus cosas, cosas propias de su edad.
¿Qué es eso Chico? ¿Oís?
Le llamó la atención a Sebastián el escándalo.
Parece que hay pelea en la cantina, Sebas.
¿Pelea? ¡Jodér! ¿No serán los mamelucos estos?
¿Los mamelucos? ¿Quiénes son esos?
¡Mi padre y el lanas! ¿Quiénes van a ser?
¡Jodér!
Exclamaba José, con gesto de preocupación comprendiendo que sí; que podían ser ellos.
Corriendo en dirección a la cantina temiendo lo peor... tanto Sebas, como Chico, Ángela y Dulce lo seguían de cerca.
¡Padre! ¡Padre, quieto! ¡Ya está bien, padre!
Interponiéndose entre los dos, José trataba de que aquellos dos hombres se calmasen y la cordura regresase a sus mentes, a unas mentes estrechas de unos analfabetos retrógrados, cosa que consiguió.
¡Ya está bien, padre! ¿Se puede saber qué pretendéis? ¿Queréis mataros, o qué?
Tanto el lanas como su padre se quedaron con ganas de contestar a esa pregunta, pero ninguno de los dos lo hizo viendo como los demás chicos contemplaron la escena, y como de los ojos de Ángela se vertían dos perlas que le rebosaban por sus mejillas, avergonzada de aquella escena tan lamentable y, por todo lo que para ellas significaba aquel odio que se tenían sus padres.
Con el consiguiente recelo y el odio mutuo en sus ojos, los dos optaron por abandonar la pelea sin pronunciar una sola palabra más que las descritas en sus ojos y en sus caras, ya habría oportunidad de aclarar más las cosas (Según su tozudez).
Aquella mañana de romería se presentaba cálida y muy placentera, el sol brillaba aún tímido para aquella hora tan temprana, dando al espectacular colorido de los carros, carretas y tractores con sus remolques adornados con innumerables guirnaldas y multitud de flores variadas, aquella bella estampa.
Todo parecía ir bien, todo era alegría y jolgorio, las mujeres se habían enfundado sus mejores galas para ese día, peinetas, faralaes, abanicos... claveles en el pelo...
Los hombres, sus trajes campesinos de gala, sus zahones, sus espuelas, de sombreros cordobeses unos, mascotas otros.
Al igual que sus monturas, que lucían sus sillas impecables, especialmente aceitadas para la romería.
La comitiva... bueno, la caravana romera se puso en marcha, su destino, los alrededores de la ermita de la patrona en la sierra del pico del Águila.
Por el camino, todo eran cantares y coplas, en unas carretas se podía apreciar el continuo sonsonete de sevillanas, mientras que en otras, se continuaban los fandangos a golpes de guitarra, aunque en la mayoría la copla era la misma, esas jotas extremeñas tan pegadizas y alegres que coreaban todos y cada uno de los que se agolpaban apiñados en las carreteras.
Como una serpiente multicolor la romería y sus romeros, despacio, muy despacio, cruzaban aquellos hermosos parajes disfrutando del sol, del aire puro y de la naturaleza, como si en realidad fuera la primera vez. No era así, pero aquel día era especial, todo se veía distinto desde aquella perspectiva de fiesta y alegría con el incentivo de que, en cada cruce de caminos otros carros, con otras gentes del pueblo se les unía haciendo cada vez mayor la serpenteante comitiva de romeros.
Tanto el lanas, el vaquero cuatro carros por delante aunque de mala gana, los dos trataba de participar en la fiesta, pues la comida y la debida merecía la pena.
El semblante de cada uno de sus hijos era distinto, era de felicidad y de alegría viendo a todos con aquella armonía especial que unía los lazos de aquella gran familia de La Esperanza
La acampada fue perfecta, que cada carro cogió su sitio bajo la mejor encina que les pareció, donde descansarían tanto ellos como las bestias.
¿Te encuentras bien, padre?
¡Claro, José! Esto es lo que me receta el médico a mí, sol, aire... y algo de vino y jamón.
Ja,ja,ja,ja....
Reía el vaquero aparentando felicidad, tratando de disfrazar su descontento, tal vez por la presencia, por la proximidad de la presencia del lanas al que no le quitaba ojos, al no haber acampado muy lejos de ellos, pues su carreta se hallaba en una encina contigua.
Me alegro, padre... nosotros nos iremos a dar una vuelta por ahí. ¿De acuerdo?
A pesar de haberse dado cuenta del detalle, José, como tantas otras veces prefirió ignorarlo.
Como quieras, José, pero ojo con meteros en algún lío.
¿Y usted me dice eso, padre?
¡Venga, ya sabes lo que te quiero decir!
Si, lo sé padre, no te preocupes, volveré pronto.
Échale un ojo a Sebastián.
Tranquilo, lo haré.
¡Chico! ¿Vamos, Sebas?
Después de que llamara a su amigo y de animar a su hermano a seguirle... ya junto los tres, trataban de localizar a Dulce y a Ángela...
¿Sabéis dónde anda, Dulce?
Se interesaba Chico por aquella peculiar moza tan excitante para él.
No, pero la buscaremos, Chico.
Buscarla vosotros dos, yo tengo algo que hacer.
Se disculpaba José, tratando de perderse de ellos.
¿Dónde vas, José? ¡A ver sí va a aparecer el cafre del gitano!
¿Ya estás con tus ideas, Sebastián? No te preocupes, hombre, sé cuidarme, además; mis ideas son otras.
¿Ángela? Sí... Ángela, ya me fijo en como la miras, claro que ella no se queda corta contigo.
¡Qué tonto eres!
Sí, tonto, como que no me doy cuenta de todo... hace falta ser tonto para no verlo, así qué ojo con el lanas, que ya sabes que anda con la mosca detrás de la oreja.
¡Déjalo, Sebastián! ¡No os metáis en ningún lío! ¿De acuerdo? Quedad con Dios.
Adiós, José.
Lo despedía Chico.
Por otro lado, Ángela trataba de dar "betagarri" a su padre.
Padre, voy a buscar a Dulce.
Sabes que no quiero que andes sola por ahí, Ángela.
Estaré con mis amigos...
Eso es lo malo, que andarás con ellos...
¿Qué te han hecho esos zagales, padre?
Sabes demás, que nada, Ángela, pero ya sabes lo que tuve con su padre anoche.
Pero padre, son buenos... no creo...
No creas nada, niña, yo sé lo que me digo, y no me gusta que andes con ellos.
Sí, ya sé que eres mayor, y no puedo obligarte, pero tampoco me gustaría que me dieses un disgusto, hija.
¡Ángela!
Aquella intervención de Dulce, quizás hizo que la contestación de Ángela se quedase ahogada en su garganta...
¡Dulce! ¡ Hola chiquilla! Ya hablaremos padre, no tardaré en venir. ¡Hasta luego, padre!
¡Adiós, Antonio, yo cuidaré de ella!
Se despedía Dulce del lanas.
¡Adiós! Está defendida con tus cuidados.
(Musitó entre dientes Antonio Madruga)
¡Mira, allí están los niños, Ángela!
Sí, ya los veo, Dulce. ¿Te importa quedarte con ellos...?
Ya sabes, que le he dicho a tu padre que cuidaría de ti...
Sí, lo sé, no te preocupes, no me ocurrirá nada.
¿Dónde vas?
Quiero ir a la ermita.
¿No quieres que te acompañe?
No, Dulce, quiero ir sola.
¿Tiene algo que ver José con esa visita?
Puede. ¡Venga, no seas cotilla, que de todo te quieres enterar!
¡Es como se aprende, ¿no?
Tras un breve silencio en el que no le quitaba ojos a su amiga tratando de escudriñar sus intenciones Dulce por fin accedía.
¡Vale! Pero ten cuidado, ¿eh?
Lo tendré, no te preocupes.
Para cuando Ángela llegó al pico del Águila, José ya se encontraba aguardándola sentado a la puerta de la ermita, bajo los arcos del porche y en unos bancos de mampostería fabricados sobre la pared de ésta.
¡Ángela!
¡José!
Sus manos tímidamente se buscaban mientras sus ojos permanecían clavados cada uno en la pupila del otro, sin pronunciar palabra alguna sus manos se cogieron fuertemente haciendo que sus cuerpos sintiesen un leve escalofrío, al notar cómo tanto en el pecho de uno, como del otro, sus corazones se inflamaban cada vez más, lo que hacía que involuntariamente sus cuerpos se acercasen hasta quedar fuertemente apretados uno contra otro.
Sus miradas continuaban sumergidas en lo más profundo de sus entrañas, a través de aquellas pequeñas ventanas llamadas ojos y, por donde los dos rebosaban el amor que les inundaba la caja mecánica de sus pechos.
Tanta era la pasión contenida en sus corazones, que como dos imanes, como dos tímidos imanes, sus labios se buscaron con un leve roce al principio, que hizo abrirse el cielo y, mostrarles toda la hermosura del universo, continuaron con otro, y otro, hasta fundirse en un apasionado beso que hizo que las puertas terrenales se cerrasen para dar paso a una estampa del paraíso, a ese cielo que todos imaginamos, pero que pocos como ellos pueden disfrutar.
Te amo Ángela... te amo. No puedo soportar más esta situación. No podemos permitir que las rencillas de nuestros padres influyan en nuestras vidas.
Tienes razón, José, quizá esos dos cabezotas se reconcilien si nos ven juntos, si ven que...
¿Quiere decir eso, que tú también me quieres?
¿Es que lo dudas? ¡Tonto! Siempre te he querido. Desde niña he estado colada por ti. ¿Es que no te has dado cuenta?
Sí... no. Bueno, creo que sí, pero siempre he vivido con el mismo miedo. ¡Sí, a que me equivocase! Estaban también nuestros padres, siempre discutiendo, siempre la misma historia.
A mí me ha pasado igual, José, pero ahora comprendo que no puedo perderte por viejos rencores sin fundamento, y aunque lo tuviera; pienso que es bastante vieja la historia para pensar en ella. ¡Oh, José!
¡Qué tontos hemos sido, Ángela! Sí, recuerdo haber sido feliz con nuestros juegos cuando éramos zagales, pero... ¡Cuánto tiempo perdido! ¡Delante de la Virgen te juro, que te amaré siempre, pase lo que pase, te amaré todo los días de mi vida!
Cariño...
Abrazándose a él con fuerza, le transmitía Ángela su aceptación por aquella declaración de amor, con la que ella estaba tan de acuerdo.
Creo que mi vida comienza este día, y ahora, en este momento, y todo el mundo deja de existir para mí. Tú eres toda mi vida, José, y para ti la viviré.
Sí... esto debe ser la gloria, esta felicidad que me envuelve.
Sedientos de amor, sus labios volvían a unirse para rubricar aquella promesa de amor, sellando con él, el sobre de sus más fuertes e íntimos sentimientos.
Abajo en el encinar la fiesta continuaba, corría el vino, el jamón en tacos y el queso de Cáceres también en cuadritos, unos dados del manjar que aquellas tierras y sus gentes habían sabido arrancar de las entrañas de Extremadura, unos en forma de carnes, otros como digo, en deliciosos quesos y en el néctar de los dioses, ese vino afrutado tan especial para el paladar.
Los faralaes también revoloteaban al compás de jotas y sevillanas, en los carros donde las guitarras desprendían sus mejores trinos y, los abanicos y castañuelas agradecían con sus sonidos y aleteos tan peculiares.
Así transcurrió el día hasta que la tarde murió sobre los cansados campos de la Dehesa, dando paso a que la luna reinase sobre esa parte de la tierra que el sol le cedía cada 14 horas a la noche.
La serpiente multicolor ahora se veía distinta bañada por una luna clara y plateada que, le daba a los romeros un carácter más tenebroso y misterioso a la vez, pues ahora no había tantos cánticos, no había tanta alegría, algunos ya venían hartos de comer y de deber, sin ganas de más juerga, otros apenados al haber acabado el día de fiesta, sólo los más jóvenes continuaban la marcha, como si no se le agotasen las pilas de la euforia y pudieran aguantar una semana más, especialmente José y Ángela, en sus respectivos carros se les veía radiantes y felices, era motivo para estar los, el amor es lo más bello que puede ocurrirle a dos personas, y a ellos cupido les aceptó en pleno pecho con sus flechas, a aquel reprimidos amor por fin les darían rienda suelta, o al menos eso era lo que pensaban los dos, que podrían ser felices a pesar de todo...
En la madrugada del día siguiente, Antonio Madruga el lanas, se entregaba a su rutinaria faena con sus perros ovejeros, jarreaba el rebaño hacia las vegas bajas, hacia los dorados rastrojos.
El gitano que era una persona anárquica, nunca se sabía muy bien cuál era su trabajo o, a que se dedicaría el día después, y del que todos en La Esperanza obviaban, tal vez por su carácter pendenciero y liante, aquel día y a esa hora de la madrugada se le podía ver en la fragua,, en ese pequeño taller donde reparaban los aperos del campo, tanto máquinas, como hierros de gradas, de rho, rastrillos y arados.
Desde allí, desde donde se hallaba, pudo darse cuenta de la partida de el lanas con su ganado, lo que hizo que su semblante cambiase dando un reflejo de maldad aquellos negros ojos.
¿Qué pensaría aquella sesera de chorlito?
Seguro que nada bueno era.
De día aquella pequeña plaza, aquel pequeño albero destinado a las capeas, tenía una imagen distinta, el sol bañaba su arena, arrancándole destellos de luz como si de un gran espejo de plata se tratase.
En los toriles y corrales, el mismo sol se recreaba sobre el vivo de sus colores blancos y rojos, haciendo crear una ilusión óptica de ensueño y por lo misterioso y embrujador de aquella tradición ancestral, como era la vida, la lidia, y la muerte de los morlacos, después de tan cortos años de vida, allí sobre aquel espejo de plata del coso taurino.
En sus gradas, también podía apreciarse el fantástico juego formado por las luces y las sombras, perfectamente dibujado en una media luna fresca al abrigo de los rayos del sol, y otra medida contraria perfectamente perfilada por líneas concéntricas, de sol de agosto, y cielo de otoño o, de plata y plomo.
Allí en medio de la arena se encontraban los dos hermanos, José y Sebastián, dando en aquellos momentos picadero a dos de los hermosos rocines del señorito, pues eran ejemplares que debían mantenerse en forma, y ese era un ejercicio perfecto para que aquellos poderosos músculos, siguiesen siéndolo.
¿Qué te parecen los caballos, José? ¿Son bonitos, verdad?
Sí, tienes razón, Sebas, tienen una estampa preciosa. Claro; que no podía ser de otra manera, son españoles.
Yo soy español también, y no tengo esa estampa.
¡Qué tonto eres, Sebas! Quiero decir, que son de raza española. ¿No ves lo grande y lo fuerte que son?
Sí, ya lo sé, era una broma, José.
Ya me parecía a mí que tu...
¡Pues claro que conozco las razas de los caballos, como tú conoces las de los toros. ¿O, no las conoces?
Sí, algo sé.
A propósito, José... ¿Has pensado bien lo de ser torero? ¿Qué tienes decidido sobre ese tema?
Estoy decidido, Sebastián. Me gustaría tanto vestir el traje de luces... aunque no estoy muy seguro de conseguirlo.
¿Qué quieres decir, hermano?
¡Pues, eso! ¡Es tan difícil llegar a las Ventas! ¿Te imaginas, Sebastián? ¡¡El niño de La Esperanza!!
¿Es ése el nombre que has escogido? Se creerá todo el mundo, que eres hijo de Esperanza. ¿No crees?
Sí, puede ser, pero ya se enteraran, digo yo. Aunque también podría ponerme otro nombre, eso es lo de menos. Lo que veo más largo es compartir cartel con los grandes, y menos sin salir de aquí.
¿No pensarás dejarnos, verdad?
No, claro que no, Sebastián. ¡Ahí está lo malo, que no puedo, ni quiero, ni debo dejaros!
¿Sacrificarías tu carrera por nosotros? ¡Por quien! Seguro que por Ángela, ¿verdad?
¿No se merece eso, Ángela?
Sí... es una gran mujer, y guapa.
¿A ti también te gusta?
¡¡Cómo cuñada!! ¡Cómo cuñada, nada más!
Los dos hermanos estallaron en carcajadas, que el eco de la plaza se encargaba de multiplicar y distribuir sus risas por toda La Esperanza.
¿A sudado el tuyo ya, José?
Creo que ya ha hecho bastante ejercicio, sí...
¿Qué te parece, si los recogemos y los bañamos?
Me parece bien, Sebastián, vamos.
Al entrar a las caballerizas y clavada en la puerta...
¿Qué es esto? Una nota de Ángela, José.
¿Una nota? Déjame ver.
"Te espero en el corralón del semental, tengo que hablar contigo, José. Te quiero, Ángela"
Sí, parece de ella.
¿No crees que estás jugando con fuego, José? No sé cómo puede reaccionar padre, si se entera.
Ya se enterara en su momento, Sebas, de momento prométeme guardar silencio sobre esto.
Ya sabes que estoy de tu parte, José, pero está el lanas y padre...
Yo la amo, Sebas, y ella me corresponde, eso es lo que importa. No dejaremos que esos viejos rencores apaguen el fuego y la pasión que sentimos.
Ya veo que te ha dado fuerte, hermano... La niña lo merece, pero a ver cómo lo haces con esos dos Vitigudinos.
No sé cómo lo haré, pero de lo que estoy seguro es de que, no puedo perderla por nada del mundo, eso lo tengo claro.
Ten cuidado, José, es lo único que te pido.
Venga, no te preocupes, que no llegará la sangre al río.
No hace falta que llegue tan largo para que haya una desgracia.
Sí, lo sé. ¡Queda con Dios, hermano! ¡Y no pienses, que te puede dar algo al cerebro!
Ja,ja,ja...
Reía José, viendo la cara de sorpresa que ponía su hermano, y como refunfuñaba.
Ummm...
Allí quedó Sebastián con la tarea de lavar los potros, mientras José acudía a su cita, a esa posible cita, que Ángela le proponía. ¿Qué le inquietaba?
Se preguntaba José.
¿Habría algún problema con su padre? ¿Se habría enterado Antonio Madruga de sus relaciones? ¿O, simplemente le apetecería conversar o, estar con él?
Todas aquellas preguntas y alguna más, bullían en su cabeza al entrar al corralón, por lo que entraba totalmente distraído con sus cábalas, lo que dio lugar a que se encontrase casi encima de las astas de aquel enorme animal, y sus más de seiscientos kilos de peso, detrás de aquellos enormes y astifinos cuernos.
Sólo su juventud y su buena forma física, permitieron que sus reflejos actuasen casi al instante, zafándose del embiste de aquélla fiera, saltando hacia la puerta del corralón que, en esos instantes se cerraba, alguien la cerraba, de eso estaba seguro, pero en tan pocos segundos no se pudo percatar de quién, pues en esos momentos su preocupación lo devolvía al patio o corral del corralón, donde el macho continuaba poniendo en peligro su vida preparándose para otra embestida, por lo que José, rápido como un rayo, debía buscar un refugio o salida.
Fue un salto sobre los varales de un viejo rastrillo, el que le permitió de otro salto felino alcanzar la tapia del recinto de los corrales y, escapar definitivamente de aquella fiera celosa, especialmente agresiva.
Abajo quedó mugiendo y escarbando amenazante el semental, aquella vez le salió mal, pero allí en el corral impuso su ley.
Para cuando José alcanzó la parte exterior de la tapia, el misterioso personaje que había cerrado la puerta no se veía por ningún lado, había desaparecido del mapa, aunque él si estaba seguro que allí hubo alguien que, maliciosamente le cerró la puerta y, que además posiblemente abriese también la cancela del morlaco, sólo no podía haberse escapado del corral, estaba seguro también de eso, por ser un buen conocedor de aquellos animales.
En aquellos mismos instantes, en los pastos de las tierras bajas de la Dehesa, en los dorados y degollados campos de trigo bajo un sol de justicia, se hallaba el Lanas con su ganado, aquellas borras merinas espléndidamente, cuidadas.
¡A la paz de Dios, Antonio!
¡Ah, hola! ¿Qué tal, Rodrigo, como va el día?
¡Vamos tirando, ya sabes... lo de todos los días... bueno, a veces ocurren cosas...
¿Ha ocurrido algo en la Dehesa, o qué?
¡No, no, no, nada! Quiero decir que a veces ocurren cosas distintas, no todos los días son iguales. Me preocupan los cazadores furtivos... Los zagales con las tientas... ¡Ya sabes!
¿Las tientas?
S
í, temo que la guardia civil los pille, y...
¿Te refieres a los vaqueros? ¡Ellos son, seguro!
Sí, ellos, aunque ya he hablado con su padre y espero, que no vuelvan.
¡Son todos iguales, Rodrigo! ¡Unos negados!
¿Por qué dices eso, Antonio?
Ya sabes cómo son...
Sí, ya sé cómo son, son buena gente, Antonio, aunque tengan sus fallos como cualquiera de nosotros.
¡No me compares con ninguno de ellos, Rodrigo!
Esa familia es todo un nido de serpientes, de traidores, cobardes y chivatos.
Si yo pudiera hacer que comprendieras...
¡No tengo que comprender nada, Rodrigo, los conozco de toda la vida, y mis agüelos ya me habían hablado de ellos.
Te repito que es buena gente, no siempre las cosas son lo que parece y, tus agüelos podían estar equivocados.
¿Y los suyos?
¡También! Ninguno pudo saber lo que ocurrió en realidad con aquellos hombres ¡Ninguno!
Yo sólo sé, que no los quiero a mi vera, y mucho menos que se acerquen a mi hija.
¿Es que se gustan, tu hija y alguno del vaquero?
Sí, parece que sí. ¡Pero no lo permitiré, lo prometo! Ya haré cualquier cosa para que eso no suceda.
¡Estáis obcecado los dos! Sois los dos unos malditos cabezotas y, alto sea, y no os arrepintáis de vuestro comportamiento algún día.
No creo que eso pase, Rodrigo, tengo muy clara mis ideas.
Te repito, que a veces no son las cosas lo que parecen. Vais a dar lugar vosotros también, como lo hicieron vuestros padres y vuestros agüelos... vais a hacer como te digo, que vuestros hijos también sufran las consecuencias de una historia tan antigua, y si como me dices que están enamorados...
De José, sí, algo hay...
Si como dices, que están enamorados lo van a pasar mal, ya sabes cómo se toman estas cosas la gente joven, que parece que el mundo comienza y termina en ellos.
No... no espero que ocurra nada, porque como te digo, se lo quitaré de la cabeza. ¡Prefiero verla muerta, que con ese desgraciado!
¡Qué cerrado eres, Antonio! ¡Eres más bruto que un arao!
¡Cada uno es como es, Rodrigo!
Sí, de eso estoy seguro, pero a veces hay que cambiar.
¡Aquí no cambia nadie, Rodrigo! Ya ves la pelea de la otra noche en la cantina con el Vaquero.
Sí, tenéis el odio enconado como un grano en el culo, pero... ¿Eso es lo que le enseñan los hombres a sus hijos? ¿El odio? Además; yo soy el más viejo de La Esperanza, y te puedo decir que los dos estáis equivocados.
Equivocados, o no, son cosas nuestras, déjanos en paz.
Como quieras, Madruga, pero piénsalo, la vida sería más fácil en La Esperanza.
Perdona, Rodrigo, no he querido ofenderte...
Lo sé, Antonio, yo sólo te hablo así por vuestro bien.
¡Déjalo! Lo nuestro no tiene arreglo.
A propósito, Antonio, ándate con ojo con los cepos, cuida con lo que coges. Al guarda no se le escapa una, ¿eh? El guarda es perro viejo, Antonio, y aunque me calle las cosas por no crear problemas con nadie, me entero de todo. ¡Pero tampoco quiero que me dé problemas nadie! ¿Comprendes? No vaya a ser, que la ronda de los civiles os pille a alguno y tengamos problemas todos, así que ojo.
¡No te preocupes, Rodrigo, sabes de más que un par de conejos no puede traer grandes problemas.
¿Eso es lo que crees? ¡No sabes lo equivocado que estas! Queda con Dios, Antonio.
Que Él te acompañe, Rodrigo. ¡Qué pases un buen día!
Sí... eso espero. Adiós. Aunque estoy derrengado ya hoy...
Al entrar José a las cuadras, su hermano Sebastián continuaba con su tarea de cepillar a los caballos.
Allí se encontraba en su salsa, pues su pasión por los caballos era desmesurada, desde niño había sentido aquel amor por esos animales tan nobles y vellos, lo que hacía, que se sintiese feliz, y de su pecho brotasen unos fandanguillos que incluso los caballos parecían agradecer.
¿Cómo va eso, Sebas?
¡Ah, hola, José! No te había oído llegar.
Con esos gorgoritos, no me extraña, hasta los caballos estarán aburridos.
¡Listo! ¿Cómo es que vienes tan pronto, José? ¿No ha ido Ángela, o qué?
No, Ángela no ha ido, pero el "que" sí.
¿Qué quieres decir, que no te entiendo? ¡Cada vez hablas peor, zagal!
Pues...
¡Pues, qué! ¡Venga, di!
Que la nota, no creo que fuera de Ángela.
¡De quien, si nó! ¡Venga, escupe ya, que me
tienes intrigado, niño!
¡Pues no sé de quién, Sebas! El caso es que ha sido una trampa.
¿Eh?
Sí, me han hecho ir al corral dejando al semental suelto, y me he librado por los pelos.
¿Por qué crees, que ha sido una trampa? ¿Y, de quien?
No lo sé, Sebas. Sé que ha sido una trampa, porque alguien me ha cerrado la puerta del corralón, y el semental no se escapa sólo, eso te lo aseguro yo. La puerta no es una talanquera, es de hierro y con buen cierre.
¿Será posible? ¿Crees, que haya podido ser el lanas?
No me atrevería a decir eso, pero... ¿Quién, si no?
Eso mismo digo yo, ¿quién si no, porque otro?
El padre, Sebastián Sánchez, en esos precisos momentos, en el pajar contiguo ensabanaba una porción de paja para el ganado, desde donde alcanzaba a oír a sus hijos, permaneciendo en silencio realizando su tarea, pero sin perder detalle de lo que hablaban, sin darle mayor importancia hasta que, comprendió lo que en realidad había ocurrido.
Sus músculos se tensaron y su cara tomó otro semblante muy distinto, lo que hizo que soltase el hatillo y saliese del pajar con rostro de preocupación y rabia a la vez.
Los dos hermanos continuaban con su conversación sin haberse percatado de la presencia de su padre.
¿Tú crees que el lanas ha sido capaz de...?
Ya te digo José, que no veo las cosas con los viejos muy allá.
¡Hombre! ¿Pero para querer matarme?
¿Sabes si Ángela se lo ha dicho ya?
No, Ángela no, que yo sepa, más bien creo que haya podido ser el gitano, ya sabes cómo es.
De ese no me extraña nada, hermano, siempre está pinchando al lanas con las cosas de los viejos.
Él es el que está fomentando el odio entre los dos, ya lo sé, José, pero qué podemos hacer.
¡Romperle la cara!
Sabes que no me gustan las riñas, prefiero hablar, prefiero utilizar la palabra.
¡Sigue pensando así, hermanito, tú con la palabra y él con el toro y la navaja! ¡A ver quién hace más daño!
No se trata de hacer daño, Sebas, todo lo contrario, la cuestión es, que vivamos en paz.
Con una persona así no se puede vivir en paz. ¿No ves que es vengativo y rencoroso? ¿Y si al menos viniera de frente...? ¡Porque encima es traicionero, ya lo ves!
Y para colmo, como sabes, trata de conseguir a Ángela.
¡Ahí lo tienes! Por eso trató de pincharte... bueno, te pinchó, y por eso malmete al lanas en nuestra contra, y me juego ésta(apuntando hacia su garganta), a que lo del semental es cosa suya también.
No podemos culpar a nadie si no estamos seguros de lo que pensamos, Sebas.
Sí, lo sé, pero ándate con ojo con ese.
Lo haré, no te preocupes, hablaré con él.
¡Yo le partiría la cara!
¡Ya vale, Sebas!
Está bien, está bien, tú eres el mayor...
Ya con la tarde en bandolera, el lanas a la puerta de su chozo esperaba la noche y la hora de la cena curtiendo alguna piel de oveja, previamente enterrada en ceniza días antes, con el fin de que, el vellón se cayese solo.
Sus hábiles manos se movían por la piel con un manoseo especial ayudándose a veces por sus rodillas, aceitando y sobando el cuero tratando de conseguir la total curación para su posterior uso, ya fuera de abrigo para los catres del chozo, zamarras, morrales, e incluso alguna otra prenda de vestir, como calzado, zahones o dehiles para la siega.
Sebastián Sánchez el vaquero, en aquel momento no dudó en acercarse a él, con idea de aclarar sus dudas y poner las cosas en su sitio, según había oído hablar a sus hijos anteriormente.
¿Se puede saber, que ocurre con mis hijos, lanas?
¡Coño, que susto!
¡Te he hecho una pregunta, lanas! ¿Qué cojones pasa con mis hijos?
¡Tú sabrás que ocurre con tus hijos! ¿Por qué tengo que saberlo yo? ¿Soy su padre, acaso?
¡Menos cachondeo, lanas, que no está el horno para bollos!
¡Déjame en paz, Vaquero! No quiero saber nada de ti, ni de tu gente.
¡A ti te tengo que farrajar yo, y hasta que no lo haga no voy a parar! ¿Cómo te has atrevido a encerrar a mi hijo con el semental?
¿Qué? ¡Estás loco! ¡Vete a la mierda, Vaquero!
¡Me lo vas a negar?
¡Pues, claro que te lo niego! ¡Lo que hace falta, con el día que llevo!
Eres un cobarde y un traicionero, como toda tu raza, lanas.
¡Cuida esa lengua, que no respondo! Yo he pasado todo el día en las vegas bajas, y precisamente hoy no he venido ni a comer. ¡Acabo de llegar ahora! ¿No ves lo que hago? ¡Pues déjame en paz!
¡Te juro, que como les hagas daño a mis hijos te parto el corazón!
El cuchillo de caza del lanas, lo tenía a sus pies... el cuchillo de caza del lanas utilizado también para realizar las labores de curtido en las pieles.
Un cuchillo de doble hoja, una en cada extremo de una empuñadura nacaradas central lo que le permitía, que sin cambiar su mano de posición pudiera rascar el vellón tanto por delante de su mano, como por detrás. Era una herramienta muy útil también en el monte, pues, en un momento dado, ya fuera por la caza o de peligro con algún animal, la movilidad podía ser mínima a la hora de clavarlo, ya fuera atacado por delante o a sus espaldas, podía herir por los dos lados.
Esa era la labor que hacía en aquellos momentos Antonio Madruga, rascar de la piel, la lana de las ovejas mientras las curtía con aquel cuchillo, donde se clavaron sus ojos y su mano no dudó en agarrar por aquel puño de nácar fabricado por él mismo, viendo que la situación se enconaba por los reiterados insultos del Vaquero.
¡Rodrigo te puede decir donde he estado, Vaquero, pero si te quieres jugar la vida, saca la navaja!
No, no merece la pena por un cobarde...
¡Maldito!
Apuntándole al pecho con el cuchillo.
Pero te juro, que como intentes hacerle daño alguno de mis hijos, te rajo igual que a un cerdo.
Dando media vuelta e ignorando aquel enorme cuchillo, se dirigió hacia el cortijo con paso firme y decidido.
Cuando el vaquero, Sebastián Sánchez, entraba en el comedor de La Esperanza, aquellos caballeros entricorniados, esta vez descubiertos, permanecían sentados en la mesa que solían usar tanto Francisco el casero, como su mujer, con el guarda y el capataz de la finca... a lo que no le dio mayor importancia (solían ir a menudo por el cortijo), yendo a ocupar su sitio como cada noche a su mesa con sus hijos.
Francisco con cierto exceso de amabilidad hacia los caballeros de verde, se prestaba solícito a cualquier cosa que pudieran necesitar.
¿Le apetece un vinito, señor Carrasco?
¡Venga!
¿Y a usted, señor Vélez?
¡Vamos allá!
Ya verán ustedes, como les gusta el vino de pitarra que tenemos para estas ocasiones, es supremo. Pisado por nosotros, auténtico de La Esperanza.
Sí, me han hablado muy bien de ese vinillo.
Afirmaba el agente de la benemérita el señor Vélez
¿Y si les saco, unos taquitos de nuestro jamón?
¡Sublime, Francisco!
Pues ahí va, que aproveche.
¡Hummm! Inmejorable, Rosario.
Me alegro que le guste, señor Carrasco. Ahora les mataré un par de gallos para que le lleven a sus mujeres, seguro que les gustará, están ahora en su punto.
No se moleste, Rosario.
Contestada Vélez de mala gana, pues ya estaban acostumbrados a llevarse algo siempre que visitaban el cortijo. Unos huevos, unos pollos...
No es ninguna molestia, señor Vélez, sus hijos se lo merecen.
Como quieras, Rosario... gracias.
Mientras Rosario realizaba aquella operación de agasajo y atención hacia los agentes, en la mesa, la tertulia continuaba.
Bueno, Rodrigo. ¿Qué te cuentas?
Aquí hay poco que contar, señor Carrasco, ya sabe cómo es el campo, siempre igual, siempre lo mismo... siempre la misma rutina.
Precisamente por eso te pregunto, Rodrigo, porque sé como es el campo. ¿Algún furtivo?
El agente fue directamente a lo que más le preocupaba a los señoritos, la caza.
No, todo bien, agente.
¡Me alegro! Tenéis la suerte de tener la única Dehesa donde no hay furtivos, y donde todo funciona a la perfección.
Aquí somos buena gente.
Ya es difícil, que entre tanta gente como estáis, nadie se atreva a meter la mano en el baúl.
Francisco nos cuida bien, señor Carrasco.
No lo dudo, pero... ¡Bueno, si tú lo dices, será verdad, Rodrigo! Ya sabes que el ganado del campo pertenece al señorito.
Sí, ya lo sé, señor Vélez, pero todo va bien, todo va bien. Si no fuera así, se lo diría.
¡Sois los mejores, Rodrigo!
No le quepa duda, señor Vélez, aquí están los mejores hombres de los alrededores. Somos una gran familia.
¡Pues, que esta gran familia siga así, y si puede ser mejorando! ¿No te parece, Manolo?
¡Seguro!
¿Y el campo como va, Manolo, tú que eres el capataz?
No nos podemos quejar, señor Carrasco, hogaño ha venido bueno, muy bueno. Ya ve las parvas en las heras.
Sí, parece buena cosecha. El señorito estará contento. ¿No es así?
No sé, no ha venido, lo esperamos un día de éstos.
Seguro, que sí...
En aquellos momentos aparecía Rosario con dos hermosos gallos ya desplumados entre sus manos.
¿Qué les parece?
¡Buena pinta tiene esos gallos, Rosario!
¡Mejor sabrá! ¿No le parece, señor Vélez?
¡Seguro! Gracias, Rosario, muy agradecido.
No hay nada que agradecer. ¡A mandar, que para eso estamos!
Quizá por la presencia de los agentes, en el comedor la cena fue entretenida y amena, aunque se observarse alguna mirada de recelos y acusaciones entre las dos mesas, esas mesas que ocupaban el lanas con Ángela a un lado, y Arturo Jiménez el gitano al otro y, aquella donde permanecían Sebastián Sánchez, y sus hijos, especialmente por parte de Sebas, el hijo menor de éste, que no comulgaba con la forma de actuar de su hermano por el problema que le creaba Arturo.
Era él, el que, aunque sin pronunciar palabra, lanzaba alguna mirada inquisidora a aquél buscalíos de Jiménez.
Sin embargo, tanto José como Ángela, permanecían armoniosos en la mesa, aunque también de vez en cuando podían apreciarse alguna mirada cómplice entre ellos, pero estas de amor, de un amor que si lo guardaban en su pecho sin compartirlo entre ellos, acabaría por explotarles dentro.
Aquella tímida mirada de Ángela por encima de su hombro, hacía que a José, la cena se le hiciera eterna pensando en estrecharla entre sus brazos, y en aquellos labios tan ardientes, carnosos y dulces, que le habían hecho estremecer de placer en el pico del Águila a la puerta de la ermita donde le declaró su amor.
Al terminar la cena ocurría lo de todas las noches, los chicos iban desapareciendo del comedor mientras, que los más viejos, se disponían a jugarse la partida.
La primera en hacerlo fue Ángela.
Nos vemos luego, padre.
Ten cuidado, Ángela, ya sabes lo que te he dicho.
Estáte tranquilo, padre, ya hablaremos.
Sí...
Al tratar de levantarse Arturo para hacer lo propio, el lanas lo agarró por el brazo sentándolo de nuevo.
¡Espera! ¡Tú quieto, que tengo que hablar contigo!
A lo que no pudo negarse Arturo, por el tono autoritario que utilizó Antonio, el lanas.
A continuación lo hicieron los demás jóvenes.
¿Qué has hecho, desgraciado?
¿Cómo, que qué he hecho?
Si. ¿Cómo te has atrevido a hacerle eso al vaquero?
Ya te dije, que te quitaría un traidor del medio. Esta vez no he tenido suerte, pero la tendré.
¿Sabes, que nos ha faltado un pelo para llegar a las navajas?
¿Con quién?
¡Con el vaquero, capullo! ¡Se me ha presentado como un energúmeno culpándome a mí!
¡No puede hacer eso, lanas! Estabas con las ovejas. Además; ha sido un accidente. ¿Por qué ha venido a culparte?
¡No lo sé, pero lo ha hecho! Así que déjate de accidentes, y olvídate de ellos.
Yo quiero a tu hija y ese vaquero me estorba.
Mi hija ya sabrá lo que hace, además; ya hablaré yo con ella, yo tampoco puedo consentir esa unión, pero no a ese precio, no quiero que me lleven preso por un descerebrado como tú, Jiménez.
¡Piensa lo que quieras, Antonio! Lo que no puedes evitar, es lo que yo pueda hacer o dejar de hacer, eso es inevitable.
Lo mismo te digo, Jiménez, yo también soy libre de denunciarte.
¡Tú no harás eso, no eres capaz! Tú no eres un traidor ni un chivato como ellos.
La frente del lanas se humilló unos centímetros quedándose pensativo mientras el gitano abandonaba el comedor.
Tal vez su mente había retrocedido al fusilamiento de su bisabuelo más de cien años atrás, al haber vuelto a meter Arturo el dedo en la llaga, en la herida tan profunda hecha en el pecho de su familia por los vaqueros (o eso creía), y él no era así, él no era un chivato traidor, el gitano tenía razón.
Mientras todo esto sucedía, los jóvenes esta vez no permanecían juntos, en el pajar sólo se encontraban el Chico y Dulce, que esta vez sí; esta vez el Chico había conseguido los favores de Dulce, una chica ardiente e insaciable que, al encontrarse solo con aquel apuesto joven como era el Chico, no pudo resistirse a los juegos de amor y la dulce palabrería de éste.
Sebas también había salido, pero al ver que su hermano José desaparecía por la puerta del cortijo de la mano de Ángela, optó por regresar al comedor, contemplaría como los mayores jugaban a las cartas y, por otro lado, observaría y cuidaría de su padre temiendo que volvieran a enzarzarse en otra pelea, pues las cosas estaban bastante enconadas entre ellos
Los dos amantes se habían refugiado a la vera de una gran Adelfa y allí, envueltos por el perfume de sus innumerables flores, respiraban felices bebiendo el néctar del amor de sus labios.
Bajo aquel cielo de luciérnagas sembrado por innumerables estrellas y, rodeados por una naturaleza casi perfecta, la pasión, tanto de José, como de Ángela, iba en aumento, aquel amor reprimido y concentrado en sus corazones se expandía a su alrededor, haciendo que, tanto uno, como otro, olvidasen la tierra y sus gentes, los odios, los rencores, la avaricia, la codicia...
Todo aquello que envilecida al ser humano y lo hacía más insignificante de lo que ya somos, para transportarse aún sin moverse del sitio, a una gloria perfecta y única como era el sentimiento del amor puro, del amor verdadero, de ese amor que nos hace tan grandes, tan humildes, tan solidarios y desinteresados, siendo capaz de darlo todo por los demás, de perdonar cualquier ofensa, de luchar contra todo aquello que fuera en contra de esa felicidad tan especial que sentían al estar, y sentirse unidos.
Aquello hizo, que los dos olvidasen todo lo que le rodeaba sintiendo que bajo ellos estaba el universo, pero por encima de ellos nada, y sin pronunciar palabra alguna, como habitualmente solían hacer, en aquel momento tan especial, y sólo con la luna por testigo, sus cuerpos desnudos contemplasen además el séptimo cielo, algo que muy pocos seres alcanzan a disfrutar.
(Entiendo, que el ser humano ama relativamente, todos nos enamoramos alguna vez de algo o, de alguien, pero con un cariño como digo relativo, lo de José y Ángela era algo especial, algo único entre dos seres humanos.)
En aquella ceremonia, todas las palabras las ponían sus ojos, mientras las palomas de sus manos erizaban el vello de sus cuerpos, y la fragua de su pecho fundía sus corazones en uno solo, para sellar con sus besos el cofre donde atesorarían y guardarían, la promesa de amor para el resto de la eternidad.
La vida en la ciudad era totalmente otra, era una vida distinta y distendida, sobre todo para aquellos que podían permitirse el lujo de vivirla bien, como era el caso de don Pedro de Medichi y Carvajal, un opulento y vividor ricachón de Cáceres, dueño y señor de La Esperanza de la Vega. En aquellos días se deleitaba con sus quehaceres predilectos, como eran el juego, las mujeres, las comidas copiosas, la mejor bebida y todo aquello que le presentaba una placidez y un bienestar en la vida.
Era un hombre al que le gustaba vestir bien y disfrutar de todo cuanto a la vida le ofrecía, pero de él y sólo él, era el que lo hacía, su familia era otra historia.
En aquella espléndida piscina madrileña se encontraba don Pedro disfrutando del sol, el aire y un amigo muy particular como era el director del Banco de Cáceres, y aquellos ricos manjares sobre una mesa exquisitamente equipada de lo bueno lo mejor. Frutas tropicales, flores, carnes de lechón, jamón en lonchas y vino de jerez, vino fino de Jerez.
Al salir del agua se dirigió a la mesa donde le esperaba su amigo el banquero don Benito Casablanca.
¿Qué tal Benito, no te bañas? Te veo mustio. ¿Té ocurre algo?
No, estaba pensando... ¿Dónde podríamos ir esta noche?
¿A misa? ¿A rezar el rosario?
¡Qué simpático eres! ¿Desde cuándo no lo haces? ¡Es igual, déjalo! ¿Qué tal un binguito?
¡Te estás amariconando, Pedro! Qué diría tu mujer sí té ollera. ¿Y si ella hiciera igual?
Se ha quedado convencida... mis venidas a Madrid son por mis negocios... ya sabes...
Sí, si, ya lo sé, ya sé tus negocios como son.
¿Es que te vas a hacer el santo ahora, Benito?
No, claro que no, pero tú me ganas, Pedro.
¡Pobre mujer, abnegada ama de casa!
Le recriminaba bromeando cínicamente Benito.
No le falta de nada, Benito, ya lo sabes.
¡Sólo faltaba eso! ¡Cara dura!
¡Al grano! Nos marcamos unas apuestas en el hipódromo esta tarde, unos binguitos a la noche y de madrugada nos vamos al club. ¿Te parece?
Si el club al que te refieres es de jubilados, no.
No te hagas el tonto, aunque lo seas, tu disimula, disimula. Ya me has entendido, ¿no?
¡Cómo el agua! Te gusta más una puta, que a un tonto una tiza.
Ahí no estoy de acuerdo contigo, Benito.
¿No? ¿Me quieres decir, que ya no te gustan las mujeres?
¡Tú lo has dicho, Benito, mujeres! ¡Me gustan las mujeres, no sólo las putas! ¡Las decentes más!
Mientras saboreaba Benito un fino vino de jerez acompañado con unas finas lonchas de jamón pata negra. Después de beber pudo contestarle.
¡Lo dicho! ¡Un golfo!
Ja,ja,ja,ja...
Los dos rieron las travesuras del vicio, el dinero y el poder, para continuar con el almuerzo bajo aquella sombrilla de paja tipo tropicana.
Después de dormitar la siesta y reposar tanto la sensacional comida, como la media jindama que habían cogido con el fino, emprendieron camino al hipódromo donde harían algunas apuestas...
¿Qué te parece el cinco, Pedro?
¿Ese jamelgo? ¡No digas tonterías! ¿No ves, que es un saco de huesos?
¡Está bien, está bien, tampoco es para ponerse a sí, hombre!
Yo apostaría por el siete, Benito... ¿Tú qué dices?
¡Qué más me da, no vamos a ganar!
¡Qué espíritu, Dios mío! Si quieres acertar, nos apuestes, así te tocará lo puesto. ¡Siempre te tocará!
¡No es mala idea! Pero bueno, como el dinero no es mío...
También tienes razón, Benitin.
¡Me dirás que tú juegas con el tuyo, o que!
Yo lo gano honradamente, Benito. Mis gentes en La Esperanza lo ganan honradamente.
¡Tú lo has dicho, Pedro! Tu gente lo ganan honradamente, no tú. Tú vives del cuento.
¿Es malo eso? ¿Tú crees que iré al infierno?
Le preguntaba don Pedro con cierto sarcasmo.
Si no sabes gastarte el dinero... ¡Seguro!
Ja,ja,ja,ja....
Los dos, tanto don Benito, como don Pedro, volvían a reírse del mundo poniéndoselo por montera.
Aquellos dos hombres acostumbrados a la vida fácil, estaba claro que les venía al pelo si, la vida fácil les venía como anillo al dedo, quizá porque ninguno de los dos hizo jamás nada por cambiar, era tan buena aquella vida a costa del sudor ajeno, era tan buena... pero para que cambiar, si así les iba bien.
La chica de la ventanilla los miraba como diciendo: ¡De donde se han escapado estos dos!
Fue don Pedro de Medichi y Carvajal el encargado... mejor dicho, el auto encargado de hacer aquellas apuestas.
¡Hola, bonita! ¡Qué dices tú, el cinco o, el siete? ¿Cómo están las apuestas?
Tras quedarse mirando a la empleada fijamente, viendo un rostro atónito e incrédulo ante aquel comportamiento aparentemente beodo, y viendo don Pedro que seguía en su silencio, fue él, el que se aconsejo.
Es igual, dame para el siete, me trae buena suerte. A propósito de suerte, ¿Qué haces esta noche, guapa? ¿Te apetece mover el esqueleto? ¿Te recojo después?
La chica ya se vio tan presionada que, se vio obligada a responder para ponerse en su sitio, el sitio donde ella comprendía que debía estar según su conciencia.
¿Le parece bien, que se lo preguntemos a mi marido?
¡Qué arisca! ¡Déjalo si no, no vaya a ser que se apunte también!
No le dio mayor importancia la taquillera, ya veía el estado en el que se encontraban y como había reaccionado con su respuesta.
Aquí tiene, señor. Y gracias.
Sí, claro, no hay de que... ¡Muchas gracias!
Levantando levemente aquel sombrero cordobés que solía vestir, tanto a diario, como los días de gala o jarana cómo era aquel día. Aquel típico sombrero que coronaba su elegante e impecable traje beige.
Bueno, Benito, espero que tengamos más suerte con el juego que con las mujeres, que si no...
¡Lo tuyo es pagar! ¡O, pagas, o no hay tu tía!
¡Todo lo arreglas pagando, Benito! ¡Si no te arriesgas, no pasas el charco!
El dinero abre toda las piernas... digo puertas, Pedro, todo es cuestión de cantidad.
¡Qué materialista eres, Benito! ¿Tú sabes la satisfacción que te da, el aquí te pillo y aquí te mato? ¿Lo sabes? ¡Tú qué vas a saber!
Ya te veo, Pedro, se te escapan la mayoría vivas.
¡Sí, pero la que cae...! ¡Esa ya no me la quita nadie!
¡A lo que vamos, crápula! Que termina la carrera sin verla, ¡bah!
Lo que te digo, te estás amanerando, Benito. ¡Tú te estás amariconando, no yo! ¿Lo sabías?
¡Dile eso a la que entre conmigo en el club!
¡Lo haré, lo haré!
Ja,ja,ja,ja....
Volvían a reír como energúmenos los dos, encontrándose a sus anchas y solos en Madrid.
Te lo dije, Pedro, ya ha terminado la carrera, ¿no ves? ¡Mendrugo! ¡Tardón!
¡Bah, es igual! A lo que vamos...
¡Cómo se nota que el dinero no es tuyo!
¡De tu padre! ¡No te digo!
Así pasaron la tarde el par de a dos, pero llegó la noche y, su estado acusaba una cierta carga alcohólica ya después del día tan intenso y distendido que estaban llevando los dos amigos.
El club nocturno a esas altas horas de la madrugada, se encontraba con bastante clientela, clientela de depravados y mujeriego a los que, poco les importaban sus parejas, pues en realidad casi todos los allí presentes parecían ser hombres casados, dada su avanzada edad y su madurez como personas, aunque, el reflejo que daban aquellos hombres era de ser hombres adinerados o, al menos bien acomodados socialmente.
La música incitaba al contoneo, tal vez el grado de alcohol en aquellos cuerpos era lo que hacía que se moviesen eufóricos, pero la música ayudaba bastante, y más con aquellas "señoritas" sobre el escenario ligeras de ropa... bueno; y tan dijeras. Cubiertas con un pequeño tanga y en toplet se movían como serpientes excitantes y seductoras, provocando a un público predispuesto a la lujuria y el placer de la carne. (El espíritu había sido enterrado, o, al menos, guardado en lugar seguro donde no pudiese sufrir con aquellas escenas de pago)
¡Qué, Benito! ¡Con cuál te atreves!
Le señalaba don Pedro la barra del bar donde atendían varias chicas.
¡Todas! ¡Me gustan todas!
No seas degenerado, Benito. ¡Sólo una!
¡Contando que puedas con ella, claro!
No es por fanfarronear, pero... uno y con una, sí me atrevo. ¿Eh? ¡Que conste!
¡Torero!...... ¡Mónica, por favor! Pon nos dos pelotazos, ¿quieres?
¡Claro, don Pedro! ¡Faltaría más!
Aquella mulata como conociéndolo personalmente se prestaba amable y solicita a su petición.
¡Y, tú mujer creyendo que estás haciendo algún negocio fabuloso!
¡Deja la mujer en paz, jodér! ¡La mujer en la cocina, que es su sitio! Además; me hablas a mí de mi mujer, ¿y la tuya? ¿Es que tu no la tienes abandonada también, o qué?
Parecía haberle molestado ya a don Pedro aquel comentario.
La mía disfruta con su casa... ya sabes...
¿No será, que le interesa tenerte fuera de casa?
¿Qué quieres decir? ¿Insinúas, algo?
¡No, por favor! Sólo era un comentario, Benito.
Me había parecido oír un cierto rintintín en tus palabras...
¡Cosas tuyas! ¡Venga, vamos a pasarlo bien! ¿No era eso, a lo que hemos venido? ¡Pues adelante, que se van sin herirlas siquiera!
La verdad, es que me da cargo de conciencia... ¿A ti no?
¡Bah, olvídate de la casa, del banco y de La Esperanza! ¡Olvídate si quieres que lo pasemos bien! ¿Es feliz? ¿Ganas dinero? ¿Les falta algo? ¿Entonces? Vamos a vivir que son dos días. ¡Que nos sigan yendo las cosas como hasta ahora, y ya está! ¿No te parece?
Si tú lo dices...
¡Pues claro, Benito! ¡Sólo se vive una vez! ¡Si puedes disfruta, el que no pueda que se jóda! ¿O, no es así?
Sí... quizá tengas razón, siempre ha habido clase de gente y gente con clase.
¡Exacto! Ya veo que lo entiendes, Benito. ¡Anímate, hombre!
Don Pedro se había centrado en la noche que intentaba disfrutar y suavizó el tono de su voz animando a Benito.
La pelirroja está para mojar pan, ¿no crees, Pedro?
¿Ves qué fácil es animarse? Los privilegiados somos otra raza, Benito, tienes que entender eso.
¡Por supuesto! El que tenga que trabajar para comer, que se joda... ¡O, lo haga con la parienta!
Ja,ja,ja,ja,ja.....
Tan a gusto lo pasaban con sus absurdos razonamientos, que ayudados con aquel grado de alcohol se reían estrepitosamente, aunque casi imperceptible en la sala de el club, dado el volumen de la música y el murmullo reinante de sus parroquianos.
Poco después, podía apreciarse como don Pedro lanzaba guiños a la mulata, a Mónica, acompañados de unos gestos significativos de cabeza con la que le indicaba los reservados. La cara de ella con cierta risita de complicidad y gestos seductores, aceptaba gustosa la invitación después de comprobar aquel billete que don Pedro le introdujo entre sus senos.
Como conocedora del oficio y las costumbres de su cliente, Mónica cogía la botella de licor que solía beber don Pedro y, se dirigía hacia los reservados seguida por un hombre tambaleante, y claramente bebido con su vaso en la mano.
El reservado, una habitación cutre y descuidada, sólo una pequeña mesilla y una desvencijada cama situada al fondo de la misma, con una mortecina luz eléctrica rojiza en el ambiente, ya cargado de por sí de humos y hedores varios.
La chica parecía conocer bien la lección, pues no perdía el tiempo, tan pronto puso la botella sobre la mesilla, sus manos comenzaron a desnudarse con movimientos y gestos seductores y significativamente insinuadores dirigidos a su cliente, a ese especial cliente como era don Pedro de Médichi y Carvajal, un hombre que claramente se podía ver, que se comportaba como pez en el agua en aquel antro, era evidente que era cliente fijo de la casa, que frecuentaba el club con asiduidad.
A través del tiempo, las horas se descolgaban con lentitud, sin embargo para los dos amigos, aquella noche de desenfreno, de lujuria y vicio, pasó como un relámpago por sus vidas, pues tanto uno, como otro, no tardaron en caer en un pesado sueño rendidos por el ajetreo de aquel día tan completo e intenso.
A primera hora de la mañana del día siguiente, don Pedro después de una ducha caliente con intención de despejarse la resaca que le embargaba, se comunicaba con su esposa en Cáceres.
¿Hola? ¿Eres tú, cielo? ¿Qué tal, como estáis?
.............
¿Y los niños?
............
¡Bien! No me puedo quejar, todo me ha salido bien.
............
Mañana, si, mañana regreso a La Esperanza, ya sabes... debo interesarme por la cosecha, tengo que ver cómo va todo por allí, y echar cuentas.
.............
Muy cansado, ya sabes que esto de viajar, cansa. ¡Cansa y aburre! ¡Estoy hecho polvo! No te puedes imaginar.
..............
Sí, me cuidaré... no te preocupes. Dale un beso a los niños, dile que les quiero.
..............
Adiós, un beso. Te quiero.
¡Qué cinismo! Pero así era don Pedro, como tantos otros hombres pudientes y, "abnegados trabajadores".
Durante unos días todo parecía ir viento en popa en La Esperanza, no se había apreciado ninguna anomalía, todas las labores eran realizadas satisfactoriamente por los hombres de la Dehesa.
Tampoco hubo ningún conato de violencia tanto por parte del lanas y el vaquero, como por parte de los zagales, cosa rara, pero así era, aunque aquel aciago día y a pesar de la calma reinante hacía presagiar que la calma había pasado, y la tormenta de rencores y envidias volvía a tronar en el cortijo de La Esperanza.
En la zona de regadío de la Dehesa una cuadrilla de jornaleros hacía la recolección de otra de las cosechas, el melón; ese dulce manjar que todos conocemos y, allí estaba Dulce, la hija del capataz y Arturo el gitano entre ellos.
¡Qué calor, niña!
Ya lo creo, Arturo. ¡Qué ganas tengo de terminar y darme un baño de agua fresca.
¡Para fresca, La Ribera! ¿No te parece?
Sí... ¡Qué gusto! Lo que daría por un chapoteo ahora.
¿Te apetece un trago? El botijo tiene que estar bueno.
Le ofrecía el gitano un trago de agua con el que podía mitigar su sed por la calor del momento.
Sí, gracias.
Tras unos instantes en los que parecía reflexionar, Arturo volvía a la conversación.
Pues, ahora no, Dulce, pero después podemos darnos un baño si quieres.
¿Tú y yo? ¡Anda, tonto!
¿Por qué no? Aunque te advierto, que yo lo hago desnudo.
¿También tú?
¿Es que te bañas en pelotas tú también?
No, lo que quiero decir es que, a todos los hombres os da por desnudaros.
Es como se siente uno más libre, ya sabes que a los gitanos no nos gusta las ataduras.
¡Ni la ropa ! Ja,ja,ja,ja...
Parecía haberle hecho gracia a Dulce aquello de la libertad en cueros.
¿Por qué no pruebas tu a hacerlo? Igual te gusta.
¡Claro que me gusta! Es como mejor me encuentro, pero en la ribera... tampoco me gusta exhibirme, aunque me gusta que me miren, pero en privado, para vestirme después de lo que más me apasiona, de caricias.
¿Sabes qué me estás poniendo a cien?
Pues no te alteres, niño, que hace mucho calor y nos están esperando los melones.
¿Nos vemos luego en el cortijo, Dulce?
Dulce sólo lo miraba con ojos pícaros e insinuadores, aunque su silencio decía más que mil palabras.
¿En el pajar antes de la cena? A esa hora no nos molestara nadie.
¡Zapatero, a tus zapatos!
Mientras le señalaba el tajo a sus pies, aquellos serpenteantes surcos que formaban las verdes plantas del melón.
Eres un caramelo, Dulce.
¿Es que hay caramelos amargos? Ja,ja,ja,ja...
Los dos rompieron en carcajadas, quizás por el ambiente tan distendido que reinaba en aquel momento entre ellos, cosa muy rara tratándose de Arturo Jiménez, pero así era.
Ja,ja,ja...
En el pozo situado en el centro del rellano o patio del cortijo, algún operario sacaba un cubo de agua, después de la polvorienta faena llegaba la hora del aseo corporal y, del refresco de unos músculos cansados por las duras faenas del campo.
Arturo, que no había olvidado la propuesta insinuación de Dulce, le lanzaba guiños a esta señalándole con la cabeza las cuadras, lo que hacía que Dulce comprendiese la insinuación, y corriese tímidamente con ojos pícaros y seductores.
Por fin rompiendo en carcajadas tomó la dirección que Arturo le indicaba, dando pequeños saltos en su carrera. Acto seguido, Jiménez después de mirar hacia los lados y comprobar que nadie se había percatado de lo ocurrido, la siguió como un macho en celo.
Dulce no era una chica mala sino, una niña tan ardiente que cualquier oportunidad si reunía los requisitos, era buena para lanzarse al desenfreno del amor, y aquel ligero de cascos como era Arturo, en aquella ocasión parecía haberse puesto a la altura de ella, o sea; de una persona, cosa impropia en él que era mezquino y malsonante siempre, pero en el melonar le había salido la insinuación bien, ni él mismo sabía cómo, pero le había salido bien, y eso era lo que en realidad importaba, echar una "montadita" con aquella bonita zagala.
En la puerta del chozo, José se aseaba y, aunque de espaldas al chozo de Ángela, por el espejo mientras se secaba, pudo ver cómo el lanas abandonaba el cortijo con unos cepos en la mano, lo que le hizo pensar, que si iba a ponerlos tardaría en volver.
Su corazón enamorado mandó la señal al cerebro, iría a ver a Ángela, su inquietud y su deseo de tenerla entre sus brazos, no le permitían permanecer sin ella más que el tiempo rigurosamente indispensable.
¡Ángela! ¡Ángela!
Desde el interior del chozo, la emocionada voz de Ángela exhalaba un: ¡José! Fundiéndose en un abrazo con su cuerpo olvidando dónde estaban, hasta que Ángela reaccionó.
¡Mi padre! ¡Puede vernos, mi padre!
Algún día le tendremos que contar lo nuestro. ¿No te parece, Ángela?
Sí, pero déjame hablar primero con el, por favor.
Como quieras, cielo, aunque me muero por estar contigo.
A mí me ocurre igual, José, pero será mejor que nos escondamos de ciertas miradas, ya sabes lo que ocurre...
¿Te veo en la tená?
Déjame ir primero, luego vas tu. ¿De acuerdo?
Como tú quieras, amor.
¡Te quiero, José!
Depositando otro tímido beso sobre los labios de su hombre, aquel zagal que hacía que su espíritu flotase en el aire arrastrando con él, el envoltorio mortal para llevarla a lo más hermoso de una gloria inimaginable.
Para cuando Ángela entró sigilosamente en las caballerizas, ya se encontraban dentro, Dulce y el gitano en la parte derecha, en el pajar, entre las pacas de paja en silencio entregados a la faena que les había llevado allí por lo que, ni Ángela pudo verlos ni oírlos, ni ellos se percataron de su presencia, al entrar Ángela con sumo sigilo temerosa de ser vista, ya no por su padre, que sabía que estaba poniendo los cepos, sino por el propio Sebastián Sánchez el vaquero, el padre de José.
José entró ya más seguro, más descuidado, su padre no era alguien que le preocupase especialmente, estaba decidido a casarse con Ángela a pesar de todo, y su padre tendría que entenderlo, como comprendió lo de la bicicleta y como esperaba que entendiese su afición por los toros.
Fue esa decisión al entrar la que alertó al gitano que, levantando la cabeza por encima de la paja, pudo ver cómo entraba al establo, y subía las escaleras hasta el doblado.
La mente retorcida de aquel canalla no parecía descansar, y su encaprichado deseo de conseguir Ángela, (ya que no era por grado, sería a la fuerza), hizo que se le ocurriese una fatídica y demencial idea, quemar el establo con él dentro (aquello pensó que sería definitivo para sus propósitos, pues si quemaba la entrada sería imposible salir de aquella trampa), si; quizás muriesen algunos caballos abrasados, pero eso a él... ¡Qué le importaba! Le importaba lo de siempre, el fin, no los medios para conseguirlo.
¡Ssssss....! ¡Silencio, Dulce!
Obligaba Arturo a callar a Dulce
¿Qué ocurre?
¡Silencio! ¡Vamos, sal!
¿Es que me vas a dejarme así?
¡Que te calles, coño! ¡Silencio!
¡Eres un mal nacido, Arturo! ¿Has querido reírte de mí? ¿Es eso, maldito Cabrón?
¡Cállate, cojones! Ya hablaremos luego, ahora vamos.
Sin ningún pudor ni resentimientos, Jiménez prendía fuego a la entrada de las caballerizas en varios puntos para asegurarse, ayudándose de la paja del local contiguo a las cuadras, el mismo lugar desde donde el vaquero escuchó la conversación de sus hijos sobre el percance anterior, el del semental.
Estaba comprobado que a aquél criminal no se le ponía nada por delante para conseguir sus fines, pues quitándose a José el vaquero del medio, en lo que él llamaba un accidente, tendría (según lo que él creía), el beneplácito del lanas para casarse con Ángela.
Los atónitos ojos de Dulce, no salían de su asombro.
¿A cuento de qué quemaba la cuadra? ¡Mataría a los caballos! (No podía saber que hubiera nadie dentro aún.)
¿Estás loco? ¿Se puede saber qué haces? ¡Vas a quemar los caballos!
¡Cállate, zorra! ¡Vamos!
Ya fuera, con las primeras sombras de la noche...
¡Tú no has visto nada! ¿Me oyes? ¡Nada!
Estás loco, Jiménez. ¡Estás loco!
En la parte montañosa de la finca que ya conocemos, el lanas en esos momentos repartía los cepos a la entrada de las camas que previamente había descubierto al tránsito con el ganado, unas de jabalí, y alguna otra de zorro o lobo.
Posteriormente se dedicó a recoger los lazos que había dejado en el paso de la liebre y el conejo, ese paso que tan riguroso llevan a diario, siempre por el mismo sitio que él también conocía por el rastro de cagarrutas, era allí justo donde los ponía y no fallaba.
Aquel día sólo fueron dos conejos los que pudo meter en su morral.
Tan abstraído y tranquilo caminaba como buen conocedor de la zona, que no pudo percatarse de los civiles, los hombres de verde que siempre rondaban la Dehesa.
¿Dónde vamos, lanas?
¡Coño!
¿Te has asustado, lanas?
Pues sí, no esperaba...
¿Tienes algo que esconder, o qué?
No, yo...
¡Enséñanos el morral! ¡Vamos! ¿No has oído?
El propio guardia civil se decidió a mirarle...
¿Conque nada, eh? ¿Tú sabes, que no puede cazarse en las tierras de señorito?
Son sólo dos conejos...
¡Silencio, coño! ¡Ni dos conejos, ni leches!
No puede pasar hambre el señorito si le cojo dos conejos.
Ni corto, ni perezoso, aquel agente estampó dos guantazos en el rostro del lanas, que lo hizo tambalear.
¡Ni uno, ni medio, ni ninguno, cojones! ¡La propiedad de señorito es sagrada! ¿Está claro?
Los dos conejos pasaron de una mano a otra de las del agente, que los sacó del zurrón a su compañero de ronda.
¡Requisado! Ten, Zambrano. ¡Y arreando, que es gerundio! ¿O tienes algo que decir?
No, claro que no, si a usted le parece bien, pero...
¡Sin peros, jodér! ¿Y estos son los mejores hombres de La Esperanza? ¿Dónde no había furtivos, según Rodrigo? ¡Tendré que hablar más seriamente con el! ¡Y ahora, largo! ¡Antes que me arrepienta y te lleve preso, que es lo que tenía que hacer!
El rostro del lanas reflejada una ira contenida de la rabia que tragaba, pero comprendía que no podía hacer otra cosa, las cosas eran así y no había vuelta de hoja, aunque procuraría que no volviese a ocurrir, no volvería a ser tan descuidado otra vez.
¡Ah! Y no se te ocurra volver a cazar, la próxima vez no tendrás tanta suerte, lanas.
Sin pronunciar palabra, el lanas se alejó de ellos procurando poner tierra por medio antes de que los civiles descubriesen algún cepo, y eso sí que no le salvaría de la cárcel, eso no podía permitirlo, él era un hombre libre, así nació y, así quería seguir, aunque a veces se viera obligado a seguir el juego de las leyes que el señorito imponía en el campo a través de aquellos civiles.
En la parte superior del establo permanecían Ángela y José, como si el mundo hubiera desaparecido bajo sus pies, en su nube de ilusión y fantasía, esa nube que ciega los ojos de los corazones enamorados, por lo que no pudieron darse cuenta de lo que ocurrió abajo hasta que fue demasiado tarde, cuando los caballos, presas del pánico que les producían las llamas, comenzaron a relinchar y a dar coces contra las paredes de la cuadra.
Aquello fue lo que hizo que José bajase de su nube y pusiera los pies en tierra, pero ya era muy tarde, las llamas cubrían la entrada y, el espeso humo ascendía...
¡Fuego! ¡Dios mío, fuego!
De la garganta de Ángela no pudo salir más que un desgarrador chillo de terror, por aquello que sus ojos contemplaban y, el peligro que su mente intuía.
Las bestias aterrorizadas pretendían zafarse de sus encierros por medio de saltos, coces y fuertes golpes de sus cuerpos contra cualquier cosa a su alrededor, el fuego estaba demasiado cerca y el humo era asfixiante.
El aplomo de José, era sabido, era rápido y ágil como demostró con el semental y como estaba acostumbrado a las capeas por la noche a la luz de la luna en la " quedá " con algún bravo astado, pero allí la rapidez de reflejos parecía que no le servían de nada. Con la navaja del gitano sí, pero en aquella situación... ¡Estaba atrapado! ¡Estaban atrapados!
Fue Chico el primero en darse cuenta de lo que ocurría, y el que daba la voz de alarma.
¿Eh? ¡¡Fuego!! ¡¡Fuego!! ¡Hay fuego en las cuadras!
Aquellos hombres y mujeres que habían comenzado a sentarse en el comedor, no tardaron en oír los gritos del Chico alertando de la tragedia, aunque nadie sabía aún si había alguien dentro de las caballerizas, si temían por aquellos preciosos ejemplares del señorito, aquellos caballos de doma tan hermosos y bien cuidados.
Eran hombres y mujeres preparados para cualquier emergencia, especialmente aquella del fuego, pues en las heras a consecuencia de las altas temperaturas del estío, bien fuera por un cristal, alguna colilla o cualquier otra fatalidad, todos los años había que sofocar algún incendio.
Esta vez parecía más grave, las bestias corrían peligro de abrasarse en aquel horrible y descomunal fuego, pues las llamas, las lenguas de fuego alcanzaban muchos metros de altura.
Fue ese el motivo, el que fueran personas preparadas para esa eventualidad en concreto, lo que hizo que todos, lo mismo hombres, mujeres que niños, formasen una piña enhebrando los cubos de una mano a la otra del siguiente, desde el pozo del rellano hasta el propio incendio y, sin dar cuartel, sin dar un respiro a las llamas, un cubo tras otro fueran llegando al establo.
Los dos enamorado después del primer impacto de la tragedia, habían bajado a la planta baja buscando una salida, sin fortuna para ellos.
Las caballerías continuaban arremetiendo juncia presas del pánico.
Pánico que sentían también, Ángela y José, pero éste, trataba de insuflar ánimos en su amada.
¡Tranquila, cariño, te sacaré de aquí! ¡No temas!
¡Tengo miedo, José! ¡Vamos a morir!
¡No! No vamos a morir, saldremos de aquí.
¡No hay salidas, es imposible salir!
¡Saldremos, aunque tenga que hacerlo a través de las paredes!
¡Dios mío, es imposible! ¡Son de ladrillos!
Algo se me ocurrirá, tranquilízate, amor mío.
Los ojos de José aún medio agachados como estaban, buscaban algún clavo ardiendo donde agarrarse, algo que le pudiera servir de ayuda en aquel trance.
Sobre la paredes los yugos de los bueyes, las jáquimas de las bestias, bocados, riendas, cinchas... sobre aquellos dos cuartones a media altura las sillas de montar, tanto las vaqueras como las inglesas.
¡Vamos a morir, José!
Gritaba Ángela aterrorizada.
No puedo permitir que mueras ahora que te tengo, Ángela. A mí no me importa morir a tu lado, pero quiero disfrutar de tu amor, quiero vivir una vida larga contigo. Nuestro amor no puede acabar así...
Las llamas para entonces envolvían gran parte del establo, incluso todo el pajar contiguo era una gran bola de fuego humeante, sólo los corrales de los potros parecía mantenerse aún en pie, sin gran cantidad de fuego.
Fuera, tanto porqueros, ganaderos, segadores, braceros, tractoristas, maquinistas, mujeres y niños, amén de los propios caseros que ayudaban en lo que podían, continuaban con una rapidez frenética en la extinción del fuego.
Otro rápido vistazo a los aperos de las bestias, dio la idea a José... colgada de la pared las jáquimas de las bestias, y aquellos canutillos que adornaban sus laterales con el fin de que al andar el caballo formase un constante sonsonete metálico... aquello le dio la idea, los canutillos o pequeños tubos, pues el fuego se acercaba amenazador y el calor era sofocante.
¡Tengo una idea, Ángela, espera!
Separándola de sus brazos corrió hacia lo que él veía como una posible salvación.
De un tirón arrancó la jáquina de la pared, aquella pared tan bien embarrada a base de cal blanca, ahora negra y humeante.
Después de arrancar con sus manos algunos de aquellos canutillos, le ofrecía a Ángela uno.
¡Ten, cógelo! ¡Metete en el abrevadero, rápido!
¿Qué?
¡Sumérgete en el agua y respira por él!
Señalándole el pequeño tubo metálico.
¡No quiero morir, José! ¡Tengo miedo!
Yo también, cariño, pero no morirás, te lo prometo.
En aquellos trágicos momentos, y a pesar de la tragedia, sus cuerpos volvían a fundirse en un abrazo, en el que sus labios y, por temor a perder la vida, se apretaron fuertemente uno contra el otro, como si aquel instante fuera el último de sus existencias y quisieran meterse uno dentro del otro y desaparecer, para reencontrarse después en ese mundo tan maravilloso que cada uno veía al lado del otro.
Tuvo que ser José el que la cogiese en sus brazos y le obligase a zambullirse en el abrevadero, ya que ella se resistía a hacerlo.
No te preocupes, cielo, ya habrán visto el fuego, seguro que lo está pagando.
Sí, pero nadie sabe que estamos aquí.
Bueno, lo harán por los caballos, pero lo harán, estoy seguro. Ponte el tubo en la boca y sumérgete. ¡Te amo, Ángela!
¡Metete tú, José!
Lo haré, no te preocupes.
Sus labios volvían a unirse en una despedida incierta, pero esperanzadora.
La movilización de La Esperanza incluso a la luz de la luna, había sido total, sólo faltaban los operarios más rezagados, por lo que aquella cadena humana llevaba una fila de cubos llenos y, volvía otra de ellos vacíos al mismo pozo.
Así, poco a poco, con constancia y tesón, aquellos mangurrinos logran por fin sofocar el fuego, un fuego que a pesar de su devastación, no logró abrasar a ningún animal.
Aunque tuvieron que soportar altas temperaturas, aquellos campeones se habían comportado, y habían resistido como tales.
En aquella ocasión, ni el lanas, ni el vaquero, se habían percatado de que estaban codo con codo, en aquellos trágicos momentos parece que esas diferencias, esos rencores, esos odios que existían entre los dos desaparecieron, para dar paso a una colaboración en equipo en la salvaguarda de los bienes de La Esperanza, en lo que eran los intereses de señorito como tenían la enseñanza y, la obligación de hacer si fuera preciso en cualquier momento del día y a cualquier hora de la noche.
Allí " rejostrao " bajo el dintel del portón...
En la parte contraria de los establos donde ocurrieron los hechos, y arropados por el manto de la noche, Arturo sujetaba a Dulce por un brazo manteniéndola oculta en las sombras, mientras disfrutaba con el espectáculo dando por finalizado su trabajo, aquel trabajo sucio que le había quitado de en medio a un traidor al lanas, y a él un oponente. Ahora podría pedirle la mano de Ángela al lanas. ¡Un accidente lo tiene cualquiera! Pero aún debía convencer a Dulce para que mantuviese la boca cerrada, si no, estaría perdido.
A ver, caramelo... ¿Qué ha ocurrido ahí dentro?
¡Estás como cencerro, Arturo! ¿Se puede saber por qué has prendido fuego al establo?
¿Eso es lo que has visto?
Tampoco se cortó un pelo al poner la situación a su favor, con dos tortas a mano abierta en pleno rostro de Dulce, volvió a preguntarle.
¿Qué has visto? ¿Qué has visto, qué?
¡Yo que coño sé lo que he visto, dímelo tú!
Pudo contestar Dulce a pesar del dolor que sufría su rostro por la bofetada, y cubriéndose el rostro con sus manos, por temor a recibir más golpes del gitano.
Te lo diré más claro, caramelo, tú no estabas allí, así que no has visto nada, por lo que no puedes saber lo que ocurrió. ¿Comprendes?
Alzando de nuevo la mano sobre su cara, volvió a preguntarle.
¿Qué has visto? ¡Sabes algo de lo que ha ocurrido!
No... no, no, yo no sé nada, no sé nada.
¡Claro, lo que yo decía!
¡Eres un maldito cabrón, Jiménez! ¡Te has reído
de mí, me has utilizado!
¡Tú a callar, zorra, que es lo que tienes que hacer! Y, ojito con irse del pico o te rajo. ¡Ya sabes que lo haré! ¡Ssssss....!
Le invitaba al silencio con el dedo índice cruzado sobre sus labios.
En el cercano encinar y a la orilla de la Ribera en un gran rellano, se encontraban las carboneras, un lugar donde se depositaba toda la leña de las podas de encinas, olivos y algún roble y halla talado especialmente para la fabricación del carbón, el picón, el cisco y la carbonilla, que posteriormente serían utilizados para dar calor y vida a cocinas, braseros estufas etc.
Allí se encontraba Sebastián hijo en esos momentos, pues antes de la cena quiso ventilar esos grandes montones de leña, perfectamente apiladas, aterradas y compactada cuidadosamente, como eran las carboneras.
Un trabajo delicado, pues, si el aire que penetrase en su interior, era mucho, aquella leña no se convertiría en carbón, si no en cenizas y, por el contrario, si era poco, corría el riesgo de apagarse y hubiese que comenzar de nuevo el trabajo, habría sido trabajo perdido.
Encima de la gran pila de leña camuflada, se hallaba Sebas con aquella larga vara prepárate para ese fin, haciendo que penetrase hasta las entrañas de la gran granada de brasa que tenía bajo sus pies.
Ese era otro peligro de la carbonera, sus pasos sobre ella debían de ser precisos y tanteados con anterioridad, pues, si fallaba la pira antes de que él cerrase el boquete abierto y lo compactase perfectamente, corría el peligro que se lo tragarse la carbonera y, eso sería una muerte horrible, una muerte sin remisión.
Desde allí se dio cuenta de la gran columna de humo que serpenteante e iluminada, ascendía hacia las estrellas, perdiéndose en la profundidad de la noche.
Su instinto le hizo comprender la procedencia del mismo. ¡La Esperanza!
Con el mismo afán de preservación por los bienes de señorito que el resto de los hombres, y teniendo una desgracia, emprendió una frenética carrera a pie en dirección al cortijo, con la idea de ayudar en lo que pudiese en la extinción del incendio.
La imagen que se encontró era dantesca, pero afortunadamente extinguido, ya habían sofocado prácticamente todo aquel fuego, que presentaba una amenaza para el resto de las dependencias.
¡Padre! ¡Padre! ¿Estáis bien?
¿Dónde está tu mano, Sebastián? ¿Lo has visto?
¡Vino para el cortijo, padre!
No lo veo por aquí . ¿No? ¡¡Dios!!
Exclamaba el vaquero extrañado de no ver a su hijo entre la cadena de personas que sofocaban el fuego.
¿Qué ocurre, padre?
Sin contestarle corrió hacia lo que temía pudiera ser la tumba de su hijo, pues le parecía raro que no hubiese estado en la cadena de haberse encontrado allí en la esperanza.
¡José! ¡José, hijo!
Desesperadamente trataba de que desde el interior, José contestase a su llamada, pero era inútil, nadie lo hacía.
Sebas le había seguido y, después de oír a su padre como lo llamaba también el sentía el mismo miedo por lo que pudiera haber ocurrido.
¡Dios mío, José!
La búsqueda fue inútil, José no contestaba a sus gritos, pero algo les reconfortó tanto al vaquero, como a Sebas tampoco su cuerpo aparecía, era un alivio, tal vez no habría venido directamente al cortijo y se encontrase en otro lugar.
Fue en este caso Sebastián hijo, cuando sacando los últimos caballos del establo, viera aquel canuto emergiendo de un abrevadero lleno de paja y cenizas y, al ver que se movía, le llamase la atención.
Al remover la paja y la ceniza que cubría la parte superior, pudo por fin ver de qué se trataba.
¡¡Ángela!! ¡Ángela!
Rápidamente como pudo, la sacó del abrevadero.
¡Ángela!
¡José! ¡José!
Gritaba Ángela desesperadamente temiendo por su amado.
¿Dónde está José, Ángela? ¡Padre! ¡Padre!
Llamaba Sebastián a su padre que se encontraba en el exterior.
¡Dime, donde está José!
A Ángela no le salían las palabras, su estado de shok se le impedía, pero por fin pudo señalar con su mano hacia las pilas de agua.
El vaquero comprendió pronto, que en una de ellas podría estar su hijo, lo que hizo que rápidamente y pila por pila apartase la capa de polvo y paja que las cubría hasta encontrar a su hijo.
¡José!
¡Padre! ¿Ángela?
Está bien, no te preocupes. ¡Está bien!
¡Gracias a Dios!
Cogidos por la cintura con la mano al hombro y medio a rastras traía Sebas a Ángela y el vaquero a su hijo José.
Desde la pared de enfrente y bajo el dintel de una puerta, Arturo y Dulce, contemplaban el espectáculo, por lo que pudieron observar que sacaban a dos personas del interior.
¡José! ¡Ángela! ¡Maldito Cabrón! ¿Has sido capaz? ¡Cómo has podido hacer una cosa así, canalla!
¡Silencio, pueden oírte!
¡Cómo has podido hacer una cosa sí!
¡No sabía que Ángela estuviera...!
Pero si sabías que estaba José. ¿No es cierto? ¿Querías matar a José? ¡Cobarde! ¡Canalla! ¿No te da vergüenza?
Jiménez apenas si la escuchaba ahora, parecía estar haciendo un repaso mental de todo lo que estaba ocurriendo y de su situación.
Sebas mientras arrastraba a Ángela al interior, pudo apreciar cómo aquellas dos personas permanecían en las sombras, lo que hizo que su atención se clavase especialmente en ellos reconociéndolos.
Al comprender que el gitano podía tener algo que ver en todo aquello, dejó a Ángela cuidadosamente en el suelo para irse directamente a por él, cosa que no pasó desapercibida para el vaquero por lo que este le impidió el paso.
¿Qué haces, Sebas?
¡Ese mal nacido tiene algo que ver!
No puedes saberlo hijo, tal vez haya sido un accidente.
¡Estoy seguro que él sabe algo de lo que ha pasado aquí, padre!
¡Déjalo! ¡Tengamos la fiesta en paz, Sebastián! Tu hermano está bien, ya vale. Ya nos enteraremos, quien ha sido. ¡Quizá haya sido el lanas!
¿Cómo comprendes? ¿No ves que su hija estaba dentro? ¿Crees que su odio hacia nosotros puede llegar a eso?
Tal vez prefiera verla muerta que con tu hermano. ¿Porque se veían los dos, no es cierto?
Sí, padre, se aman, no hacen ningún mal a nadie con eso.
Lo sé, pero ya sabes cómo están las cosas entre nosotros.
¡Padre! ¿Tú crees que si hubiera sido el lanas estaría así de afligido por su hija?
El lanas permanecía arrodillado con su hija en brazos acariciándole el pelo, pero su mirada hacia los vaqueros, seguía siendo de recelo y odio a la vez.
¡Puede, pero yo no estoy tan seguro como tú! Y un hijo mío sería lo último que hiciese, liarse con una lanas.
Sebas lo miraba con resignación y lastima a la vez, pero no se atrevía a discutir con su padre, la palabra de los mayores era sagrada y había que aceptarla y respetarla.
Mentalmente Jiménez se hacía sus propios reproches...
¡Maldita sea, la he cagado! ¿Pero cómo iba a imaginarme, que estuviera ella allí? ¿Será posible? ¿Cómo le pido la mano de Ángela a su padre ahora? ¡Esta zorra hablará, estoy seguro, y no podré evitarlo! ¡Estoy perdido! ¡Tengo que desaparecer o, me pinchan! ¡Y si no me pinchan ellos me llevarán preso! ¡Maldita sea mi estampa! ¿Cómo podía hacerle comprender al lanas que lo he hecho por su hija y por él? Que sólo quería quitar al vaquero del medio? ¡No! ¡No, lo comprendería! ¡Mierda! ¡Mierda, mierda!
Con un fuerte empujón lanzó a Dulce contra la pared y emprendió su fuga en dirección a los montes, donde se ocultaría momentáneamente hasta pensar qué podía hacer o, donde podía ir.
Aunque atemorizada por lo ocurrido y el miedo que le imponía el gitano, a Dulce le remordía la conciencia, aquello era tan grave que no podía quedar así, no podía callar por miedo y, eran sus amigos los que podían haber muerto abrasados por culpa de un criminal sin escrúpulos. No, eso no podía quedar así, pero temía que las reacciones que pudieran darse entre unos y otros, si se lo decía directamente al vaquero quizá las represalias irían contra el lanas, y aquello podría volver a acabar en tragedia.
Durante sus cábalas en uno de sus ires y venires, el chico se le presentó ante sus ojos.
¡Chico! ¡Chico! ¡Chico, ven!
¿Dulce, eres tú?
¡Sí, soy yo, acércate!
¿Qué ocurre, Dulce? ¿Té ocurre algo? ¿Estás bien?
Sí, sí, estoy bien, Chico.
Te veo asustada, ya pasó todo, tranquila.
No, no ha pasado todo, Chico.
¿Qué quieres decir, Dulce? ¿No ves que ya se ha apagado y están todos bien, incluso los caballos?
Sí, ya lo veo, Chico, pero...
¿Pero...?
¡Mierda! ¡Tengo que decirlo!
Sí, si no es imposible que me entere. ¿Sabes cómo pasó? ¿Es eso?
Sí, además, quien lo hizo, chico.
¿Qué?, ¿Es que lo provocó alguien?
Fue el gitano.
¡Lo sabía! Sabía que ese mal nacido, algún día provocaría una tragedia en La Esperanza. ¡Lo sabía! A propósito, dulce. ¿Sabía el gitano que dentro estaban, José y Ángela?
Sí, lo sabía... bueno, sabía que estaba José, ha ido a por él.
¡Hijo de puta! ¿No se conforma con abonar el odio entre los vaqueros y los lanas, que incluso ha querido matarlo? ¿Pero de parte de quien está este? ¡Ángela también estaba allí! ¿Qué quería hacer ese descerebrado?
No sabía que estuviera allí Ángela. O, por lo menos eso es lo que dice.
¡Cómo quiera, ese criminal deber de pagar lo que ha hecho! ¡Podría haberlos matado! ¿Y los caballos de señorito? ¿Te imaginas que les hubiese ocurrido algo?
Yo no me atrevo a decírselo a ellos, Chico, ni al vaquero, ni el lanas. Si se vuelven a echar la culpa uno al otro son capaces de llegar a las navajas, y tengo miedo, no quiero...
¡Lo haré yo, Dulce! Lo comentaré con Sebas no te preocupes, ya sabremos cómo hacerlo. ¿De acuerdo?
Como quieras, Chico, pero por favor ten mucha mano izquierda, no sea que...
Sí, sí, de acuerdo, estáte tranquila.
Dirigiéndose de nuevo al establo...
¡Sebas! ¡Quiero hablar contigo, ven un momento!
Dime, Chico.
Sebas, no quiero que toméis ninguna represalia contra el lanas.
¿Y por qué habríamos de hacerlo?
Ha sido el gitano, el autor del incendio.
¡Estaba seguro!
Iba a por tu hermano, así que, a ver cómo se lo dices a tu padre...
Lo sabía, sabía que ese fantasma nos traería
problemas a todos. Lo estaba viendo venir. ¡El muy cabrón!
El vaquero seguía con José su hijo, y en lanas con su hija en brazos, muy cerca uno de otro, aunque la distancia comprensiva era muy distante.
¡Padre, padre! ¡Sabemos quién ha hecho esto! ¡No ha sido fortuito, ha sido Jiménez!
¿Cómo?
Con cara de asombro el vaquero.
Sí, el gitano.
¿Qué ha sido...?
Se sorprendía también el lanas.
¿Dónde está, que lo mato?
Asegurada con su peculiar carácter el vaquero, mientras miraba hacia los lados tratando de buscar, o ver, al gitano.
¡Le arrancaré las entrañas!
Apostillaba el lanas convencido de que así era.
¡Ha huido al monte!
Les corroboraba el Chico.
Daremos una batida, padre, daremos con él.
Preparar las escopetas, Sebastián, saldremos en cuanto amanezca.
Sí, padre, como usted mande.
¡No olvides la munición!
¡Claro, padre! Ese mal nacido tiene que pagar lo que le ha hecho a mi hermano. ¡Se lo advertí! Recuerdo que se lo advertí. Le dije que no podía repeler al gitano con la palabra, pero no, ni caso, y mira, por los pelos no le ha costado la vida.
Ya veo, Sebastián, pero... ¿Cómo iba a pensar nadie que fuera capaz de hacer algo así?
¡Ya tenía experiencia, Chico, ya le había pinchado la navaja, y siempre estaba chinchando al lanas poniéndolo en contra nuestra, poniéndonos a parir, ya sabes... las traiciones, los chivatazo, todo ese rollo que se traían los viejos de antiguo, y eso no es lo más grave, Chico, lo más grave lo tuvo con el semental.
¿Con el semental?
Sí, también ahí estuvo la mano del gitano, le tendió una trampa encerrándolo en el corralón y se salvó por los pelos, pero claro, no estaba seguro que fuera él, y con su carácter pacifista...
Pues con este sujeto no se puede andar uno por las ramas, Sebas...
Sí, lo sé, yo le habría puesto las pilas.
Es un traicionero mal nacido, pero con este intento se le acabaron las fechorías, porque de un momento a otro, lo cogamos nosotros o, lo haga la guardia civil, lo pasará mal. ¿No crees Sebas?
Eso espero, Chico, en eso confío.
Para cuando todo volvió a la calma en La Esperanza, el sol ya venía coronando las sierras vecinas y pincelando de multitud de colores el paisaje, dando a las siluetas y sombras de la noche, aquel majestuoso esplendor de vida a plantas, animales y cosas.
Todo estaba preparado para la cacería del criminal, unos portaban escopetas, otros palos, horcas y todo aquello que comprendían les pudiese hacer falta para remover, y adentrarse en la maleza. Todos... bueno, todos los que el formaban aquella cuadrilla convencidos en que había que darle caza al gitano se pusieron en marcha.
El vaquero encabezaba la comitiva, seguido por el lanas y tras ellos Sebas, Chico y algunos voluntarios exacerbados por lo ocurrido, pues en aquella gran familia... (Entre ellos el guarda de la finca, el señor Rodrigo) que formaban en La Esperanza nunca ocurrió nada, y así querían que siguiese, aquello era demencial. ¿Cómo uno de ellos osó cometer semejante intento de crimen? ¡No, no era justo!
El paso era angosto y bravío, las retamas, los tamujos, los brezos, romeros y tornillos, hacían que ya en el monte bajo caminasen con dificultad, atrás habían dejado las tierras más bajas con otro tipo de vegetación como el espliego, madreselva, escaramujos, adelfas etc..
Por delante el paso cada vez se cerraba más, y más, en el monte alto robledales, castaños, coscojas y acebuches... pero aquello era algo a lo que nadie temía, se mantenían en contacto, no se perderían en aquella espesura y en aquellas formaciones rocosas que majestuosas se erguían en la cumbre, la idea clara en sus mentes era la misma: encontrar al criminal, encontrar al gitano... pues el guarda como sabemos era buen conocedor de la sierra y serían bien guiados por él. Aunque...
¡Tú tienes la culpa de todo esto, jodér!
Dirigiendo el vaquero su mirada hacia el lanas.
¿Qué estás diciendo, Vaquero?
¡Lo que oyes, lanas! ¡Tú le das mucha cháchara al gitano! ¡A saber que tramáis!
¡Yo no tengo nada que ver con el gitano, vaquero! Lo que haya hecho, es cosa suya. ¿No crees?
Tal vez, mandado por ti.
¿Cómo te atreves...? ¿De dónde sacas esa idea?
¡De nuestros hijos! Si. ¿Crees que soy tonto y no sé que se ven? ¿Tanto te jode que lo hagan? ¡Pues que sepas que no dejaré que un hijo mío se case con una lanas!
Pierde cuidado, vaquero, ya me encargaré yo de que eso no ocurra.
¿Es así como lo has intentado, quemándolos a los dos?
¡Estás loco, vaquero! ¿Crees que sería capaz de quemar a mi hija? ¿Sacrificándola por un vaquero? ¿A mi propia hija?
Sí, eso es lo que creo, exacto.
¡Qué equivocado estás! Aunque no se la entregaría por nada del mundo, la quiero demasiado para hacer una cosa así. ¡Burro!
¡Tú sí que eres animal! ¡Hace falta ser animal para aliarse con una bestia como el gitano!
¡Te vuelvo a decir que no estoy aliado con nadie, cojones! Aunque quisiera rondar a mi hija, yo no me alío con nadie. ¡Jamás me he casado con nadie, y no lo voy a hacer ahora!
¡Ahí lo tienes! ¡Se la das a un gitano antes que a mi hijo!
Mi hija tiene edad para decidir sobre su vida, siempre que no sea un vaquero. ¡Eso nunca!
Es verdad todo lo que contaba mi padre de vosotros, los lanas, siempre lo he sabido.
Vaquero, no empecemos de nuevo, te repito que no tengo que ver nada con este asunto. Son cosas del gitano y nada más.
Él es el empeñado en conseguir a mi hija a cualquier precio.
¿Matando a mi hijo?
Ya ves que si, pero también mi hija estaba allí, no lo olvides. ¿Cómo podría yo hacer una cosa así?
Yo te creo capaz...
¡Tú estás loco, vaquero! ¡Estás loco!
No me calientes, lanas, que lo nuestro no ha terminado.
¡Cuándo quieras!
Estamos aquí, para lo que estamos aquí, pero...
¡Padre, por favor!
Trataba Sebastián hijo de poner un poco de orden entre aquellos dos cabezotas.
Tranquilo, hijo, son cosas nuestras.
Te advertí, que como intentases algo contra alguno de mis hijos, te arrepentirías, y te arrepentirás de ésta. ¡Lo juro! ¡Juro que te arrepentirás, lanas! ¡No se me ha olvidado lo del semental todavía!
¡Piensa lo que te dé la gana, Vaquero! No tengo la culpa de que seas un cazurro ignorante.
¡Me cago en la pena negra!
Farfullaba el vaquero conteniendo su ira, y esa furia que le hacía estallar las venas cada vez que se hablaba, o tenía delante al lanas.
¡Yo al menos se leer... !
Intentaba quedar el lanas por encima de su oponente.
El guarda se había apuntado al grupo como buen conocedor de la zona, como sabemos, por temor a que nadie se perdiese en aquella espesura, y allí donde se encontraba integrado en el grupo, no perdía detalle de la conversación, claro que, como eran dos cabezotas y, nunca querían escucharle, les dejaba hablar, aunque apenado por sus comportamientos, pues él conocía bien la historia de aquellos hombres y sus familias.
Nunca le dejaron hablar, pero ahora debía intervenir si quería evitar un baño de sangre en La Esperanza, el vaquero estaba empecinado en culpar al lanas y, éste no podía justificarse sin su ayuda, así que debía hacer comprender al vaquero de lo equivocado que estaba, al menos en aquello que hablaban.
Estás equivocado, Sebastián, él no pudo ser el que soltó al semental, estuvo en las vegas bajas todo el día con su ganado.
Sí, eso es lo que dice él.
Es cierto, estuvo conmigo.
También pudo haber mandado al gitano que lo hiciera.
Sí, también pudo. ¡Qué burro eres, Sebastián!
¿Tú también, Rodrigo?
¡Olvídalo, Sebastián! Eres tan cerrado... bueno, sois iguales, para que me voy a engañar.
Ya te he dicho que son cosas nuestras, Rodrigo.
Sí... ojalá no lamentéis nunca esas cosas vuestras. ¡Ojalá!
La cacería de criminal fue exhaustiva y meticulosa, el monte fue batido durante varias horas sin resultado alguno.
En las cumbres, las cabras montesas rumiaban los tiernos tallos del matorral, temerosas por el peligro que les sobrevolaba, aquél águila imperial que sobrevolaba los claros cielos turquesa de Extremadura.
Algún venado asustado por la batida se precipitaba entre la espesura para perderse en ella, y en las claras y cristalinas aguas del nacimiento del río, el oso pardo pescaba plácidamente aquellas truchas arco iris tan deliciosas.
Todo era paz, todo era calma en la sierra, sin embargo, el rastro del gitano se había perdido, parecía haberse esfumado en la espesura.
Tal vez haya unido a otro lugar, ¿no creéis?
Comenzaban los hombres a inquietarse viendo que no aparecía por ningún lado.
Son muchas horas las que nos lleva de ventaja.
De noche no ha podido andar mucho, Rodrigo.
No, tienes razón, Chico, pero aún y así...
Si se ha extraviado en la maleza, será imposible dar con él. ¿No te parece, Rodrigo?
Sí, será difícil, pero no imposible, Sebas, aunque deberíamos dejar el asunto en manos de la justicia. ¿Tú qué dices, Antonio?
No conozco muy bien estos andurriales, aunque ya me jode dejarlo ir.
Tarde o temprano, caerá, no te quepa duda, Antonio, pero debemos tomarlo con más calma, te lo digo yo que soy más viejo. Los civiles lo encontrarán. Volvamos a La Esperanza, Sebastián.
¡La madre que lo parió! ¡Está bien! ¡Está bien, vamos! ¡Arreando!
Aunque decepcionados fue la mejor opción, pues el bosquezal era inmenso e impenetrable en ciertos sitios y, el peligro para ellos de despeñarse o algo peor era evidente, estaba claro que sus vidas allí también corrían peligro.
Al acercarse al cortijo pudieron observar gran movimiento en sus habitantes, sus moradores se reagrupaban a las puertas, mientras que otros se afanaban en algunas faenas de agasajo.
¿Qué ocurre, Francisco?
El señorito, viene señorito, Antonio. Viene el amo.
Cada uno cogió su posición en aquel eslabón de categorías, desde los manijeros, aperadores y capataz, hasta los segadores, braceros, mujeres y niños, todos dispuestos a recibir al señorito, excepto Francisco el casero, que era el encargado de abrirle aquella cancela que cerraba el camino por donde se acercaba el coche de caballos del señorito.
¡Buenas, don Pedro! ¿Qué tal, como está usted?
Hola, Francisco, ¿qué tal la señora?
Deseando verle, don Pedro. Muy bien, gracias.
Me alegro. Gracias Francisco.
No hay por qué darlas, don Pedro, a usted.
Mientras cerraba la verja o cancela tras del coche
¿Qué tal, como estáis? Buenos días.
Tratando de ponerse a la altura, tanto cultural como personal de aquellas gentes, el señorito se esforzaba en su simpatía.
Bien, don Pedro, ¿y usted?
Pase, pase don Pedro, hace demasiada calor aquí fuera.
Rosario le invitaba a pasar al interior del cortijo, a aquella sala principal que el señorito tenía expresamente para él y sus amistades en tiempo de caza.
Gracias, Rosario...
¿Le apetece tomar algo fresco, don Pedro? ¿Un vinito, un cacho de queso?
Tranquila, mujer... bueno, como quieras, Rosario, gracias.
Por nada, señorito, a mandar.
Bueno, Francisco, ¿alguna novedad?. Como va todo en la casa.
En la casa todo bien, señorito...
¡Perfecto! ¡Me alegro!
¿Y tú, Manolo, que te encuentras? ¿Cómo ha ido el año?
No ha podido ser mejor, señor, en lo que ha cosechas se refiere.
Trataba el capataz, guardando la compostura con la boina entre sus manos, de responder a las preguntas de su amo lo mejor posible.
A eso me refiero, Manolo, tú como capataz sabrás si ha sido buena, o no.
Sí, ya le digo que sí, señor, ha sido muy buena. Hogaño ha venido muy bueno.
Lo dices con una cara... que parece que haya sido todo lo contrario.
No, señor, es que...
¿Ocurre algo, Manolo?
Pues sí, señor, anoche ardieron las caballerizas.
¿Qué les ha ocurrido los caballos?
Nada, señor, tranquilícese, están bien.
¿Todos?
Sí, todos, todos están perfectos, hemos tenido suerte, conseguimos apagarlo antes de que ocurriese una desgracia.
¡Menos mal!
¿Ha sido mucho?
Bastante, señor, pero ya lo reconstruir hemos, tenemos buenas manos entre nuestros hombres.
De eso estoy seguro, Manolo, llevan trabajando para esta casa muchos años, de padres a hijos, ya sabes... Buen vino, Rosario, y el queso inmejorable.
Gracias, señorito, es hecho por nosotros aquí en La Esperanza.
Se nota la calidad de la leche. Ja,ja,ja...
Reía con satisfacción don Pedro, al parecer haciendo aprecio de aquélla pequeña atención de Rosario.
¿Verdad que sí, señorito?
¡Sin duda! ¡Espléndido!
Me alegro que le guste, amo.
Después del recibimiento, todos los obreros vuelven a sus labores de campo, mientras el señorito inspeccionaba las instalaciones del cortijo, sus cosechas, tanto de cebada, trigo, avena, melones y garbanzos, así como su ganado, ya fuera lanar, vacuno, bravo, cerdos y por fin sus propios caballos, aquellos ejemplares equinos tan esmeradamente cuidados.
Por último quiso conocer la escuela, aquella pequeña habitación donde Rosario la cortijera era la encargada de hacer, que los niños enhebrasen sus pensamientos formando palabras que, después pudieran traducir en signos escritos legibles, algo muy difícil para ellos, pero que Rosario con tesón, con mucho tesón conseguía hacer.
¿Qué tal estos niños?
¡En pie, zagales!
¡Buenos días, señorito!
Contestaban todo los niños a coro.
Sentaros, sentaros. A ver cómo van de adelantados estos chicos. ¿Alguno quiere hacerme una demostración?
El más avispado levantó la mano, al parecer un hijo de Rosario, el más pequeño.
¿Cómo te llamas, chico?
Roberto, señorito.
¿Qué sabes hacer? ¿Sabes sumar?
Asentía con la cabeza el zagal, mientras miraba a su madre sonriente.
¿Me lo demuestras?
Señalándole la pizarra donde podía realizar alguna operación.
La suma le salió perfecta, dos más dos, seguían siendo cuatro.
Muy bien, Roberto, siéntate. Pronto serás el encargado de llevar las cuentas del cortijo. Ja,ja,ja,ja...
Todos acompañaron las carcajadas del señorito, tratando de demostrar quizás su buena educación o, tal vez quisieran que el amo se sintiese feliz, o tal vez sencillamente era aquella abnegación y aquella obediencia, que veían en sus mayores hacia el amo.
¿Qué tal os lleváis? ¿Os lleváis bien? ¿No reñís?
¡No, señorito!
Volvieron a corear todos al unísono.
Ya sabéis que eso está muy feo, las personas tienen que respetarse, tienen que compartir. No podéis tratar a nadie, de forma que no os guste a vosotros. Quiero decir, que hay que tratar a los demás como te gustaría que te tratasen de aquí.
¿A quién, señorito?
Apostillaba incrédulo aquel avispado pequeño hijo de Rosario.
A todos, claro, a todos, es una forma de hablar, hombre. Ya sabéis que soy una persona muy liberal, ya veis, que hasta permito que estudiéis y os hagáis unos hombres de provecho. ¿O, es que nos gusta estudiar?
¡Sí, señorito!
Volvía a oírse en la habitación aquel pequeño grupo de niños contestarle todos a coro al señorito.
Eso está bien, seguir así. ¿De acuerdo?
¡Sí, señorito!
Era la costumbre, aquellos zagales volvían a corear la respuesta.
Bien...
Sólo dos chozos permanecieron ocupados aquel día, el del lanas con la malograda Ángela y, el del vaquero con su hijo José también en pésimas condiciones, el trance de la noche anterior fue tremendo y debían recuperarse.
Aunque al señorito nadie le dijera nada de su accidente, todos comprendían y sabían positivamente que si el señorito, si don Pedro los encontraba sin trabajar aquel día, se haría cargo de la situación, pues era un hombre bueno y comprensivo a pesar de todo.
¿Cómo estás, hija mía? ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
Estoy bien, padre, un poco cansada, pero bien.
Pues descansa, cuando estés mejor hablaremos de esto.
¿De qué, padre?
De lo ocurrido en el establo, de tu relación con un vaquero... de todo lo que tenemos pendiente, Ángela.
Prefiero hablar ahora, padre, tengo la necesidad de dejar clara mi postura y mis sentimientos con José.
Ese muchacho es un vaquero.
¿Bueno, y que? Yo amo, padre, que es bueno y me quiere.
Un vaquero no puede tener buenos sentimientos, ya sabes lo que contaba tu agüelo de ellos.
No podemos odiarlos eternamente por algo tan viejo, aunque fuera cierto lo que ocurrió hace más de cien años... quiero decir, padre, que aquéllas eran otras personas.
Estos son los herederos de nuestra desgracia, ya ves cómo están las cosas entre el vaquero y yo. Además; es él, el empeñado en mantener vivo ese odio, yo no hago más que defenderme de sus acusaciones.
Sí, pero le sigues el juego.
Sí, porque en el fondo yo pienso lo mismo, esa gentuza no merecen que la miren a la cara, y menos una hija mía.
¡Padre!
Lo siento, Ángela, no puedo consentir que salgas
con un traidor de esos.
¿Pero se puede saber qué ocurrió en realidad, para que os odiéis de esta manera?
Mi bisagüelo fue torturado durante meses. Unas torturas atroces, que no puedes ni imaginarte. Y todo porque uno de los vaqueros lo acusó de robar unos caballos de algún señorito de la época, por ese motivo fue posteriormente fusilado en la trasera del cementerio del pueblo, y enterrado allí mismo, como si de un perro se tratase.
¿Cómo se entiende, que ellos cuenten una historia parecida?
¡Ellos mienten, y no se hable más del asunto! Ahora el gitano está huido, ya no corres ningún peligro.
¡El gitano no era ninguna preocupación para mí, padre! ¡Mi preocupación sigue estando aquí, en La Esperanza! ¡Sois vosotros!
¡Hija!
¡Lo amo, padre, lo amo con todas mis fuerzas, y lucharé por él! ¡Y no me digas que piense en otro niño, porque no hay nadie en el mundo por el que pueda sentir nada, absolutamente nada, él es mi hombre y por él moriría si hiciera falta!
¡Estás loca, Ángela! ¿Cómo te atreves a levantarme la voz? ¿Cómo te atreves a perderme el respeto?
Lo siento, padre, perdóname, no quería...
He dicho que no te casarás con un vaquero, y no te casarás, ¿has oído?
Siento tener que oír esto, padre, pero José es lo único que me importa realmente en el mundo, si no lo tengo a él, me da igual todo...
Quítate esa tontería de la cabeza y fíjate en otro zagal
¡Eso nunca!
¿No ves que es una ilusión de niña, que me está matando?
No, no es una ilusión, padre, le he jurado amor eterno y lo cumpliré, puesto que es lo que pienso, tú no puedes entenderlo.
¡Maldita sea, Ángela, no me hagas esto!
¡Adiós, padre!
Sin otra réplica se levantó del jergón y salió por la puerta del chozo con aire decidido.
¡Ángela! ¡Ángela!
Le gritaba Antonio tratando de imponer su respeto de padre y hacerla desistir de sus ideas.
No hubo respuesta, sólo un silencio que lo dejó sumido en lo más recóndito de sus pensamientos, tal vez, buscando en sus recuerdos, en aquellas enseñanzas de sus mayores de las que tan convencido estaba y, ahora les producía tanto dolor. ¿Sería cierto todo aquello que decía su hija? ¿Merecería la pena vivir en el presente, los hechos de un siglo atrás?
Muchas dudas parecía tener, pero allí quedó clavado al chozo como si estuviese encadenado a él o, a sus antepasados, en lugar de correr tras su hija abrazarla entre sus brazos y darle su bendición por aquel sentimiento tan bello, tan hermoso y tan puro como es el amor, y no importa de quien se trate, los sentimientos mutuos son los que realmente importan.
Las cadenas con el pasado del lanas, eran más fuertes de lo que él mismo quisiera reconocer.
A juzgar por la cara de Ángela, en su cabeza bullían demasiadas ideas, pero su decisión parecía ser firme y, sus pasos parecían dirigirse a un punto determinado, sí, las porquerizas... ancá del Chico.
Hola, Chico.
¡Ah, hola Ángela! ¿Qué tal te encuentras, ya te has recuperado? Parece que no tienes buena cara aún
Estoy bien, Chico, gracias...
¿Ocurre algo, Ángela?
La cara de amargura de Ángela, se tornó en un rostro cubierto por un llanto desgarrador. Aquellas lágrimas de Ángela partían el corazón a Chico.
¿Quieres decirme que te ocurre, por favor?
He discutido con mi padre... he descubierto que no me quiere, está tan anclado en el pasado que le importa un pito mis sentimientos.
¿Cómo puedes decir eso, mujer?
¡Es cierto, Chico! Es imposible hacerle entender lo que siento por José, y si lo entiende se niega rotundamente a nuestra relación.
Son unos negados los dos, Ángela, pero ya lo entenderán, no te preocupes.
No, no lo entenderá nunca, mi padre no lo entenderá, estoy convencida.
¿Y qué piensas hacer?
He decidido irme de La Esperanza, buscaré otro lugar con José, buscaremos otras gentes, otro trabajo.
¿Has hablado ya con él?
No, no lo he hecho, Chico, díselo tú, yo no puedo quedarme más tiempo en el cortijo.
¿Por qué, Ángela?
Temo que mi padre... no podemos cambiar a los viejos.
Sí, lo sé, Ángela, son unos cafres los dos...
Dile a José que lo espero en la venta El Peregrino. Dile que no puedo vivir sin él, que lo amo... dile... dile que me comprenda, que lo hago por él, que es toda mi vida, dile...
Te entiendo, Ángela, seguro que él también lo comprenderá, seguro.
Dile que no tarde, no sé si podré resistirlo.
¡Pues claro, mujer!
Lo amo tanto...
¡Vaya, si estuviera alguna niña comí así!
Seguro que encontrarás una buena mujer que te quiera, Chico, eres un buen zagal y te lo mereces.
¡Dios te oiga, Ángela! ¡Dios te oiga!
¿Se lo dirás?
Sí, no te preocupes, se lo haré saber, pronto estará contigo.
Gracias, chico, eres un buen amigo.
Te equivocas, yo soy el que tiene la suerte de tener los mejores, sí; yo tengo los mejores amigos.
Con un abrazo a Chico, Ángela partió sin tan siquiera mirar hacia atrás, tal vez teniendo la reacción de su padre el lanas o, a esa influencia absurdas de sus ideas retrógradas.
Poco después, era José el que salía de su chozo camino de las vaquerías de leche donde su hermano atendía al ganado manso en aquellos momentos, llenándoles los dornajos de pienso, dando agua a sus pilas, limpiándoles el estiércol del solar, etc.
Su mirada descansó durante unos segundos con nostalgia sobre el chozo del lanas, su mente volvía a recrearse en su amada, en aquella niña que le hacía suspirar y por la que bebía los vientos, sin embargo, debía reprimir su impulso en aquel instante, el accidente del establo les había afectado mucho y Ángela debía descansar, por lo que, sus pasos continuaron arrastrando su cuerpo hacia las vaquerías.
¿Dónde vas hermano? ¿No deberías estar en la cama?
La cama es para los enfermos, Sebas.
Claro, tienes razón... ¿Qué tal estás?
¡Bien!
¡Has estado cerca esta vez, hermano!
Y que lo digas, le ha faltado poco.
Ya ves que la palabra tiene poca fuerza con ciertas personas, José.
Hay cosas que no se pueden evitar, si uno es torcido...
Si es torcido, se le endereza, José. Yo le hubiese partido la cara hace mucho tiempo ya.
No merece la pena mancharse las manos por alguien así, Sebas. Tú tenías que saberlo. ¿Ves cómo las cosas cambian? Ya no nos preocuparemos por él, ya no nos molestara más, la justicia dará buena cuenta de él.
¿Crees que no volverá por aquí?
Lo dudo. Ahora podemos hacer nuestras vidas, se arreglarán las cosas con Ángela, y me podré dedicar a los toros.
Eres un soñador, José. O, un iluso, no sé como llamarte.
Llámame como quieras, de algo te tiene que servir ser mi hermano pequeño . Ja,ja,ja,ja...
Los dos rieron juntos con aquella anécdota.
¿Vas a seguir yendo a la " quedá "?
Tengo que hacerlo, Sebas, si quiero ser torero tengo que hacerlo, no puedo pagarme yo los novillos, ya sabes... tengo allí entre los matorrales como sabes la muleta y el estoque, y no debo dejar que se oxide.
Eso no fue lo que hablamos, José.
¡Padre!
¿No quedamos, en que de toros nada?
Usted lo dijo, padre, no yo.
¡No puedes arrimarte al ganado bravo, maldita sea!
No puedes manejar así mi vida, padre. Tengo que vivirla yo, tengo que vivir mis propias emociones, mis sentimientos, mis aficiones...
¡Tú harás lo que yo te ordene, José, y no se hable más!
Te equivocas, padre...
¿Te atreves a discutir con tu padre?
¡Déjalo, padre, ya hablaremos...!
No hay nada más que decir, tú harás lo que tu padre diga, y tu padre dice que no te arrimes a los toros, y eso será lo que hagas, ¿me oyes?
Yo seré torero. Si puedo lo seré, padre.
¡¡Ya basta!!
Sin querer darle un disgusto mayor, José optó por callar y salir de las vaquerías dejándolo con la palabra en la boca.
Y mientras todo esto ocurría en La Esperanza, arriba en la sierra aquella fatídica noche del incendio de las caballerizas, los hechos habían sido otros.
Arturo Jiménez el gitano, en su precipitada huida de su crimen o, lo que podía haber sido una tragedia, al verse imposibilitado para caminar por el monte opto por refugiarse en algún lugar hasta hacerse de día que, continuaría alejándose de La Esperanza, de sus hombres, de sus navajas quizá y, lo peor de todo, de los civiles, que posiblemente intentarían darle caza y hacerle pagar su fechoría.
La desgracia del gitano, fue irse a refugiar en aquella gruta medio escondida por la maleza a la falda de la montaña, una gruta con unos inquilinos muy especiales, unos inquilinos ya conocidos para él, aunque al ser de noche no pudo darse cuenta ni del sitio donde se ocultaba aunque lo conocía, ni tampoco reconocer a sus moradores.
Fue un terrible gruñido el que alertó al gitano del peligro que corría, e instintivamente saliera de la gruta, seguido por aquel enorme animal.
Para entonces, las primeras luces del alba ya empezaban a vislumbrarse en el cielo, en aquel cielo marinero extremeño donde, poco a poco las estrellas, los millones de estrellas que habían reinado en él durante la noche, iban desapareciendo como por encanto.
Fue al salir, cuando Jiménez pudo darse cuenta de lo que en realidad ocurría. ¡Se había metido en la boca del lobo! En la morada de aquella enorme osa, a la que le mató su osezno días atrás.
¡Dios!
Sólo esas palabras pudieron articular sus labios, pues el pánico le atenazaba la garganta de tal manera, que parecía ahogarle.
La madre osa como muchos animales, gran cazadora, con buen instinto y olfato, también tenía buena memoria, parece que lo había reconocido y se erguía ante él amenazadora.
"Aquella osa no lo cogería descuidado", eso fue lo que le dijo al guarda, a Rodrigo, pero allí estaba desarmado, por salir precipitadamente del cortijo, y ante una madre posiblemente vengativa.
Pocos pasos pudo dar Arturo Jiménez, el miedo al verse impotente ante aquella fiera que gruñía amenazadora, era sobrecogedor.
Arturo retrocedía tratando de poner tierra por medio entre aquella fiera y el, pero fue inútil, sus pasos lo llevaron al vértice de una enorme sima y donde remotamente le era imposible salir. En ese instante, la hembra osa volvía a erguirse sobre sus patas traseras, amenazante, y dando un terrible gruñido lo que hizo que, en el último intento para ponerse fuera del alcance de aquellas terroríficas garras, sus pies pisasen mal sobre una piedra y el cuerpo del gitano se precipitase al vacío desde una altura considerable, quedando tendido en el fondo del barranco, inerte, sin vida.
Desde la cumbre, la osa dejó en el aire uno de sus gruñidos más feroces, tal vez su instinto le dijese que se acababa de hacer justicia por la muerte de su pequeño, aquel osezno que después de herido, recibiera una indiscriminada puñalada en el pecho, de la mano de aquel ser tan pequeño que acababa de desmarcarse por el precipicio.
Sebastián el vaquero, que era un hombre autoritario, un hombre que no permitía que lo dejasen con la palabra en la boca, un hombre tozudo que, siempre que podía acaba todo aquello que empezaba, por lo que no dudó en seguir a José hasta el chozo, y a éste su hijo Sebas que comprendió que allí podía haber zafarrancho.
¿Se puede saber qué te ocurre, José?
No es nada, padre, pero tienes que comprender, que los toros son mi vida, me gustan y seguiré con ellos.
¿Te crees que los toros son un rejolguete?
No, padre, sé que es algo muy serio, por eso quiero ser torero. Sé que es una profesión sería y me gustaría serlo.
Ya veo que no hay forma de quitártelo de la cabeza, pero aquí no puedes tentar al ganado, José. Se entera el amo y nos despacha a todos. ¿Y me quieres decir luego que hacemos?
Lo comprendo, padre, pero no puedo evitarlo, es más fuerte que yo.
¡Pues tienes que poder, coño! Es mucho lo que
nos jugamos todos.
Lo intentaré, padre.
¡Lo intentas no, lo harás!
Ya le ha dicho que lo hará, padre, déjalo ya.
¡Tú a callar, Sebastián!
Como usted diga, padre...
¡Me cabo en la leche! No me tienes nada de contento, José, y para colmo de lías con una lanas.
No es ningún lío, padre, es algo serio también, la quiero...
¿La quieres? ¡Cómo se puede querer a un enemigo, hombre, no me jodas!
Tal vez sean sus enemigos padre, pero no míos, a mí no me han hecho nada.
¡Ni a mí, pero a nuestra familia si se lo han hecho!
¿No cree que esas cosas tienen edad para olvidarlas ya, padre?
¡Nunca! Yo nunca olvidaré que mi bisagüelo fue torturado y fusilado por un lanas, ¿me oyes?
Pues, no pretenda que nosotros sigamos con ese odio absurdo.
¿Absurdo? ¿Te parece absurdo la muerte de un hombre inocente? Sí... seguro que fue una muerte absurda, pero por culpa de ellos, por ser unos traidores chivatos, por eso murió.
Ella es distinta, padre...
Trataba Sebas de hacerle comprender a su padre lo equivocado que estaba.
¿Y tú cómo lo sabes, Sebastián?
La conozco mejor que usted, sé que es buena, y se ve qué quiere a José...
¡Se ve, se ve! Yo sólo veo que es uno de ellos.
Pero distinta a los que le hicieron eso al agüelo...
¡Y una mierda! Son todos iguales.
Yo la amo y me casaré con ella, padre, quiero hacerlo, es mi vida y no puedo perderla, la amo demasiado para eso.
¡No, no lo harás! ¡En mi casa no entra una lanas!
¡Está bien, padre! Si no quieres que entre una lanas, saldrá un vaquero!
¡José! ¡José! ¡No es buena gente, jodér!
Dando media vuelta volvía a dejarlo con la palabra en la boca, para coger dirección al encinar seguido por su hermano Sebas, que quiso hacerlo recapacitar sobre aquello que pudiera estar pensando y, temía que pudiera hacer.
¡Espera, José, espera! ¿Qué vas a hacer hermano?
No puedo seguir escuchándolo, Sebas.
Ya sabes cómo es, no cambiará nunca...
Por eso lo digo, Sebas, porque sé que nunca cambiará, y nunca podrá comprender nuestro amor.
En un cabezotas, sí, pero...
Mira, Sebas, podría dejar los toros, y ya sabes la afición que tengo, podría dejarlo todo, todo lo que él quisiera, pero nunca dejaré de amar Ángela. ¡Nunca! Eso no me lo puede quitar, si me quita a Ángela es como si me clavase una navaja en el corazón, me moriría.
Sí... me lo imagino, pero él no comprende... ya sabes, donde no hay marta, no hay patata. Y para colmo tienes al lanas, José.
Esa es otra, Sebas, hablaré con él.
¿Crees que él si, que él os entenderá?
Seguro que piensa como padre, y se cierra en banda como él.
¿Entonces? ¿Qué piensas hacer?
No sé, Sebas, no lo sé. Si es así, sintiéndolo mucho... tendría que proponerle a Ángela marcharnos a otro lugar y dejaros.
¿Irte a dónde?
No sé, a otro pueblo, a otra dehesa, buscaría trabajo en otro sitio.
Siento que te pase todo esto, hermano, me gustaría que las cosas fueran de otra forma.
Yo también, Sebas, pero las cosas están como están. Me da mucha pena pensar que no haya armonía entre nuestras dos familias, pero ya ves que no hay forma de que ninguno de los dos se apee del burro.
Sí, ya lo veo... ¿Y ahora dónde vamos, si puede saberse?
Si vienes conmigo, yo voy a la "quedá".
Aún es temprano, José, podría estar el guarda por ahí, y además ya sabes lo que ha dicho padre de los toros.
Me da igual lo que piense, me ha calentado los cascos y me apetece torear.
Está bien, te acompaño, quiero verte a ver si has aprendido algo nuevo. Ja,ja,ja,ja...
También José rió con su hermano aquella ocurrencia de Sebas.
A medida que avanzaban hacia el encinar donde reposaba el ganado bravo, avanzaba también la noche, sembrándose el firmamento con todas las constelaciones del universo, sobre un fondo limpio y claro de un azul marino de terciopelo, custodiado por una luna nueva de espejo, donde se reflejaban los rayos del sol dormido al otro lado del mundo, pero que, aún en su inmensa lejanía seguía regando de su luz aquellos campos.
La misma luz que bañaba el lomo de aquellos astados, haciéndolos aparecer de plata.
El ritual de José a pesar del mal humor que le infundiera su padre, era el mismo, pues tenía al lado a su hermano, una persona que lo comprendía y lo quería, eso lo reconfortada mucho.
Bajo la mirada de Sebas, José comenzó su ritual de costumbre, sacando la muleta y el estoque de entre los matorrales donde los escondía, para extender con sumo cuidado el trapo sobre el suelo y, sobre éste el estoque.
A continuación se desvestía cuidadosamente, muy despacio, esta vez parecía no importarle mucho si el guarda aparecía, sabía que Rodrigo era buena persona, y tampoco llegaría la sangre al río si le pillaba. No le pegaría un tiro, que sería lo peor que podía pasar.
Cuando creyó estar preparado, saltó la pequeña valla de piedra que contornaba el inmenso corral, para apartar al primero que pudiera, como así lo hizo.
Ante los atónitos ojos de Sebas, su hermano parecía disfrutar con el morlaco a la luz dorada de la luna, y entre las fantasmales sombras de las encinas.
Los pases se sucedían unos a otros manteniendo al toro a su lado, y tan cerca, que a Sebas los pelos se le erizan. Aquellos muletazos serenos, formaban un abanico de arte y de color, de belleza estampada, los derechazos, los naturales, las manoletinas, los molinetes, las trincherinas, pases de pecho y cambiados, dando un especial escalofrío con aquel animal beleto y astifino con su sensible toreo amanoletinado.
Con los pies clavados al pasto de la Dehesa, y sólo con un leve zorongueo de su cuerpo, José hacía que el animal entrase el trapo una y otra vez, enhebrando un pase con otro, con una habilidad especial y con una serenidad fuera de serie.
Mientras, su hermano desde la valla, y a pesar del miedo que sentía por su hermano, también disfrutaba con aquel bello espectáculo de luz y sombras, de sudor y sangre, de un animal salvaje y la sangre fría de José.
La nobleza de aquellos vellos animales era evidente, aquel burraco que escogiera José, ya le había hecho tener plena fijación por la franela, y los pases se sucedían unos a otros durante largos y estremecedores minutos para Sebastián, temeroso por la vida de su hermano, aunque pudiera darse perfecta cuenta que dominaba la situación con holgura y destreza.
El resto de la manada, de aquella manada de raza ibérica, de hermosa estampa todos y cada uno de ellos, permanecían hermanados agrupados bajo las frondosas encinas formando un extraordinario manojo de colores, unos puros, otros mezclados. Atrás se habían quedado como digo sus hermanos de camada, donde podía apreciarse en general, los colorados, los negros zainos, los castaños, el berrendo, ensabanados, salineros, boci-blancos y jaboneros, dando una visión casi mágica a los ojos con sus cuernas, donde también había diferencia de armamento entre ellos, unos claramente bizcos o gacho, aunque eran los que menos pues, en general sus defensas amén de algún astigordo por su querencia al escarbe, los demás estaban bien provistos con sus astas... todos en general eran unos bellos y astifinos ejemplares.
Entre tanto en La Esperanza, la cena aquella noche se desarrollaba de una forma singular, esta noche estaba el amo y era especial, la cena se veía que había mejorado sensiblemente, pues los caseros debían dar la imagen perfecta, hacer ver que sus hombres estaban bien alimentados.
En realidad hambre no pasaban, comían bien, pero aquella noche se podía apreciar otros detalles, como una ensalada, botellas de vino y alguna otra exquisitez distribuidas sobre las mesas.
En la mesa del lanas, podía apreciarse que permanecía solo a la mesa, así como su eterno enemigo el vaquero, que permanecía en la suya con un mal humor resignado por lo ocurrido con su hijo José momentos antes.
El semblante del lanas, no era muy distinto en su sitio, también él parecía pensar en todo aquello que su hija tenía metido en la cabeza y debía (según él) quitarle.
En una mesa especialmente preparada para la ocasión y, presidiendo aquel salón comedor, se sentaba el señorito, el capataz, el aperador, el guarda y dos sillas dispuestas en las esquinas para Francisco el casero, y su mujer Rosario que en esos momentos atendían las mesas y sus comensales.
¿Qué te ocurre, Sebastián? Parece que te veo mala cara...
¡Qué me va a ocurrir! ¡Lo de todo los domingos!
¡Manda huevos cómo sois!
Tú no puedes entenderlo, Francisco.
¿Tú crees? Quizás no puede entender lo que tú, pero comprendo perfectamente el ambiente que os rodea y la situación que tenéis.
¿Y qué situación es ésa?
¿No comprendes, que ese odio os está perjudicando a todos? ¿También dejaras que tus hijos continúen con estos rencores?
Eso son cosas mías, Francisco, déjalo.
Algún día puede pesarte esta obsesión. Algún día podéis lamentar esta tensión y este odio, quizá vuestros hijos, tal vez nuestros nietos o, quizás todos.
Estoy harto de que me sermoneéis todos, así que vete a hacer puñetas, jodér, y deja de meterte en mi vida.
Tu carácter te va a matar, Sebastián, pero tienes razón, son cosas vuestras. Olvida lo que te he dicho, olvídalo.
No te preocupes que lo haré. Bastante tengo yo ya con lo mío.
Sí, claro.
Dándole la espalda, Francisco continuó con su tarea repartiendo la cena, hasta llegar a la mesa de Madruga, al que intentaría también hacerle comprender lo equivocado que estaban los dos.
¿Parece que no ha venido Ángela, Antonio?
¡Hemos discutido, quizá se le haya quitado el hambre!
¿Pues y eso, que ocurre?
Lo de siempre, Francisco, se ha encaprichado de José, y no lo tolero.
¿El vaquero?
Sí, el vaquero, ya ves...
¡Dios mío! Y no hay esperanza de que os arregléis, de que se arreglen vuestras cosas...
Sabes que no, Francisco, ese cafre del vaquero ya sabes cómo es, siempre me está insultando, siempre se está metiendo con mi familia y no lo aguanto. No aguanto que un traidor me trate así, ni voy a dejar que mi hija se case con uno de ellos.
¡Pero Antonio! ¿No ves que tu hija puede sufrir mucho con eso? ¿No veis que los zagales se llevan bien, que están por encima de vuestras viejas rencillas? ¿Es que queréis matarlos?
No, no hará falta, pero tampoco voy a consentir esa unión, las cosas están bastante enconadas entre nosotros.
Alguno tendrá que ceder un poco, ¿no crees?
Ese no seré yo, Francisco.
¡Qué barbaridad! Pues, en el cortijo se teme que ocurra algún día una desgracia, ya ves que ha podido ocurrir con el semental, y después con el incendio de las caballerizas, Antonio.
Ese mal nacido ya no nos causará problemas.
No pensaba en el gitano, pensaba en vosotros, Antonio.
Con nosotros, lo que ha de sonar sonara.
Ten cuidado, Antonio, más vale que sembréis un poco de esperanza en la vega, e intentéis que todo vaya bien.
¡Déjalo, Francisco! ¡Cada uno es cada uno!
Está bien, Antonio, como quieras, sólo pretendía hacerte ver nuestro entorno.
¡Ya lo has hecho, gracias!
¡Uhhh!
Refunfuñaba Francisco con cara de desánimo, al ver que tampoco al lanas había forma de hacerle entender ciertas cosas, para seguir con su tarea.
En la presidencia señorial (por llamarla así), el ambiente era otro, todo eran halagos hacia el amo, todo eran risas provocadas por las ocurrencias del señorito.
¿Qué tal tu hija, Manolo? ¿Estará hecha una moza ya, no es así?
Tiene razón, señor, y muy guapa.
A ver si la casas ya, que nos vayan renovando la sangre obrera, ¿no te parece? Ja,ja,ja,ja...
Claro, señor, así sería la quinta generación de La Esperanza. Ja,ja,ja...
Todos trataban de agradar a don Pedro riéndole sus gracias, haciendo amena y entretenida la cena.
¿La quinta ya, eh? ¡Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando mi antepasado se ganó la finca! ¡Bueno, no sé si se la ganó por sus méritos como noble, o se la regalaron, pero aquí estoy yo, gracias a ella vivimos todos! ¿No es cierto?
Así es, señor.
Unos mejor, y otros peor, pero todos. Ja,ja,ja,ja...
Todos en la mesa reían aquellas ocurrencias tan acertadas, pero no todos comprendían su significado real.
Bueno, Rodrigo. ¿Qué tal la casa?
Una balsa de aceite, señorito.
¿Podemos venir este otoño con garantías?
Por supuesto, señor, tanto la caza menor, como la caza mayor, está muy bien este año.
¿No han metido la mano los furtivos?
¡Aquí no hay furtivos, señorito, aquí somos todos buena gente, y además; usted nos alimenta bien, no le hace falta a nadie...
Me alegro, Rodrigo, no quiero venir con mis amistades, e irme con las manos vacías.
Le aseguro, que disponemos de buena caza, señorito.
¡Eso está bien!
¿Y los operarios, Luis, cómo van? ¿Cómo van las cosas entre ellos?
Yo como aperador, y en lo que puedo ver... no hay entre ellos ningún problema. Trabajan bien y con ahínco, por lo que deduzco que todo funciona bien en esta familia, señorito.
Eso es lo primordial, que se lleven bien, que no tengan problemas entre ellos, eso mengua el rendimiento y no es bueno.
Es así como le digo, señorito.
¿Y cómo lo conseguís? ¿Cómo conseguís que
todo vaya sobre ruedas o, como una balsa de aceite que dice Rodrigo?
¡Pues eso, formando una gran familia como lo hacemos!
¡Fantástico! ¡Me gusta La Esperanza de la Vega y sus gentes!
A la mañana siguiente, la comitiva volvía a reunirse a la puerta del cortijo, el señorito partía para la ciudad y había que despedirlo con el boato que su rango merecía, como amo de La Esperanza, de sus gentes, animales, plantas y cosas o, todo aquello que se encontrase dentro de sus dominios.
Al igual que en su recibimiento con todos los cumplidos, el señorito partía con su coche de caballos en dirección a la verja que solicitó se prestaba a abrirle Francisco el casero, cerrando tras de él.
¡Dios guarde a Vd. muchos años, señor!
Gracias, Francisco, queda con Dios.
Que Él le guarde, buenos días.
Perdiéndose en un recodo del camino tras una niara de paja de la hera.
Atrás quedaba lo que el señorito creía una familia feliz y contenta, por lo que jamás podía imaginarse lo que ocurría a sus espaldas en La Esperanza de la Vega ese día.
Aquel amanecer, sería el amanecer del día más demencial y fatídico que recordasen las gentes de La Esperanza, durante el resto de sus existencias. Ese día, el lanas ya al despedirse del señorito, pudo apreciar que su hija no se encontraba entre ellos y quiso cerciorarse de su paradero volviendo al chozo y, asegurarse que permanecía en él, cosa que no fue así, el jergón de paja permanecía intacto, no había dormido allí.
¡Dios! ¡Ángela! ¡Maldita sea mi estampa! ¿Cómo ha podido? ¡Esto es cosa de los vaqueros! ¡Ese cabrón se la ha llevado! ¡Me la ha robado! ¡Lo mato! ¡Lo voy a rajar como a una oveja!
Por arte de magia, aquel cuchillo volvía a aparecer en su mano, aquel cuchillo tan peculiar que fabricarse él mismo, ese cuchillo de doble hoja, una en cada extremo con un mango nacarado en el centro, especialmente pensado para la caza y, el que usaba también con gran destreza para rascar el de vellón de la piel de oveja después de sacarla de las cenizas.
Un cuchillo tremendamente peligroso, por sus dos afiladas y puntiagudas hojas opuestas.
Sin pensárselo dos veces, el lanas se presentó en el chozo del vaquero.
¡Maldito cabrón! ¿Qué has hecho con mi hija?
¡Qué haces en mi chozo! ¡Fuera!
Te he hecho una pregunta, Vaquero. ¿Dónde está mi hija?
¡A mí qué me dices! ¡Tú sabrás dónde está tu hija!
¡Maldito enrraó! Se ha llevado a mi hija. Tu bastardo se ha llevado a mi hija.
¡Cómo te atreves a llamar bastardo a mi hijo! ¡Te voy a rajar!
Estoy harto de tus insultos, Vaquero, y esto es la gota que colma el vaso. ¿Dónde está? ¡Dónde está tu hijo! Dime dónde están o te juro que...
¡O, que! ¡Qué hará un cobarde como tú! José no ha dormido aquí esta noche. ¿O, es que eres ciego...? ¡Mira!
(Señalándole el jergón donde José descansaba habitualmente)
¡Un cobarde como yo, puede rajarte las entrañas, vaquero! ¿Se han ido juntos? ¡Contesta, maldito cabrón!
¡Ha llegado tu hora, lanas, estoy harto de ti y de tu gente!
También el vaquero en el calor de la discusión, y viendo cómo el lanas esgrimía aquel cuchillo amenazador, también su mano aferró su navaja, bien para defenderse, bien para agredirlo, pues los ánimos como sabemos estaban ya bastante caldeados y, alguno de los dos se veía que algún día saltaría en ese estado de nervios.
¡Uno de los dos sobra en este mundo Vaquero!
¡No seré yo, traidor!
¡Vas a morir, lanas!
¡Lo que se ha de asar se fríe, y se aprovecha la pringue!
Los dos se enzarzaron en una feroz pelea en la que, estaba claro que habría sangre, aquello no era una simple pelea a puños, aquello era mucho más.
El encontronazo de los odios entre ellos era brutal y espeluznante, las navajas y el cuchillo en el forcejeo desprendían destellos plateados sobre los juncos del chozo, acompañados de los resoplos y bufidos de dos hombres curtidos, hechos y derechos, forjados en la fragua del Sol de Extremadura. Unos hombres del color de la tierra, fuertes y robustos.
El fatal desenlace tuvo lugar en un descuido del vaquero en el que, aquel cuchillo de doble hoja arremetía a jurria por el lado contrario, algo que el vaquero no esperaba y el lanas hizo por inercia, por instinto como conocedor del arma que manejar, y aquel enorme cuchillo caló en su estómago como si de mantequilla se tratase y, con un ahogado quejido del vaquero, aquella fuente de su estómago brotase gorgotónes de ardientes sangre como si de un volcán se tratase, vaciándole las entrañas de la savia de la vida cayendo desplomado sobre el polvorientos solero del chozo, donde la sedienta tierra embebía esa sabia tan preciada para el organismo.
Los ojos del lanas aterrorizado por lo ocurrido, permanecieron clavados en su supuesto enemigo durante algunos minutos en los que, todo su cuerpo quedó rígido, sin comprender muy bien aún lo que acababa de hacer. Como sin creérselo o, sin querer creérselo.
¡Dios mío, qué hecho! ¡Qué he hecho, Dios mío! ¡No, no puede ser! ¡Esto no puede estar pasando!
Se arrodilló a la vera del vaquero, y sólo entonces comprendió que aquel hombre que siempre se metía con él, que tanto le increpase, y que tan convencido estaba en creerlo un traidor y un chivato, estaba muerto, sobre solero, ¡muerto!
¿Qué hago, Dios mío!
Con el cuchillo aún en su mano, sus pasos se dirigieron a su chozo. Su mente en aquellos momentos permanecía en blanco, su organismo era el que actuaba, tal vez llevándolo a la querencia de los chiqueros, como le ocurre a los toros cuando se ven perdidos.
Podía vérsele sentado sobre el cincho del chozo, como masticando la tragedia que le remordía las entrañas.
Sí, odiaba a aquel hombre y a toda su gente, pero nunca creyó que aquello ocurriese, que llegase a ser un criminal, más bien siempre había temido que el criminal fuera el vaquero, no él.
El vaquero era el que siempre le increpaba a la pelea, el que le insultaba, y del que creía que debería defenderse, pero nada más, y sin embargo, allí estaba él con las manos manchadas de sangre, de una sangre traicionera, cobarde y chivata según él, pero sangre al fin y al cabo.
Para aquellas horas tempranas de la mañana, los dos hermanos después de haber pasado la noche en la " quedá" vuelven al cortijo, encontrándose un dantesco espectáculo sobre el sobrero de su chozo, allí permanecía su padre sobre el piso, sin vida, muerto.
¡Padre! ¡Padre!
Gritaba desesperadamente Sebastián hijo.
¡Qué le ocurre padre!
Temeroso de lo que le pudiese ocurrir a su padre, se preocupaba José.
¡Padre, contésteme! ¡Padre!
¡Está muerto, Sebas! ¡Está muerto!
¿Pero quién...? ¿Cómo han podido hacer una cosa así, José?
Esto tenía que acabar así. ¡Dios santo!
¿Tú crees que el gitano ha podido volver y hacer esto, José?
Más bien creo que ha podido ser el lanas, Sebas.
¡Maldito cabrón! ¡Lo mato! ¡Juro que como haya sido él, lo mato!
¡Dios bendito! ¿Cómo podían odiarse hasta este punto? ¿Cómo ha podido matar a nuestro padre?
¿Es ésta la forma de separarme de Ángela? ¿Podré perdonar al padre de mi amada por haber hecho una cosa así?
¡Yo no, José! ¡Esta vez, lo mato! ¡Y no me vengas con tus monsergas pacifistas, como con el gitano!
¡Soy el juguete de mi destino! ¡No puede ocurrirme esto a mí! ¡Perderé su amor por mi desgracia!
¡Esto pide justicia, José! ¡Nuestro padre la pediría! ¡Nuestro padre pediría venganza!
¿Pero no comprendes, que ya nos ha alcanzado sus rencores? ¡Si hacemos lo que dices, el odio entre las dos familias será eterno! ¡Además; que venganza voy a tomar, es el padre de Ángela, la perdería para siempre!
¡Para siempre hemos perdido padre!
¡No puedo perderla, Sebas, tú no lo comprendes, por mucho que me duela el crimen de padre, no puedo perder su cariño, es más fuerte que yo, no puedo. La amo demasiado, preferiría morir yo, antes que causarle el más mínimo daño a ella, ¿comprendes?
Sí, lo sé, te entiendo, pero eso no me incluye a mi.
¡Tú no harás nada, Sebas! La justicia hará lo que deba hacer, eso ya será un duro golpe para Ángela, no agravemos las cosas. Además; no podemos estar seguros que fuera él.
Tú siempre con tus pensamientos tan puros...
Es así Sebas. ¿Como sabemos... como estamos seguros que fue el lanas, el asesino?
Tienes toda la razón, José, ya te digo que me enteraré, pero no respondo de mí como averigüe que ha sido él.
No hagas más trágica mi situación, hermano, no la hagas, por favor.
¡Un crimen así clama al cielo, José, es nuestro padre!
Y ella mi amada, la mujer con la que quiero compartir mi vida, una vida que se oscurece ya de por sí con la muerte de nuestro padre, no hagas que mi futuro y mi destino sean más negro, más incierto.
¡Maldito hijo de puta! ¡Me cago en todos sus muertos!
¡Sebas!
¡¡Qué!! ¿Tampoco puedo acordarme de sus muertos? Mira, José, yo te quiero, sabes que haría cualquier cosa por ti, pero me revienta ese carácter tuyo siempre perdonando, siempre empleando la palabra mientras te abofetean en el rostro. Y no sólo eso, ya sabes, has sido pinchado por el gitano, ha tratado de matarte dos veces, una con el semental, y del incendio te escapaste por churro... y tú poniendo la otra mejilla. ¿Quién te dice a ti, que no estuviera el lanas detrás de todo eso, José?
No puedo saberlo, Sebas, lo que si sé, es que si ha hecho algo así el lanas, ha sido por el odio que se tenían los viejos, y yo no quiero ser heredero de algo así, y mucho menos habiéndome enamorado de Ángela, es hora ya de guardar en el baúl la historia.
¿Dices eso delante del cuerpo de padre?
¡Maldita sea mi estampa, Sebas, no me lo hagas más difícil!
¡Haz lo que quieras, José, yo averiguaré si ha sido él!
¡Qué vas a hacer, Sebas! ¡No seas loco!
¡Miraré si está en su chozo, si no, lo buscaré donde haga falta, éste no se pierde en el monte!
Te acompaño, no quiero que cometas una locura, Sebas.
¡Cómo quieras!
Si, allí estaba el lanas en aquel momento, parecía recoger algunas cosas más o menos imprescindibles, tal vez con idea de emprender la huida, cosa a la que no le dio tiempo.
¿Eh?
¿Sabías que han asesinado a mi padre, lanas? ¿Sabes tú algo de esto?
Sebas, por favor...
Trataba José de entrar en razón a su hermano Sebastián.
¡Qué has hecho con nuestro padre, canalla! ¿Has sido tú, no es cierto?
¿Pero cómo te atreves a culpar así a una persona, Sebastián?
No, déjalo, José, tienes razón.
¡Te lo dije, es un asesino!
Seguro que nos contará cómo fue, Sebas. ¿Qué ha ocurrido para...?
Mi hija ha desaparecido, José, y tú tienes que saber dónde está. Anoche no durmió en el chozo y yo...
¿Cómo? Ángela... ¡Dónde está Ángela!
Se sorprendía José por aquellos acontecimientos que no conocía, por un lado, fue como un jarro de agua fría el comprobar que el padre de Ángela fuese el asesino de su propio padre, por otro, la desaparición de Ángela para él era algo inaudito y sorprendente. ¿Qué habría ocurrido? ¿Dónde estaría su amada? ¿Estaría bien?
¿Qué ha desaparecido Ángela? ¿Y por eso has matado a nuestro padre?
Volvía a arremeterle Sebastián con sus acusaciones.
Lo culpaba a él de su desaparición, creí que se había fugado con José y que lo sabía, al no querer decírmelo nos enzarzamos... pero os aseguro que ha sido un accidente.
¡Cómo puede ser un accidente una puñalada en el estómago!
El mal humor de Sebastián era evidente, sus nervios parecían estar al límite de su resistencia.
Yo no quería, lo hice por inercia temiendo tal vez que me hiriese él.
¡Lo has matado, asesino!
La cabeza de José permanecía pensativa, quizá viendo cómo el mundo le aplastaba, como su vida se hundía, como las arenas movedizas que se formaban a sus pies lo engullían poco a poco y sin remisión, y para colmo, Ángela había desaparecido. ¿Dónde estará? ¿Le habría ocurrido algo? ¿Cómo desapareció sin avisarle? ¿Habría olvidado las promesas de amor que se hicieran en la ermita del pico del Aguila? No, nada de aquello era cierto, su subconsciente se negaba a creer ciertas cosas, alguna otra explicación tendría su desaparición, estaba seguro, no podía golpearlo otra desgracia así con su Ángela, no.
Atrás quedaba Sebas en plena discusión con el lanas, mientras sus nerviosos pasos y a zumbataráma se dirigían hacia otro lugar, el cortijo y las dependencias del capataz de la finca, el padre de Dulce.
¡Dulce! ¡Dulce! ¿Estás en casa, Dulce?
¿Qué ocurre José?
¿Has visto a Ángela? ¿Sabes algo de ella?
Por qué, José, ¿ocurre algo?
¡Ha desaparecido, Dulce! ¡No está en La Esperanza!
¿Qué dices José, no puede ser?
Es cierto, Dulce, anoche no durmió en el chozo y temo que le haya ocurrido algo malo.
Yo no te puedo decir, no sé dónde ha ido, tal vez Chico sepa algo. ¿Porque no le preguntas a él?
Sí, eso haré, gracias Dulce.
Su frenético paso continuaba patente, esta vez en dirección a las porquerizas donde esperaba encontrar una respuesta a sus temores.
¡Chico, donde está!
En los chiqueros, José.
¿Sabes algo de Ángela, Chico?
Sí, anoche no pude decírtelo, me había mandado el capataz a hacer la velá en las carboneras.
¡Gracias a Dios! ¿Está bien?
Si, no te preocupes, está bien, te está esperando.
¿Me está esperando? ¿Dónde?
Me dijo que te dijera tantas cosas, que ni las recuerdo, ni creo que yo pueda repetir tantas cosas bonitas.
¿Dónde está, Chico?
¡Tranquilo, hombre, no seas impaciente, dame
un respiro! Me dijo que te diría que te ama, me dijo...
Sí, sí, ya sé todo lo que te pudo decir, pero donde está. Dímelo antes de que me dé algo, que bastante alterado estoy ya.
¡En el Peregrino, ya está! ¡En la posada del Peregrino, eso es!
¿Y, como?
Había discutido con su padre sobre lo vuestro, y parece ser que se puso duro y optó por vivir su vida a tu lado, buscar otro lugar, con otras gentes, en otro trabajo.
¡Gracias, Dios mío! Temía que le pudiera haber ocurrido algo.
¡Corre Romeo, corre como el viento que tomada te espera!
Gracias, Chico, eres un amigo.
Pues claro, hombre, pero sin novia.
¡Ah! Y no te preocupes si no pudiste decírmelo anoche por estar en las carboneras, tampoco yo estuve en La Esperanza.
Ya me imagino donde estuviste. ¡Y yo me lo perdí! ¡Venga, no la hagas esperar!
¡Queda con Dios, Chico!
¡Qué Él os bendiga, José!
Mientras todo esto ocurría en las porquerizas, en el cortijo se vivían otras escenas... a lomos del rocín blanco cabalgaba Rodrigo y, a la grupa del potro sobre sus ancas parecía traer algo, algo parecido a un cuerpo humano, sí, en efecto, eso era, ¿pero quién?
¡Francisco! ¡A de la casa!
¿Qué ocurre, Rodrigo? ¿Quién es ese hombre?
No te lo vas a creer, Francisco...
Al cogerlo por los cabellos y levantarle la cabeza, Francisco pudo darse cuenta de quién se trataba.
¡Arturo! ¿Qué ha ocurrido?
Lo encontré despeñado en el monte.
¿Qué ha podido ocurrir, Rodrigo?
No sé, Francisco, tal vez se ha perdiera en la maleza y de noche no viera dónde pisaba.
¡Pobre diablo!
De pobre nada, Francisco, era un desalmado.
Sí, lo sé, pero...
Incluso a mí me tenía amenazado.
¿Cómo?
Sí, Francisco sí, hasta con un anciano...
¿Pero, qué motivos tenía para amenazarte?
Lo había cogido matando un osezno y fue su forma de hacerme callar. ¡Todo un valiente!
¡Qué desgraciado! ¡Pues, ya lo ha pagado todo!
Y si no lo ha pagado, al menos no hará más facatúas. ¿No crees, Francisco?
Tienes razón, Rodrigo, a ver si ahora podemos vivir en paz en la Vega.
¡A ver!
¿Tú crees que se pudo encontrar con la osa?
¡Pues también puede ser, ya se lo advertí, pero se reía, a él la osa no lo cogería descuidado otra vez!
Como quiera, ya ha pagado todas sus culpas.
¿Dónde lo dejamos, Francisco?
De momento en su cuarto hasta dar parte a los civiles, después ya sabrán que hacen con él, ¿no crees?
Me parece bien, Francisco.
El semblante de José a pesar de la pena que le inundaba el alma por la muerte de su padre a manos del lanas y, por todo lo que aquellos acarrearía parecía tener mejor talante ya, sabía que su amada se encontraba bien, y eso al menos le reconfortada el espíritu.
No podía perder tiempo yendo andando hasta la posada del Peregrino, había una legua de distancia y su corazón enamorado le exigía ver a Ángela cuanto antes, por lo que pensó en los caballos, cogería uno prestado, a pesar de ser unos animales sagrados que no debían tocar, no debían montarlos nadie, pero él prefería coger el más veloz.
Justo lo que tardó en ensillarlo y ataviarlo con los arreos necesarios, y salía con él de cabresto por el portón de las caballerizas adaptadas provisionalmente. (Como sabemos habían ardido y quedado en muy mal estado)
¡José! José, hermano...
Que ocurre, Sebas...
¡El lanas! ¡He matado al lanas!
¡Qué has hecho, desgraciado!
No he podido evitarlo, José, me ha cegadora y la ira y no he podido evitarlo.
¡¡¡Noooooo!!! ¡Te dije que no hicieras algo así, Sebas! ¡Acabas de asesinar mi destino! ¡Me has matado a mí! ¡Has acabado con mi futuro!
¡Lo siento, hermano!
¡Cielos! ¿Cómo puedes jugar conmigo de estamos forma? ¡¡Yo os maldigo!! ¡Maldigo las estrellas! ¡Maldigo los cielos! ¡Maldigo al mundo entero! ¡Habéis destruido mi mundo y el de mi amada! ¡¡¡Malditos seáis por siempre!!!
¡Perdóname, José! ¡No sé qué me ha pasado por la cabeza, perdóname!
Con toda la tristeza y toda la desolación del universo reflejada en su rostro, y dos perlas rogándole por la comisura de sus ojos producida por tan fuerte decepción sobre el futuro que él había soñado vivir a la vera de Ángela, José intentaba montar en el rocín.
¡Mi vida no tiene sentido, no tiene futuro, está vacía! ¡¡Está muerta!! No puedo vivir así, no sólo a acabado mi existencia, la de Ángela también! ¡¡Has atravesado tres corazones!!
Sebas, tal vez avergonzado por aquello que hizo, sólo escuchaba como José se lamentaba amargamente.
Con la muerte del lanas has acabado con nuestro amor, Sebastián, y si la pierdo a ella no quiero una vida vacía de amor y llena de odios como los viejos, prefiero que me mate un toro.
Sebastián le impedía montar en el caballo.
¡No, José, no hagas una locura!
¡Suéltame, Sebastián! ¡Suéltame!
¡No, maldita sea, eso no! ¡Baja!
¡Ángela me odiará por esto, Sebas! ¡No quiero sentir su odio al mirarla frente a frente!
¡No quiero! ¡Prefiero morir, que sentir un amor frustrado convertido en odio! ¡Déjame!
¡No, no puedo consentir que hagas una cosa sí! ¡Es una locura!
¡Tú lo comprendes, Sebastián! ¿No ves en lo que ha quedado mi vida? ¿No lo ves? ¿No comprendes que se ha convertido en cenizas todas las llamas que nuestro amor? ¿No ves que nos ha atrapado en sus redes esas viejas rencillas de los mayores, y además estamos sin salida? ¡Nos ha atrapado sin remisión!
¡Olvídalo hermano, todo puede arreglarse!
No, Sebas, ya ves... que esos rencores han causado ya dos muertes, y yo no quiero vivir con eso sobre mi conciencia, viendo además como pierdo el amor de Ángela, y después tuviera que padecer su mirada, su desprecio, su odio. ¡¡Déjame, maldita sea!!
¡He dicho que no! Esta vez no puedo obedecer a mi hermano mayor. ¡No irás!
¡Está bien iré andando! ¡No podrás evitar que me mate un toro!
¡Estás loco, no puedes hacer eso!
¡Por supuesto que lo haré! También mi carrera como torero acaba de irse a la mierda.
¡José, por favor, no lo hagas!
Dulce, intranquila por la desaparición de su amiga, quiere cerciorarse también de su paradero y, busca a Chico por si le puede dar noticias de ella.
¡Chico, Chico! ¿Estás ahí?
¡Hola corazón! ¿Cómo tú por aquí? ¿Tanto te urge?
¡Calla, tonto! ¡Siempre estás pensando en lo mismo!
¡Te aseguro que cuando lo hago no!
¡Qué salido estas!
Cómo quieres que esté un zagal como yo, y sin novia. ¡Dime! ¿Cómo puede estar?
¡No seas tonto!
¿Quieres ser tú mi novia? Somos jóvenes y ardientes, los dos haríamos una buena pareja, ¿no crees?
No sé qué decirte, me has dejado...
¿Tengo esperanzas? Dime, ¿tengo esperanzas?
¡Déjame, tonto!
¿Eso es un sí? ¡Me amas! ¡Hurra! ¡Estás loca por mí, lo sabía!
¡Tú sí que estás loco! ¡A lo que venía, chico! ¿Qué sabes de Ángela? ¿La has visto? La anda buscando José.
Sí, ha estado aquí preguntando por ella.
¿Y?
¿Y, que?
¡Que si sabes dónde está, idiota!
¡Qué guapa te pones cuando te enfadas, me das un morbo...!
¡Y dale! ¡Sabes si está bien, o no!
Sí, está bien, no te preocupes.
¡Gracias a Dios! Andaba preocupado José.
Ya le he dicho que está bien, y donde está.
¿Es que se ha ido?
Sí, se ha marchado de La Esperanza.
¿Por qué, que ha ocurrido?
¡Nada, las cosas de los viejos! ¡Lo de siempre! No le dejaba el lanas salir con José y ha decidido marcharse con él.
¿Cómo se ha ido sin despedirse? José es capaz de hacer lo mismo, y quiero darle recuerdos para Ángela y desearles que le vaya todo bien. Tengo que verlo.
Como no te des prisa se irá, iba frenético por ver a su amada. ¡Eso es amor y lo demás es cuento! ¡Hay, cuánto daría yo por una mujer así!
Lo de José es amor, y lo tuyo es vicio Chico.
Vicio no, necesidad de amar, estoy tan sólo...
¡Ya estamos! Me voy, que se me escapa.
Voy contigo, dulce, tal vez no vuelvan por aquí por respeto a esos dos cazurros que tienen por padres.
Ya se les pasará cuando vean que van en serio, seguro.
(No podían imaginar la tragedia ocurrida ya en La Esperanza)
Al acercarse los dos amigos a las improvisadas caballerizas, vieron cómo José y Sebas discutían sobre aquello que conocemos, la desgracia que se había cebado con sus familias.
¡Déjame, quiero morir! ¡Quiero que sea un toro el que acabe con mi sufrimiento, déjame! ¡Mi vida no tiene sentido, todas mis ilusiones se han hecho añicos! ¡No quiero vivir!
¡Hermano! ¡José! ¡No, José!
Le pudo arrebatar el caballo de sus manos, lo que no pudo evitar fue, que se dirigiera al encinar, a los toros y, con aquella macabra idea metida en su cabeza, por lo que decidió seguirlo, pues debía impedir que cometiese una locura, no podía permitir que su hermano José, hiciera aquello que decía. No podía perder a su hermano, ya era bastante con ver a su padre de cuerpo presente.
¡¡José!! ¡Espera, José!
Corriendo tras de él, al ver que su paso era decidido y el caso que le hacía a él era nulo.
Dulce y Chico, sólo pudieron oír algunas palabras en la discusión de los hermanos, pero fueron suficientes para presentir que algo no funcionaba, algo había ocurrido para que José se comporte así y quisiera morir en las astas de un toro. ¿Pero qué?
¿Entiendes tú algo, Dulce?
No comprendo que puede haber ocurrido, Chico. ¿Tú crees que ha podido haber bronca otra vez con el vaquero y el lanas?
Es lo único que se me ocurre, Dulce, porque, ¿otra cosa?
No podemos permitir que haga algo así, Chico, debemos decírselo al vaquero, tenemos que impedirlo.
Tienes razón, Dulce, vamos.
Su padre sabrá qué hacer. A ver si se le cae la cara de vergüenza de una vez, y olvidan sus rencores, ¿no crees?
No sé si estos cambiaran algún día...
En el chozo del vaquero, parecía no haber movimiento alguno, tal vez no estuviera allí, quizá estuviera cuidando al ganado, pero aún y así, se asegurarían de ello.
Parece vacío... ¡Sebastián! ¡Sánchez! ¿Estás por ahí?
No tardaron mucho en darse cuenta, del por qué el vaquero no contestaba a sus llamadas.
Tendido sobre el piso, yacía su cuerpo sin vida. ¡Muerto!
Un grito se ahogó entre el pecho y la garganta de Dulce, mientras a Chico sólo le salió una exclamación: ¡Qué horror!
¿Pero qué ha ocurrido aquí? ¿Quién ha podido hacer algo así, Chico? ¿El gitano?
(No podía saber que su cuerpo había sido traído por Rodrigo el guarda, pero sin vida)
¿Tú crees? ¿Y si estos dos cafres, han...?
¡El lanas! ¡Dios mío, que tragedia!
Sí... pero debemos impedir que José haga una locura, Dulce, pidamos ayuda a Antonio Madruga, quizá nos ayude a impedir una tragedia mayor.
Si ha sido él, como crees que nos puede ayudar.
Le tiene que remover las entrañas si ha hecho esto, y no puede consentir que José haga esa locura.
¡Hay que intentarlo Chico, hay que alcanzar a José, su hermano Sebas no podrá impedirlo sólo!
¡Vamos! ¡Vamos, rápido!
En el salón comedor del cortijo, se debatía en esos mismos instantes una conversación entre el anciano Rodrigo, el guarda de La Esperanza, Francisco el casero y Rosario, su mujer.
Rosario, ¿están las patatas preparadas?
Preguntaba Francisco a su mujer.
Ahí las tienes, Curro, y en la ensaladera el tomate, el pepino y el pimiento para el mohe.
Le señalaba Rosario, todos los ingredientes que podía necesitar.
¿Pongo la olla al fuego?
Sí, pero en la de barro, no vallas a hacer lo del otro día... ¡Quema ollas ...!
No puede tener uno un fallo, Rodrigo...
Trataba de excusarse Francisco con el guarda.
Ya veo, ya, pero así y todo sois los mejores, todo está a punto siempre, igual en la cocina, que en las habitaciones, el penico siempre limpio y en su sitio... Las camas hechas, las pringás por la mañana...
¡No seas papelero, Rodrigo, algo estará mal!
Bueno... he visto que estaba descuajaringao un cristal de la ventana de mi cuarto, pero eso supongo que no será cosa de Francisco, bastante se sacude las nalgas ya, el pobre...
Si no se enroscase tan temprano, aún le daría tiempo a hacer otras cosas...
Rosario trataba de que Francisco pudiera quizás arreglar aquella ventana, tenía que intentarlo .
¿Cómo cuáles, mujer?
No sé... otras cosas.
Ya está el forraje duro para pitaeras, Rosario.
Le daba su marido un toque picante a sus propios pensamientos.
¡Estas guillao! Me refiero al cristal, por ejemplo.
Ya decía yo... ¿Te das cuenta como son las mujeres, Rodrigo?
¡Sin comentarios, Francisco...! A propósito, ¿qué hacemos con el cuerpo de gitano, eso hay que ventilarlo cuanto antes.
Sería mejor que dieras tú parte a los civiles, Rodrigo, con el caballo no te costaría mucho llegar a la comandancia.
También es mala suerte, si se hubiese quedado el amo un día más, el sabría lo que hacer.
Nadie podía imaginar que un buscalíos como era él, acabase así, Rodrigo.
No, pero si en lugar de ocultarle las cosas al amo, le hubiésemos hablado de él, y de su comportamiento, tal vez lo hubiese despachado y nada de esto habría ocurrido, y la vida en La Esperanza hubiese sido tranquila.
¿Tranquila con el vaquero y el lanas?
El vaquero y el lanas, si peor se llevan es por el comportamiento del gitano, Francisco, ya sabes que siempre estaba incordiando a Madruga, fomentando su odio en contra del Vaquero.
Sí, pero Sebastián no se queda atrás... ya sabes cómo es...
En su cafre, ya lo sé, pero en él es falta de cultura, es un analfabeto cerrado, pero no es malo, ya haré yo que comprenda lo que en realidad ocurrió...
¿Cómo es que sabes, lo que ocurrió realmente, Rodrigo? Tú no tenías edad para haber estado allí.
Yo no, Francisco, pero mi padre si, él fue uno de los números que tuvo la desgracia de ver cómo torturaban a aquellos dos hombres.
¿Cómo es que no has hecho ya algo al respecto, Rodrigo?
Nunca han querido escucharme, siempre han tenido, tanto uno como otro, a alguien que les daba la razón y, sus cerradas mentes se empecinaron en creer lo que sus padres y abuelos les contaron, pero ninguno de ellos pudo saber lo que ocurrió en realidad. Estaban confinados, así permanecieron durante años, sólo les permitían visita los domingos, y eran unas visitas amañadas para que todos viesen lo que querían que se viese. Además; no le permitían hablar más que lo estrictamente necesario, cosa que la autoridad del momento imponía a su criterio.
¡Qué horror, Rodrigo!
Se horrorizaba la casera del relato de Rodrigo.
Así es, Rosario, ninguno de aquellos hombres delató al otro, al contrario, se culparon... sé auto inculparon para salvar cada uno al otro, pues eran unos amigos entrañables, unos verdaderos amigos.
¡Qué bárbaro, como puede degenerar algo en bocas desconocedoras!
Es una pena, Francisco, espero que me escuchen y puedan comprender algún día, que aquellos hombres se avergonzarían de verlos a ellos arrastrar ese odio absurdo, e inútil.
¡Dios te oiga, Rodrigo!
Sí...
¡Y antes de que ocurra alguna desgracia en la Vega!
¿Qué haces ahí estirancao? ¡Arriba!
Le gritaba Rosario al casero, que se había quedado con la historia traspuesto y anonadado.
Me ha dejado la historia a caer del burro.
¡No salgas por la puerta falsa, Francisco, y pon el puchero que no comemos hoy!
Sí, mujer, ya voy...
En aquel fatídico día, las horas parecían descolgarse más lentamente en el reloj, sobre todo, para aquellos que estaban asintiendo en sus propias carnes la tragedia de la Vega.
Los nerviosos y aterrorizados amigos, Dulce y Chico, pretendían buscar ayuda allí donde creían encontrarla. ¡Cuán equivocados estaban! ¿Aquella mente estrecha le proporcionaría ayudar a su enemigo, a un vaquero? ¡Cómo! Si había asesinado al padre... ¿Podría ofrecerle la ayuda necesaria para salvar a José? Al menos debían intentarlo, era ganadero también, conocería al ganado, pero que pronto comprendieron todas las dudas que le asaltaban.
¡Dios mío! ¡Lanas!
Exclamaba Chico ante el espectáculo que le ofrecían sus ojos.
¡¡¡Noooooo!!! ¡Santo cielo! ¡Está muerto!
Aterrorizada gritaba la hija del capataz.
Ya lo veo, Dulce, también de una puñalada.
¿Pero, cómo están cada uno en su chozo, Chico?
¿Si se han matado ellos, no deberían estar en el mismo sitio?
Sí, Dulce, y eso sólo quiere decir que a uno de ellos lo ha matado una mano distinta, porque las dos heridas son mortales.
¿Quieres decir, que no pudo andar ninguno herido de esta forma?
¡Eso! Exacto, eso es lo que quiero decir.
¿Y quién crees tú...?
No tengo ni idea, Dulce, lo que sí puedo ver es que esta gran familia de La Esperanza está sufriendo las consecuencias de esos odios que se tenían estos dos hombres.
¡Qué desgracia, Chico!
Presiento que no será la última, debemos hacer que José desista de sus propósitos.
¿Crees que ha podido ser él, y por eso...?
No, dudo mucho que José haya hecho una cosa así, él que es...
¿Su hermano Sebastián?
No lo sé, Dulce, y si no nos damos prisa, creo que lamentaremos la muerte de uno de ellos, conozco bien a José y ese es capaz de dejarse a partir corazón.
¿Pero, por qué?
¿No comprendes, que haya sido él o, haya sido su hermano el que ha pinchado al lanas, su vida con Ángela es una ruina?
Tienes razón, Chico, no había pensado en Ángela. ¡Pobre niña! Será un duro golpe para ella cuando se entere.
Lo primero, es lo primero, debemos alcanzar a los vaqueros. ¡Vamos!
En el estío de la siesta, los morlacos permanecían diseminados por el encinar, uno o dos debajo de cada encina, no era como por la noche que solían juntarse todos en el mismo sitio. Entonces el ganado estaba más esparcido por la Dehesa y, José no tuvo ni quiso preocuparse de apartar a tal o cual toro, iba a morir y le daba igual si había un estado delante de él, o había más de uno.
En su desánimo por el toreo, esta vez, sólo saltó la pequeña cerca de piedra con una idea, encontrar un enemigo que le librase de todos aquellos sufrimientos que se agolpaban en su alma por la desgracia que se le había venido encima.
Sebastián no daba crédito a lo que contemplaron sus ojos, su hermano estaba decidido a morir, antes que ver sufrir al amor de su vida, él que había soñado con que el odio de sus padres terminase con aquel amor, con aquella unión y, que vivirían felices olvidando el pasado, pero no fue así, sus vidas se truncaron, les pudo el rencor, les pudo el odio.
Los nervios de Sebas aterrados por el temor que le imponía su hermano, temblaban sobre la valla mientras su pecho se estremecía por las palpitaciones de su corazón que, parecía querer salirse del pecho.
El peligro en el pasto se acentuaba cada vez más, José sé arrimada tanto a los pitones del astado, que no quedaba sitio para que el aire pasarse entre él, y el hasta del morlaco.
¡José, por favor! ¡José! ¡Acho!
Parecía no oírle, su estilizado cuerpo, y sembrado en la dehesa como solía hacer siempre, esperaba la embestida de la fiera que no hacía por evitar. Tanta adrenalina corría por el cuerpo de Sebas, que temiendo por su hermano y, a pesar del pánico que le producían los toros, saltó la valla de piedra con intención de sacar a José de allí, costase lo que costase, no podía dejar que aquella fiera lo matara, era su hermano y no quería.
¡José, Sal de ahí! ¡José! ¡Acho, sal!
¡Fuera, vete! ¡Vete! ¡¡Corre!!
No hubo tiempo para más, en tan pocos segundos el poderoso animal embestía contra aquello que se movía a su lado, y Sebastián fue empitonados en pleno pecho y, tras soltarse del cuerno cómo pudo, sólo dio unos pocos pasos para caer desplomado sobre el suelo como un costal de trigo, con aquella fuente de un solo caño brotando a borbotones directamente del corazón la sangre que sedienta embebía la tierra.
¡¡Sebastián!! ¡¡¡Nooooo!!! ¡Hermano!
Fue en ese preciso momento, cuando José parecía reaccionar, pues trataba de alejar al toro del cuerpo de Sebas, y esta vez se apreciaba claramente que lo hacía para eso, para quitárselo de encima, y volver al lado de su hermano a socorrerlo.
¡Dios mío, Sebas! ¡Háblame! ¡Dime algo, maldita sea! ¡Sebas, no!
Fue entonces, cuando el Chico y Dulce coronaban aquel montículo que les permitía ver el valle del encinar.
El panorama que se presentó ante sus ojos era dantesco, desolador, habían llegado tarde, en el suelo permanecía "José" abrazado por su hermano que le lloraba desconsoladamente.
¡Ha cumplido su palabra, Dulce!
¡No, más no, Dios mío!
¡Maldita sea! ¿Pero que está pasando, lo entiendes tú?
¡Esto es demasiado, Chico! ¡No puedo creer que todo esto esté pasando de verdad! ¡Tiene que ser un sueño!
Los nervios de Dulce ya de por sí tensos por la situación anterior con las muertes del lanas y del vaquero, no pudieron resistir más presión, y su pecho rompió en un llanto desconsolador abrazándose a Chico.
Desahógate, te vendrá bien, niña.
¡Chico, qué desgracia! ¡Dime que no es cierto! ¡Dime que esto no está ocurriendo, dime que es un sueño!
¡Ojalá pudiera hacerlo, Dulce! Es más; a alguien habría que decirle lo que está ocurriendo, ¿no crees?
¡Es cierto! ¡Aún no saben en La Esperanza lo que está pasando! ¡Dios bendito! Pero... ¿Y cómo dejamos aquí a "Sebas" con "José"?
Será mejor que no nos involucremos en todo esto, nos puede traer problemas.
¡Son nuestros amigos, Chico!
¡Aún así, luego los civiles hacen preguntas y te lían!
¡Pobre José! ¡Parte de culpa la tiene ese maldito gitano!
Se lamentaba Dulce consciente de todo lo que acaecía en el cortijo.
Sí... parece que tenía una especial fijación en que se llevasen mal los viejos.
La fijación era con Ángela, ese criminal quería conseguirla a toda costa Chico, y ya ves, lo poco que le faltó a José y a Ángela para morir abrasados.
¡Ojalá lo cojan pronto y pague todas sus fechorías, Dulce!
¡Ojalá le parta un rayo en la sierra! Estas muertes no las paga ese con su vida. ¡Pobre José! ¿Qué será ahora de Ángela, Chico, ella que soñaba con una larga vida al lado de él?
¡Buff! ¡Es muy fuerte! Me preocupa como se lo puede tomar, pero habrá que hacérselo saber, ¿no crees?
Sí, Chico, alguien tendría que avisarle de lo sucedido.
Será mejor que yo me acerque a la posada, y tú te vayas al cortijo a comunicarle al capataz, bueno, a tu padre, la triste noticia, lo del lanas, lo del vaquero y lo de José, supongo que él como capataz deberá de dar parte a los civiles de todo lo que ocurre. ¿No te parece, Dulce?
No sé si padre... ¡Cuida de que no le ocurra nada a Ángela, Chico!
No te preocupes, Dulce lo haré, ni yo mismo podría soportar otra desgracia como ésta. ¡Cuida de ella!
Vete ya, chico, y procura volver antes de que se haga de noche.
¡Adiós, Dulce!
Depositando un cariñoso beso sobre su mejilla, que hizo esta vez sonrojar a Dulce por lo sensible que se encontraba en aquellos momentos, y el vacío de cariño que sentía su corazón.
En el encinar, la trágica escena se dibujaba en el paisaje bañado por el sofocantes sol de agosto a esas horas de la tarde. El vaquero continuado yo dándole a su hermano, lamentando profundamente otro trallazo de su destino como era el fallecimiento de otro de sus seres queridos.
El impacto emocional fue tal, que lo dejó casi sin vida, pues aquél zagal tan alegre y cariñoso que fuera antaño, ahora se le veía casi como un zombi, sus movimientos eran lentos y torpes, y su rostro no reflejaba aquella felicidad que había tenido siempre, si no, una profunda amargura que le inundaba el alma oprimiéndole el pecho hasta tal extremo que, incluso su respiración había cambiado, ahora era jadeante y entrecortada como si aquella pena quisiera ahogarlo.
Posiblemente sería su mente la que le producía todas aquellas sensaciones y emociones al pensar en todo lo ocurrido que, aun sin comprender cómo pudo suceder todo aquello, y en un solo día, su más horrible temor era el cómo le impactaría a Ángela todo lo sucedido con el vaquero, el lanas, y ahora Sebas.
Estaba convencido que la terrible pesadilla de sus familias les había atrapado en sus redes para la eternidad.
Aún con el peso de su desgracia sobre sus hombros, tuvo fuerzas para coger a su hermano del duro y ardiente suelo muy despacio, para ponerlo sobre sus brazos y como andando como fuera al encinar, volviese con su hermano al cortijo, con los ojos inundados de una resignación contenida estremecedora.
En aquellos momentos, Rodrigo ataviaba su montura con idea de ponerse en camino a la comandancia del pueblo cercano, distante dos leguas de La Esperanza, al otro lado de las sierras vecinas.
El paso del anciano guarda no era ya el de un jovencito, pero era un hombre con mucho tesón y, aunque despacio, aquellos andurriales no tenían secretos para él, y conseguiría llegar, pues debía poner la muerte del gitano en conocimiento de las autoridades por si decidían practicarle la autopsia, investigar su trágica y accidental muerte, o simplemente para que el juez extendiese el certificado de defunción de éste.
A lomos de su rocín blanco pudo verse alejándose del cortijo de la Vega, para perderse en el macizo del encinar vecino a La Esperanza, donde descansaba el ganado manso, las vacas de leche y sus pequeños terneros.
Rodrigo tras rodear aquel bosquezal que formaban las macizas sierras de la Dehesa, alcanzaba el pueblo donde se asentaba la comandancia de la guardia civil.
¡Hombre, Rodrigo! ¿Cómo tú por aquí? ¿Ocurre algo?
A traerles malas noticias, mi sargento.
¡Pues, y eso! ¿Qué ha pasado?
La verdad es que no sé cómo empezar, son tantas cosas...
Estáte tranquilo, Rodrigo, y procura empezar por el principio... así nos enteraremos.
Pues verá, señor, hemos tenido problemas con un operario...
¿Qué clase de problemas?
Pues, no sabría decirle... de todo tipo, era una persona...
¿Cómo que era una persona? ¿Es que ya no lo es?
En cierto modo no, señor...
Explícate, Rodrigo, por favor.
Con esta persona en cuestión no ha sido fácil la convivencia nunca, pero últimamente menos, parece ser que andaba encaprichado con la hija del lanas que andaba con José el vaquero y, el gitano quería quitársela...
¿El gitano?
Sí, Arturo Giménez. Pues como le digo, quería quitarle la novia a José el vaquero, y en varias ocasiones hemos tenido sospechas de sus intentos por quitarse a José del medio...
¿Quieres decir de matarlo?
Esas eran sus intenciones, señor, lo último que se le ocurrió fue, quemar las caballerizas con él dentro.
¿Y los caballos?
¡También! Es más; la hija del lanas también estaba allí, y gracias a la astucia de José pudieron salvarse los dos.
¡Caray, con el fulano! ¿Dónde se encuentra en estos momentos, Rodrigo?
En La Esperanza, señor, pero muerto.
¿Qué ha ocurrido para...?
Al ver lo que le había hecho, después de verlos salir vivos huyó al monte, salimos a buscarlo, pero no tuvimos suerte hasta esta mañana que lo he podido encontrar en un barranco. Parece ser que se había despeñado anteanoche.
Bien, Rodrigo, déjalo de nuestra cuenta, vuelve a la Vega. Lo que me cueste hacer unos trámites que tengo entre manos... y nos acercamos por la finca a completar los formularios pertinentes. ¿De acuerdo?
Como usted diga, mi sargento.
Ve con Dios, Rodrigo.
Que Él les guarde, buenas tardes.
¿Cómo podía imaginar Rodrigo, la terrible desgracia ocurrida ya en La Esperanza de la Vega?
A su paso por el campo y las eras, José con su hermano en brazos, parecía no ver nada, no conocer a nadie, como un autómata sus pasos arrastraban su cuerpo, y con él a Sebas hacia el cortijo.
Los trabajadores no salían de su asombro viendo al vaquero cargar con el cadáver de su hermano. ¿Qué habría ocurrido? ¿Cómo se tomaría aquella pérdida, aquella terrible pérdida Sebastián Sánchez, padre?
El espectáculo era tan desolador y deprimente, que en los rostros de los hombres iba dejando la tristeza y el dolor marcado en sus ojos y en sus frentes que humildemente les brindaban un leve, pero sentido pésame con una cabezá...
Allí sobre una de las mesas del comedor y con sumo cuidado, depositó José el cadáver de su hermano, ante los atónitos ojos de Francisco y de Rosario, que le miraban sin poder creer lo que sus ojos les enseñaban, para dar media vuelta en silencio y volver a salir del comedor para dirigirse a las caballerizas provisionales, quizá buscando aquella montura que dejó ensillada, pues en su cerebro se habían agolpado tantas desgracias aquel día, amén de las que temía que vinieran a consecuencia de aquellas, que pensó en poner los hechos en conocimiento de las autoridades.
La muerte de su padre, la del lanas, y ahora el accidente de su hermano, lo que hizo que irremisiblemente se hundiera en aquellas arenas movedizas que según él, se le comenzaban a formar bajo sus pies.
Había dado por perdido su futuro, pues, Ángela estaba convencido que no lo odiaría por todo aquello, y no se sentía con fuerzas para decírselo cara a cara, por eso su montura se dirigió a al bosquezal, aquella parte salvaje de la finca que debía cruzar si quería llegar al pueblo y entregarse a los civiles.
Sí, eso era lo que le rondaba en la cabeza a José. ¡Ha sido culpa mía! ¡No debe permitir que me siguiese hasta allí! ¡Lo he matado yo! ¡Dios bendito! ¿Cómo has podido permitirlo? ¡¡Me quería ir yo! ¡Porque... Dios, porque!
En aquella parte boscosa como sabemos, era fácil perderse, por lo que también era difícil verse, a nada que cogiesen veredas distintas o, fueran a campo traviesa, como solía hacerlo el guarda con el féretro para Arturo atado a la gruta de su potro camino del cortijo, por lo que ninguno de los dos llegó a verse.
En ese momento había cuatro personas en sitios distintos de la misma Dehesa, José camino de la comandancia, Rodrigo camino del cortijo, Chico en dirección a la posada del Peregrino y Dulce camino del cortijo también, para alertar a los moradores de la muerte del vaquero, del lanas y, de lo que ella creía que había sido José, corneado por el astado en el encinar. Que por cierto; y a pesar de venir cargando con su hermano, José como buen conocedor de aquellos parajes por haber ido tantas veces a torear y de noche, llegó momentos antes que Dulce por lo que, cuando ella llega, José ya había marchado a lomos de aquel bello ejemplar equino del señorito, sin que nadie se atreviese al llamarle la atención.
¡Dios santo, Francisco, es Sebastián, el hijo del banquero!
Exclamaba Rosario la cortijera con el pecho acongojados por lo que veía, el cuerpo de Sebas sobre la mesa del comedor.
Parece una cornada, está destrozado. ¿Qué ha podido ocurrir?
Él odiaba los toros...
Lo sé, Rosario, por eso me extraña tanto, si hubiera sido José... lo comprendería, pero Sebas...
Alguien debería decírselo al vaquero.
Se interesaba Rosario.
Con el carácter que tiene...
¡Es igual, Francisco, alguien tendrá que darle la mala noticia!
Está bien, mujer, no te pongas así, ya se que alguien deberá decírselo y ese seré yo, claro.
¡A ver! ¿No voy a ir yo a decírselo, no?
¿Qué ha ocurrido, Francisco?
¡Ah, hola, Manolo! Una desgracia, ya ves al vaquero.
¿Qué le ocurre al vaquero, Francisco?
¡No, quiero decir al hijo del vaquero, a Sebastián! Parece que le ha corneado un toro.
¡Virgen de Guadalupe! ¿Pero cómo ha pasado?
Después de darse cuenta del cuerpo que reposaba sobre la mesa, cuando Francisco le señalaba.
No te podemos decir cómo ha podido ocurrir, Manolo, ha llegado su hermano José y lo ha dejado aquí, yéndose sin decir ni pío.
¿Y cómo éste zagal...? ¿Sabéis si tentaba las reses?
No, Sebastián no, era su hermano José el que solía hacerlo, por eso precisamente nos choca que lo haya matado un toro a él.
¿Cómo se lo decimos al vaquero?
Eso discutíamos en estos momentos Rosario y yo. Pensaba ir a decírselo... aunque...
No te preocupes, Francisco, lo haré yo.
Ten cuidado, Manolo, es una bestia, y nadie sabe cómo puede reaccionar.
Lo tendré, no te preocupes. Tápalo con una manta como al gitano, que no le acudan las moscas.
Sí, claro, claro Manolo...
A la comandancia de la guardia civil arribaba José con su Cruz, aquella Cruz que le había dejado caer encima su destino, un destino tan cruel como inesperado, para un soñador romántico como era él, que en el horizonte de su existencia vislumbraba una, aunque delgada, pero línea rosa y esperanzadora para él y para su amada Ángela, pues siempre había confiado en que las cosas llegasen a cambiar entre los viejos, pero allí estaba, arrancando aquella Cruz que lo aplastaba, la Cruz de su verdadero destino, de sus verdaderas desdichas y, de sus posibles futuros desengaños.
Sus pasos cruzaron la puerta sin pronunciar una palabra...
¿Qué sucede, José? ¡Mi sargento, mi sargento!
Gritada el número de la puerta llamando a su superior.
¿Vienes por lo del gitano, José? Siéntate, siéntate. ¿Sabes algo de lo que le pasó a Arturo Jiménez?
El sargento intentaba justificar su presencia en la comandancia, pero José seguía sin pronunciar una sola palabra, totalmente abstraído que indiferente a todo aquello que le rodeaba, con la mirada ausente y perdida como si no se encontrase en el mundo que le rodeaba.
¡Dime algo, José!
He matado a mi hermano...
Por fin los sentidos de José parecían ir volviendo a su ser, aunque muy despacio, pero parecía estar consiguiendo reaccionar.
¿Cómo? ¿Que has matado a tu hermano?
Lo ha matado un toro por mi culpa...
¿Qué ha ocurrido, José?
¡Tenía que haber sido yo! ¡Yo tenía que haber sido muerto!
Tranquilízate, José, cuéntanos que ha ocurrido.
A Ángela ya le empezaba a tardar su amado, había transcurrido toda una larga noche sin él, y el día empezaba a morir de nuevo sin que José fuera a buscarla.
¡Dónde estás amado mío! ¿Cómo puedes hacerme sufrir de esta manera? ¿No comprendes que mi existencia no tiene sentido sin ti?
Recostada sobre el zaguán de aquel balcón de madera, adornado con geranios y otras plantas de flor de temporada, su espíritu volaba, soñaba con el amor de su vida, aquel niño donde ella veía reflejado todo su presente, su pasado y su futuro, no podía entenderlo de otra manera.
¡Cómo me haces esto, José! ¿No ves cómo muero sin ti? ¿No sientes mi corazón enamorado en tu pecho? ¡Cómo puedes vivir sin que la sabia de mi amor te inunde las venas! ¡Sin que te purifique el alma! Y lo más grave... ¿Cómo me puedes privar del néctar de tus labios, no ves cómo me consumo? ¿No ves cómo muero? ¡Oh, José, ven pronto, te necesito! ¡Necesito el soplo de tu aliento para vivir! ¡Necesito la luz de tu mirada para caminar por mi vida! ¡José!
La cabeza de Ángela se torturaba con aquellos pensamientos producidos por la tardanza de su amado, pero a la vez, soñaba en cómo podía ser su boda con él, una bola campesina, llena de armonía y felicidad sin límites.
Una boda donde les rodeasen sus amigos, sus familiares, e incluso esos dos cabezotas que tenían por padres los dos. Una boda al aire libre en el encinar, rodeados de naturaleza, donde no faltase la música, el baile, donde rodase el vino como si no constase, para regar las magras del guarro de la matanza.
Una boda donde no faltase de nada, en especial el buen entendimiento de las personas, entre todas las personas, incluso de su padre y del vaquero, eso sería su mayor ilusión, verlos juntos como buenos amigos y, desde donde partirían para labrarse un nuevo porvenir. Ella se encargaría de ayudar en lo que pudiera, los nietos los pondría ella. ¡Pobre Ángela, que descarriada estaba! ¿Cómo podía ni siquiera imaginarse parte de lo que ocurría en La Esperanza, de la Vega desde que ella saliera de allí?
No, claro que no podía, por eso sus pensamientos eran tan puros, tan limpios y claros.
También entonces Rodrigo alcanzaba el cortijo portando aquel pesado ataúd para Arturo Jiménez, el único muerto que él conocía en La Esperanza, cosa que no era así, como sabemos ya habían ocurrido otras dos antes de irse al pueblo sin él saberlo.
Dulce se había refugiado en sus aposentos a la espera de su padre que, como capataz de la Dehesa comprendió que debería de ser el primero en saber lo ocurrido con el lanas y el vaquero, también le contaría el terrible accidente de "José", con aquel astado.
Desde su ventana pudo alcanzar a ver a su padre como subía de el cortijo, y corrió tras de él para comunicarle lo ocurrido.
¡Padre! ¡Padre! ¡Padre, espera!
¿Qué ocurre, niña?
¡Padre, a ocurrido una desgracia!
Sí, ya lo sé, ya sé lo de Sebastián.
¿Sabes lo de Sebastián? ¿Y lo del lanas?
¡Qué quieres decir, niña?
Han matado al lanas también.
¿Qué estás diciendo?
¡Están muertos los dos, el lanas y el vaquero!
¿Los viejos? ¿Qué me dices?
Sí, padre, pensamos que el lanas mató al vaquero y después éste fue asesinado por otra persona.
¡Dios santo, no puede estar pasando esto en La Esperanza!
Y hay más, padre, otra terrible desgracia en casa de los vaqueros, a José lo ha corneado un toro y lo ha matado.
¿Cómo puede ser si acaba de estar aquí ahora?
¿Aquí?
Sí, acaba de traer a su hermano Sebas con una cornada en el pecho.
¿Qué? ¿Era Sebas?
Lo ha matado un toro, sí. ¡Santo cielo, cuatro muertos en La Esperanza!
¡No puede ser, padre, no puede ser, Chico y yo vimos... como el toro mataba a José!
Estabais equivocados, José está bien, posiblemente se haya ido a entregar a los civiles por lo ocurrido con su hermano. ¿Sabía él lo de su padre?
Si, por eso fue al encinar, también supo lo del lanas y fue a morir en las astas de un toro, por las conversación que pudimos oírle antes de partir.
Su hermano trataba de impedírselo pero no pudo evitar que fuera.
¿Sebas le siguió para evitar que hiciera algo así?
Se extrañaba el padre de Dulce sin comprender en realidad que era lo que estaba ocurriendo en el cortijo.
Seguramente eso fue lo que pasó, porque alguno de ellos tuvo que ser el que pinchase al lanas.
¡Bendito sea el cielo! ¿Pero qué mal fario ha caído sobre el cortijo?
¡Dios bendito, padre! Tengo que avisara a Chico, Ángela debe saber la verdad.
¿Qué quieres decir, Dulce?
¡Chico ha ido a contarle la muerte de José!
¡No puede ser cierto lo que oigo!
Estamos seguros que fue José el del accidente.
Pienso que esta tragedia no acaba aquí. No comprendo cómo habéis podido hacer una cosa semejante.
Cuando Rodrigo llega a La Esperanza, su viejo corazón sufrió otro revés al entrar en el comedor y contemplar el cadáver de Sebas sobre la mesa.
¿Qué ha ocurrido, Francisco? ¿Qué es esto?
¡Una desgracia, Rodrigo! ¡Una desgracia! Parece
ser que algún toro ha acabado con su vida.
¿Cómo ha podido ocurrir algo así? ¡Mira que les tenía advertido que dejasen en paz a los toros, pues nada! ¡Ha tenido que ocurrir lo que me temía!
Lo más triste, es que él jamás tentó los toros en la finca.
Sí, lo sé, Francisco, por eso me extraña... ¡Un accidente, quizá haya sido un accidente!
¡Cómo quiera, me duele la boca de repetirles que no se acercasen a la manada!
¡Ya no hay remedio, Rodrigo!
No, no lo hay...
Apuntada el capataz cuándo entraba por la puerta de la estancia.
¿Qué quieres decir, Manolo?
Tenemos otra desgracia aún mayor en La Esperanza, el vaquero y el lanas...
¿Qué ocurre con ellos?
¡Están muertos, Francisco! ¡Un navajazo en el estómago y otro en el corazón!
¡Bendito sea Dios! ¿Se han matado esos cafres?
Así parece, Rodrigo, aunque al lanas parece ser que lo mató otra persona, tal vez José, o quizá Sebastián que en paz descanse.
¿Crees que se vengaron por la muerte de su padre, el vaquero?
Posiblemente, Francisco, lo que está claro es que, el odio entre estas familias ha dado sus mortales coletazos, lo que todos temíamos que ocurriese algún día, para pesar de La Esperanza ha ocurrido. ¡Nunca quisieron oírme, nunca!
¡Malditos cabezotas! ¡Yo que tenía esperanzas de hacerlos entender...!
Ya todo es inútil, Rodrigo. Por desgracia ya no podemos hacer nada por ellos, más que enterrarlos.
Tienes razón, Manolo.
Aseveraba Francisco compungido por el dolor.
¡Dios!
Exclamaba también Rodrigo con cara de amargura rabiosa.
¡Ponerle el ataúd del gitano a Sebas mientras vienen los civiles. ¿Han dicho que venían, no Rodrigo?
Sí... sí, sí, vendrán después, aunque yo sólo sabía lo de Arturo. ¿Cómo podía yo imaginar algo así?
No, no podías, Rodrigo, ni tú ni nadie podía imaginar que ocurriese una tragedia tras otra en La Esperanza, y todas en el mismo día. Pero ya se habrán enterado por José si ha ido.
¡Qué acertado estaba Manolo con aquel comentario!
Lo que nadie en aquel cortijo podía sospechar jamás, es que lo peor estaba por llegar.
Los cuerpos de los difuntos fueron colocados allí donde se encontraban, aunque sobre los jergones de paja, el vaquero en su chozo, y el lanas en el suyo, el gitano permanecía en sus aposentos del cortijo como sabemos, y el féretro con el cuerpo de Sebas fue cuidadosamente acondicionado en el salón principal del cortijo, una sala central destinada a recibidor, donde el señorito interpelaba con sus amistades cuando venían a cazar en otoño.
Así quedaron las cosas en el cortijo, mientras tanto Chico se entrevistaba con la amada de José en el mesón del Peregrino.
¡Ángela, Ángela!
¡Chico! ¿Me traes noticias de mi amado? ¡Cómo está, cuéntame!
La cara de tristeza de Chico hacía presentir a Ángela que algo no iba bien, por lo que su semblante cambio radical.
¿Está bien mi José? ¡Contesta!
Chico se resistía a dar tan terribles noticias, por lo que era zarandeado por ella.
¡Dime, chico! ¡Qué ocurre!
Siento ser portador de tan malas noticias, Ángela, de verdad que lo siento.
¿Quieres decirme de una vez lo que ocurre?
El vaquero ha sido asesinado por tu padre...
¿Cómo? ¿Qué mi padre ha matado al vaquero?
¿Pero, que ha ocurrido?
No puedo saberlo, pero parece ser que así ha sido...
¡Dios, santo! ¡José!
Y tu padre ha muerto después acuchillado...
¡No! ¡Cielos, no! ¿Quién ha hecho algo así?
Suponemos que uno de los hermanos vaqueros.
¡Qué me dices, Chico! ¡No puede ser! ¡No puede ser cierto lo que me cuentas! ¡Qué desgracia, Dios mío!
Al principio pensamos, que el autor de los crímenes podía haber sido el gitano, pero tuvimos que descartarlo cuando oímos a Sebas y a José discutir... había sido uno de ellos.
¡Oh, cielos!
Lamento decirte todo esto, Ángela. Lo siento.
¿Y mi José, como está, está bien? ¡Dime! ¡Cómo está!
¡Oh, Ángela! Se me parte el corazón...
¡Maldita sea, Chico, contesta!
Se ha dejado matar por un toro.
¡¡¡No!!! ¡Cielos, no!
No pudo resistir verte que sufrieras al enterarte
de lo ocurrido, temía que lo odiases, tenía miedo de perderte por lo ocurrido.
La hermosa cara de Ángela la bañaban unas ardientes y estremecedoras lagrimas, con un sentir tan profundo que, incluso a Chico pudo apreciársele los ojos vidriosos al comprender la frustración de aquel inmenso amor que derramaba el pecho de Ángela por sus ojos.
¡Lo siento, lo siento, lo siento!
¡¡¡No!!! ¡Maldito mundo! ¡¡Os odio!!
Se alzaba su mirada al cielo, como culpando a sus antepasados de aquellas desgracias.
¡¡Os aborrezco!! ¡Malditos seáis por toda la eternidad! ¡Cien años después me habéis matado, os sodio!
El pecho de Chico se estremecía, al sentir el profundo dolor de aquel corazón enamorado.
¡No, no, no! ¡Dime que no es verdad, Chico! ¡Dime que todo esto es un sueño, que es una pesadilla! ¡Dime que es una horrible pesadilla, y que despertaré en los brazos de mi amado! ¡¡Dímelo!!
La frente de Chico se humillaba hacia el suelo tratando de tragar parte de su dolor, pero fue todo lo contrario, aquel gesto le corroboró a Ángela sus temores, haciéndola caer sobre una silla en un mar de lágrimas con unos sollozos desgarradores.
¡No, José no, Dios mío! ¿Cómo has podido hacer una cosa así, canalla? ¿Cómo has podido hundir mi corazón en la más profunda de las miserias? ¿No comprendías que con tu muerte me matabas a mí también? ¿Cómo has podido hacerme algo así, José?
¡Sé fuerte, Ángela!
¡Tú no puedes comprender, Chico! Sin él me falta el aliento, el aire que necesito para vivir. ¡Mi vida no tiene ningún sentido si él, Chico! ¡Era mi pasado, mi presente y futuro... ¿Qué puedo hacer con mi vida? ¿No comprendes que mi vida era él y se ha marchado? ¡Me ha arrancado la vida desde lo más profundo de mis entrañas!
Sin darle tiempo a Chico para reaccionar, Ángela salió precipitadamente de su alcoba dejando a su amigo atrás.
¡Ángela, Ángela!
El corazón de Chico volvía a golpearle el pecho como si de un martillo se tratase, pues la desesperación de Ángela le hacía presagiar que algo malo ocurría, su estado emocional se había desequilibrado, y temía por ella.
¡Ángela, vuelve!
Ángela parecía no oír sus gritos, y su camino hacia las cuadras continuaba.
Como buena amazona y a la carrera cómo iba, de un salto montó uno de aquellos potros de la posada, a pelo como estaban y, agarrada a sus crines galopaba hacia La Esperanza a en parancajones.
Ante los atónitos ojos de Chico, Ángela se alejaba dejando atrás un rastro de polvo en el camino, para perderse en el horizonte.
En el cuartelillo continuaba el interrogatorio de José por la muerte del gitano Arturo Jiménez, y por los hechos que fuera a denunciar, la muerte de su hermano Sebas por las astas de aquel toro negro, meano y bragado.
¿Por qué dices que debías haber sido tú el corneado, José?
¡No merezco vivir! ¡No quiero vivir!
¿Pero qué te ha ocurrido para pensar así?
Él mató al lanas, y...
¿Él, quien?
Sebastián, mató al lanas.
¿Pero qué motivos tenía para hacer eso?
El lanas había apuñalado a mi padre, y él quiso vengarlo. ¡Le advertí que no lo hiciera, se lo advertí, pero no me hizo caso!
¡Bendito sea Dios! ¡Otros tres muertos en la Dehesa!
¿Es que hay alguno más?
Sí, el gitano ha muerto despeñado, ha venido Rodrigo a denunciarlo, te lo acabo de decir.
Perdone, no le había oído.
O sea, ¿qué no sabías lo de la muerte de Arturo?
No, no lo sabía...
Aquella noche, todos enterados ya de aquella desgraciada tragedia, se iban reuniendo en el salón comedor, aquel típico rincón del cortijo presidido por aquella silenciosa y fría chimenea del fondo, para comentar lo sucedido.
Unos, con intenciones de velar los cuerpos, otros, con ánimo de rezarles alguna oración por el descanso eterno de sus almas.
Se iban reuniendo en corrillos de cuchicheos, donde podía apreciarse el ademán de la señal de la Cruz en algunos de aquellos campesinos compañeros.
Poco a poco, el comedor fue llenándose de labriegos con sus mujeres, entre ellos el propio capataz, el aperador, el casero, Rosario su mujer y el guarda, formando uno de aquellos apesadumbrados corrillos.
Entretanto, en la sala principal, el féretro de Sebas permanecía tal como lo colocasen, en el centro de la sala, con un silencio sobrecogedor.
Al llegar al cortijo Ángela, sus pasos apresurados corrieron hacia su chozo con el corazón oprimido, temiendo ver lo que ya conocía.
¡Padre, padre!
Con aquel llanto desgarrador se abrazó a su padre, como queriendo arrebatárselo a la muerte.
¡Padre, por qué! ¡Oh, padre, por qué!
Después de permanecer unos instantes en aquel abrazo, sus ojos se clavaron en aquel fatídico cuchillo del mango central de nácar, que su padre hiciera con sus propias manos para sus labores de curtido.
Con la mirada perdida, su llanto desapareció de su rostro y, muy lentamente su mano aferró aquel cuchillo de caza, quién sabe con qué intención, pero con él salió en dirección al chozo del Vaquero. Tras contemplar durante unos segundos aquel frío e inerte cuerpo donde parecía rezar alguna plegaria, Ángela continuó su trayectoria hacia el cortijo.
Sus ojos buscaban un lugar donde pudiera reposar los restos mortales de su amado, y tras escuchar los murmullos en el comedor iluminado por los candiles, vio que en la sala principal había luz, pero en silencio, lo que le hizo pensar que ese sería el lugar, su José estaría allí, esperándola.
Los pasos de Ángela se aceleraron tanto como su corazón, para entrar a la sala de una forma arrolladora.
Sí... fuese una pesadilla o, fuera real, lo cierto es que allí estaba su " amado" en aquel ataúd prisionero.
Donde había quedado encerrado no sólo su cuerpo, si no su alma, su espíritu, sus ilusiones... y... Donde ella quisiera haber compartido con José su encierro, su eterno encierro.
¡José...! ¡José, que has hecho con mi vida! ¡Por qué te vas! ¡Por qué no has pensado en mí! ¿No comprendes que yo nací para amarte? ¿Qué no concibo la vida sin ti? ¡Para qué quiero mi vida si no te tengo, di! ¡Para qué!
El cuerpo de Ángela volvía a caer sobre el féretro, rodeándolo con los brazos, portando aquel terrible cuchillo entre sus manos, como lo hizo con su padre, tratando de arrancar de las garras de la muerte a aquel zagal tan especial para ella, y por el que daría su sangre si fuera necesario.
¿Qué puedo hacer yo sin ti, José, dime? ¡Qué!
¡Por qué no me has llevado contigo, mal hombre! ¿Es ése tu amor? ¿Es así como me amas, que me abandonas? ¡Dime! ¿Es así? ¿Es éste el juramento que me hiciste, delante de nuestra Señora? ¡Dime! ¿Es éste? ¿No decías que me amarías para toda la eternidad? ¿Qué nos esperaba una larga vida de felicidad? ¡Cómo has podido hacerme esto, amor mío! ¡Cómo, Virgen santísima, como!
Otro caballo volvía a partir de La Esperanza igualmente a galope tendido por aquellos encinares.
Esta vez era Dulce, galopando hacia la posada del Peregrino, debía comunicar a Ángela que José se encontraba bien, que había sido un error, que el difunto fue Sebas, quizá llegase a tiempo de avisarle, quizá Chico que fue a pie, no había llegado a dar la noticia, la falsa noticia, o tal vez los encontrase allí en la posada, era más fácil el llegar a la posada por su cercanía que al pueblo a decirle lo ocurrido a José, pues sería ella la mal informada y, temía otra reacción negativa de su amiga, así como había reaccionado José en su momento, con los apuñalamientos de los viejos.
A galope tendido, el caballo de Dulce devoraba el camino por el macizo boscoso del bajo monte, mientras que por alguna de aquellas veredas o sendas de pastores, porteros y cazadores, regresaba chico, después de haber comunicado su desgraciada noticia Ángela.
La fatalidad del destino hizo que, en aquella ocasión tampoco ellos se llegasen a ver, lo que permitió a Dulce llegar hasta las puertas mismas del mesón.
¡A de la casa! ¡A de la casa!
¿Qué ocurre? ¡Quién va!
¡Gente de paz! Pregunto por Ángela Madruga. ¿Se encuentra en el mesón?
No, hace mucho que se marchó.
¿Sabe que dicción tomó?
Dirección La Esperanza, después le siguió Chico.
¡Muchas gracias, siña María!
¡Ve con Dios, niña! ¡Y devolverme el caballo!
Volvía a harrear el caballo con destreza otra vez de vuelta al cortijo, pues estaba temerosa y, quería reconfortar a su amiga diciéndole la verdad de lo sucedido, ya que Chico había podido verla.
A medio camino entre La Esperanza y el mesón, el caballo de Dulce casi atropella el cansino cuerpo de Chico.
¡Sóóóóó...! ¡Quieto, rocín! ¡Chico, que ha ocurrido! ¿La has visto?
¡Temo que ocurra una desgracia, Dulce, iba muy alterada!
¡Qué le has dicho, desgraciado!
¡La verdad! ¿Qué le voy a decir?
¿La verdad? ¿Sabes cuál es la verdad? ¡Di! ¿Lo sabes?
No te entiendo Dulce. ¿Qué dices?
¡Qué José está vivo! ¡Está vivo, Chico, vivo!
¿Cómo...? ¿Pero entonces, que fue lo que vimos? ¿Vimos visiones?
¡Visiones no, cazurro, era Sebas el corneado!
¡Dios bendito! ¡Ángela es capaz de hacer alguna locura, deberías avisar a José, corre con el caballo, Dulce!
No está en el cortijo, Chico.
¿Y Ángela?
Supongo que habrá ido al cortijo y allí no encontrara a José, si alguien no le dice...
¡Pues avisa a José, donde quiera que esté. ¡Vuela!
Tengo que ir a la comandancia de los civiles, es donde ha ido.
¡Pues vuela! ¡Yo seguiré hasta La Esperanza! ¡Hazlo volar!
¡Date prisa, chico, por Dios!
En el salón principal estaba a punto de concluir otros hechos... allí sobre el féretro continuaba Ángela maldiciendo su existencia y, golpeando la caja suavemente con su puño izquierdo, mientras su mano derecha continuaba aferrada al mango nacarado del frío acero.
¡Maldito! ¡Maldito, por qué no me has esperado! ¿Tanta prisa tenías por perder este mundo de vista? ¡Egoísta! ¡Has querido saborear la miel tú sólo, y a mí me dejas la hiel de la vida! ¡La amargura de tu pérdida, y me privas de tu amor!
Ajenos a lo que sucedía en esos momentos en la sala principal, en el comedor, Francisco y Rosario repartían café entre los asistentes, en lo que podría llamarse un velatorio múltiple, aunque los cuerpos no estuvieran presentes, pues como sabemos, a cada cual lo tenían en sus respectivos lugares del crimen, hasta que la autoridad competente ordenase otra cosa, excepto a Arturo Jiménez, que lo dejaron sobre su cama en su aposento y a Sebas por ser el accidentado con mayor herida (pues tenía el pecho destrozado), que lo depositaron en la caja destinada al gitano.
Mientras Rosario repartía el café, Francisco hacía lo propio con unas pastas de la tierra, unas perrunillas y unas roscas floras, y así eran más llevaderas las largas horas de espera hasta en el nuevo amanecer.
Para entonces Dulce, atropelladamente hace su aparición claramente nerviosa en las dependencias de la comandancia, después de saltar de su caballo como sólo una campesina acostumbrada al ganado podía hacer.
Allí se encontró a José declarando aquello que él conocía, y que el sargento hábilmente le iba sonsacando.
¡José! ¡José! ¡Gracias a Dios! ¡José!
¡Dulce! ¿Qué sucede?
¡Hemos cometido un error! ¡Ángela cree que has muerto!
¿Cómo dices?
¡Le dijimos a Ángela que habías muerto!
¿Pero cómo habéis podido...?
¡Lo siento, José, sólo queríamos ayudaros!
¿Pero cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?
¡Vimos cómo te corneaba el toro...! ¡Creímos que eras tú!
¡Dios santo!
¡Oímos como decías que querías morir en las astas de un toro, y creímos que fuiste tu, José!
¡Dios nos valga! ¿Y, Ángela? ¿Cómo está Ángela?
Te puedes imaginar, José... se ha vuelto loca, le ha trastornado creerte muerto!
¡Dónde está, dime! ¡Donde!
Ha ido a ver lo que cree que es tu cuerpo, a La Esperanza, y temo que cometa alguna locura.
¡Su padre también esta allí, José!
¡El cielo nos asista! ¡Maldita sea mi existencia! ¡Esto es una maldición! ¡Tiene que serlo, no puede ser otra cosa, mi hermano... mi padre...! ¡Ángela!
Al grito de Ángela, salió como una exhalación a la calle ante los atónitos ojos de los agentes que, no pudieron hacer nada por evitarlo, pues para cuando quisieron reaccionar, José ya había saltado sobre el caballo de Dulce arreándolo en las costillas, lo que hizo que el noble animal emprendiese una desbocada carrera hacia allí donde su jinete le obligaba a través de aquel metálico bocado, que le hacía sangrar sus encías y el cielo de la boca.
La dirección tomada, La Esperanza, allí donde esperaba encontrar a su amada, aquel amor tan desgraciado, que en tan sólo un día se había convertido en un infierno, en una horrible pesadilla por la tozudez de unos hombres empecinados en mantener vivo un pasado de odios y de rencores. Un pasado que fuera o no cierto, era hora de olvidar.
Aquel mundo fantástico que soñó para Ángela a su lado lo estaba matando, lo sentía como una inmensa losa de mármol sobre sus hombros.
Todo aquel mundo de amor y felicidad que soñó para ellos, se había desmoronado a su alrededor, pero algo le decía que debía volver al lado de Ángela a pesar de temer su odio, su desprecio por el asesinato de su padre a manos de su hermano.
Su corazón le impedía ver a algo distinto a lo que había visto siempre en los bellos ojos de Ángela, aunque fuese simplemente indiferencia, la amaba demasiado para eso.
Ángela no podría comprender nunca si fue un accidente como le había dicho Sebas o, fue una brutal venganza de los vaqueros, lo que sí tenía claro José es que, aquel torbellino de rencores les había atrapado y irremisiblemente a todos, y esa no era la vida que él había soñado vivir para, y por Ángela.
Por otra parte, podía comprender muy bien el dolor de corazón en el pecho de su amada, al saber muerto a su padre por alguien al que tenía por un gran amigo, Sebastián.
Y ahora... que le tendría reservado el destino con aquel enredo.
Atrás quedaba Dulce atormentada por el fatal error, pero esperanzada en que todo se arreglaría.
Pensativa y estática ante la mirada de aquel incrédulo sargento, que no podía dar crédito a todo aquello que ocurría a su alrededor, a la mente de Dulce iban y venían preguntas y respuestas, auto convenciéndose de que todo tendía solución, y aquel poderoso amor que veía en sus amigos, estaría a salvo.
En La Esperanza le dirán a Ángela la verdad o, al menos Chico podrá hacerlo. Espero que no haya ningún problema. ¿Llegará José a tiempo antes de que Ángela cometa alguna locura? Sí, claro, además, ¿qué puede ocurrir? Ya le dirán en el cortijo que José está bien. ¡Dios mío! ¿Cómo se tomará Ángela lo de su padre? Su amor es tan hermoso, tan fuerte, que no creo que nada pueda romperlo.
Sí... pero es su padre, y ha sido asesinado por un vaquero... espero que ni siquiera eso pueda romper una cadena tan poderosa como la del cariño que se tienen.
¡Ojalá no me equivoque y todo les salga bien, se lo merecen, son tan buenos amigos los dos!
¡Ufff! Con aquel fuerte suspiro de esperanza, su pecho comenzó a calmarse poco a poco, de toda la incertidumbre pasada durante todo el día, confiando en que allí acababan las desdichas de La Esperanza de la Vega.
¿Puedes explicarme lo que está ocurriendo, Dulce? ¡Pero muy despacio, para que lo pueda entender!
Pues verá mi sargento, los vaqueros y los lanas siempre se han llevado mal, alguna antigua historia entre sus familias era la causa, pero es que además, Arturo el gitano metía cizaña entre ellos con el fin de conseguir a la pastora, a la hija del lanas, que se había enamorado de José el vaquero y, éste de ella. El gitano había tratado de matarlo en varias ocasiones...
¿Matar, a quién?
A José, que incluso llegó a pincharlo con la navaja. En el último intento tuvo la desfachatez de prender fuego a las caballerizas delante de mí, por lo que tuve que decírselo a ellos viendo que había intentado quemarlos a los dos...
¿A los dos?
Sí, a Ángela y a José, que se encontraban en el interior y se salvaron de chiripa. El caso es que, huyó al monte, y parece ser que se despeñó.
Sí, bueno, eso ya lo sabemos, ¿qué ocurre con los ganaderos?
Se odiaban como le digo, y algo pasaría entre ellos que el lanas apuñaló al vaquero y, por lo que puedo imaginar que ocurrió, alguno de los hermanos asesinó al lanas de una puñalada en el corazón.
José comprendió que aquello podía matar de pena a Ángela y no quería verla sufrir, pues se aman, sabe usted...
Bueno sí, y que ocurrió.
Pues, que él decidió morir en las astas de un toro antes de hacerla sufrir, o que llegase a odiarlo como se odiaban los viejos, pero no sé por qué razón fue Sebas el muerto, y no José, aunque Chico y yo creímos que José había cumplido su promesa y corrimos a decírselo a Ángela, luego vimos que no era así y volví a decirle Ángela, pero ya no la encontré, ha ido al cortijo, y tememos que se le pase por la cabeza algo parecido a José sabiendo lo ocurrido al vaquero, a su padre y al que él cree ser José.
Supongo que en el cortijo se lo dirán, ¿no es así?
Sí, supongo, y espero que así sea, pero tampoco podemos predecir cómo se tomara la venganza de los vaqueros en la persona de su padre.
Tienes razón, Dulce, será mejor que nos pongamos en camino de inmediato. ¡Esto es de locos!
¡No lo sabe usted bien! ¡Esta es la peor pesadilla de mi vida, imagínese cómo se pueden sentir que ellos!
A galope tendido, el caballo de José devoraba el camino bajo los rayos de luna que, tímidamente iluminaba el paisaje.
Tan sumergido en su pena iba José, que sus ojos iban apagados, sólo su mente se centraba en lo que más le preocupaba, por lo que pasó a pocos metros de Chico que volvía caminando hacia el cortijo sin verlo, aunque éste si se percató del galope de la bestia e incluso reconoció su jinete.
¡José! ¡José! ¡Hé José!
Tan grande era su desesperación, que junto con el redoble de los cascos sobre el camino no pudo oírlo, y continuaba su trayectoria ajeno a los gritos de Chico.
Ya en el cortijo descabalgó apresuradamente a las puertas del salón comedor penetrando en su interior.
Sus pasos se dirigieron hacia aquel grupo que formaban el capataz, Francisco, etc.
¿Habéis visto a Ángela? ¿Está en el cortijo?
No, no ha venido, José
Le respondía Manolo, el capataz.
¡Dios santo! ¿Y Sebas? ¡Mi hermano, donde está mi hermano!
En el salón principal.
¡Gracias, Manolo!
Allí en el salón principal...
¡No quiero pasarme la vida en vela por ti, José! ¡Desprecio la vida! ¡Despreció el mundo que te ha hecho esto! ¡Quiero tener un lugar allí donde estés tú! ¡Quiero estar a tu lado para la eternidad! ¡Acógeme en tus brazos, amor mío!
Con la más profunda amargura reflejada en su rostro, aquel enorme cuchillo de doble hoja se posaba en su estómago muy despacio, para continuar dando un fuerte y seco empujón, lo que permitió que el cuchillo calase en su frágil y tierno estómago hasta la empuñadura nacarada. Sólo un leve gemido exhaló su boca, para caer sobre la alfombra de salón herida de muerte.
Justo en ese instante, la puerta del salón se habría aparatosamente por la mano de José.
El espectáculo que sus ojos le ofrecía fue dantesco, aterrador, una luz mortecina y tenebrosa del candil iluminaba el féretro de Sebas, y bajo éste, su amada sujetando aún la nacarada empuñadura, y agonizante sobre un cálido charco de sangre.
¡¡Ángela, noooooo!! ¡¡Ángela!! ¡Amada mía!
José...
La frágil voz de Ángela lo llamaba incrédula, como creyendo ver el espectro de su amado, tal vez fuese una jugarreta de la muerte o, su mente jugaba con ella.
¡Qué has hecho! ¡Cómo me privas de tu amor de esta manera!
Te amo, José... creí... creí que eras tu... El...
No hables amor mío, tu herida sangra más...
¡Por Dios, Ángela! ¡Cómo ha podido hacerme esto!
Tú... tú lo habrías hecho... por mí... yo creí...
¡Oh, cielos! No ¡Ángela, no! ¡No puedes abandonarme ahora! ¿Recuerdas la promesa que nos hicimos? Dime, ¿la recuerdas?
Pensé... pensé... que habías roto... tu promesa... que... que no me... amabas... que habías... muerto.
Te amo más que a mi vida, cariño, por eso prefería morir antes que ver en tus ojos un resquicio de recelo o de odio hacia mí. No quería que aquel odio de nuestros padres nos alcanzase a nosotros, era demasiado hermoso muestra amor para empañarlo con algo así, por eso no quería seguir viviendo, perdóname, perdóname Ángela, por haber dudado de la firmeza de tu amor. ¡Perdóname!
No debías...
¡Sí, lo sé cariño, lo sé, no sabes cómo lo siento!
Té... te amo...
Con un profundo suspiro expiró entre los brazos de José, que permanecía sobre ella tratando de mitigar su dolor con el rostro compungido y, bañado por el manantial salado de sus ojos.
¡¡¡Noooooo!!! ¡Ángela! ¡Amor mío, no! ¡Santo cielo, no! ¡Tu no, Ángela, tu no! ¡No me dejes corazón, abre los ojos!
Aquellos ojos sin luz, ya no podían cumplir el deseo de José, aquellos bellos ojos que antaño lo mirasen con tanto amor, y donde veía aquel hermoso futuro lleno de felicidad, ya no podrían darle todo aquello que soñó a su lado.
Alzando sus ojos al techo de la sala sus lamentaciones continuaban, como culpando a algún ser superior de sus desgracias.
¡¡Por qué, Dios mío, porque! ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo? ¡Tan terrible es el amor que duele de esta manera! ¡Dime! ¡Maldita sea la vida, maldita sea! ¡La odio! ¡Odio la humanidad! (Tras un breve silencio en el que el dolor le acongojada el alma, por fin pudo exclamar) ¡ Maldito odio!
En las cercanías de La Esperanza, la carrera de Chico por alcanzar el cortijo era cada vez más cansina, cada vez sentía sus piernas más agotadas, pero parecía no importarle mucho su dolor, la preocupación de su mente era aclarar las cosas a sus amigos antes de que alguno de ellos cometiese alguna locura que pudieran lamentar, y eso para él era primordial.
Casi desfallecido alcanzó el comedor donde la gran familia ajenos a casi todo lo que ocurría en el lugar, despachaban sobre lo anteriormente sucedido, los dos crímenes y los dos accidentes.
¡Chico! ¿Qué te ocurre?
Se interesó Francisco al verlo en el estado en el que entraba en el comedor.
Jadeando y tratando de tomar aliento, Chico procuró hacer comprender a Francisco sus temores.
¡José! ¡Ángela!
¿Qué ocurre con ellos, Chico?
¿Están... están bien?
¿Qué quieres decir, Chico?
¿Han venido? ¿Están aquí?
Sí, José si ha venido, está viendo a su hermano.
¿Y, Ángela?
No, a Ángela no la hemos visto, ¿qué ocurre?
Hemos cometido una equivocación con José, creímos que era él el muerto por el toro y se lo dijimos a Ángela.
¿Qué? ¡Malditos locos!
Debíamos decírselo... creímos ver a José muerto, le había pillado el toro y, como lo oímos decir que quería morir por las astas, no tuvimos dudas de que fuera él.
¡Qué locura, Dios mío! ¿Y Ángela, dónde está?
No lo sabemos, ha salido del Peregrino para venir al cortijo, debería haber llegado ya, vino a caballo.
¡Dios bendito!
¡Virgen Santísima, Manolo! ¿No iría a la sala sin pasar por aquí?
¡Quiera Dios que nos equivoquemos, y se haya retrasado por algún motivo!
¡Corramos a la sala, Francisco, me temo lo peor!
Presintiendo otra terrible desgracia, todos salieron precipitadamente hacia la sala principal.
Allí... con la vista en las alturas, José continuaba maldiciendo, quizá como hiciera Ángela a sus antepasados por el legado de odios entre las familias, ese odio que estaba acabando en tan sólo veinticuatro horas con la estirpe de los Sánchez y los Madrugas. (Los vaqueros y los lanas)
¡Yo os maldigo para toda la eternidad! ¡Malditos seáis, viejos! ¡Habéis matado a mi Ángela, y a mí me habéis partidos corazón! ¡Malditos, malditos, malditos!
Su vista en ese momento bajó a tierra, para contemplar el cuerpo sin vida de aquel amor que le inflamaba la sangre, y le colmaba de felicidad. En su desesperación las facciones de su rostro se perdieron, cuando sus ojos se fijaron en lo que era la segunda hoja de aquel fatídico cuchillo.
Aquella hoja que emergía del cuerpo de Ángela, parecía invitarle a acompañar a su amada en el largo viaje de la muerte.
Sin pensárselo dos veces dejó caer su cuerpo sobre el de su amada encontrándose el cuchillo en medio, que penetró en José, atravesándole el corazón, y con aquel último espasmo que la muerte le cedía, sus labios se posaron sobre los aún tibios labios de Ángela, como queriendo arrancarle su muerte de lo más profundo de su alma para que penetrase en él, y sólo en él.
La muerte no abandonó su cuerpo, pero sí consiguió la felicidad eterna con aquel último beso, aunque la eternidad para aquellos amantes durase escasamente unos segundos.
Ese fue el espectáculo que encontraron sobre la alfombra los hombres de La Esperanza cuando penetraron en la estancia.
¡Virgen de Guadalupe!
Exclamaba Francisco horrorizado al ver lo ocurrido.
¡Qué horror!
Igualmente aterrado, Manolo se horrorizaba.
¡¡Ahhhhh!!
El grito de Rosario, hacía comprender igualmente, que sus nervios se habían disparado, se habían tensado como alambres de acero al ver a los chicos sobre el suelo y, en aquel baño de sangre.
¡¡¡Nooooooo....!!!
No podía dar crédito a sus ojos, Chico, los temores que sintiese por sus amigos se habían cumplido.
Dulce sin embargo se había quedado muda, la tensión de su cuerpo la paralizó impidiéndole tan siquiera expresar el más mínimo sentimiento de espanto.
Justo en aquel instante hacía su aparición en la misma sala los agentes de la autoridad, aquellos caballeros entricorniados con el mosquetón sobre el hombro, que quedaron también petrificados ante lo que se le presentaba sobre la alfombra de la sala, aquella macabra e incomprensible escena.
¡Nunca quisieron oírme, nunca!
Se lamentaba Rodrigo de aquellas desdichas.
Les avise de que algo así podía ocurrir, pero no me hicieron caso. ¡Dios santo!, ¡Si me hubiesen escuchado todo esto podría haber evitado!
¿Qué quieres decir, Rodrigo?
Era ahora el sargento de la guardia civil el interesado por saber más sobre aquél demencial caso. Un caso que apenas alcanzaba a comprender.
Como usted bien sabe, mi sargento, mi apellido es Mendoza, mi padre fue uno de los números que por desgracia no pudo impedir aquella atrocidad.
¿A qué te refieres?
Mi padre contaba en casa... aquellos hombres estuvieron encerrados durante años por algo que no hicieron, aunque sus familias siempre sospecharon que fue el otro el autor de aquellos robos, por lo que se generó un infundado odio entre ellos, acusando al otro de su hombre, odio que se acentuó cuando aquel capitán de academia quiso presentarle un culpable al señor Conde dueño de estas tierras, y ganarse así su confianza, y formarse así una escala social a la altura, por lo que los torturó durante días horriblemente tratando de que confesasen sus culpas.
Fueron tan horribles y sangrientas sus torturas que, cada uno de aquellos amigos dijo haber sido él para salvar al otro.
Esos odios que se tenían eran infundados, aquellos hombres murieron por salvar cada uno al otro, y no como ellos creían. Cada uno de ellos se echó la culpa él mismo, para salvar a su amigo.
¡Bendito sea el cielo, lo ciegos que somos a veces!
¡Siempre, mi sargento, siempre! La humanidad está más pendiente del recelo y la desconfianza, que en la fe en las personas, por eso olvidamos el más bello sentimiento del que nos ha provisto la naturaleza, el amor, el amor a las personas, animales y plantas, así llegaremos a destruir este mundo tan maravilloso que nos permite respirar, y lo más triste es como ha ocurrido aquí, que aunque haya gente que lo avise, nadie hará nada por evitarlo.
¡Ojalá te equivoques, Rodrigo!
También tenía esperanza en que éstos zagales cambiasen la forma de pensar de sus padres, y no ha sido así.
Todos lamentaban la escena, aquella singular escena que nadie llegó a comprender nunca cómo pudo ocurrir.
FIN
ABIARSE. Arreglarse.
ACHO. Muchacho.
AJUNCIÁ. Mustia.
ANCÁ. En casa de...
ANTEANOCHE. Ayer a la noche.
ARRISTRANCAO. Algo que no sirve.
BAGARALOFI. De vago, perezoso.
BETAGARRI. Aire, airear.
BORRAS. Ovejas.
BOYAO. Tonto.
CABEZÁ. Pésame.
CALANDRACAS. Piernas
CENACHO. Persona gorda y destartalada.
CHARAMANDUSCA. A la Babia o, de cualquier manera.
CHIRIPA. Por poco.
CONTONEARSE. Cimbrearse.
CUASI. Casi.
DERRENGAO. Deslomado.
DESCUAJERINGAO. Roto.
DURMA. A dormir.
EL FORRAJE DURO PA PITAERAS. Mucha edad para hacer algo.
EMPRINCIPIAR. Comenzar.
EN PARANCAJONES. A horcajadas.
ENROSCARSE. Acostarse.
ESTIRANCAO. Estirado.
FARRAJAR. Rajar.
FUSILIQUE. Persona enclenque, débil.
GUILLAO. Tonto, loco.
JINCHÁ. tripada, harto .
JINDAMA. Borrachera.
MANCADURA. Rotura.
MIAJA. Un poco.
MOHE. Picadillo.
MOYEGUEAR. Cojear.
PAPELERO. Pelotillero.
PELANDRUSCA. Mujer mala.
PENICO. Jofaina.
PERPEGIA. Especie de cólico.
PERRENGUE. Especie de ataque.
PRINGÁ. Torrija.
PUERTA FALSA. Puerta de atrás.
REBULLIRSE. Moverse.
REJARGAO. Mezclado no puro.
REJOSTRAO. Sostribado, recostado.
REMPUYO. Aliento.
RÚMIO. Pensamiento, pensar.
SACUDIR LAS NALGAS. Trabajar mucho.
SIÑA. Señora.
TALANQUERA. Puerta desvencijada y frágil.
TENÁ. Cuadras.
TRULLÁ. Mierda fresca.
VELÁ. Hacer la guardia.
ZALAGARDA. Destrozo.
ZANGALIPORRO. Muchacho grande.
ZARAGATA. Escándalo, regañina.
ZINGUANGO. Persona grande.
ZORONGUEO. Contoneo, vaivén.
ZUMBATARAMA. Salir corriendo.
sábado, 11 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario